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lunes, 7 de marzo de 2016

El de cuando soy humano

¿Se acuerdan? ¿Se acuerdan de cuándo las farmacias vendían medicinas? Antes vendían productos para curar enfermedades y ahora... Echo de menos un anuncio de Hemoal o de pastillas para la epilepsia. Pero estáis locos, exhibicionistas. Ya no puedo hablar de usted a nadie, ya no quieren, ya no quiero. ¿Qué anunciáis? Ya ni siquiera podéis tener bebés, no queréis. Me sobrecogí, me sobrecogí mucho cuando escuché la noticia de que en Japón incluso las parejas y matrimonios preferían tener hijos en la probeta antes que hacerlos como toca. Me volvéis loco. Queréis curar enfermedades que no tenéis, no queréis estar sanos, queréis ser divinos y divinas, aburridos, aburridas... Pocas cosas me dan más asco que un cirujano plástico, de esos que "arreglan" lo innecesario. Opino, ataco y critico... pero es que os habéis pasado de rosca. Intentáis curaros tantas cosas que no sois más que hipocondríacos exhibicionistas, quizás con buen corazón, pero con una cabeza que a veces tengo y no querría...
Por favor, parad un momento y miradnos. Imaginen, imaginad un guepardo, va a cazar una gacela. Pero esperad un segundo, es supinador y antes de salir, se pone colonia. ¿Qué pasa? ¿Tú no te aseas? Sí, me aseo, pero me gusta correr a pelo. Nos hemos vuelto tan exquisitos. No, no, no hablo de imagen, yo me peino, me pongo colonia, me visto lo mejor que sé y me gusta, aunque tampoco me importa. No estoy hablando de eso, hablo de pasarse de rosca. ¿Os acordáis cuando íbamos a la playa con bañador y sin calzoncillos? (yo sí, todavía me niego a acabar siendo de estos que no).  Me preocupa, me preocupa que curemos las enfermedades y no sabiendo qué hacer nos dé por buscar otras. Mentes intranquilas, inconformistas... No sabemos estar quietos y buscamos todas las maneras de hacerlo, pero al encontrarlas, es imposible, como la incomodidad de una cama que no te deja dormir, y te mueves y te mueves... Te vas al sofá y ahora lo que te molesta es la luz de la farola que entra por los resquicios que deja la persiana... luego vas a la cocina, pero claro, la vitrocerámica es fría y dura para dormir encima. Y acabas mandando al perro a la cama y durmiendo tú en su cojín que, cómo no, está nuevo, sin usar, y es extrañamente cómodo.
Me niego, me niego, me niego. Dentro de los años que sea, me da igual, cuando sea, no quiero buscar más enfermedades, pero sobre todo, sobre todo me niego a que lo que puedo hacer por mí mismo, sea una cosa de laboratorio por mi propia voluntad. Si necesito medicina, la tomaré, si puedo respirar por mi cuenta, respiraré por mi cuenta, si puedo tener un hijo o una hija, los tendré, si puedo andar dos mil kilómetros, los andaré... Por favor, no lo haga, no hagan la especie inútil, no nos hagan tan artificiales, porque no puedo, necesito un poco de alegre realidad, porque lleváis demasiado tiempo hablando de la triste realidad. Yo quiero la alegre realidad. Quiero que usemos nuestras capacidades, quiero que nos aprovechemos de lo que sabemos, pero no quiero que eso sirva para atrofiarnos. Por favor, daos cuenta, os lo ruego. No quiero llegar a ese momento en el que estamos, ese momento en que lo humano es tan metálico, de plástico, prefabricado, y tan poco orgánico... Quiero lo órganico, lo sentido, lo amoroso, lo humano, hagamos las cosas como tocan, vivamos, por favor, por favor. Me enfado, me enciendo y poco a poco me dan tantas ganas y tanta pena... Pero me enciendo, estoy vivo, palpito, pienso, ahora existo, respiro, bebo, creo, como, meo, cago, amo, escupo, quiero, siento, follo, envejezco, río, lloro, sueño, muero... sea como sea, soy humano.

domingo, 28 de febrero de 2016

Vendo tiempo

Vendo tiempo,
coste cero.
Bebed mi sangre,
tomad mi cuerpo.
Usad mis versos,
roed mis huesos,
sed mi eco.
Ya no quiero ser mío,
me reniego,
todo vuestro.
Coged mis zapatos,
que a partir de ahora,
a partir de ahora,
ando descalzo.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Papel, tela, seda...

Eres un juguete.
Tarde o temprano
nos damos cuenta
de que a nadie más que a nosotros
le importan nuestros deseos.
Nos damos cuenta
de que para los demás,
para el otro,
somos pañuelos.
Eres un juguete.
Y no les importamos,
siempre nos llenan de mocos.
Si nos quieren un poco
seremos pañuelo de tela,
se sonarán lo justo
para que sigamos con ellos.
Y si son como todos,
seremos de papel,
desechables, olvidables...
Eres un juguete.
Yo lo sé,
soy pañuelo,
pero no sé de qué.
¿Soy de tela?
¿de papel?
No os importan mis deseos,
te dan igual mis sueños,
todo es puro puto interés.
Eres un juguete.
Y me machaca tanto
ser un clínex con corazón.
Absorbo mi propio llanto,
me deshago...
¿Y vosotros por qué sois humanos?
¿Mentís porque sois personas?
No queda ya nadie sobre la tierra
que no me haya engañado,
nadie ya que no me deje de lado.
Eres un juguete.
Y estoy roto, hecho trizas,
deshojado.
Y todavía hay quien me recicla,
quien me quiere pañuelo de tela,
quizás pañuelo de seda,
pero es mentira,
ya no confía.
Soy un juguete a tu vera.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Miedo a morir

Muerte…

… … … … … muerte… … … … … … … … muerte

… … … … … … … … … … … muerte…

…muerte… … … … … …

¿Dónde?

Olvido, nada, blanco,

pánico, vacío…

… … muerte…

… muerte…

… … … … … … … … muerte… … …

Nadie, miedo, incomprensión,

inexistir, reencarnación,

vaquero, desaparezco.

… muerte… muerte… muerte…

Lloro, amargo,

dolor de estómago, vómito,

pasos, respiración,

taquicárdico…

MUERTE

¿Y si creo?

MUERTE

¿Por qué no puedo?

MUERTE

Solo lloro...

MUERTE…

Lloro solo…

MUERTE

Ya no puedo…

MUERTE…

Yo no quiero.

viernes, 13 de noviembre de 2015

Fugaz conjuro para ser eterno

Conjuro para ser eterno:

Llanto sin pestañeo,

ojo sin párpado,

reloj sin tiempo,

diablo sin infierno,

cuervo sin negro,

toro sin cuerno,

niño huérfano,

loco cuerdo,

llama sin fuego,

apagado deseo,

Morfeo sin sueño,

esclavos con dueño,

fregona sin suelo,

tediosos prospectos,

poeta sin versos,

cobra sin veneno,

coche sin frenos,

resaca, ibuprofeno,

mejillas, besos,

libres, presos,

volcán-hielo,

vivomuerto,

todo,

nada,

eco,

eo

.

sábado, 31 de octubre de 2015

Sí, estoy llorando.

Sí, estoy llorando.

Hoy sé que no te importo,

que mi corazón calmado está agotado,

cansado de hablar para no ser escuchado.

Destruido, vacío,

pero lleno de nada,

el resto de un dolor,

de una ruinosa jaqueca asesina

que corroe de arriba abajo mis entrañas.

Y siento que soy un juguete que tienes a mano,

que a la mínima oportunidad cogerías algo nuevo,

que no pudiste alcanzar el dorado

y te conformaste con el plastidecor blanco.

Abandonado, huérfano de ti,

perdido y peor aún, engañado.

Te alías con tus perros,

me haces ver que llevas bozal,

que todo se ha acabado,

me prometes fidelidad

pero sé que es mentira…

Ya no me puedo fiar,

mi corazón, decepcionado,

desilusionado, insultado.

No siento enfado, ni siquiera rabia.

Solo quiero dejarme morir,

morir y que acabe ya tanta mentira,

porque no lo soporto.

Me besabas, me abrazabas

y me daba la vuelta y ya no me pensabas.

Todo por soñar,

mientras tú vivías en una realidad que nunca acepté.

Y ya no sé de quién hablo,

ni siquiera de qué.

Pero me has traicionado.

Enhorabuena,

te di mi vida.

Enhorabuena,

te quise,

te quise y me has matado.

Sí, estoy llorando.

Lloro cansado.

martes, 28 de julio de 2015

Tocado y hundido. (II)

Quizás debería de haberos dicho que escribo todo esto mientras decido si meter en la bañera la medusa cofre que compré hace exactamente un mes y trece días. Sí, si habéis visto Siete almas sabréis a qué me refiero. Si no lo habéis hecho, creo que estáis tardando en hacerlo, porque es algo más que una película llena de sentimentalismo —o tal vez no, sois libres de juzgarla como queráis—. Todavía no he sido capaz ni de atreverme a acercarme a llenar la bañera. Necesito tiempo para decidir. El caso es que empecé a colarme en clases. Recuerdo que una de las primeras fue una a la que asistía un amigo que conocí el otoño que pasé estudiando inglés en Bognor. Creo que trataba sobre normas ortográficas o algo así y tuve la mala suerte de que era básicamente práctica. La profesora era un tanto peculiar, daba clase en la universidad, pero vestía con una blanca, como si fuera una doctora, pero de las de verdad, de las que curan, y no de esas otras tantas personas que se hacen llamar doctores por tener un doctorado. Me fastidia mucho ese engaño. Vale, es cierto, pero para la gran mayoría cuando alguien nos habla de un doctor, esperamos que sea capaz de salvar al piloto que se ha atragantado con la aceituna rellena de anchoa y al que la azafata mira y zarandea mientras reclama ayuda. Esta profesora disfrazada de doctora estaba ante una clase de unos ochenta alumnos, uno de ellos era yo, que simplemente me colé, olvidando preguntar antes si podía asistir como oyente. Me integré entre el grupo de los chicos, al lado de mi amigo, aparentando ser un alumno más. Estaba claro, si te cuelas en una asignatura práctica corres el riesgo de que te pregunten y casi fue así. Empezó a interrogar uno a uno a cada uno de esos universitarios y universitarias primerizos, que como buenos principiantes llevaban hechos los deberes. Para mi desgracia preguntaba siguiendo la fila con la mirada y no por los nombres de la lista. Se acercaba mi turno, el chico de al lado contestó y… Y una chica al fondo no tenía muy claro el por qué de la respuesta. Fue mi salvación. Hubo al menos cinco minutos de explicación y cuando dijo que continuáramos corrigiendo, di el testigo a mi colega y conseguí pasar totalmente desapercibido. (Ahora mismo me doy cuenta de que no debería haber desvelado tan pronto lo de la medusa, he quitado bastante tensión y suspense a una historia que aún no puedo ni podríais catalogar en un género concreto sin la posibilidad de equivocaros). La verdad es que los nervios hicieron que me rugiera el estómago y cada vez con más frecuencia. Soy un tipo muy nervioso, por fuera suelo aparentar seriedad —sin ser yo nada de eso— pero cualquier cosa institucional y más relacionada con los estudios académicos me hace temblar, puede que me hayan inculcado demasiado la importancia que puede llegar a tener pasar una prueba con un papel y un bolígrafo y obtener la máxima puntuación. Me preocupaba demasiado por mi expediente, al menos lo había hecho hasta ese momento. Os reiréis si os cuento que pensaba que aquellos que hacían los exámenes con bolígrafo de color negro eran unos locos, porque había leído que según ciertos estudios, el color, el impacto visual importa a la hora de recibir el documento, y el azul creaba relax, disminuía el estrés y no era tan monótono como el negro, vamos, que entra mejor por la vista… En definitiva, tras rugidos y sudores fríos esa clase acabó y no tuve que volver —tampoco tenía ganas— a pasar por aquel sufrimiento de colarme en una clase práctica.

La siguiente clase en la que me colé —también con mi amigo de Bognor— fue una clase de verdad. El profesor, era un profesor de verdad. Creo que trataba sobre literatura, tampoco estuve muy atento a la materia y el profesor tampoco, así que no se puede decir que le faltara al respeto colándome en su clase, porque os puedo prometer que jamás en la vida estuve tan atento. Era un buen profesor, ahora, además, es un buen amigo. Con buen profesor me refiero al profesor que te da consejos para la vida y que puedes decidir cogerlos o dejarlos si te das cuenta de la importancia que tienen, porque a veces, la mayoría, pensamos que ya nos están contando otro cuento, otra historieta, y lo comentamos después entre todos, y nos reímos. Pero no, el profesor, suele saber más que la mayoría de los alumnos. Y no es que me considere del porcentaje de los alumnos que superan al maestro, pero… bueno, es que lo soy, no solo me lo considero. ¿Por qué acabé haciéndome amigo de él? Me entendía, sabía de lo que hablaba y pocas personas en el mundo son capaces de acercarse a esta cabeza loca y sin control que solo puede acabar de una manera. Fue en esa clase, en esa clase me cambió la vida por lo que dijo, por lo que recomendó. Invitó a todo el mundo a llevar siempre con él una libreta y un bolígrafo porque lo que pensamos, lo que se nos ocurre, aparece en nuestra mente en un momento, pero luego vuela, vuela y cuando queremos darnos cuenta ya no es igual. Unos buenos versos, la forma en la que te declararás a esa chica que te gusta, el mejor de los pensamientos y la forma en la que lo desarrollarás… quizás la teoría del todo… cualquier cosa. Cualquier cosa aparece en nuestra mente y si no la materializamos desaparece, ya no es igual, se pierde en ese mundo ficticio en el que todo vive antes de que seamos capaces de transformarlo en realidad. Esa misma tarde, mientras acompañaba a mis padres a hacer la compra, me fui a la sección de papelería de aquellos grandes almacenes y me compré mi primera libreta de bolsillo. Era negra, con las tapas de cuero y las hojas de un amarillo blanquecino y además, llevaba una gomita para que no se abriera. Era perfecta, pero también necesitaba un bolígrafo, para empezar de cero una nueva etapa necesitaba que la base fuera sólida y nueva: compré un bolígrafo negro que ahora siempre está sujeto en la goma de la libreta —todavía inacabada—. Estaba claro, dejaba atrás esa etapa en la que me di cuenta que pensar era una mierda, acabar en el pozo de la desesperación, la tristeza y el sinsentido y empezaba una nueva era, una nueva forma de ver el mundo en el que pocas cosas se me escaparían y en el que podría mirar el mundo con la seguridad de que pocas cosas se me escaparían… También es cierto que en parte se convirtió en mi diario y es que hay momentos, premomentos incluso, que necesitas ver escritos para tener todo más claro o incluso para creértelos, quizás o lea —o mejor dicho, os escriba— algunos de esos desvaríos antes de abrir el grifo…

También hay páginas arrancadas. La primera vez que arranqué una página fue para protegerme de ella… para protegerla o… no sé, para proteger todo lo que nunca fue… Recuerdo aquella página porque la arranqué entre lloros y sollozos y es por eso que aún la conservo, porque intenté quemarla, pero no ardió.

jueves, 30 de abril de 2015

Todavía aún recuerdo…

Todavía recuerdo aquella tarde
en que cosimos la marioneta favorita de Enare,
con aquel calcetín agujereado
que siempre asegurabas que era tu favorito.
Con aguja, dos botones e hilo,
pronto tuvimos protagonista para tus cuentos.
Y necesitábamos un nombre,
y Enare ni siquiera caminaba,
y tú lógica absurda quiso que le llamásemos Guantes.
Y tú lo movías,
yo cantaba
y ella se quedaba dormida.
Y pestañeamos y ya nos pedía los cuentos,
con sus princesas, sus héroes,
príncipes, castillos y heroínas.
Y volvimos a pestañear
y vinieron esas madrugadas,
en que leía bajo las sábanas
y yo le decía que apagara la luz,
y tú llegabas y, sin que me enterara,
le decías que un poquito más.
Todavía aún recuerdo aquellas tardes
en las que aparecías con ramos de rosas
y me besabas, a traición, por la espalda,
y luego me abrazabas.
Y cambiábamos todas las flores del jarrón
excepto una, azul esperanza,
azul calma.
Todavía aún recuerdo cómo me mirabas,
cómo reías y cómo llorabas
mientras me decías que me querías,
que estabas siempre y estarías,
que siempre nos cuidarías.
Todavía recuerdo nuestro primer beso,
en el que el caballero se quitó el yelmo
para besar a su amada.
Todavía tus latidos en la armadura
y mirarnos y pasear de la mano
por el cauce de aquel río nada vacío.
Todavía recuerdo cómo alquilamos nuestra primera casa
y nos repartimos las cenas,los baños y las escobas…
y el sofá y las primeras películas,
y el fin para siempre de tus noches de insomnio,
y el comienzo de noches locas,
noches de sueños.
Todavía recuerdo aquella primera cosecha,
de un huerto, en el jardín,
junto al árbol que plantamos juntos,
el día que nació Enare.
Todavía recuerdo aquellas noches,
en las que venías a recogerme del trabajo
y traías la cena y acabábamos en las estrellas.
Todavía recuerdo el día en que me dijiste que no me asustara,
que tú no tenías miedo,
que aunque no te viera,
siempre ardería tu fuego.
Todavía recuerdo el día en el que encontré tu libreta,
en la que anticipabas lo que pasaría
y creías vivir diciendo una mentira,
porque sabías, sabías que te irías,
que tu hora llegaría antes que la mía
y me mentías, me mentías a la cara,
diciéndome que siempre estarías.
Y viviste creyendo que me contabas una gran mentira,
a la vez que intentabas buscar la medicina.
Y buscabas la fórmula,
y nos sonreías, nos hacías felices,
nos contabas historias,
nos abrazabas, cosías tus calcetines,
nos apagabas la luz, nos mirabas,
nos querías.
Todavía recuerdo tu última sonrisa,
tu último mal chiste y que nosotros plantamos
un domingo, las flores para tu tumba,
que todos los meses cambiamos,
todas, excepto una.
Todavía recuerdo cómo me enseñaste a escribir poesía
y que me hiciste ver que para algo sí servía,
porque siempre fue tu cura,
tu manera de estar,
de perdurar,
de vivir nuestra inmortalidad.
Todavía recuerdo cómo te miraba cuando me leías
y pensabas que lo hacías mal,
que era una afición absurda.
Todavía hoy aún nos mira,
Guantes, con una sonrisa bien cosida
y te fuiste,
te fuiste sin saber que no nos contaste ninguna mentira,
porque aún estás,
porque ahora,
ahora que soy yo la que escribo poesía,
he de decir, que no nos querías,
que decir eso sería una mentira,
porque lo que tú sentías,
lo que sentías,
nunca fue pasado,
ayer, ahora, y mañana todavía,
digo que nos quieres,
que no mentías,
que ahora y siempre,
eres el amor de mi vida.

sábado, 18 de abril de 2015

Gracias.

Y nos quitan la capa

en pleno vuelo:

nos metemos en la tormenta.

Nos arrojan, nos empujan,

no sabemos reaccionar.

Las nubes y las estrellas

ahora son truenos, centellas,

rayos y centellas.

Nuestra fuerza de repente,

siete veces menor a la de un gnomo

y un llanto seco

nos estrella.

Y siento la impotencia

y miento para que no me crean

y solo es cierto que no hay certeza,

no hay cielo claro,

solo una dura,

angustiosa,

angustiosa dura corteza

que nos revuelve el estómago

y lo más que podemos hacer

es aguantar,

aguantar esas ganas de vomitar

a la realidad,

a una realidad imperfecta,

de golpes, de zarzas,

de espinas,

sin rosas.

Ya murió la mariposa,

ya llora, desconsolada,

la princesa.

Ya susurra aquella sombra,

rastrojo que arrastra tristeza.

Y mi medicina es la ponzoña

que me mata y me envenena.

Y mis lágrimas son sucias,

ya no filtran,

no confían.

Intranquilas se desprenden,

saltan al vacío

desde mi ciega retina,

rutina diaria, rutinaria,

nos sentimos ángeles

con las alas cortadas.

Y sabemos que pudimos volar,

añoramos el cielo que contamina la realidad.

Caídos, perdidos,

bebidos, vividos, vívidos,

enjaulados, atados,

nos gastaron los suspiros…

Y se nos vuelve olvidar,

el arco friega la cuerda,

da una nota de esperanza,

de brío, de valor y brillo.

Nos tiramos de cabeza al sueño,

nuestras alas rotas pueden volar.

Y en el paredón del cielo,

nos dan, esquivamos las balas,

bailamos en la tormenta,

atormentamos la realidad,

le damos dosis de la nuestra.

Y nuestra sangre riega los campos

y nuestro vómito

es el sustrato donde crece la rosa,

nuestro aire,

el mismo donde crecen las mariposas.

La princesa ríe, alegre,

en nuestra cama.

Y me devuelve la capa,

me da las alas.

Gracias.

lunes, 6 de abril de 2015

Hacer nuestro el tiempo…

Hay veces que queremos parar el mundo,

otras necesitamos acelerar cada segundo,

intentamos hacer nuestro el tiempo,

pero no podemos...

Y nos sentimos perdidos, sin rumbo,

vagabundos sin dueño,

vestidos de duelo,

siguiendo mil sueños.

Perdiendo el norte,

acercando el imán a la brújula,

volviéndola loca,

del norte al sur,

ahora al oeste,

luego al este,

otra vez al sur,

y no hace más que dibujar corazones,

corazones y suspiros helados,

que se calientan,

suspiros hirviendo que se congelan,

y nos dejamos flotar en las mansas aguas de un lago helado,

y nos dejamos quemar en el vivaz fuego del bosque ardiendo,

y tumbados, tirados,

flotando, ardiendo,

consumiéndonos,

aún tenemos fuerza y

entreabrimos nuestros ciegos ojos,

ciegos de lágrimas,

las mismas que congelan el lago

y encienden el fuego,

las mismas que ríen en el infierno

y hacen llorar en el cielo.

Y entonces,

náufrago sin barca,

a la deriva,

dejas de lado a Caronte,

estás por encima

o por debajo,

pero eres algo más

o algo menos,

no lo sabes,

pero no eres eso.

Te dejas llevar, llevar por la corriente,

por el viento, por el hielo,

por el fuego,

por el cielo y por el infierno,

te dejas llevar porque sabes, que al final,

al final no caerás, no hay precipicio,

hay tierra firme y dejarás de ser esclavo del tiempo,

esclavo sin reloj y con cadenas,

las fundirás, lo dominarás,

aunque ahora te dejes llevar,

aunque tengas que dejar el tiempo a lo suyo,

que se dedique a pasar,

al final, al final tu tirarás los granos de arena,

tú llenarás el reloj de cristal,

tú harás la tierra firme y no,

no serás tú, la tierra firme,

la tierra firme sabes dónde está.

sábado, 28 de febrero de 2015

El prospecto. 1

“Pensamientos de suicidio y empeoramiento de su depresión o trastorno de ansiedad. Si usted está deprimido y/o tiene un trastorno de ansiedad, a veces puede tener pensamientos de hacerse daño o suicidarse. Esto puede aumentar al principio de comenzar a tomar antidepresivos, debido a que todos estos medicamentos tardan un tiempo en hacer efecto, normalmente unas dos semanas pero a veces puede ser más tiempo.”

No paraba de releer una y otra vez aquel párrafo de aquel prospecto de aquellas pastillas que le había recetado el médico. Estaba tirado en el suelo, solo, con la espalda contra la pared, una mano apoyada en la cabeza, las gafas en su regazo y la caja de pastillas, en las que solo faltaba una, en su otra mano. El prospecto arropaba su pantalón y le gritaba diciéndole que su estado anímico, que al lugar donde había llegado, hoy en día se le llama depresión y si tomaba aquellas pequeñitas pastillas azules, podría salir de allí. Depresión, de-pre-sión. No era posible, no podía estar metido en esa mierda, él no, a él no le podía pasar eso. Pero ahí estaba, tirado en el suelo, sin recordar cuándo fue la última vez que se duchó o cambió de pijama. Ni siquiera le quedaban platos limpios, la nevera vacía, con medio limón de testigo. El buzón lleno, lo miraba cada día, en busca de aquella carta que le diera algo a lo que acogerse para seguir, pero nada, facturas y publicidad, ni siquiera se molestaba en sacar las cartas del buzón. Llevaba semanas, casi meses, siendo impuntual e ineficaz en el trabajo y ya le habían dado varios toque s de atención, afortunadamente siempre supo disimular muy bien y hacer lo justo para que siguiera pareciendo ante todos que no era de esa clase de personas que necesitaban esas pastillas.

Lo peor de todo era el bloqueo, el bloqueo de todo. Había decidido no destruirse. La primera opción, no recordaba cuándo, pero en el momento en que toda esa mierda comenzó, lo primero que hizo fue darse a la bebida. Se pasaba los días bebiendo y las noches cerrando los bares hasta volver a casa sabiendo que debía de tumbarse de lado porque tarde o temprano vomitaría. No era imbécil y pronto se dio cuenta de no estar solucionando nada. Fue fácil para él dejar de beber, coincidiendo con dejar de dormir. De repente las noches en la cama eran insoportables, necesitaba salir, salir y no parar de caminar. La peor noche fue aquella en la que empezó a caminar y llegó a aquel peñasco, con unas vistas increíbles, unas vistas que dejaron de ser vistas para ver solo la profundidad y que llegaran a su cabeza preguntas como qué pasaría ahora si estuviera él en el fondo del peñasco. Se lo preguntaba constantemente. Cada noche, durante tres meses, estuvo acudiendo allí, pero no supo, nunca supo encontrar una respuesta, el bloqueo seguía, estaba en un punto muerto, su problema, sin embargo, era que estaba vivo.

jueves, 22 de enero de 2015

A mí me gusta

Y ahora ya eres dueño de allá donde pisan tus pies,

y tus huellas dejan un rastro que va borrando el viento,

y tus ojos miran hacia las estrellas

mientras caminas hacia ninguna parte,

y tus recuerdos son rastrojos que se arrastran por el desierto,

y tus lágrimas se secan

y en la mochila solo llevas sonrisas, besos y abrazos,

nada más, vas con lo puesto,

pero con el corazón lleno.

Porque desaparecer ya no es,

porque no quieres,

porque justamente lo que quieres es estar solo,

pero solo con ella,

que todo lo demás te dé igual,

que el reloj siga implacable con un tictac que no cesa,

que el rayo caiga de la tormenta y nos iluminé,

que nos devuelva esas fuerzas que nunca perdimos,

que nos devuelva esa sonrisa que siempre tuvimos,

y que cuando el charco de nuestras lágrimas inunde la tierra,

nademos en ellas hasta juntar nuestros cuerpos.

Y que cuando nuestros gritos de ayuda inunden los cielos,

escuchemos cerca, al oído, cómo susurramos te quieros.

Y que por fin, ahora ya no miras atrás

y ves el futuro, pero en presente

y por fin ves algo que no te asusta,

por fin ves todo claro, aunque el mundo se ría,

sabes que acabaréis de la mano,

tú y ella,

siendo una misma sonrisa

que grita al mundo:

A mí me gusta.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Es tiempo de ropa de calle…

Es tiempo de ropa de calle,
de no arreglarse,
de esperar que todo pase.
Es tiempo de esperar,
de no sentir que pasa,
que simplemente tictac.
Es tiempo de no abrir los ojos,
es tiempo de no mirar.
Es tiempo de deambular
porque ya no hay pasear.
Es tiempo de aguantar la respiración,
es tiempo para llorar,
tiempo para no pensar.
Es tiempo de aguantar,
de no dejarse llevar,
de volcarse en la libreta;
tiempo de hablar pero callar.
Es un tiempo tan confuso,
que no sé cómo expresar.
Es tiempo de zozobra,
cuando nunca viví en el mar.
Es un tiempo entre las sombras,
esperando tu brillar.
Es un tiempo que se para,
separa y une más.
Es un tiempo eternamente fugaz.
Y volverá a ser siempre,
pues nunca dejó de serlo,
un tiempo para amar.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Princesa de cielo y tierra

Ella, princesa de cielo y tierra,

remitente de mis mensajes en botella.

Bella como la luna,

azules ardientes ojos de estrellas.

Yo, vasallo arrodillado

que cada día pide su mano.

Loco enamorado

que nada entre cielo y tierra.

En la más alta torre del más alejado castillo

estaba encerrada libre,

pues solo ella tenía la llave

del más inmortal corazón.

Era libre en una torre,

y yo, esclavo de sus besos,

prisionero sin cadenas,

anhelaba a la princesa,

reina de mis huesos,

diosa de mis rezos.

Joyas y vestidos se peleaban por tocarla,

relinchaban los caballos,

por llevarla en sus carrozas,

y los peines se morían por peinarla.

A cada brazada me sentía más cerca,

llegaba a su reino,

moría por verla.

Mojado del mar llegaba a los guardias,

medio ahogado, borracho de olas,

buscaba mi droga.

Asomaba ella por su ventana,

era ahora llena luna

con ojos azules de estrellas.

Ardía entonces mi sangre.

Su aroma helaba a los guardias.

Loco de mí,

maltrecho y malherido, pensaba en mirarla

y me sentía vivo.

Su sonrisa, una constelación,

me guío a la alto del castillo.

Estás aquí.

Estoy aquí.

¿Por qué?

Dije que siempre estaría.

¿Por qué?

Dije que te seguiría?

Nadie me ha seguido.

Yo te dije que lo haría.

¿Por qué?

Te di mi palabrita.

Lo sé.

Aquí estoy. Pareces sorprendida.

Lo estoy.

No deberías.

Nadie me ha seguido.

Lo sé.

¿Y tú?

Te dije que siempre estaría.

Solo soy princesa.

Eres mi reina.

¿Y qué?

Te sigo entre cielo y tierra.

¿Por qué?

¿Hace falta que lo diga?

¿El qué?

Que eres mi vida,

que sin ti cada día moría.

No lo entiendo.

No quiero que lo entiendas.

¿Por qué?

Quiero que lo sientas.

¿El qué?

Que contigo vuelo, que soy inmortal.

¿Por qué yo?

Porque eres mi reina

y yo solo un princeso.

Me has seguido.

Nunca me he ido.

¿Por qué?

Porque te quiero

y es lo único que tiene sentido.

Caca.

Caca.

jueves, 21 de agosto de 2014

Cuando ni rimaba ni tenía sentido.

Cuando los golpes dejaron de hacerle daño

y todas las señales que llevaban al destino eran cicatrices.

Cuando el Sol estalló en mil pedazos

y todo eran restos de una ciudad calcinada.

Cuando el hielo quemaba y la Luna se escondía,

y cada lágrima helaba tus mejillas.

Cuando nada tenía sentido

y el mar desembocaba en un río.

Cuando tus besos recorrían kilómetros

y no encontraban a los míos.

Cuando buscaba una caricia entre miles de manos

y solo encontraba espinas de lirios.

Cuando ahogo mis penas en whisky

y despierto de un lento coma.

Cuando me pusieron la camisa de fuerza

y no tenía mangas que aguantaran mis delirios.

Cuando no hay punto final para acabar una historia

y queda todo en el aire.

Cuando la tormenta se lleva la rosa

y solo nos deja su aroma.

Cuando Júpiter se puso el anillo de Saturno

y lloraron todas sus lunas.

Cuando una estrella fugaz se hizo eterna

y cumplió el deseo de aquella mente enferma.

Cuando estalló la guerra en su corazón

y la paz se convirtió en un infierno.

Cuando todo fue primavera y otoño

y una flor nacía mientras una hoja caía.

Cuando tus ojos dejaron de mirarme

y mi alma no vivía.

Cuando abrí mi tumba

y estaba vacía.

Cuando vi mi cuna

y  solo un chupete y un biberón, restos del bebé que fui.

Cuando abrí mi cama

y tu no estabas.

Cuando te echaba de menos,

simplemente lloraba.

Cuando te quiero,

estoy contigo,

te echo de menos

y no te has ido.

Qué rápidas van las nubes en París (I)

No iba a escribir una novela sobre alguien que escribe una novela, siendo ese alguien, en este caso yo mismo. Demasiada gente lo había hecho antes y continuaba haciéndolo. La verdad es que ese verano ni siquiera quería escribir una novela. No quería escribir sobre ningún misterio, no quería escribir ningún culebrón, ni siquiera sobre una sensación. No quería escribir. Un tiempo antes no me habría costado escribir, simplemente me habría levantado de la cama y habría encendido el ordenador y tras unos minutos de escribir lo primero que se me pasaba por la cabeza me habría sentido bien conmigo. Desahogado. Pero ya no quería escribir, no podía. Encendía el ordenador, me sentaba en aquella ahora vieja pero por aquel entonces nueva silla de oficina y me proponía escribir. Me lo proponía pero nada salía de la yema de mis dedos.

Todavía hoy no sé por qué motivo no quería escribir, siempre me había gustado, siempre lo había necesitado. Me ponía música de fondo con la esperanza de que alguna canción activara esa parte creativa del cerebro que a veces en tantas personas permanece dormida. Pero nada. Para nada podía escribir. Salía a dar vueltas por la calle y en cada persona veía una historia. Un señor muy mayor, decrépito, que en otro tiempo había sido alguien de cuerpo fornido, pero los años le habían hecho menguar y que la ropa le quedara grande, el sombrero le bailara y el cinturón le diera dos vueltas a la cintura. Ahí tenía que haber una historia, podía escribir sobre eso, seguro que a ese hombre le habían pasado muchas cosas. ¿Debería de haber hablado con él?

Otro hombre, en una iglesia, en plena misa del domingo. Escucha al párroco con una mirada perdida, mientras entre sus manos mece y pasa de un dedo a otro una dorada alianza. Dramático es el momento de silencio en el que todos rezan y su mirada perdida, se pierde más aún en el infinito y el anillo, el anillo queda secuestrado y fuertemente apretado en el puño de aquel hombre que ahora se lleva la mano al corazón, mientras sus ojos, mientras su mirada perdida encuentra unas lágrimas que solo él sabe de dónde vienen. ¿No podía escribir un relato con él como protagonista?

También una mujer, ya mayor, pero que insistía en vestir a la moda, traje de Channel rosa, perfectamente planchado, contrastando con las arrugas que el paso de los años había dejado en su rostro. Pelo teñido de rubio cenizo. Parada frente a un puesto ambulante de dulces, en un pueblecito francés. Se dedica a esperar a cada cliente que pasa e intenta entablar una mínima conversación. También habla con la dueña de aquel puestecito ambulante. Se despide de cada persona con una sonrisa y si te giras, si te giras y la miras después de despedirte de ella, cuando se cree que nadie mira, puedes ver el infinito en su mirada.

Una chica joven. Llora. Tiene tres rosas en la mano, dos de ellas despeluchadas. A sus pies, un helado de chocolate ha caído, chocolate del mismo que mancha su mejilla izquierda. A lo lejos se ve correr a un chico. Ella mira en esa dirección. El chico desaparece.

Un bebé en un carro. Tiene la cabeza exageradamente grande. Estás en el metro y te mira y le miras. Le sacas la lengua y te devuelve una sonrisa. Te pasas tres paradas así. Te tienes que bajar, se despide de ti con la mano, le devuelves una sonrisa.

Pero todavía no eres capaz, todavía no eras capaz, no querías escribir, porque veías las historias, veías todas las historias de detrás y delante de aquellas personas, ¿pero realmente le importarían a alguien? Ya no lo sabes. Veías demasiadas historias y no sabías cuál de todas era la que quería leer la gente y no querías escribir. Acababas por no escribir nada, apagar el ordenador y querer llorar, porque en un tiempo quisiste escribir.

Hasta que un día toda cambia.

viernes, 10 de enero de 2014

Lloro porque reí…

Lloro en el recuerdo de aquel niño feliz,

ese momento en el que reír no bastaba,

necesitabas gritar,

gritar a los siete vientos

lo contento que estabas.

Porque sentirlo no era suficiente,

lo tenías que decir,

como dices hoy que lloras

por el recuerdo de aquel día

en que fuiste feliz.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Allí donde vivo

Donde habita mi cuerpo,

pero no el tuyo.

Donde el silencioso murmullo

yace en el olvido.

Donde perdimos el recuerdo

para encontrar el vacío

de tu cuerpo y el mío.

Donde voló el blanco cuervo

dejando su nido.

Donde caen tus suspiros,

no los recogen los míos,

estiro el alma.

Llego. Han desaparecido.

Donde van mis abrazos

y se esconden los tuyos.

Niebla, sombra, olvido,

todo se ha perdido,

allí es donde vivo.

viernes, 1 de noviembre de 2013

¿Se ha escrito un crimen?

Nunca pensé que podría ser como él. Jamás habría imaginado que fuera de las novelas también pueden ocurrir estas cosas. Siempre me habían interesado los misterios, las series policíacas y los crímenes sin resolver, pero nunca se me dio bien ser detective. Es cierto que de tanto estar metido en ese mundo, para mí ficticio hasta entonces, acabas por desarrollar cierta técnica de observación, intentas mirar donde los otros no miran, te fijas en todo. Tras esa primera historia de Conan Doyle no paras de contar escalones. Bajas o subes de tu apartamento y cuentas el número de escalones que hay hasta tu puerta. Sales de la estación del metro y haces lo mismo. Piensas que sabes algo que los demás no saben. Todos los días subes los mismos escalones, todo el mundo lo hace y sin embargo nadie sabe cuántos son, nadie se ha parado a observar. Pero ahora tú sí. Y es una información útil o, al menos, potencialmente. Puede que un día necesites escapar de alguien, puede que tengas prisa y quizás sabiendo la distancia o el número de escalones que hay seas capaz de saber si podrás saltarlos y huir o simplemente llegar a alcanzar aquel metro que se te escapaba. Pero los demás no lo saben, nadie se fija.

El caso es que desarrollé ese mínimo poder de observación, muy de ir por casa, simplemente me hacía gracia tenerlo. De vez en cuando intentaba que la gente de mi alrededor se diera cuenta de aquello que les envuelve y no son conscientes, lo pasan por alto. Y te miran raro, sorprendidos. ¿Y? ¿Para qué te sirve saber eso? Sonrío y, sinceramente, tampoco lo sé. Fuera de las historias de novela negra son informaciones poco útiles. Quizás lo más utilizado y práctico sea cuando observas a las personas, su gesticulación corporal, si la sabes interpretar dice mucho y te puede ayudar a obtener información de ellas, de cómo tratarlas, pero nada más. Fuera de ahí, en contadas ocasiones utilizarás en la vida real esa nueva habilidad de observación.

Hasta ese día en que me di cuenta de que también fuera de las novelas ocurren cosas, sucesos que parecen sacados de ellas, más increíbles si cabe. Siempre he sabido que la realidad supera a la ficción, pero hasta el día en que presencias un asesinato y crees haberte fijado en algo clave, en algo en que los demás no repararon, hasta ese día no lo habías comprobado.