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domingo, 28 de febrero de 2016

Vendo tiempo

Vendo tiempo,
coste cero.
Bebed mi sangre,
tomad mi cuerpo.
Usad mis versos,
roed mis huesos,
sed mi eco.
Ya no quiero ser mío,
me reniego,
todo vuestro.
Coged mis zapatos,
que a partir de ahora,
a partir de ahora,
ando descalzo.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Papel, tela, seda...

Eres un juguete.
Tarde o temprano
nos damos cuenta
de que a nadie más que a nosotros
le importan nuestros deseos.
Nos damos cuenta
de que para los demás,
para el otro,
somos pañuelos.
Eres un juguete.
Y no les importamos,
siempre nos llenan de mocos.
Si nos quieren un poco
seremos pañuelo de tela,
se sonarán lo justo
para que sigamos con ellos.
Y si son como todos,
seremos de papel,
desechables, olvidables...
Eres un juguete.
Yo lo sé,
soy pañuelo,
pero no sé de qué.
¿Soy de tela?
¿de papel?
No os importan mis deseos,
te dan igual mis sueños,
todo es puro puto interés.
Eres un juguete.
Y me machaca tanto
ser un clínex con corazón.
Absorbo mi propio llanto,
me deshago...
¿Y vosotros por qué sois humanos?
¿Mentís porque sois personas?
No queda ya nadie sobre la tierra
que no me haya engañado,
nadie ya que no me deje de lado.
Eres un juguete.
Y estoy roto, hecho trizas,
deshojado.
Y todavía hay quien me recicla,
quien me quiere pañuelo de tela,
quizás pañuelo de seda,
pero es mentira,
ya no confía.
Soy un juguete a tu vera.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Miedo a morir

Muerte…

… … … … … muerte… … … … … … … … muerte

… … … … … … … … … … … muerte…

…muerte… … … … … …

¿Dónde?

Olvido, nada, blanco,

pánico, vacío…

… … muerte…

… muerte…

… … … … … … … … muerte… … …

Nadie, miedo, incomprensión,

inexistir, reencarnación,

vaquero, desaparezco.

… muerte… muerte… muerte…

Lloro, amargo,

dolor de estómago, vómito,

pasos, respiración,

taquicárdico…

MUERTE

¿Y si creo?

MUERTE

¿Por qué no puedo?

MUERTE

Solo lloro...

MUERTE…

Lloro solo…

MUERTE

Ya no puedo…

MUERTE…

Yo no quiero.

viernes, 13 de noviembre de 2015

Fugaz conjuro para ser eterno

Conjuro para ser eterno:

Llanto sin pestañeo,

ojo sin párpado,

reloj sin tiempo,

diablo sin infierno,

cuervo sin negro,

toro sin cuerno,

niño huérfano,

loco cuerdo,

llama sin fuego,

apagado deseo,

Morfeo sin sueño,

esclavos con dueño,

fregona sin suelo,

tediosos prospectos,

poeta sin versos,

cobra sin veneno,

coche sin frenos,

resaca, ibuprofeno,

mejillas, besos,

libres, presos,

volcán-hielo,

vivomuerto,

todo,

nada,

eco,

eo

.

sábado, 31 de octubre de 2015

Sí, estoy llorando.

Sí, estoy llorando.

Hoy sé que no te importo,

que mi corazón calmado está agotado,

cansado de hablar para no ser escuchado.

Destruido, vacío,

pero lleno de nada,

el resto de un dolor,

de una ruinosa jaqueca asesina

que corroe de arriba abajo mis entrañas.

Y siento que soy un juguete que tienes a mano,

que a la mínima oportunidad cogerías algo nuevo,

que no pudiste alcanzar el dorado

y te conformaste con el plastidecor blanco.

Abandonado, huérfano de ti,

perdido y peor aún, engañado.

Te alías con tus perros,

me haces ver que llevas bozal,

que todo se ha acabado,

me prometes fidelidad

pero sé que es mentira…

Ya no me puedo fiar,

mi corazón, decepcionado,

desilusionado, insultado.

No siento enfado, ni siquiera rabia.

Solo quiero dejarme morir,

morir y que acabe ya tanta mentira,

porque no lo soporto.

Me besabas, me abrazabas

y me daba la vuelta y ya no me pensabas.

Todo por soñar,

mientras tú vivías en una realidad que nunca acepté.

Y ya no sé de quién hablo,

ni siquiera de qué.

Pero me has traicionado.

Enhorabuena,

te di mi vida.

Enhorabuena,

te quise,

te quise y me has matado.

Sí, estoy llorando.

Lloro cansado.

sábado, 18 de abril de 2015

Gracias.

Y nos quitan la capa

en pleno vuelo:

nos metemos en la tormenta.

Nos arrojan, nos empujan,

no sabemos reaccionar.

Las nubes y las estrellas

ahora son truenos, centellas,

rayos y centellas.

Nuestra fuerza de repente,

siete veces menor a la de un gnomo

y un llanto seco

nos estrella.

Y siento la impotencia

y miento para que no me crean

y solo es cierto que no hay certeza,

no hay cielo claro,

solo una dura,

angustiosa,

angustiosa dura corteza

que nos revuelve el estómago

y lo más que podemos hacer

es aguantar,

aguantar esas ganas de vomitar

a la realidad,

a una realidad imperfecta,

de golpes, de zarzas,

de espinas,

sin rosas.

Ya murió la mariposa,

ya llora, desconsolada,

la princesa.

Ya susurra aquella sombra,

rastrojo que arrastra tristeza.

Y mi medicina es la ponzoña

que me mata y me envenena.

Y mis lágrimas son sucias,

ya no filtran,

no confían.

Intranquilas se desprenden,

saltan al vacío

desde mi ciega retina,

rutina diaria, rutinaria,

nos sentimos ángeles

con las alas cortadas.

Y sabemos que pudimos volar,

añoramos el cielo que contamina la realidad.

Caídos, perdidos,

bebidos, vividos, vívidos,

enjaulados, atados,

nos gastaron los suspiros…

Y se nos vuelve olvidar,

el arco friega la cuerda,

da una nota de esperanza,

de brío, de valor y brillo.

Nos tiramos de cabeza al sueño,

nuestras alas rotas pueden volar.

Y en el paredón del cielo,

nos dan, esquivamos las balas,

bailamos en la tormenta,

atormentamos la realidad,

le damos dosis de la nuestra.

Y nuestra sangre riega los campos

y nuestro vómito

es el sustrato donde crece la rosa,

nuestro aire,

el mismo donde crecen las mariposas.

La princesa ríe, alegre,

en nuestra cama.

Y me devuelve la capa,

me da las alas.

Gracias.

sábado, 28 de febrero de 2015

El prospecto. 1

“Pensamientos de suicidio y empeoramiento de su depresión o trastorno de ansiedad. Si usted está deprimido y/o tiene un trastorno de ansiedad, a veces puede tener pensamientos de hacerse daño o suicidarse. Esto puede aumentar al principio de comenzar a tomar antidepresivos, debido a que todos estos medicamentos tardan un tiempo en hacer efecto, normalmente unas dos semanas pero a veces puede ser más tiempo.”

No paraba de releer una y otra vez aquel párrafo de aquel prospecto de aquellas pastillas que le había recetado el médico. Estaba tirado en el suelo, solo, con la espalda contra la pared, una mano apoyada en la cabeza, las gafas en su regazo y la caja de pastillas, en las que solo faltaba una, en su otra mano. El prospecto arropaba su pantalón y le gritaba diciéndole que su estado anímico, que al lugar donde había llegado, hoy en día se le llama depresión y si tomaba aquellas pequeñitas pastillas azules, podría salir de allí. Depresión, de-pre-sión. No era posible, no podía estar metido en esa mierda, él no, a él no le podía pasar eso. Pero ahí estaba, tirado en el suelo, sin recordar cuándo fue la última vez que se duchó o cambió de pijama. Ni siquiera le quedaban platos limpios, la nevera vacía, con medio limón de testigo. El buzón lleno, lo miraba cada día, en busca de aquella carta que le diera algo a lo que acogerse para seguir, pero nada, facturas y publicidad, ni siquiera se molestaba en sacar las cartas del buzón. Llevaba semanas, casi meses, siendo impuntual e ineficaz en el trabajo y ya le habían dado varios toque s de atención, afortunadamente siempre supo disimular muy bien y hacer lo justo para que siguiera pareciendo ante todos que no era de esa clase de personas que necesitaban esas pastillas.

Lo peor de todo era el bloqueo, el bloqueo de todo. Había decidido no destruirse. La primera opción, no recordaba cuándo, pero en el momento en que toda esa mierda comenzó, lo primero que hizo fue darse a la bebida. Se pasaba los días bebiendo y las noches cerrando los bares hasta volver a casa sabiendo que debía de tumbarse de lado porque tarde o temprano vomitaría. No era imbécil y pronto se dio cuenta de no estar solucionando nada. Fue fácil para él dejar de beber, coincidiendo con dejar de dormir. De repente las noches en la cama eran insoportables, necesitaba salir, salir y no parar de caminar. La peor noche fue aquella en la que empezó a caminar y llegó a aquel peñasco, con unas vistas increíbles, unas vistas que dejaron de ser vistas para ver solo la profundidad y que llegaran a su cabeza preguntas como qué pasaría ahora si estuviera él en el fondo del peñasco. Se lo preguntaba constantemente. Cada noche, durante tres meses, estuvo acudiendo allí, pero no supo, nunca supo encontrar una respuesta, el bloqueo seguía, estaba en un punto muerto, su problema, sin embargo, era que estaba vivo.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Vein-ti-dós

Veintidós, vein-ti-dós. Menuda mierda más grande. Creí que no llegaría. No me gusta, no me gusta cumplir veintidós años. Y no puedo hacer nada. Hoy veintiuno y mañana el golpe. Me suena tan tremendamente mal. Solo quiero que pase, que pase… ¿Qué he hecho en estos veintidós años? Poco, poco o nada, y sin embargo demasiado. Todos lo sabemos, a veces estamos años y años, pasan cosas y más cosas, y te das cuenta, o no, simplemente pasan y ahí estás, viviendo al día, al ritmo del paso del tiempo, como toca, como tiene que ser y como es para todos. Pero otras veces… otras veces llega un segundo, o un minuto, por si me leen algunos escépticos o que me acusen de exagerado… Pero a veces, en esa milésima (que se fastidien los que piensen que soy un exagerado, sin ánimo de ofender, bueno, o con él, lo que veáis…), en esa milésima, por fin todo es diferente, por fin pasan cosas, por fin hay sentido, por fin te sientes vivo de verdad. Ya no es el que pasen más o menos cosas, es que pasa algo que de repente te hace estar vivo en un mundo… (¿mundo? No sé por qué lo he escrito, quería escribir “modo”, tampoco sé por qué lo dejo y me obligo a explicar mi fallo ante vuestros ojos)… Y aquí estáis, y aquí estoy, escribiendo como un loco, pero peor es lo vuestro, que leéis a aquel que nunca estuvo cuerdo, que pensáis que podéis encontrar algo, alguna clase de… no sé, no sé explicarlo. Empezaba a escribir porque me apetecía, pero como veis, no sabía qué ni cómo y todavía no lo sé. Llevo tiempo pensando en escribir una nota de suicidio. A ver, a lo mejor me he explicado mal… o simplemente no lo he hecho. No es que me vaya a… ni siquiera puedo decirlo. No. Escribirla, pero fingida. A ver, fingida no para fingir lo que viene siendo mi… que NO. Bueno que me imaginaba un texto que simulara una nota de suicidio pero el suicida fuera tan tonto que acabara realizando un canto a la vida. Y ahora miradme, no sabía qué escribir, pero sabía que cuando pasa alguna cosa mínimamente importante o que así la veo, pues me da por escribir algún post… no sé, algún año nuevo, algún sentimiento que no puedo aguantar ni retener dentro de mí… no sé, cualquier cosilla… Y el año pasado, si no recuerdo mal, por estas fechas también escribí un post… Se ve que veo el tener más y más años como algo lo suficientemente importante como para escribir… No tiene sentido, aunque pocas cosas lo tienen… ¿Algo lo tiene? No lo sé… Muchas veces, demasiadas… De eso os daréis cuenta con los años, tiene gracia que lo diga yo, que aún con veintiuno no puedo haber sido capaz de no sé… ver ese sentido que todo el mundo parece encontrar a todo. Y no paro de ver ahora en mi discurso algo que tiene tanto de diario… Pero yo no escribo diarios, al menos no los leeréis, mis diarios están escritos a manos. Pero espera, ¿nos está diciendo que esto verdad? Si nos cuenta algo de él que es verdad… todo lo que escribe es cierto… oh, Dios, nos está contando lo que le pasa… Cumple veintidós años y además está perdido o algo, quería escribir nosequé y… Y se acaba de dar cuenta de que él lematiza “no sé qué” aunque no es correcto… Pero… Y ahora nos quita la voz y vuelve a ser él, y nos vuelve a poner en la duda de lo que es ficción y de lo que se está inventando y ahora mismo pensaba que acabaría todo esto con un “mañana cumplo veintidós años”.

jueves, 22 de enero de 2015

A mí me gusta

Y ahora ya eres dueño de allá donde pisan tus pies,

y tus huellas dejan un rastro que va borrando el viento,

y tus ojos miran hacia las estrellas

mientras caminas hacia ninguna parte,

y tus recuerdos son rastrojos que se arrastran por el desierto,

y tus lágrimas se secan

y en la mochila solo llevas sonrisas, besos y abrazos,

nada más, vas con lo puesto,

pero con el corazón lleno.

Porque desaparecer ya no es,

porque no quieres,

porque justamente lo que quieres es estar solo,

pero solo con ella,

que todo lo demás te dé igual,

que el reloj siga implacable con un tictac que no cesa,

que el rayo caiga de la tormenta y nos iluminé,

que nos devuelva esas fuerzas que nunca perdimos,

que nos devuelva esa sonrisa que siempre tuvimos,

y que cuando el charco de nuestras lágrimas inunde la tierra,

nademos en ellas hasta juntar nuestros cuerpos.

Y que cuando nuestros gritos de ayuda inunden los cielos,

escuchemos cerca, al oído, cómo susurramos te quieros.

Y que por fin, ahora ya no miras atrás

y ves el futuro, pero en presente

y por fin ves algo que no te asusta,

por fin ves todo claro, aunque el mundo se ría,

sabes que acabaréis de la mano,

tú y ella,

siendo una misma sonrisa

que grita al mundo:

A mí me gusta.

sábado, 15 de noviembre de 2014

“Bautizos, bodas y comuniones”

“Bautizos, bodas y comuniones”
anunciaba aquel jarrón
de aquel escaparate,
y entonces vi,
desordenada, una vida,
una vida por ser vivida.
Pensé que allí había una historia,
quizás un poema,
pero alejé la mirada,
seguí mi camino,
pero la vista,
una vista ya cansada,
seguía en aquellos jarrones.
Pensé todo lo que escribiría:
ese niño que nace,
o esa niña,
mejor niña,
primero será niña.
Nace y entonces,
tras mirar miles de nombres,
tras descartar millones
y quedarnos con tres o cuatro,
nace y le vemos la cara,
y tiene cara de…
Y seguimos en la tradición,
por modernas que sean nuestras ideas,
nos gusta esa celebración,
estamos los dos de acuerdo,
tomamos la decisión,
invitamos a la familia,
será algo íntimo:
un corto sermón,
algunas fotos,
quizás un llanto por el agua fría,
quizás silencio por la bendición,
y después las fotos para recordar,
y después las fotos para no olvidar.
Son las primeras que llenan el álbum,
justo después de las de su primera habitación,
y las de su cunita en el hospital,
y las de la primera noche en casa
y el cambio del primer pañal.
Esas noches en vela que tanto nos dolieron
pero con tanto placer recordamos,
porque son momentos para no olvidar.
Y luego al banquete,
que no falte nadie.
Y tiene dos padrinos
y tres hadas madrinas,
y reparten los detalles,
y encienden la traca
y pasan el libro de firmas.
Y pasa el tiempo,
le crecen los dientes,
las primeras palabras,
algunas edulcoradas,
algunas envenenadas,
otras tiernas, algunas gracias,
algunas ideas maestras
y muchas preguntas,
muchos porqués
para los que a veces no tienes respuestas.
Y te levantas,
estás llorando,
bloqueado,
no sabes como sigue el poema,
porque todo de momento es imaginado
y necesitas realidad,
aún no,
pero la necesitas ya.
Te vuelves a sentar,
sigues escribiendo esa vida.
Pero no hablarás de los paseos por el parque,
de las comidas en la trona,
de las veces que se queda con los abuelos,
de su primer viaje en coche,
su primera visita al zoo,
esa primera vez en la playa,
en la que como os hicieron a vosotros,
la llevasteis desnuda,
era demasiado pequeña para el bañador.
No hablarás de esos y de otros muchos momentos
que también estarán en ese álbum de fotos,
después de cuando lo del bautizo.
Piensas que te apetece hablar sobre las bodas,
por cercanía,
ya no piensas en esa niña,
ahora piensas en ti,
en ti y en ella,
en unas bodas que están lejos pero se acercan.
¿Cómo se lo pedirás?
¿Te lo pedirá ella?
Imposible, quieres ser tú,
quieres sorprenderla,
pero en la intimidad,
darle la más grande sorpresa
y que te la dé ella al decir sí quiero
y ofrecer su dedo para que le dibujes el anillo
un señor anillo que se borrará de su mano
pero se quedará en su corazón.
Y tendrás su mano y correrás gritando al cielo
que nadie puede ser más feliz,
y llamas a tus padres, a tu hermano,
a tus primos, a tus tíos,
a tus abuelos, a tus amigos,
a tu familia,
y lo cuelgas en Facebook,
porque eres tradicional,
pero moderno.
Y preparáis todo,
y decidís entre los dos
y será todo sencillo, más bien modesto,
pero a la vez será tan grandioso.
Y piensas que será donde las vidrieras,
y entre los dos elegís las flores,
hay muchas rosas
y pasillo de jazmines.
Y habrá una sesión de fotos
para llenar otro álbum nuevo,
y bromeas con hacer un selfie en el altar
y te mira mal, pero se ríe,
porque no os sabéis enfadar.
Y no lleváis zapatos,
lleváis converse a juego,
todo por una promesa,
algo que pensaste que sería un reto,
pero es divertido,
os hace únicos,
aunque siempre pensaste
que llevaríais zapatos en el último momento.
Y la imaginas a ella,
completamente vestida de blanco
y tú llevando tu traje,
parece que vas arreglado,
pero una barba de tres días
te da ese toque que siempre te gustó desaliñado
por mucho que siempre te llamará aseado.
Y ella nunca brilló tanto,
nunca en la vida,
solo más bella cuando está desnuda.
Preciosa sonríe,
sus ojos azules como el cielo del mediodía,
pero cuando salís de la iglesia llueve
y os reís porque siempre supisteis que llovería.
Y entre arroz y gritos,
las risas de vuestros padres,
las lágrimas de vuestras madres,
os metéis en el coche,
entre risas y os besáis.
Os lleva al banquete,
llegáis algo tarde,
ya está toda la familia
y suena el himno nupcial,
pero el vuestro
y resuenan los vivas los novios.
El menú, que tanto tardasteis en decidir,
solo lo probáis a medias,
os toca estar para todos,
sonreír y pasa la gente
y pasan las fotos
y no os dais cuenta
porque de lo felices que sois
simplemente actuáis,
no es tiempo para pensar,
para eso están las fotos,
fotos que llenarán el álbum para recordar,
ese álbum para no olvidar.
Y cambias la dirección del poema,
ahora lloras menos,
te vuelves a levantar,
esta vez para mear.
Vuelves al ordenador,
estás más sereno has hablado con ella.
Y hablabas de las bodas,
pero ya ha pasado el momento,
no escribirás de los primeros trabajos,
de cuando os fuisteis a vivir juntos,
de la luna de miel,
de la luna de paté, nata,
guaraná y todo lo que se pudiera untar.
No hablas del lugar,
lo decidisteis entre los dos,
siempre lo tuvisteis claro
y al verlo,
al tener los billetes entre las manos,
al subir al vuelo os mirabais,
asentíais sabiendo haber acertado
y mientras el avión despega
vuestros labios se pegan entre
sonrisa y sonrisa,
bailan las lenguas.
Tampoco escribirás de esos días previos de nervios
ni de esas noches de desenfrenada locura,
ni de la búsqueda de piso o la compra de muebles,
los días de hacer la compra y el reparto de tareas,
las lavadoras, las camas,
las estanterías, bajar la basura,
cambiar las bombillas…
quizás no sea apropiado para este poema.
Las comuniones,
esa tercera palabra en la que viste un poema.
Y ya no sabes cómo escribirla,
estás más bien lejos,
pero te para cerca por tus familiares pequeños.
Dos días a la semana van a catequesis
y te cuentan que si pueden,
otros tantos a misa.
En la última comunión te tocó conducir
y bebiste cerveza delante de tus padres,
tenías un examen al día siguiente.
Lo pasabas bien, pero estabas solo
y piensas en la siguiente que viene,
irás acompañado,
vestido de gala,
ella preciosa
y tú desaliñado.
Y será más familia.
Y ese niño que comulga,
que se ríe
y cuando te ve se burla,
sabe bien las oraciones,
pero mira los regalos.
Y llora quizás por las fotos
porque nunca le gustaron,
pero el caso es que los padres quieren el álbum,
quieren ese álbum para recordar,
quieren esas fotos para no olvidar.
Una bici, un balón,
una nueva consola,
una biblia, un ordenador,
la equipación de su equipo,
algún libro, ropa,
un estuche, un compás,
una tablet y un iPhone.
Y cuando la misa,
tú esperas con tu novia en el bar,
hay muchos niños,
pero solo uno es tu familiar,
entras solo al final,
cuando le dan la bendición,
y otra vez hacia el banquete
y os presentáis a todos,
anunciáis vuestra relación.
Y decidís marchar un poco antes,
no hay nadie en casa y os vais al salón,
cogéis una peli y la manta,
ni veis la peli ni usáis la manta.
Y es el momento en el que te das cuenta de que decae el poema,
de que se está acabando a cada pulsación del teclado,
te sales de la historia,
de ese cartel del escaparate
y recuerdas cuando,
hace tan solo unas horas,
le contabas a tu amor que habías leído algo increíble,
lo mejor que habías leído en tiempo,
y recuerdas ese momento en el que se lo dices:
“Bautizos, bodas y comuniones”.
Y ella se ríe
y le dices haber visto una historia,
un poema, una canción,
el paso del tiempo, algún sentimiento.
Y olvidas el tema durante toda la tarde,
pero cae la noche y no está,
y no está y es momento de escribir,
porque no le queda mucho para volver,
y le has contado que escribías
y justo ahora, en este instante,
recuerdas la broma que le hiciste mientras se reía
de tu descubrimiento en el escaparate:
¿Por qué en los entierros no se da regalo?
le insinuaste,
y quizás le pareció el chiste un poco macabro,
pero seguiste con la broma
y acabasteis riendo,
porque en el fondo lo sabéis:
no habrá regalo en vuestro entierro,
el caso es que ni siquiera habrá entierro,
porque desde hace tiempo decidisteis vivir el sueño,
seríais inmortales desde aquel primer beso.
Y sabiendo que debería acabar en el anterior verso,
sigues escribiendo,
escribes para decir que por extenso,
no has sabido retratar una vida,
no has sabido escribir en verso,
no has sabido contar la métrica,
tampoco hallar la rima,
pero te da igual, no te importa,
solo quieres que llegue a casa,
enseñarle tu poema
y que al final,
de todo lo que lea,
se quede solo
con este verso final:
te quiero.

jueves, 21 de agosto de 2014

Cuando ni rimaba ni tenía sentido.

Cuando los golpes dejaron de hacerle daño

y todas las señales que llevaban al destino eran cicatrices.

Cuando el Sol estalló en mil pedazos

y todo eran restos de una ciudad calcinada.

Cuando el hielo quemaba y la Luna se escondía,

y cada lágrima helaba tus mejillas.

Cuando nada tenía sentido

y el mar desembocaba en un río.

Cuando tus besos recorrían kilómetros

y no encontraban a los míos.

Cuando buscaba una caricia entre miles de manos

y solo encontraba espinas de lirios.

Cuando ahogo mis penas en whisky

y despierto de un lento coma.

Cuando me pusieron la camisa de fuerza

y no tenía mangas que aguantaran mis delirios.

Cuando no hay punto final para acabar una historia

y queda todo en el aire.

Cuando la tormenta se lleva la rosa

y solo nos deja su aroma.

Cuando Júpiter se puso el anillo de Saturno

y lloraron todas sus lunas.

Cuando una estrella fugaz se hizo eterna

y cumplió el deseo de aquella mente enferma.

Cuando estalló la guerra en su corazón

y la paz se convirtió en un infierno.

Cuando todo fue primavera y otoño

y una flor nacía mientras una hoja caía.

Cuando tus ojos dejaron de mirarme

y mi alma no vivía.

Cuando abrí mi tumba

y estaba vacía.

Cuando vi mi cuna

y  solo un chupete y un biberón, restos del bebé que fui.

Cuando abrí mi cama

y tu no estabas.

Cuando te echaba de menos,

simplemente lloraba.

Cuando te quiero,

estoy contigo,

te echo de menos

y no te has ido.

viernes, 10 de enero de 2014

Lloro porque reí…

Lloro en el recuerdo de aquel niño feliz,

ese momento en el que reír no bastaba,

necesitabas gritar,

gritar a los siete vientos

lo contento que estabas.

Porque sentirlo no era suficiente,

lo tenías que decir,

como dices hoy que lloras

por el recuerdo de aquel día

en que fuiste feliz.

jueves, 2 de enero de 2014

Quizás solo por eso

Una pirámide en el desierto,
tapada por las dunas,
alumbrada por la Luna.
¿Por qué recurro a las pirámides
cuando nunca vi ninguna?
¿Por qué a los desiertos
y dunas?
De las playas de Valencia,
del círculo de rocas inglés,
de aquel petit tren francés,
de las cuevas de Granada,
de allí no pasé.
¿Por qué irme a la Luna para describirte,
para describirme por dentro?
Verano invernal.
Describir un aliento
del que no hay vaho en el tiempo,
en un ardiente invierno,
y no hay viento,
mas mi suspiro es gélido.
Corazón de hielo,
corazón de fuego.
Sístole congela,
diástole quema.
Todo es latir,
construir,
destruir.
Palpitar por las entrañas de una ciudad,
una ciudad latente,
latente y cobarde.
Mira hacia otro lado
y ve pirámides, cascadas,
ve palacios y jardines,
las montañas más altas jamás escaladas.
Detrás hay guerras, coches que vuelan,
personas bomba, niños soldados,
niñas esclavas,
hombres no humanos.
Pero vemos el brillar,
el Sol y su reflejo,
la Luna.
Por eso,
quizás solo por eso,
te veo yo.

viernes, 1 de noviembre de 2013

¿Se ha escrito un crimen?

Nunca pensé que podría ser como él. Jamás habría imaginado que fuera de las novelas también pueden ocurrir estas cosas. Siempre me habían interesado los misterios, las series policíacas y los crímenes sin resolver, pero nunca se me dio bien ser detective. Es cierto que de tanto estar metido en ese mundo, para mí ficticio hasta entonces, acabas por desarrollar cierta técnica de observación, intentas mirar donde los otros no miran, te fijas en todo. Tras esa primera historia de Conan Doyle no paras de contar escalones. Bajas o subes de tu apartamento y cuentas el número de escalones que hay hasta tu puerta. Sales de la estación del metro y haces lo mismo. Piensas que sabes algo que los demás no saben. Todos los días subes los mismos escalones, todo el mundo lo hace y sin embargo nadie sabe cuántos son, nadie se ha parado a observar. Pero ahora tú sí. Y es una información útil o, al menos, potencialmente. Puede que un día necesites escapar de alguien, puede que tengas prisa y quizás sabiendo la distancia o el número de escalones que hay seas capaz de saber si podrás saltarlos y huir o simplemente llegar a alcanzar aquel metro que se te escapaba. Pero los demás no lo saben, nadie se fija.

El caso es que desarrollé ese mínimo poder de observación, muy de ir por casa, simplemente me hacía gracia tenerlo. De vez en cuando intentaba que la gente de mi alrededor se diera cuenta de aquello que les envuelve y no son conscientes, lo pasan por alto. Y te miran raro, sorprendidos. ¿Y? ¿Para qué te sirve saber eso? Sonrío y, sinceramente, tampoco lo sé. Fuera de las historias de novela negra son informaciones poco útiles. Quizás lo más utilizado y práctico sea cuando observas a las personas, su gesticulación corporal, si la sabes interpretar dice mucho y te puede ayudar a obtener información de ellas, de cómo tratarlas, pero nada más. Fuera de ahí, en contadas ocasiones utilizarás en la vida real esa nueva habilidad de observación.

Hasta ese día en que me di cuenta de que también fuera de las novelas ocurren cosas, sucesos que parecen sacados de ellas, más increíbles si cabe. Siempre he sabido que la realidad supera a la ficción, pero hasta el día en que presencias un asesinato y crees haberte fijado en algo clave, en algo en que los demás no repararon, hasta ese día no lo habías comprobado.

domingo, 3 de febrero de 2013

Hasta que la muerte nos separe (o no)

—…en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte os separe?

—No.

—¿Y tú…? Un momento, ¿no?

—Sí.

—Entonces quería decir que sí.

—No, digo que sí que he dicho no.

—Pero…

—Hasta que la muerte nos separe me parece poco. Lo juro para siempre.

—Pero, pero, tiene que decir que sí.

—No puedo, estaría mintiendo.

—Pero si no lo dice no les puedo casar…

—Pero es que no tiene sentido, padre.

—¿Cómo? ¿Que una tradición no tiene sentido?

—Pues sí. ¿Por qué hasta que la muerte nos separe?

—¿Cómo que por qué?

—¿Por qué nos tendría que separar la muerte?

—Bueno hijo mío… Son los devenires de la vida misma…

—¿Pero no se supone que hay algo más tras la muerte?

—Por supuesto, el reinado de nuestro Señor y…

—Y entonces, ¿por qué solo he de prometer quererla hasta que la muerte nos separe?

—Bueno… esto… yo… la Biblia… Usted simplemente diga que sí.

—No puedo, ni puedo ni quiero. ¿Por qué solo hasta que la muerte nos separe?

—Esto…. Yo os declaro, marido y mujer.

martes, 9 de octubre de 2012

El último baile (V)

El despertador sonó a las 6.30 como cada mañana. Si bien no entraba a trabajar hasta las nueve de la mañana, en su lejano “exilio” por Sudamérica había adquirido el hábito de levantarse pronto, ponerse las deportivas y empezar a correr. Al principio corría para evadirse del mundo, para olvidar, para no pensar. Poco a poco se convirtió en algo como el respirar para Chuck, una función vital más. El día que no salía a correr lo pasaba más apesadumbrado y cansado que cualquier otro y casi mejor no hablar de las noches, que todavía eran peor. Corría a una velocidad normal, intentando centrarse en el paisaje y en el jazz que sonaba en su iPod. Siempre había oído que aquel que escuchaba jazz era alguien que guardaba una gran pena en lo más profundo de su alma pero Chuck siempre la había amado, siempre había encontrado una profundidad en aquellas notas que lograban tocarle el rincón más recóndito de su corazón. Su largo y ondulado cabello caía sobre su frente, primero seco y, cuando había entrado en calor, mojado debido al sudor. Le encantaba esa sensación de sentir la brisa y el cabello galopando en su cabeza. Se sentía libre, se sentía incluso algo animal, algo salvaje se despertaba en él y le hacía sentir que en cualquier momento podría salir volando e ir a dónde quisiera, lejos de toda realidad. Corrió para olvidar y olvidó que corría.
El caso es que una vez superada su crisis mantuvo aquél hábito de correr temprano cada mañana. Tras unos cuarenta y cinco minutos de recorrido volvía a casa empapado en sudor, se bebía un bote de Aquarius de naranja y se daba una ducha, normalmente templada. Mucha gente habla de las maravillas de las duchas frías pero él, lo único que conseguía con las duchas frías era una respiración entrecortada y algunas veces un gran catarro. A todas esas personas que alababan esa clase de duchas, él, les habría dicho que mienten, que lo que les sienta bien son las duchas frescas y no frías, hay una gran diferencia. Después de ducharse, tendía la toalla, dejaba la ropa sucia en la lavadora y se metía rápidamente a la cocina. Casi siempre solía desayunar fuerte: zumo de naranja, huevos revueltos, tostadas con aceite o mermelada de melocotón y mantequilla (dependiendo del día), una pieza de fruta, normalmente un plátano, y una taza de café recién hecho bien cargada. Después de tan enérgica comida para empezar el día iba al baño a hacer lo propio…exacto, a lavarse los dientes. Se vestía, como siempre, con unos pantalones vaqueros azul marino, una camiseta y una camisa medio abierta (o medio cerrada) por encima y unas zapatillas deportivas de marca Converse. Tras esto, se colgaba su bolsa del hombro. En la bolsa llevaba el ordenador portátil, un bolígrafo negro y un pequeño cuaderno con las tapas de piel. En sus bolsillos llevaba la cartera, las llaves y un viejo móvil con el que pocas más cosas podía hacer que llamar y enviar mensajes de texto. No necesitaba nada más. Siempre le había gustado ir con lo justo y necesario, le gustaba sentirse ligero. Antes de salir de casa se mojaba los dedos en gomina y se despeinaba. Siempre decía que él no se peinaba porque no tenía peine y tenía toda la razón, simplemente se daba un poco de volumen con los dedos y se daba por satisfecho.
Al salir del apartamento cogía el ascensor que lo llevaba directamente al garaje. Allí le esperaba su Yamaha plateada y su casco negro mate con unos tribales grises y una estrella plateada a modo de decoración. Hace tiempo que había dejado de utilizar su viejo coche, un Yaris plateado, ya que el trayecto que hacía no superaba los diez kilómetros. Solo cogía el coche los días de lluvia o viento para evitar el peligro que supondría coger la moto. En la moto se sentía libre, casi como cuando corría. Alguna que otra madrugada entre semana se había puesto el casco y había disfrutado de la vacía carretera propia de esas horas. Simplemente es increíble poder conducir sin tráfico, es una sensación que todo el mundo debe sentir alguna vez, o al menos eso pensaba Chuck.
El caso es que se puso el casco y salió del garaje camino hacia la editorial en la que ahora trabajaba. El cielo estaba completamente despejado, los pájaros cantaban, ningún vehículo se atrevía a interrumpir aquella música ambiental de película Disney que había. Era un día tranquilo, era un día apacible, era un día calmado, era un día de tantos… Pero como suele pasar, si en un bosque no hay ningún ruido, si todos los animales callan, es porque algo va a pasar. Nada más lejos de la realidad. De camino al trabajo Chuck pasaba por una carretera de doble sentido junto a la que había un parque. No era normal que hubiera mucha gente a aquellas horas de la mañana pues o bien todos estaban ya en el trabajo o en el colegio, o bien era pronto para que los que no tenían trabajo o escuela estuvieran en la calle. De repente, en medio de la carretera apareció un niño, siguiendo una pelota roja, el niño llevaba un globo de helio de Bob Esponja atado a la muñeca. Era demasiado tarde para que Chuck frenara sin caerse de la moto pero tuvo que hacerlo. Frenó primero con la rueda de atrás y después con ambas a la vez, la moto derrapó ligeramente haciendo que Chuck cayera al suelo y la moto encima de él. El coche que iba inmediatamente detrás de Chuck también había frenado, un poco antes de que Chuck cayera, quizás advertido de que algo pasaba al ver un globo de Bob Esponja flotando por el medio de la carretera. Las ruedas del coche dejaron de rodar pero se deslizaron por el asfalto hacia Chuck.
Abrió los ojos y vio el parachoques del coche por la parte de abajo, había frenado justo a tiempo. Se levantó rápidamente mirando a los lados y vio que el niño había cogido la pelota y había vuelto al parque, como si nada hubiera pasado, inconsciente de que podría haber dejado este mundo por una estúpida pelota roja que valdría poco más de un euro. Entonces Chuck notó una mano sobre su espalda, seguida de unas palabras que nunca olvidaría.
-¿Cómo te sientes?- dijo una voz femenina, dulce.
-¿Qué? ¿Qué me has dicho?- dijo Chuck mientras se giraba hacia aquella voz.
-Digo, que cómo estás… Ha faltado poco…- dijo ella.
-Me, me habías dicho que cómo me sentía y…- entonces Chuck le vio la cara.
-Ah, sí, estoy acostumbrada a decir eso en lugar de cómo estás, es que es demasiado corriente, me gusta más saber cómo se siente la gente que cómo está...- dijo ella intentando explicarse…
- ¿Tera?- dijo Chuck sorprendido.









martes, 4 de septiembre de 2012

El último baile (IV)

Es curioso ver el modo en el que una palabra puede trastornar a la gente, cómo de simplemente resultar familiar, curiosa, graciosa, triste o simplemente difícil de decir (como otorrinolaringólogo), cómo de eso, puede pasar a convertirse en algo que nos ahoga como si de un bocadillo de polvorones en pleno agosto se tratase. Tetradotoxina, esa era la palabra que hacía que unos momentos su corazón se parase y en otras ocasiones latiera a una velocidad de estrella fugaz. Nunca olvidaría esa palabra.

La primera vez que la oyó fue en su juventud, en una de las numerosas series detectivescas que veía. Sin embargo, nunca se dedicó a investigarla, a saber en qué lugares, animales o plantas se encuentra, o de qué se compone, no. Todo esto no le interesaba para nada. A él le bastaba con saber que era un veneno, como el cianuro o cualquier otro. De hecho, si le hubieran preguntado por una sustancia tóxica, la primera que le habría venido a la cabeza habría sido esta última y, además, siempre añadiría que, es una sustancia que deja un ligero olor a almendras y hace que los labios se tornen de un color más bien morado. Sin duda, el cianuro era el veneno que más se veía por la televisión, un veneno de estar por casa, se podría decir. Pero desde el día en el que un policía llamó al timbre de su casa para darle la peor noticia de su vida, desde el peor día de su vida, la palabra “tetradotoxina” se le quedó grabada a fuego en el corazón, nunca la olvidaría.

Para ser exactos, la oyó cuando llevaba esperando dos horas junto a la puerta de la sala de autopsias y un tipo con bata blanca salió para hablar con el inspector. El inspector y el forense se apartaron a un lado y mantuvieron una conversación de unos cinco minutos. Acto seguido, el forense volvió a aquella fría habitación llena de los pacientes más tranquilos del mundo. El inspector se dirigió hacia él y, lejos de realizarle un interrogatorio o darle largas en lo que respectaba a la causa de la muerte de ella, fue sincero, le contó la verdad sin tapujos. Fue algo que le extrañó en gran modo ya que, la policía, tenía fama de inepta, de ver culpables en todos los sitios, de no descartar a nadie. Sin embargo, aquél inspector parecía diferente. No tardó mucho en confiar plenamente en él. Ella, había muerto a causa de la ingesta de tetradotoxina, un potentísimo veneno que actúa de una manera efímera y fugaz, casi en el acto. Al oír esto, sus llorosos ojos se llenaron de incertidumbre, miedo y rabia. ¿Quién podía haberla querido matar? ¿Por qué? ¿Dónde estaba el responsable de su muerte? ¿Le dejarían matarle cuándo lo encontrasen?

Todas esas preguntas llegaron después de aquella interminable noche pero no obtuvo la respuesta a todas. La investigación no llevó hacia nadie. Apenas tardaron un mes en dejar de investigar y, para entonces, él ya estaba en su exilio en Sudamérica, donde tocó fondo. Resulta curioso que, una persona que da su vida a investigar crímenes, una persona que trabaja en un periódico y se mueve por la búsqueda de la verdad, por destapar los hechos tal y como fueron, por hacer que todo el mundo sepa lo que ha ocurrido, es curioso que cuando más volcado debía estar en un caso, lo único que pudo hacer fue darle la espalda a todo. Asumió que nunca sabría la verdad. Intentó investigarlo en numerosas ocasiones pero, lo único que le ocasionaba era malestar, dolor de cabeza, noches en vela, noche pensando, noches de llantos, noches en las que repasaba todo lo que sabía y veía que, una y otra vez, lo único que hacía era darse golpes contra un muro, intentar encontrar una gota de agua en el mar, un grano de arena en el desierto.

Lo único que desveló su investigación y la de la policía fue que, alguien había puesto una botella de agua con tetradotoxina dentro de la máquina expendedora que había en la primera planta del hospital, justo antes de entrar en el ascensor. Ella, antes de salir hacia casa, había comprado una, la había abierto en el ascensor, había dado un trago y la había guardado en su bolso. Ni siquiera llegó con vida a la planta inferior, donde estaba el parking donde tenía aparcado el coche con el que volvería, un día más a casa. En la máquina expendedora encontraron otras dos botellas envenenadas. Sin embargo, no había ni una sola huella, ni una grabación en la que se viera algo, nada. La única pista respecto a un posible culpable fue el testigo que encontró el cuerpo y vio a un tipo corriendo pero, más tarde se descubrió que el tipo que corría, lejos de ser culpable de homicidio, era un médico que corría hacia un quirófano a través de las escaleras en respuesta a la llamada de su busca. Ésa era toda la información del caso de su mujer. En los siguientes días aparecieron otras dos víctimas más en otros hospitales, llevadas al otro barrio con el mismo método. Pronto se constató que el responsable de esas muertes era un asesino en serie. La policía creó un perfil psicológico y, como siempre, dictaminaron que era alguien frío, inteligente, que llevaría una vida normal ante sus conocidos (aunque seguramente no tendría mucha relación con casi nadie) y que se deleitaba con las ideas de poder y control, de poder quitar vidas a su antojo sin consecuencias. Más allá de esas tres víctimas, no se encontró nada.

Ella había muerto por accidente, por casualidad, sin motivo, sólo por el capricho de un loco que no había dejado ningún rastro, un loco que necesitaba experimentar el placer de jugar con vidas humanas, un loco sin rostro, otra boca flotante más.

Después de ese día, recibió el apoyo de todos sus familiares y amigos pero, lo rechazó y lo único que hizo fue darle la más digna de las despedidas que pudo para, acto seguido, hundirse en sus pensamientos, él solo, lejos de todo, en mares de recuerdos y tragos de llantos, en decisiones que marcarían el resto de sus días. Una y otra vez pensaba en lo mismo: había perdido su razón de vivir. Durante años y años había esperado a que ella llegara, sabía que un día el amor llamaría a su puerta, él le abriría y le invitaría a quedarse para siempre. Pero siempre fue menos de lo que él creía. Siempre fue todo y a la vez nada. Sabía que, desde aquel trágico día, no haría más que levantarse de golpe en mitad de la noche, que gritaría su nombre, que daría rodeos con un paso firme y lleno de rabia junto a la cama, que se despertaría queriendo verla a su lado, que bailaría con la almohada, que se giraría en la cama en busca de un beso que nunca llegaría, un beso que se llevaría el viento. Sólo quería tenerla a ella a su lado. A esa persona a la que siempre tuvo y con la que siempre podía contar ante cualquier problema que tuviera en su vida, esa persona que le curaba todos sus males con un simple abrazo, con una mirada, esa persona que le hacía sentirse seguro. Seguro y querido, no pedía más. Durante un tiempo la tuvo pero ahora, en su ausencia, la vida no tenía sentido.

Sólo el tiempo y la loca idea que le dio aquella canción de no volver a enamorarse nunca más para no pasar por aquello otra vez, fueron los que le permitieron seguir con su existencia.

Pero ahora, cuatro años más tarde del “accidente”, iba a romper la promesa que le hizo a Chuck Starter,esto es, la promesa que se hizo él mismo de no volver a amar a alguien de ese modo nunca más. Se había enamorado.

jueves, 23 de agosto de 2012

El último baile (III)

De aquella tarde en la que le dieron la noticia únicamente tenía un recuerdo borroso y doloroso. Fue uno de los momentos que más repasó durante su periodo de exilio en Sudamérica.

Era un jueves cómo cualquier otro, él estaba en casa, repasando toda la información que había recopilado sobre el caso de homicidio en el que estaba trabajando. La víctima era un hombre de unos 52 años al que habían decapitado brutalmente (pues no hay otra forma de arrancarle la cabeza a alguien que no sea brutalmente) por causas todavía desconocidas en aquel momento. Las sospechosas eran dos mujeres de una edad que poco distaba de la de la víctima. Una era su mujer y la otra una compañera de trabajo con la que parecía llevarse muy bien. No hizo falta investigar mucho para darse cuenta de la aventura que mantenían y que hizo que nuestro amigo perdiera la cabeza, literalmente.

El caso es que mientras repasaba los papeles, las anotaciones de lo que habían dicho los testigos, las grabaciones de los interrogatorios… sonó el timbre de la puerta. Fue a eso de las seis de la tarde. Tuvieron que llamar dos veces puesto que tenía la costumbre de no molestarse en levantarse a abrir la primera vez y todos los que le conocían lo sabían. Decía que así se evitaba hablar con vendedores, ya fuesen de aspiradoras o de religiones (sobre todo a estos últimos). Al oír el timbre por segunda vez acudió a la puerta bajo la cual, entraba la cálida y flamante luz del sol. Abrió y allí estaba, un hombre sin rostro, con uniforme de policía. La imagen que conservaba de aquel individuo que le dio la peor noticia de su vida fue la misma imagen que tenía de los locutores de radio. Para él, los locutores de radio eran personas sin cara, son una simple boca con todo el resto del rostro oscuro, envuelto y escondido en una tenebrosa sombra. Una cabeza flotante en la oscuridad de la que sólo se distingue su forma y se reconoce de forma clara y precisa la boca. Ésa misma imagen es la que tenía de aquél hombre.

Cuándo le dio la noticia simplemente no supo cómo reaccionar. Había habido otros momentos en los que la vida le había abofeteado pero nunca cómo ese. Normalmente, recibía un golpe y no perdía la sonrisa, a veces, incluso ponía la otra mejilla si creía que se lo merecía. Pero esa vez fue diferente. Perdió todo signo de jovialidad en su expresión y un cortocircuito colapsó su cabeza. No podía articular palabra. Sabía que tenía que preguntar muchas cosas: cómo, dónde, cuándo, por qué, por qué… por qué. Sin embargo las primeras palabras que pronunció no fueron una pregunta, no, fueron un imperativo: Quiero verla.

Aquél tipo sin rostro le invitó a seguirle y él, ni siquiera se molestó en coger las llaves de casa, la cartera o el móvil. Mientras lo seguía aquella boca flotante iba hablando, de forma seria y pausada pero él ya hacía tiempo que había dejado de oír lo que le decían. Simplemente se movía cual autómata. En ese estado robótico y cegado por la luz del sol del atardecer se subió en los asientos traseros del coche del policía pese a no haber nadie como copiloto. Cerró la puerta y dirigió la mirada, fija y penetrante al suelo. Aquella boca seguía con su discurso a pesar de no obtener ninguna respuesta ni gesto de él más que la indiferencia y el pálido reflejo de una cara que podría ser la de un cadáver, o incluso la de Iniesta.

Al cabo de una media hora el tambaleo del coche cesó. El motor había parado. Levantó la vista al frente y vio como el tipo sin rostro bajaba del coche y le abría la puerta invitándole a salir. Salió. Se encontraba en el parking de un hospital. Pero no era un hospital cualquiera. Era el hospital donde ella trabajaba. La boca flotante uniformada empezó a andar y él detrás de ella. Ya había dejado de hablar. Anduvieron apenas un minuto cuando la oscuridad y frialdad del aparcamiento y del momento se vio sustituida por las luces de las sirenas y del ascensor, el ruido de walkie talkies, un montón de otras tantas bocas levitando por todo y el color de una cinta amarilla con letras negras que impedía el paso de aquellos “espectros” al lugar donde yacía la única persona con rostro, ella.

Al verla, empujó a su mensajero y chófer y pasó a través de la cinta amarilla como si hubiera llegado a la meta de alguna competición. Sin embargo, su expresión distaba mucho de la de un atleta que acaba de ganar una medalla para su país. Un grito sordo hizo que el mundo se parara por un momento. Todos los allí presentes callaron y vieron el sufrimiento encarnado en una persona, él. Pronto, los médicos que rodeaban el cuerpo lo apartaron evitando que la abrazara y moviera. Él golpeó una y otra vez a los médicos y a todo el personal que intentaba apartarle de lo más importante de su vida. Finalmente, cuando no pudo ni gritar más ni moverse, se desvaneció inconsciente sobre los brazos de aquellos demonios que no le dejaban alcanzar aquello que más quería.

Despertó levantándose de repente en una especie de camilla, con una máscara de oxígeno que inmediatamente se arrancó, al mismo tiempo que daba un salto fuera de la ambulancia donde se encontraba. Justo enfrente, vio cómo un grupo de paramédicos levantaban del suelo un cuerpo, cubierto por una funda de plástico, y lo colocaban sobre una camilla. Después de colocarlo sobre la camilla, la cogieron y la subieron a una ambulancia. Intentó llegar antes de que cerraran las puertas del furgón pero, una vez más, le detuvieron.

Tenía un cierto sabor a sangre en la garganta y lo poco que intentó y consiguió articular (que esta vez sí que fueron preguntas), le causó un punzante dolor, sin duda, consecuencia de los gritos de desesperación e impotencia. Sin embargo, era un dolor mucho menor que aquel que ocuparía su corazón para siempre desde aquella tarde.

Por fin, consiguió calmarse gracias a la ayuda de un inspector y un psicólogo, ambos de la policía, que se quedaron en su compañía. Con éstos por fin consiguió hablar pero, se negaron a contarle nada de lo ocurrido en aquel frío parking. Le propusieron acompañarle a casa y, una vez estuviera más tranquilo, dirigirse al departamento forense dónde se encontraba el motivo y la razón de su vida. Aunque a regañadientes, no le quedó otra que aceptar aquella “invitación”.

El camino a casa fue silencioso, mudo, sordo. Una vez en la puerta, recordó que no tenía las llaves y tuvo que entrar escalando hasta la ventana de su despacho que siempre dejaba entreabierta para emergencias (hasta entonces nunca le había dado otra función que no fuera la de mirar las nubes y la luna, pero ese día le sirvió de entrada). Una vez dentro, abrió la puerta al psicólogo, pues el inspector había insistido entrar con la ventana con él. Todavía hoy no recuerda bien por qué entraron ambos por la ventana y no sólo uno, pero el caso es que así fue. Estando todos reunidos en la casa, el psicólogo le ordenó coger las cosas más básicas para pasar una noche en una comisaría. Cogió las llaves, la cartera y el móvil y se los metió en el bolsillo. Acto seguido le obligaron a sentarse en su sofá y le dijeron unas palabras que empezaron a hacer toda la situación más real (hasta entonces todo había sido como una pesadilla): Su mujer está muerta. No sabemos cómo ha sido. Ha sido encontrado tirada entre el ascensor y el suelo del parking. No había signos de violencia. Sin embargo ha habido un testigo que ha visto a su mujer en el suelo y a otro tipo corriendo. El testigo ha llamado a una ambulancia y a la policía. Nosotros hemos llegado antes y hemos identificado a su mujer por la tarjeta del hospital en el que trabajaba. No había signos de violencia. Hemos verificado las señas en nuestras bases de datos e inmediatamente hemos visto su dirección y la relación que tenía con usted. Hemos enviado un policía lo más rápido posible ya que hemos llamado una y otra vez a su móvil pero no hemos obtenido respuesta. Al llegar allí ha entrado en shock. Ahora iremos a la comisaría, donde también está el departamento forense. ¿Alguna pregunta?

Mientras le hablaban, él tenía un gesto preocupado e incrédulo por muy real que fuera todo. Simplemente se limitó a asentir una y otra vez, asentir con el dolor del batacazo más grande que le habían dado en toda su vida. Lo único que hizo además de asentir con los ojos llorosos, fue mirar las numerosas llamadas que marcaba la pantalla de su móvil y que corroboraban lo que le acababan de decir. Tras la notificación de llamadas perdidas, en el fondo de pantalla de su teléfono, se encontraba la foto de ella, sonriendo como nunca. La luz de la pantalla se fue apagando poco a poco y, cuando finalmente no hubo ni un solo píxel iluminado, alzó la mirada a aquellos dos miembros de la policía y dijo seca, brusca, tristemente y con un hilo de voz: Va…vamos.

sábado, 14 de julio de 2012

El último baile (II)

Después de una sencilla ceremonia y no muy multitudinaria, él rechazó toda compañía para irse solo a casa. Necesitaba estar solo. La lluvia les había acompañado durante toda la tarde y, a pesar de que todo el mundo se quejó e hizo diversas alusiones a la tristeza del ambiente y su consonancia con el momento, él se sintió algo aliviado porque sabía que a ella le encantaba la lluvia. Fue, sin duda, un guiño del cielo, un último adiós. Subió al coche empapado ya que había preferido mojarse como tantas otras veces había hecho con ella en aquellos largos paseos por la playa. Recordó la primera vez que empezó a llover mientras estaban en el paseo marítimo. Estaba atardeciendo, una luz con tonos naranjas y rosados dejaba entrever el semicírculo solar que asomaba por el horizonte. Las nubes, amenazaban de alguna manera tormenta, con sus colores grisáceos que se acercaban al negro pero, aún así, había bastantes claros en el cielo que daban una cierta esperanza a la mayoría de las personas que querían disfrutar de una tarde despejada. Comenzó a llover y él pensó que lo mejor sería cogerla de la mano y correr en busca de un sitio donde refugiarse. Pero cuando le cogió la mano, ella se soltó preguntándole que qué hacía. Él dijo que si no le importaba mojarse y ella, sonriendo le contestó que no, que prefería mojarse, que era divertido. Él no consiguió entenderlo del todo pero entonces ella le dio la mano y empezaron a andar lentamente. En ese momento lo comprendió todo. No podía explicarlo pero aquél momento fue mágico. Simplemente mágico e inexplicable.
Apartándose el pelo mojado que le caía sobre la frente arrancó el coche y se dirigió a la playa. Casi ni se dio cuenta de como llegó hasta allí. Paró el motor y bajó del coche. Empezó a andar por el paseo, con la mirada fija en las olas. El mar estaba enfadado, furioso, alterado. Parecía saber lo que le ocurría. Llegó al final del paseo marítimo que acababa en el puerto. Las luces de las grúas ya empezaban a dejar ver su reflejo en el agua. Entró al puerto y deambuló hasta llegar a un viejo galeón que había sido restaurado y se utilizaba como museo y restaurante. Lejos de entrar en el barco, siguió caminando hasta el final del muelle. Se quedó de pie, mirando al horizonte. Respiró profundo y se sentó, con las piernas colgando sobre el mar. El agua de las olas le salpicaba constantemente pero él permanecía inmóvil, con la mirada perdida, al igual que la expresión de su rostro. Simplemente pensó. Pensaba y a la vez no pensaba, pues tenía la mente completamente en blanco. Sus ideas no sabían a que atenerse, no encontraba palabras para explicar cómo se sentía, todo era un lío. Había perdido antes a gente cercana, familiares, amigos… pero perderla a ella era algo que no sabía como afrontar.
Finalmente, fue el enfurecido mar quien lo sacó de su ensimismado estado. Una ola, más grande y furiosa que el resto, lo cubrió por completo, lanzándole hacia atrás, quedando tumbado en aquel muelle. Se quedó durante un momento mirando al cielo. Ya había anochecido e incluso se podían ver algunas estrellas en el firmamento. Entonces la vio. Una estrella fugaz. Hacía mucho tiempo que no veía una pero al verla deseó lo que cualquier persona que acaba de perder a alguien habría pedido, pidió que volviera. Sabía que era una tontería. Que nada se la podría devolver, pero no perdía nada por intentarlo. Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas. Tras no saber si sentirse idiota, desesperado incluso infantil por haber hecho aquello, se levantó, todavía empapado y se fue a casa, olvidando el coche en aquella playa a unos kilómetros de donde se encontraba.
Las tenues luces de las farolas son lo único que recordaba haber visto durante el camino de vuelta. Ni personas, ni coches, ni siquiera el mísero ruido de un gato callejero rebuscando una espina de pescado entre los cubos de basura. Cuando llegó al portal de su casa sacó las llaves del bolsillo, todavía mojado y abrió la puerta. ni siquiera encendió la luz. Cogió una botella de bourbon de la marca “Four roses” y se sentó en la cama. Todavía no estaba hecha, aquella mañana le tocaba a él hacerla pero había salido con prisas y no le dio tiempo. No estaba muy claro si reía o lloraba al recordar la de veces que habían discutido por el tema de la cama. Se alternaban y repartían todas las tareas y, la única que hacían juntos era deshacer la cama.
Abrió la botella, todavía sin estrenar y dio un trago. No estaba acostumbrado a beber y aquél líquido del color de la miel bajó por su garganta dándole la sensación de que acababa de beber fuego. Pasó un rato mirando la ventana que tenía al frente, con la persiana entreabierta y por la que entraba la luz de las farolas y, de vez en cuando, la que producían los coches al pasar por la calle de abajo. Dio otro trago, ahora más largo. La sensación de estar bebiendo fuego poco a poco desapareció y, la temperatura de su cuerpo fue subiendo cada vez más. El nivel de líquido de la botella bajaba y los grados de su cuerpo subían. Hubo un momento en el que el camión de la basura pasó bajo su calle y unas ráfagas de luz naranja iluminaban intermitentemente su habitación. La botella de bourbon se acabó a la vez que los destellos de aquel camión. Dejó caer el “Four roses” al suelo y se tumbó en su lado de la cama, mirando al de ella.
En la almohada se marcaba todavía ligeramente la forma de su cabeza. Entonces le calló una lágrima que rápidamente absorbieron las sábanas. Clavó la cabeza en la almohada y respiró profundamente. Olía a ella. El dulce aroma de su pelo, de su cuerpo se había quedado con él. Cada vez caían más lágrimas, casi formando un chorro continuo. La cabeza le empezaba a doler y el calor de su cuerpo empezaba a bajar. Cogió la almohada y se levantó. Respiró su aroma abrazándola. Se dirigió a la cómoda de la habitación y encendió la radio sin saber qué emisora había sintonizado. Entonces sonó la canción que le llevaría a tomar una decisión que debería marcar el resto de su vida. La canción que sonó fue “I’ll never fall in love again” de Elvis Costello. Tras bailar largar durante los tres minutos que duró, cayó en la cama, abrazado a la almohada y, finalmente, se durmió.