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martes, 28 de julio de 2015

Tocado y hundido. (II)

Quizás debería de haberos dicho que escribo todo esto mientras decido si meter en la bañera la medusa cofre que compré hace exactamente un mes y trece días. Sí, si habéis visto Siete almas sabréis a qué me refiero. Si no lo habéis hecho, creo que estáis tardando en hacerlo, porque es algo más que una película llena de sentimentalismo —o tal vez no, sois libres de juzgarla como queráis—. Todavía no he sido capaz ni de atreverme a acercarme a llenar la bañera. Necesito tiempo para decidir. El caso es que empecé a colarme en clases. Recuerdo que una de las primeras fue una a la que asistía un amigo que conocí el otoño que pasé estudiando inglés en Bognor. Creo que trataba sobre normas ortográficas o algo así y tuve la mala suerte de que era básicamente práctica. La profesora era un tanto peculiar, daba clase en la universidad, pero vestía con una blanca, como si fuera una doctora, pero de las de verdad, de las que curan, y no de esas otras tantas personas que se hacen llamar doctores por tener un doctorado. Me fastidia mucho ese engaño. Vale, es cierto, pero para la gran mayoría cuando alguien nos habla de un doctor, esperamos que sea capaz de salvar al piloto que se ha atragantado con la aceituna rellena de anchoa y al que la azafata mira y zarandea mientras reclama ayuda. Esta profesora disfrazada de doctora estaba ante una clase de unos ochenta alumnos, uno de ellos era yo, que simplemente me colé, olvidando preguntar antes si podía asistir como oyente. Me integré entre el grupo de los chicos, al lado de mi amigo, aparentando ser un alumno más. Estaba claro, si te cuelas en una asignatura práctica corres el riesgo de que te pregunten y casi fue así. Empezó a interrogar uno a uno a cada uno de esos universitarios y universitarias primerizos, que como buenos principiantes llevaban hechos los deberes. Para mi desgracia preguntaba siguiendo la fila con la mirada y no por los nombres de la lista. Se acercaba mi turno, el chico de al lado contestó y… Y una chica al fondo no tenía muy claro el por qué de la respuesta. Fue mi salvación. Hubo al menos cinco minutos de explicación y cuando dijo que continuáramos corrigiendo, di el testigo a mi colega y conseguí pasar totalmente desapercibido. (Ahora mismo me doy cuenta de que no debería haber desvelado tan pronto lo de la medusa, he quitado bastante tensión y suspense a una historia que aún no puedo ni podríais catalogar en un género concreto sin la posibilidad de equivocaros). La verdad es que los nervios hicieron que me rugiera el estómago y cada vez con más frecuencia. Soy un tipo muy nervioso, por fuera suelo aparentar seriedad —sin ser yo nada de eso— pero cualquier cosa institucional y más relacionada con los estudios académicos me hace temblar, puede que me hayan inculcado demasiado la importancia que puede llegar a tener pasar una prueba con un papel y un bolígrafo y obtener la máxima puntuación. Me preocupaba demasiado por mi expediente, al menos lo había hecho hasta ese momento. Os reiréis si os cuento que pensaba que aquellos que hacían los exámenes con bolígrafo de color negro eran unos locos, porque había leído que según ciertos estudios, el color, el impacto visual importa a la hora de recibir el documento, y el azul creaba relax, disminuía el estrés y no era tan monótono como el negro, vamos, que entra mejor por la vista… En definitiva, tras rugidos y sudores fríos esa clase acabó y no tuve que volver —tampoco tenía ganas— a pasar por aquel sufrimiento de colarme en una clase práctica.

La siguiente clase en la que me colé —también con mi amigo de Bognor— fue una clase de verdad. El profesor, era un profesor de verdad. Creo que trataba sobre literatura, tampoco estuve muy atento a la materia y el profesor tampoco, así que no se puede decir que le faltara al respeto colándome en su clase, porque os puedo prometer que jamás en la vida estuve tan atento. Era un buen profesor, ahora, además, es un buen amigo. Con buen profesor me refiero al profesor que te da consejos para la vida y que puedes decidir cogerlos o dejarlos si te das cuenta de la importancia que tienen, porque a veces, la mayoría, pensamos que ya nos están contando otro cuento, otra historieta, y lo comentamos después entre todos, y nos reímos. Pero no, el profesor, suele saber más que la mayoría de los alumnos. Y no es que me considere del porcentaje de los alumnos que superan al maestro, pero… bueno, es que lo soy, no solo me lo considero. ¿Por qué acabé haciéndome amigo de él? Me entendía, sabía de lo que hablaba y pocas personas en el mundo son capaces de acercarse a esta cabeza loca y sin control que solo puede acabar de una manera. Fue en esa clase, en esa clase me cambió la vida por lo que dijo, por lo que recomendó. Invitó a todo el mundo a llevar siempre con él una libreta y un bolígrafo porque lo que pensamos, lo que se nos ocurre, aparece en nuestra mente en un momento, pero luego vuela, vuela y cuando queremos darnos cuenta ya no es igual. Unos buenos versos, la forma en la que te declararás a esa chica que te gusta, el mejor de los pensamientos y la forma en la que lo desarrollarás… quizás la teoría del todo… cualquier cosa. Cualquier cosa aparece en nuestra mente y si no la materializamos desaparece, ya no es igual, se pierde en ese mundo ficticio en el que todo vive antes de que seamos capaces de transformarlo en realidad. Esa misma tarde, mientras acompañaba a mis padres a hacer la compra, me fui a la sección de papelería de aquellos grandes almacenes y me compré mi primera libreta de bolsillo. Era negra, con las tapas de cuero y las hojas de un amarillo blanquecino y además, llevaba una gomita para que no se abriera. Era perfecta, pero también necesitaba un bolígrafo, para empezar de cero una nueva etapa necesitaba que la base fuera sólida y nueva: compré un bolígrafo negro que ahora siempre está sujeto en la goma de la libreta —todavía inacabada—. Estaba claro, dejaba atrás esa etapa en la que me di cuenta que pensar era una mierda, acabar en el pozo de la desesperación, la tristeza y el sinsentido y empezaba una nueva era, una nueva forma de ver el mundo en el que pocas cosas se me escaparían y en el que podría mirar el mundo con la seguridad de que pocas cosas se me escaparían… También es cierto que en parte se convirtió en mi diario y es que hay momentos, premomentos incluso, que necesitas ver escritos para tener todo más claro o incluso para creértelos, quizás o lea —o mejor dicho, os escriba— algunos de esos desvaríos antes de abrir el grifo…

También hay páginas arrancadas. La primera vez que arranqué una página fue para protegerme de ella… para protegerla o… no sé, para proteger todo lo que nunca fue… Recuerdo aquella página porque la arranqué entre lloros y sollozos y es por eso que aún la conservo, porque intenté quemarla, pero no ardió.

viernes, 3 de julio de 2015

Un texto diferente como siempre

Paseaba el bolígrafo entre sus dedos con una delicadeza bastante tosca. Estaba hecho de contradicciones. Amaba y odiaba, reía y lloraba, chillaba y susurraba, pero todo a la vez. Era una contradicción andante. Seguía con sus torpes expertos malabarismos con el boli a la vez que escribía en el teclado. Y el teclado donde escribía solo tenía cinco octavas y acababa escribiendo a la novena pasada de bolígrafo entre el pulgar y el meñique de diferente mano, de diferente pie, de diferente extremidad. Y se sentó en un banco, sobre la vieja griega que intentaba sacar dinero, dinero de una pensión casi inexistente para comprar sus pastillas, pastillas de alegría que le pasaría su camello en el que venían montados los reyes magos. Uno robaba oro, otro incienso y el otro birra. Conocidos alcohólicos anónimos, entraban al grito de policía no tan secreta. Mientras la discreta luz de los neones de aquella tienda de ropa de bebé iluminaba los probadores llenos de octagenarios que apenas tenían diez meses. E intentaba causar la risa, pero gritaba sufriendo del divertido dolor que suponía imaginar el fino y grueso borde de un folio cortando la córnea del ojo, del ojo de la cara, que el del culo es ojete, por grande que sea y ojazos son los suyos, por cerrados que los tenga. ¿Y si bajo en el ascensor? ¿Y si subo en el descensor? ¿Y si tiro de la cadena y aparece el perro? ¿Y si dice cuidado con el gato? ¿Y si me río de la obsesión? ¿Me puedo contestar una pregunta retórica? No. La gracia… ¿cuánto más para encontrar la desgracia? ¿Cuánto menos? ¿Y el sentido? ¿No es fingido? ¿Y lo morido? ¿Y lo vivido? En un momento dejó la tercera persona o la cuarta o la quinta, se pasó a la primera y desveló que escondía en secreto a voces el callar que hablaba de él… ¿Y la basura que se encuentra escrita? Y darse cuenta de que la gente escribe por obsesión… que cuando no sabe qué hacer y no puede no hacer nada coge algo, se vuelca en ello, se aprende el día en el que se cortan las uñas de los pies, se vuelcan y se dedican a ello… ¿Fanatismo? Puta locura cuerda para evitar caer en el éxito de la miseria. Enfermos curados, como un queso, como un jamón de cinco jotas aragonesas, si os quedáis demasiado, en el futuro estaréis pasados. Abrid la puerta, dejad encendido el ordenador, apagad la ventana. Se le cae, se le cae el bolígrafo verde de las manos… ¿No era verde? ¿Habéis leído bien? Vale ya, vivid, morid ahora, ya podéis, sí, sois locos cuerdos, dejaos de bellas mierdas. Morid. Ya. Ahora. Dejad de ser como sois, nunca cambiéis. Os lo pido, sed alguien, pero no seáis vosotros. De momento, ahora ya no, el bolígrafo rojo sigue paseando entre sus dedos, de una forma toscamente delicada.

lunes, 1 de junio de 2015

Siempre gana lo cierto

Vi el vaso medio vacío,
tirando a medio lleno.
Vi la luna plena,
caída, desaparecida, ausencia.
Bebí de la copa de veneno,
asesino, revitalizante.
Volé la cometa
y me cortaron el hilo.
Puse la última carta
del castillo de naipes que se llevó el viento.
Tiro el dado,
siempre sale el tercer seis traicionero.
Y la verdad es que miento,
y el engaño lo cierto.
Nada más contradictorio que tener sentimientos.
Nada más patético que quien es mierda por dentro.
Y el petardo de la caca,
no quieres encenderlo.
Se piensan que es un juego,
se creen dueños de tu tiempo.
Y la máscara sonríe,
mientras por bajo arde el infierno.
Y le hacen vudú a tus muertos.
No eres más, no sois más
que el juguete que pronto olvidan.
Estamos bajo la lupa,
en el punto de mira,
somos aquellas dos hormigas.
Una reina, un obrero,
intentando escribir el cuento.
Y del fondo, del grito, del lamento,
surge la princesa,
surge el príncipe,
no gana el gigante,
no gana el enano,
porque al final
el veneno no hace efecto,
siempre gana el amor,
siempre gana lo cierto.

jueves, 30 de abril de 2015

Todavía aún recuerdo…

Todavía recuerdo aquella tarde
en que cosimos la marioneta favorita de Enare,
con aquel calcetín agujereado
que siempre asegurabas que era tu favorito.
Con aguja, dos botones e hilo,
pronto tuvimos protagonista para tus cuentos.
Y necesitábamos un nombre,
y Enare ni siquiera caminaba,
y tú lógica absurda quiso que le llamásemos Guantes.
Y tú lo movías,
yo cantaba
y ella se quedaba dormida.
Y pestañeamos y ya nos pedía los cuentos,
con sus princesas, sus héroes,
príncipes, castillos y heroínas.
Y volvimos a pestañear
y vinieron esas madrugadas,
en que leía bajo las sábanas
y yo le decía que apagara la luz,
y tú llegabas y, sin que me enterara,
le decías que un poquito más.
Todavía aún recuerdo aquellas tardes
en las que aparecías con ramos de rosas
y me besabas, a traición, por la espalda,
y luego me abrazabas.
Y cambiábamos todas las flores del jarrón
excepto una, azul esperanza,
azul calma.
Todavía aún recuerdo cómo me mirabas,
cómo reías y cómo llorabas
mientras me decías que me querías,
que estabas siempre y estarías,
que siempre nos cuidarías.
Todavía recuerdo nuestro primer beso,
en el que el caballero se quitó el yelmo
para besar a su amada.
Todavía tus latidos en la armadura
y mirarnos y pasear de la mano
por el cauce de aquel río nada vacío.
Todavía recuerdo cómo alquilamos nuestra primera casa
y nos repartimos las cenas,los baños y las escobas…
y el sofá y las primeras películas,
y el fin para siempre de tus noches de insomnio,
y el comienzo de noches locas,
noches de sueños.
Todavía recuerdo aquella primera cosecha,
de un huerto, en el jardín,
junto al árbol que plantamos juntos,
el día que nació Enare.
Todavía recuerdo aquellas noches,
en las que venías a recogerme del trabajo
y traías la cena y acabábamos en las estrellas.
Todavía recuerdo el día en que me dijiste que no me asustara,
que tú no tenías miedo,
que aunque no te viera,
siempre ardería tu fuego.
Todavía recuerdo el día en el que encontré tu libreta,
en la que anticipabas lo que pasaría
y creías vivir diciendo una mentira,
porque sabías, sabías que te irías,
que tu hora llegaría antes que la mía
y me mentías, me mentías a la cara,
diciéndome que siempre estarías.
Y viviste creyendo que me contabas una gran mentira,
a la vez que intentabas buscar la medicina.
Y buscabas la fórmula,
y nos sonreías, nos hacías felices,
nos contabas historias,
nos abrazabas, cosías tus calcetines,
nos apagabas la luz, nos mirabas,
nos querías.
Todavía recuerdo tu última sonrisa,
tu último mal chiste y que nosotros plantamos
un domingo, las flores para tu tumba,
que todos los meses cambiamos,
todas, excepto una.
Todavía recuerdo cómo me enseñaste a escribir poesía
y que me hiciste ver que para algo sí servía,
porque siempre fue tu cura,
tu manera de estar,
de perdurar,
de vivir nuestra inmortalidad.
Todavía recuerdo cómo te miraba cuando me leías
y pensabas que lo hacías mal,
que era una afición absurda.
Todavía hoy aún nos mira,
Guantes, con una sonrisa bien cosida
y te fuiste,
te fuiste sin saber que no nos contaste ninguna mentira,
porque aún estás,
porque ahora,
ahora que soy yo la que escribo poesía,
he de decir, que no nos querías,
que decir eso sería una mentira,
porque lo que tú sentías,
lo que sentías,
nunca fue pasado,
ayer, ahora, y mañana todavía,
digo que nos quieres,
que no mentías,
que ahora y siempre,
eres el amor de mi vida.

martes, 20 de enero de 2015

Un día de una vida (II parte de “Un… un…”)

—¿Cuándo?

—Mmmm.. pues tampoco lo sé.

—Sí que lo sabes, pero no te apetece decírmelo ahora porque vamos a por la tercera.

—¿A por la tercera?

—¡Jajajajaj! Increíble, lo que pagaría por haberte hecho una foto de la cara que has puesto.

—La cara que tengo, guapa.

—Y lo que a mí me gusta esa carita.

—Ñoñerías mañaneras para empezar el día con energía, ¿eh?

—El día ya lo hemos empezado con energía.

—Y ha sido mi culpa.

—¡Lo reconoces!

—Sí.

—Vale, y tú, ¿qué excusa pones cuando llegas tarde?

—¿Yo? Pues sinceramente, ninguna. Ni siquiera se dan cuenta de que no estoy creo yo.

—¿Cómo puede ser eso?

—Bueno, algo me dijeron el otro día, creo que el jefe me estaba echando una bronca increíble por haber llegado media hora tarde y…

—¿Y ahora me lo cuentas?

—Vamos a ver, tampoco me enteré mucho de la bronca.

—¿No?

—No.

—Fue la mañana de la nata.

—La mañana de la…¡Ah! ¡Jajajajaja!

—Exacto.

—Vale, perdonado entonces, perdonado, indultado, premiado y lo que quieras, porque menuda mañanita…

—¿Y la noche? Te acuerdas de la fon…

—La fondue de chocolate después de que estos se fueran.

—Madre mía menuda nochecita, esas sábanas las tiramos, ¿no?

—No nos quedó otra.

—Buf, lo que fue esa noche eh, jugamos a Michael Jackson, nos hicimos negros y luego poco a poco…

—Poco a poco volvimos a ser blancos

—¡Jajajaja! Pero mucho mejor nuestro método, más barato que la cirugía, sin anestesia, solo con nuestras…

—¡Para que hoy no vamos a trabajar al final!

—¿Y a ti no te dicen nada?

—¿A mí? Digamos que tampoco se dan cuenta, o eso o no quieren decirme nada… Saben que trabajaré para ellos y so buena, creo que ya se lo demostré lo suficiente cuando…

—Sí, cuando tuviste que ir a trabajar. Si no les quedó claro…

—¿Y tú qué hiciste? ¿Qué hiciste mientras?

—Ya lo sabes, cosillas, no parar, te lo iba contando.

—¡Es verdad! ¿Comemos juntos?

—¿En casa? Yo salgo sobre las dos y aún no sé si iré por la tarde o…

—Nos da tiempo, pero en casa no. Me apetece restaurante, de los buenos.

—Nuestros amigos se asustan cuando te oyen decir eso.

—¡Jajajaja! Ya deberían de saber que cuando digo restaurante de los buenos es uno bueno, bonito y barato, y sobre todo tranquilo.

—¿Deberían?

—Sí.

—Sí.

—Oye.

—¿Y si nos vamos?

—¿A trabajar?

—No.

—¿A por el tercero?

—No… bueno sí, también, pero…

—¿A dónde?

—Lejos.

—Lejos, como…

—Lejos.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Princesa de cielo y tierra

Ella, princesa de cielo y tierra,

remitente de mis mensajes en botella.

Bella como la luna,

azules ardientes ojos de estrellas.

Yo, vasallo arrodillado

que cada día pide su mano.

Loco enamorado

que nada entre cielo y tierra.

En la más alta torre del más alejado castillo

estaba encerrada libre,

pues solo ella tenía la llave

del más inmortal corazón.

Era libre en una torre,

y yo, esclavo de sus besos,

prisionero sin cadenas,

anhelaba a la princesa,

reina de mis huesos,

diosa de mis rezos.

Joyas y vestidos se peleaban por tocarla,

relinchaban los caballos,

por llevarla en sus carrozas,

y los peines se morían por peinarla.

A cada brazada me sentía más cerca,

llegaba a su reino,

moría por verla.

Mojado del mar llegaba a los guardias,

medio ahogado, borracho de olas,

buscaba mi droga.

Asomaba ella por su ventana,

era ahora llena luna

con ojos azules de estrellas.

Ardía entonces mi sangre.

Su aroma helaba a los guardias.

Loco de mí,

maltrecho y malherido, pensaba en mirarla

y me sentía vivo.

Su sonrisa, una constelación,

me guío a la alto del castillo.

Estás aquí.

Estoy aquí.

¿Por qué?

Dije que siempre estaría.

¿Por qué?

Dije que te seguiría?

Nadie me ha seguido.

Yo te dije que lo haría.

¿Por qué?

Te di mi palabrita.

Lo sé.

Aquí estoy. Pareces sorprendida.

Lo estoy.

No deberías.

Nadie me ha seguido.

Lo sé.

¿Y tú?

Te dije que siempre estaría.

Solo soy princesa.

Eres mi reina.

¿Y qué?

Te sigo entre cielo y tierra.

¿Por qué?

¿Hace falta que lo diga?

¿El qué?

Que eres mi vida,

que sin ti cada día moría.

No lo entiendo.

No quiero que lo entiendas.

¿Por qué?

Quiero que lo sientas.

¿El qué?

Que contigo vuelo, que soy inmortal.

¿Por qué yo?

Porque eres mi reina

y yo solo un princeso.

Me has seguido.

Nunca me he ido.

¿Por qué?

Porque te quiero

y es lo único que tiene sentido.

Caca.

Caca.

lunes, 4 de noviembre de 2013

¿Se ha escrito un crimen? II

Es un día como cualquier otro, esperas en la estación a que llegue el puntual tren. Es el medio de transporte más puntual jamás visto, al menos en Valencia, ya que en las pantallas luminosas que anuncian la dirección y hora de llegada, constantemente cambian esta última, con lo cual, es imposible que llegue tarde. Qué bonito sería que todos tuviésemos el poder de Metrovalencia para jugar a nuestras anchas con el tiempo. El caso es que esperas, sacas el móvil y miras los últimos tuits de aquellas personas que sigues. El metro llega, mientras pasa por delante tú miras tu reflejo en su acristalado costado. Estás bien peinado, esto es, despeinado. Se para y deslizas hacia abajo la palanca que abre la puerta. Había apoyada una chica escuchando música que da un pequeño saltito por el susto que supone que su punto de apoyo desaparezca. Te aguantas una leve sonrisa, disimulas y te apoyas en una de las paredes.

A cada parada se repite mecánicamente en tu cabeza la voz de esa mujer que en todo momento procura que sepas dónde estás. De fondo, el aire acondicionado puesto en modo esquimal y música clásica, no sabes quien es el autor, pero lo apropiado para el metro es que suene “Las cuatro estaciones”. Piensas esa gracia para ti mismo, tambaleas la cabeza por lo idiota que puedes llegar a ser y piensas en lo que harás esa mañana. Como cada día, no habrá ningún progreso en tu trabajo. Estás haciendo un trabajo de investigación, relacionado con las historias y los cuentos, como tantos otros sigues buscando estructuras universales que sean los pilares de todos los cuentos y, además, pretendes saber cómo afectan las historias al cerebro humano, cómo afectan en la formación del sujeto: una locura. Es tu segundo año de investigación y parece que no acabará nunca. Te reconforta saber que en un par de días empezarás a estudiar los cambios cerebrales en el individuo al contarle un cuento. Básicamente, unos cuantos voluntarios llenarán sus cabezas de cables, serán monitorizados y tú te dedicarás a contarles historias. Ni siquiera tendrás un bolígrafo en la mano con el que apuntar los resultados, las sesiones se grabarán y parte del trabajo que anteriormente hacían varias personas, lo podrás hacer tú con un clic en el ratón del ordenador.

La mecánica voz dice el nombre de tu parada. Bajas. Te diriges a las escaleras mecánicas, eres el primero y no funcionan. Pasas por delante del sensor que las activa, siguen sin dar señales de guardar energía en su interior. Das media vuelta y decides subir por las escaleras normales, pues utilizar las escaleras mecánicas cuando no funcionan produce una sensación de fatiga que no te proporcionará la fuerza y vitalidad necesarias con las que afrontar el día. Andas un par de kilómetros por una arboleda y llegas al centro donde estás realizando la investigación. Tienes un despacho que compartes con otros dos compañeros, una chica que acaba de empezar su tesis y un chico mayor que tú que lleva dos años sin progresos en su investigación, pero sus padres pueden permitirse el lujo de que el niño no avance. Sacas tu ordenador y miras una página de noticias. Nada nuevo. Parece un día normal, pero preguntas por el coordinador de proyectos, tu mentor, y todavía no ha llegado. Es raro, su puntualidad es incluso superior a la de Metrovalencia. De pronto se abre la puerta y aparece, sudoroso, con la respiración entrecortada y la camisa llena de grasa de motor.

sábado, 23 de marzo de 2013

No me gustas cuando callas porque estás como ausente

Me gustas cuando callas porque estás como ausente. Siempre pensé que esos versos de Neruda mentían, a nadie le gusta el silencio y mucho menos el de aquellas personas que son mucha más que un grano de arena en el desierto o una gota de agua en el océano para nosotros.

“Necesito estar solo, déjame” decimos muchas veces, pero es mentira. Queremos que nos molesten. Queremos pedir soledad y que nos den compañía. Simplemente pensemos en el prototipo de persona que vive sola, aislada de la compañía de los demás, sabemos que no es feliz, al menos no lo aparenta. Y creedme, para ser feliz, hay que aparentarlo. Simulad ser felices y haréis felices y haciendo felices, seréis felices. Es fácil. Es sencillo. Es recíproco. Podéis pensar que así, consiguiendo la felicidad a partir de una apariencia, os estáis engañando, estáis engañando al mundo y en parte es cierto. Pero da igual. Lo que empezó siendo una apariencia, un sueño, una ficción, ha creado una realidad. Eso es lo importante. Todo camino empieza desde un primer paso y no importa dónde estés, lo que importa es que puedes llegar al lugar que quieras, lo importante es tu destino. Lo importante es que las personas que te importan no estén ausentes en el presente de ese viaje.

Sin duda, nuestra vida es un viaje, un viaje que debemos y queremos hacer en compañía y por este motivo: “No me gustas cuando callas porque estás como ausente”

viernes, 27 de enero de 2012

El de cuando somos lo que hacemos

Bueno, puesto que se me ha acabado la batería del Kindle, mientras se carga, me dedicaré a escribir un breve post, intentando contrarrestar las horas de lectura con las de escritura.

Circunstancias de la vida me han llevado a estudiar unos textos o temas donde se decía lo importante que son los actos de las personas. Nuestros actos nos definen y, por tanto, se puede afirmar que somos lo que hacemos. De esta primera propuesta, no habrá que ser muy perspicaz para darse cuenta de que, si somos lo que hacemos, aquello a lo que dedicamos nuestra vida, será lo que nos defina. Vemos pues, el importantísimo papel que tendrá nuestro oficio, nuestro trabajo. Será algo fundamental para construirnos como personas, para “edificar” nuestra forma de ser, para sentirnos realizados. Ahora bien, que todas las personas puedan dedicarse a aquello con lo que siempre han soñado es algo complicado (por no decir imposible ya que, creo que pocas cosas hay imposibles en este mundo pero queremos creer que son más de las que en realidad hay- si es que hay-). Muchas veces, acabaremos dedicándonos a algo mínimamente relacionado con lo que en realidad anhelábamos y otras veces, ni siquiera eso. Es duro y triste pero, cierto.

Es indudable que, para dedicarte a esto, tiene que permitirte por lo menos satisfacer unas necesidades básicas, mínimas. Pues bien, muchos oficios no lo permiten y de ahí que muchas personas no se dediquen a estos, no cumplan sus sueños y, tengan siempre cierta frustración por no haberse podido realizar como personas que son. Pero, es que, si añadimos que, ha llegado un momento en el que hay más de 5.000.000 de mujeres y hombres que no tienen oficio, que no tienen algo que hacer en la vida, que no pueden tener un proyecto, no sólo estamos hablando de una crisis financiera, no. Estamos hablando de una crisis de identidad, de una crisis en la propia constitución de lo que un ser humano es. No se le está permitiendo ya no satisfacer unos necesidades básicas, no. Se le está privando de ser humano.

La verdad, no tengo nada más que decir. Solamente puedo dar ánimos a que intentéis sentiros realizados/as como personas, que hagáis lo que de verdad os gusta y que, si no podéis hacerlo aquí, en nuestro magnífico país, España, vayáis más allá. Ya no vivimos en una villa, un pueblo, una comunidad, un país, un continente… Vivimos en todo un mundo y, viajar puede parecer complicado, nos puede costar enormemente dejar atrás parte de nuestro “equipaje” pero, si queremos algo, tendremos que luchar por ello y, si no es aquí, será en Pekín o en Pocón, pero será. Tenemos que ser personas y, alguien que no es capaz de hacer lo que quiere, nunca será una persona.  (¡Aiba! Ya se me ha cargado el Kindle, me voy a seguir leyendo.         

(Siempre acabo hablando de cumplir sueños y dando ánimos… voy a tener que pensar algo nuevo, estoy explotando demasiado el recurso optimista. Guiño )

viernes, 20 de enero de 2012

El de cuando la ciencia gana

Bueno, pues todos sabemos desde hace tiempo que las ciencias ganaron la partida en nuestra sociedad. Vivimos por y para la ciencia y la tecnología y, por mucho que queramos insistir en lo contrario, sería una tontería. En un primer momento, utilizamos la ciencia y tecnología para dominar el mundo y, luego, la ciencia y la tecnología, dominaron nuestro mundo, nos dominaron a nosotros. No tenemos más que ver las carreras universitarias con mayor nota, casi todas de la rama científica y, si después de esto nos paramos a ver las carreras humanísticas, encontramos notas bastante más bajas y, si encontramos notas un poco más altas, se deberá a que son carreras, dentro de los humanidades, que se subordinan a la práctica de algún modo, que sobreviven porque los que realizan otras carreras los necesitan. Véase el ejemplo de aquellos que estudian para ser profesor de inglés. Será gente que enseñe a otras personas a hablar inglés ya que, es algo práctico y básico. Pensemos ahora en otros estudios como los de filosofía. Encontraremos aquí una de las notas más bajas y es que, luego, en el futuro, no tiene un uso práctico o al menos, no la ha conseguido y parece que no lo conseguirá en esta sociedad. Si lo consigue, será en alguna rama como por ejemplo, en la ética y, concretando aún más, en la ética aplicada que, por otra parte, surgen a causa de que es necesaria una ética “rápida” y práctica, que actúe y solucione los nuevos problemas derivados del propio proceso científico tecnológico.

Pensemos ahora en otros ejemplos. Vamos a hablar de cantidades. A un porcentaje muy pequeño de la población le importará hablar correctamente o saber si esto es sujeto o predicado, o el origen de una palabra o, preguntarse por el sentido de la vida y demás cosas. Les importará a muy pocos. En cambio, a una gran mayoría de la gente le importa saber como funciona un ordenador, un móvil o un coche. ¿Por qué motivo? Pues simplemente porque el coche, el móvil y el ordenador lo va a usar a diario, va a vivir por y para ellos. ¿Qué beneficio puedo obtener de saber el significado real de una palabra? Bueno pues, a no ser que vayamos al Pasapalabra y ganemos, el único beneficio será intelectual y, realmente, poco nos importa ser más o menos listos. Nos importa tener más o menos cosas, nos importa el beneficio material.

Puede ser triste o todo lo que queráis pero, hemos creado este mundo en el que ahora vivimos y lo hemos creado así. Hemos dominado a la naturaleza con la tecnología y ahora, la ciencia y la tecnología nos ha dominado a nosotros, se ha convertido en nuestro medio de vida, se ha convertido en nuestra naturaleza real. Ahora nos queda saber como, volver a conquistar esta “naturaleza artificial” que hemos creado. La verdad, será difícil y, lo más fácil es dejarse llevarse como si estuviéramos en un río pero, tendríamos que intentar nadar a contracorriente, aunque fueran pocas personas. Es necesario y, la decisión de si pasar por esta vida dejándonos llevar por la corriente o, nadando en contra de ella es nuestra. No estoy pidiendo que os dediquéis a una contemplación filosófica eterna, a que centréis vuestra vida en pensar sobre el sentido de la misma, no. Sólo pido que, seáis conscientes de todo y que, (si bien no queréis nadar a contracorriente y, tampoco queréis dejaros llevar porque os habéis dado cuenta de que es lo más fácil y cómodo pero una vida así está un poco vacía y sólo llena de cosas materiales) quizás la mejor opción sea cogerse a una piedra del río y quedarse en él. No dejar que nos arrastre pero tampoco ir en contra de él. Hace un tiempo yo habría nadado en contra. Ahora sé que no es lo correcto y que si bien, hay gente que seguirá nadando en contra, me parece una pérdida de tiempo intentar llegar a la fuente para salirse del río, para evadirse del mundo. Ahora que, dejarse llevar por él sin más, también es una desfachatez. Con los pies en la tierra y la vista en las estrellas, así hay que vivir. La virtud está en el punto medio y tenemos que encontrarlo. Así que me voy a comprar un telescopio o buscar un buen observatorio des del que ver las estrellas. Guiño

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Sobre cómo decidir que carrera estudiar

Bien, este será un post bastante breve. En él sólo quiero explicar como he conseguido decidirme por qué estudiar tras acabar el bachillerato.
Desde hace años todo el mundo me preguntaba que qué quería hacer. Yo, lógicamente, o no lo sabía o cada día quería hacer una cosa. Fuera cual fuera mi respuesta todos coincidían en decirme lo mismo: haz lo que te guste. Está claro que voy a hacer algo que me guste. Bajo las palabras de “haz lo que te guste” yo siempre veía y sigo viendo un “intenta hacer lo que mejor considerado está socialmente, lo que te de un trabajo bien remunerado y te permita una vida facilísima y cómoda”. Tras reflexionar, he intentado dejar de ver ese último sentido que se esconde en el “haz lo que te guste” y, ha sido así, como ciñéndome a estas palabras exactas me he decidido. He mirado las asignaturas que se imparten en las diversas carreras universitarias que más me podían interesar y, ha sido así como me he dado cuenta de la carrera que quiero estudiar. Este es mi consejo: guiaros por las asignaturas que se imparten y si os apasionan ellas, os apasionará el realizar la carrera en la que estén.
Bueno, es sólo un consejo, el que quiera seguirlo que lo siga y el que no, pues no.
P.D. : Por cierto, mi decisión ha sido estudiar Filosofía así que, este blog espero que vaya mejorando con los años, como los buenos vinos. XD (si no encontráis la gracia en ésta última frase no os preocupéis, son cosas mías…)