lunes, 7 de marzo de 2016
El de cuando soy humano
domingo, 28 de febrero de 2016
Y en nuestro porche es más blanca la luna...
Vendo tiempo
jueves, 25 de febrero de 2016
La rueca
sábado, 12 de diciembre de 2015
Papel, tela, seda...
Tarde o temprano
nos damos cuenta
de que a nadie más que a nosotros
le importan nuestros deseos.
Nos damos cuenta
de que para los demás,
para el otro,
somos pañuelos.
Eres un juguete.
Y no les importamos,
siempre nos llenan de mocos.
Si nos quieren un poco
seremos pañuelo de tela,
se sonarán lo justo
para que sigamos con ellos.
Y si son como todos,
seremos de papel,
desechables, olvidables...
Eres un juguete.
Yo lo sé,
soy pañuelo,
pero no sé de qué.
¿Soy de tela?
¿de papel?
No os importan mis deseos,
te dan igual mis sueños,
todo es puro puto interés.
Eres un juguete.
Y me machaca tanto
ser un clínex con corazón.
Absorbo mi propio llanto,
me deshago...
¿Y vosotros por qué sois humanos?
¿Mentís porque sois personas?
No queda ya nadie sobre la tierra
que no me haya engañado,
nadie ya que no me deje de lado.
Eres un juguete.
Y estoy roto, hecho trizas,
deshojado.
Y todavía hay quien me recicla,
quien me quiere pañuelo de tela,
quizás pañuelo de seda,
pero es mentira,
ya no confía.
Soy un juguete a tu vera.
viernes, 13 de noviembre de 2015
Fugaz conjuro para ser eterno
Conjuro para ser eterno:
Llanto sin pestañeo,
ojo sin párpado,
reloj sin tiempo,
diablo sin infierno,
cuervo sin negro,
toro sin cuerno,
niño huérfano,
loco cuerdo,
llama sin fuego,
apagado deseo,
Morfeo sin sueño,
esclavos con dueño,
fregona sin suelo,
tediosos prospectos,
poeta sin versos,
cobra sin veneno,
coche sin frenos,
resaca, ibuprofeno,
mejillas, besos,
libres, presos,
volcán-hielo,
vivomuerto,
todo,
nada,
eco,
eo
.
domingo, 25 de octubre de 2015
¿Flores para tu tumba?
Cada día, durante años, llevaba flores para tu tumba,
semana tras semana, día tras día,
cada domingo, cada festivo.
Los ramos marchitos por el viento,
los pétalos, esparcidos por el tiempo.
Lágrimas camino al cementerio,
el atasco, las farolas, los paraguas fantasma.
Intermitente limpiaparabrisas, luna empañada,
sol tapado, nubes espesas, gatos no pardos.
Lloré.
Bañé.
Perdí.
Barrí.
Caminé.
Creí.
Cada día, durante años, amanecías feliz con tu sonrisa,
semana tras semana, día tras día,
cada domingo, cada festivo.
Los labios carnosos por el silencio,
las palabras malditas por tus besos.
Risas camino al cementerio,
un paseo, unas pipas, un juego.
Constante viento en tu cabello, luna malvada,
sol eterno, nubes claras, perros callejeros.
Reíste.
Besaste.
Mordiste.
Quisiste.
Engañaste.
Te creí.
miércoles, 14 de octubre de 2015
¿Tú me pides que te escriba poesía?
Tú me pides, blanca, que escriba
los versos en prosa que harán que olvides tu día.
Los mismos versos, la misma prosa,
que arderán durante toda la vida.
Tú me extiendes, temblorosa, valerosa,
tu mano que quiere saltar la verja.
Yo te acerco, noches de desenfreno,
la pala con la que taparemos la fosa.
Te quiero y te quiero llevar al sueño.
Y mi tinta, mi cuento,
lo que llamas mi talento,
te han convertido en musa,
a ti, que nunca creíste ser poesía.
Y yo sé,
desde la primera rima,
a quién se refería Bécquer con poesía.
Me invadiste con tu risa.
Eres suave, eres brisa.
Rozar tu pelo mi mejilla era todo lo que quería.
Y dejé, dejé de escribir poesía,
y empecé, empecé a escribir poesía.
En el cuarto, con los pies dolidos
y cada centímetro de mi espalda molido,
no paraba, aún seguía,
aun viviendo en habitaciones separadas,
yo quería estar contigo,
que me susurraras al oído
que odias la música de Sabina.
Es tarde, por favor,
solo te pido,
que nunca más me pidas que escriba poesía.
Nunca más hagas eso,
no antes sin mirar al espejo
y preguntar al reflejo
dónde está la poesía
pura esencia de mi vida.
martes, 28 de julio de 2015
Tocado y hundido. (II)
Quizás debería de haberos dicho que escribo todo esto mientras decido si meter en la bañera la medusa cofre que compré hace exactamente un mes y trece días. Sí, si habéis visto Siete almas sabréis a qué me refiero. Si no lo habéis hecho, creo que estáis tardando en hacerlo, porque es algo más que una película llena de sentimentalismo —o tal vez no, sois libres de juzgarla como queráis—. Todavía no he sido capaz ni de atreverme a acercarme a llenar la bañera. Necesito tiempo para decidir. El caso es que empecé a colarme en clases. Recuerdo que una de las primeras fue una a la que asistía un amigo que conocí el otoño que pasé estudiando inglés en Bognor. Creo que trataba sobre normas ortográficas o algo así y tuve la mala suerte de que era básicamente práctica. La profesora era un tanto peculiar, daba clase en la universidad, pero vestía con una blanca, como si fuera una doctora, pero de las de verdad, de las que curan, y no de esas otras tantas personas que se hacen llamar doctores por tener un doctorado. Me fastidia mucho ese engaño. Vale, es cierto, pero para la gran mayoría cuando alguien nos habla de un doctor, esperamos que sea capaz de salvar al piloto que se ha atragantado con la aceituna rellena de anchoa y al que la azafata mira y zarandea mientras reclama ayuda. Esta profesora disfrazada de doctora estaba ante una clase de unos ochenta alumnos, uno de ellos era yo, que simplemente me colé, olvidando preguntar antes si podía asistir como oyente. Me integré entre el grupo de los chicos, al lado de mi amigo, aparentando ser un alumno más. Estaba claro, si te cuelas en una asignatura práctica corres el riesgo de que te pregunten y casi fue así. Empezó a interrogar uno a uno a cada uno de esos universitarios y universitarias primerizos, que como buenos principiantes llevaban hechos los deberes. Para mi desgracia preguntaba siguiendo la fila con la mirada y no por los nombres de la lista. Se acercaba mi turno, el chico de al lado contestó y… Y una chica al fondo no tenía muy claro el por qué de la respuesta. Fue mi salvación. Hubo al menos cinco minutos de explicación y cuando dijo que continuáramos corrigiendo, di el testigo a mi colega y conseguí pasar totalmente desapercibido. (Ahora mismo me doy cuenta de que no debería haber desvelado tan pronto lo de la medusa, he quitado bastante tensión y suspense a una historia que aún no puedo ni podríais catalogar en un género concreto sin la posibilidad de equivocaros). La verdad es que los nervios hicieron que me rugiera el estómago y cada vez con más frecuencia. Soy un tipo muy nervioso, por fuera suelo aparentar seriedad —sin ser yo nada de eso— pero cualquier cosa institucional y más relacionada con los estudios académicos me hace temblar, puede que me hayan inculcado demasiado la importancia que puede llegar a tener pasar una prueba con un papel y un bolígrafo y obtener la máxima puntuación. Me preocupaba demasiado por mi expediente, al menos lo había hecho hasta ese momento. Os reiréis si os cuento que pensaba que aquellos que hacían los exámenes con bolígrafo de color negro eran unos locos, porque había leído que según ciertos estudios, el color, el impacto visual importa a la hora de recibir el documento, y el azul creaba relax, disminuía el estrés y no era tan monótono como el negro, vamos, que entra mejor por la vista… En definitiva, tras rugidos y sudores fríos esa clase acabó y no tuve que volver —tampoco tenía ganas— a pasar por aquel sufrimiento de colarme en una clase práctica.
La siguiente clase en la que me colé —también con mi amigo de Bognor— fue una clase de verdad. El profesor, era un profesor de verdad. Creo que trataba sobre literatura, tampoco estuve muy atento a la materia y el profesor tampoco, así que no se puede decir que le faltara al respeto colándome en su clase, porque os puedo prometer que jamás en la vida estuve tan atento. Era un buen profesor, ahora, además, es un buen amigo. Con buen profesor me refiero al profesor que te da consejos para la vida y que puedes decidir cogerlos o dejarlos si te das cuenta de la importancia que tienen, porque a veces, la mayoría, pensamos que ya nos están contando otro cuento, otra historieta, y lo comentamos después entre todos, y nos reímos. Pero no, el profesor, suele saber más que la mayoría de los alumnos. Y no es que me considere del porcentaje de los alumnos que superan al maestro, pero… bueno, es que lo soy, no solo me lo considero. ¿Por qué acabé haciéndome amigo de él? Me entendía, sabía de lo que hablaba y pocas personas en el mundo son capaces de acercarse a esta cabeza loca y sin control que solo puede acabar de una manera. Fue en esa clase, en esa clase me cambió la vida por lo que dijo, por lo que recomendó. Invitó a todo el mundo a llevar siempre con él una libreta y un bolígrafo porque lo que pensamos, lo que se nos ocurre, aparece en nuestra mente en un momento, pero luego vuela, vuela y cuando queremos darnos cuenta ya no es igual. Unos buenos versos, la forma en la que te declararás a esa chica que te gusta, el mejor de los pensamientos y la forma en la que lo desarrollarás… quizás la teoría del todo… cualquier cosa. Cualquier cosa aparece en nuestra mente y si no la materializamos desaparece, ya no es igual, se pierde en ese mundo ficticio en el que todo vive antes de que seamos capaces de transformarlo en realidad. Esa misma tarde, mientras acompañaba a mis padres a hacer la compra, me fui a la sección de papelería de aquellos grandes almacenes y me compré mi primera libreta de bolsillo. Era negra, con las tapas de cuero y las hojas de un amarillo blanquecino y además, llevaba una gomita para que no se abriera. Era perfecta, pero también necesitaba un bolígrafo, para empezar de cero una nueva etapa necesitaba que la base fuera sólida y nueva: compré un bolígrafo negro que ahora siempre está sujeto en la goma de la libreta —todavía inacabada—. Estaba claro, dejaba atrás esa etapa en la que me di cuenta que pensar era una mierda, acabar en el pozo de la desesperación, la tristeza y el sinsentido y empezaba una nueva era, una nueva forma de ver el mundo en el que pocas cosas se me escaparían y en el que podría mirar el mundo con la seguridad de que pocas cosas se me escaparían… También es cierto que en parte se convirtió en mi diario y es que hay momentos, premomentos incluso, que necesitas ver escritos para tener todo más claro o incluso para creértelos, quizás o lea —o mejor dicho, os escriba— algunos de esos desvaríos antes de abrir el grifo…
También hay páginas arrancadas. La primera vez que arranqué una página fue para protegerme de ella… para protegerla o… no sé, para proteger todo lo que nunca fue… Recuerdo aquella página porque la arranqué entre lloros y sollozos y es por eso que aún la conservo, porque intenté quemarla, pero no ardió.
lunes, 1 de junio de 2015
Siempre gana lo cierto
tirando a medio lleno.
Vi la luna plena,
caída, desaparecida, ausencia.
Bebí de la copa de veneno,
asesino, revitalizante.
Volé la cometa
y me cortaron el hilo.
Puse la última carta
del castillo de naipes que se llevó el viento.
Tiro el dado,
siempre sale el tercer seis traicionero.
Y la verdad es que miento,
y el engaño lo cierto.
Nada más contradictorio que tener sentimientos.
Nada más patético que quien es mierda por dentro.
Y el petardo de la caca,
no quieres encenderlo.
Se piensan que es un juego,
se creen dueños de tu tiempo.
Y la máscara sonríe,
mientras por bajo arde el infierno.
Y le hacen vudú a tus muertos.
No eres más, no sois más
que el juguete que pronto olvidan.
Estamos bajo la lupa,
en el punto de mira,
somos aquellas dos hormigas.
Una reina, un obrero,
intentando escribir el cuento.
Y del fondo, del grito, del lamento,
surge la princesa,
surge el príncipe,
no gana el gigante,
no gana el enano,
porque al final
el veneno no hace efecto,
siempre gana el amor,
siempre gana lo cierto.
sábado, 23 de mayo de 2015
La libretita de cuero con goma elástica
domingo, 3 de mayo de 2015
Cuánto…
¿Cuánto ha que te fuiste?
¿Cuánto ha que dejamos de decir ha?
¿Cuánto que dejamos de escribir poesía?
¿Cuánto que dejamos de mirarnos?
¿Cuánto hace que no ves una estrella fugaz?
¿Cuánto que no te abanicas con el aleteo de las mariposas?
¿Es cuánto hace de algo la actual pregunta completa?
¿Cuánto tiempo hace desde que…?
¿Desde hace cuánto tiempo que no…?
¿Cuánto ha que no se llena la luna?
¿Cuánto de que tu boca no besa a la mía?
¿Cuánto ha que no eructas?
¿Cuánto que hablas de eructos por no haber pedos en poesía?
¿Cuánto hace desde la última vez que te comiste la punta de la barra de pan antes de llegar a casa?
¿Cuánto de que la abrazaste desnuda?
¿Cuánto ha desde que cambiaste el geranio de tiesto?
¿Cuánto tiempo de la última vez que rascaste una tostada quemada?
¿Cuánto de que te preguntaste por qué escribías?
¿Cuánto desde la última vez que chupaste la patilla de las gafas?
¿Cuánto hace desde que te sacaste el pantalón de entre las nalgas?
¿Cuánto tiempo hace desde la última vez que pronunciaste mal una palabra?
¿Cuánto de la nostalgia de cerrar el libro tras la última página?
¿Cuánto de que te daban la merienda mientras jugabas?
¿Cuánto ha desde que volviste empapado de lluvia buscando toalla?
¿Cuánto desde que te diste cuenta de que la querías?
¿Cuánto seguiremos contestando con más preguntas?
¿Cuánto más apariencia de un lleno vacío?
¿Cuánto ha que respiramos el mismo aliento?
¿Cuánto que nuestro sudor fue uno?
¿Cuándo escribiré mi última poesía?
¿Cuánto ha?
¿Cuánto hace?
¿Cuánto tiempo?
¿Cuándo?
jueves, 30 de abril de 2015
Todavía aún recuerdo…
en que cosimos la marioneta favorita de Enare,
con aquel calcetín agujereado
que siempre asegurabas que era tu favorito.
Con aguja, dos botones e hilo,
pronto tuvimos protagonista para tus cuentos.
Y necesitábamos un nombre,
y Enare ni siquiera caminaba,
y tú lógica absurda quiso que le llamásemos Guantes.
Y tú lo movías,
yo cantaba
y ella se quedaba dormida.
Y pestañeamos y ya nos pedía los cuentos,
con sus princesas, sus héroes,
príncipes, castillos y heroínas.
Y volvimos a pestañear
y vinieron esas madrugadas,
en que leía bajo las sábanas
y yo le decía que apagara la luz,
y tú llegabas y, sin que me enterara,
le decías que un poquito más.
Todavía aún recuerdo aquellas tardes
en las que aparecías con ramos de rosas
y me besabas, a traición, por la espalda,
y luego me abrazabas.
Y cambiábamos todas las flores del jarrón
excepto una, azul esperanza,
azul calma.
Todavía aún recuerdo cómo me mirabas,
cómo reías y cómo llorabas
mientras me decías que me querías,
que estabas siempre y estarías,
que siempre nos cuidarías.
Todavía recuerdo nuestro primer beso,
en el que el caballero se quitó el yelmo
para besar a su amada.
Todavía tus latidos en la armadura
y mirarnos y pasear de la mano
por el cauce de aquel río nada vacío.
Todavía recuerdo cómo alquilamos nuestra primera casa
y nos repartimos las cenas,los baños y las escobas…
y el sofá y las primeras películas,
y el fin para siempre de tus noches de insomnio,
y el comienzo de noches locas,
noches de sueños.
Todavía recuerdo aquella primera cosecha,
de un huerto, en el jardín,
junto al árbol que plantamos juntos,
el día que nació Enare.
Todavía recuerdo aquellas noches,
en las que venías a recogerme del trabajo
y traías la cena y acabábamos en las estrellas.
Todavía recuerdo el día en que me dijiste que no me asustara,
que tú no tenías miedo,
que aunque no te viera,
siempre ardería tu fuego.
Todavía recuerdo el día en el que encontré tu libreta,
en la que anticipabas lo que pasaría
y creías vivir diciendo una mentira,
porque sabías, sabías que te irías,
que tu hora llegaría antes que la mía
y me mentías, me mentías a la cara,
diciéndome que siempre estarías.
Y viviste creyendo que me contabas una gran mentira,
a la vez que intentabas buscar la medicina.
Y buscabas la fórmula,
y nos sonreías, nos hacías felices,
nos contabas historias,
nos abrazabas, cosías tus calcetines,
nos apagabas la luz, nos mirabas,
nos querías.
Todavía recuerdo tu última sonrisa,
tu último mal chiste y que nosotros plantamos
un domingo, las flores para tu tumba,
que todos los meses cambiamos,
todas, excepto una.
Todavía recuerdo cómo me enseñaste a escribir poesía
y que me hiciste ver que para algo sí servía,
porque siempre fue tu cura,
tu manera de estar,
de perdurar,
de vivir nuestra inmortalidad.
Todavía recuerdo cómo te miraba cuando me leías
y pensabas que lo hacías mal,
que era una afición absurda.
Todavía hoy aún nos mira,
Guantes, con una sonrisa bien cosida
y te fuiste,
te fuiste sin saber que no nos contaste ninguna mentira,
porque aún estás,
porque ahora,
ahora que soy yo la que escribo poesía,
he de decir, que no nos querías,
que decir eso sería una mentira,
porque lo que tú sentías,
lo que sentías,
nunca fue pasado,
ayer, ahora, y mañana todavía,
digo que nos quieres,
que no mentías,
que ahora y siempre,
eres el amor de mi vida.
sábado, 18 de abril de 2015
Gracias.
Y nos quitan la capa
en pleno vuelo:
nos metemos en la tormenta.
Nos arrojan, nos empujan,
no sabemos reaccionar.
Las nubes y las estrellas
ahora son truenos, centellas,
rayos y centellas.
Nuestra fuerza de repente,
siete veces menor a la de un gnomo
y un llanto seco
nos estrella.
Y siento la impotencia
y miento para que no me crean
y solo es cierto que no hay certeza,
no hay cielo claro,
solo una dura,
angustiosa,
angustiosa dura corteza
que nos revuelve el estómago
y lo más que podemos hacer
es aguantar,
aguantar esas ganas de vomitar
a la realidad,
a una realidad imperfecta,
de golpes, de zarzas,
de espinas,
sin rosas.
Ya murió la mariposa,
ya llora, desconsolada,
la princesa.
Ya susurra aquella sombra,
rastrojo que arrastra tristeza.
Y mi medicina es la ponzoña
que me mata y me envenena.
Y mis lágrimas son sucias,
ya no filtran,
no confían.
Intranquilas se desprenden,
saltan al vacío
desde mi ciega retina,
rutina diaria, rutinaria,
nos sentimos ángeles
con las alas cortadas.
Y sabemos que pudimos volar,
añoramos el cielo que contamina la realidad.
Caídos, perdidos,
bebidos, vividos, vívidos,
enjaulados, atados,
nos gastaron los suspiros…
Y se nos vuelve olvidar,
el arco friega la cuerda,
da una nota de esperanza,
de brío, de valor y brillo.
Nos tiramos de cabeza al sueño,
nuestras alas rotas pueden volar.
Y en el paredón del cielo,
nos dan, esquivamos las balas,
bailamos en la tormenta,
atormentamos la realidad,
le damos dosis de la nuestra.
Y nuestra sangre riega los campos
y nuestro vómito
es el sustrato donde crece la rosa,
nuestro aire,
el mismo donde crecen las mariposas.
La princesa ríe, alegre,
en nuestra cama.
Y me devuelve la capa,
me da las alas.
Gracias.
lunes, 6 de abril de 2015
Hacer nuestro el tiempo…
Hay veces que queremos parar el mundo,
otras necesitamos acelerar cada segundo,
intentamos hacer nuestro el tiempo,
pero no podemos...
Y nos sentimos perdidos, sin rumbo,
vagabundos sin dueño,
vestidos de duelo,
siguiendo mil sueños.
Perdiendo el norte,
acercando el imán a la brújula,
volviéndola loca,
del norte al sur,
ahora al oeste,
luego al este,
otra vez al sur,
y no hace más que dibujar corazones,
corazones y suspiros helados,
que se calientan,
suspiros hirviendo que se congelan,
y nos dejamos flotar en las mansas aguas de un lago helado,
y nos dejamos quemar en el vivaz fuego del bosque ardiendo,
y tumbados, tirados,
flotando, ardiendo,
consumiéndonos,
aún tenemos fuerza y
entreabrimos nuestros ciegos ojos,
ciegos de lágrimas,
las mismas que congelan el lago
y encienden el fuego,
las mismas que ríen en el infierno
y hacen llorar en el cielo.
Y entonces,
náufrago sin barca,
a la deriva,
dejas de lado a Caronte,
estás por encima
o por debajo,
pero eres algo más
o algo menos,
no lo sabes,
pero no eres eso.
Te dejas llevar, llevar por la corriente,
por el viento, por el hielo,
por el fuego,
por el cielo y por el infierno,
te dejas llevar porque sabes, que al final,
al final no caerás, no hay precipicio,
hay tierra firme y dejarás de ser esclavo del tiempo,
esclavo sin reloj y con cadenas,
las fundirás, lo dominarás,
aunque ahora te dejes llevar,
aunque tengas que dejar el tiempo a lo suyo,
que se dedique a pasar,
al final, al final tu tirarás los granos de arena,
tú llenarás el reloj de cristal,
tú harás la tierra firme y no,
no serás tú, la tierra firme,
la tierra firme sabes dónde está.
miércoles, 25 de febrero de 2015
El sábado te veo
Acababa de hablar con ella y me preparaba algo caliente en la cocina, pero en mi cabeza resonaba ese “se ha dejado la radio encendida”. Yo le contesté que la bajara y no le di más importancia. Pero ahora no paraba de aparecer en mi cabeza una y otra vez. Entonces todo encajó. La radio encendida, claro. ¿Quién deja la radio encendida y se va? Lo hacen muchas personas, más de las que imaginamos. Y poco a poco fue surgiendo el resto de la historia. Además, tenía ya treinta y tres años. Trabajaba en una agencia inmobiliaria y acogía a jóvenes que visitaran la ciudad. Estaba todo tan claro. Se sentía solo de algún modo, era alguien que seguramente requiriera siempre de alguien cerca. ¿Trauma de la infancia? ¿Alguna pérdida? No, habría sido lógico pensar eso, pero no, no pensé eso. Me fui más al trabajo. Enseñar casas. Acompañar cada día a las distintas personas en busca de una casa, no, mejor, un hogar. Ver como toda esa gente conseguía vivir junta, un proyecto de vida, uno detrás de otro, esas parejas que formarían familias, verlo cada día para acabar volviendo solo a casa. Estaba muy claro. Sentí algo de compasión, ganas de darle una palmadita en la espalda.Pero la historia seguía.
Acabé mi té echando un buen chorreón de miel. Pero quemaba demasiado, así que, como cada noche, bajé a pasear mientras se enfriaba mi taza de té con miel. Mientras bajaba las escaleras todo tenía más sentido. Sentía un vacío, pero no era triste al revés, había encontrado la manera de llenarlo y seguir sonriendo cada día. La radio encendida… pensé que seguramente dormía con la radio encendida o escuchando música o algo por el estilo. Yo mismo he sido testigo de esas noches en las que la gente, gente que está sola, o simplemente se siente, llama a la radio para contar algo o únicamente para oír a alguien. Una simple voz, aunque lejana, es mucho mejor que el silencio del insomnio noche tras noche. Pero yo, yo estaba alegre. Él había sabido remediarlo, aunque yo había descubierto todo, estaba muy claro como para no ser verdad. Entonces pensé por qué estaría solo. No era su culpa, bueno sí. No siempre había estado solo, pero simplemente no funcionó. Unas veces la culpa fue de ella, otras, de él, unas cuantas la culpa no la tuvo nadie y otras tantas la tuvieron los dos. El caso es que él no estaba mal, era feliz así.
De repente me di cuenta, él no sabía nada, él no sabía que yo sabía, ni siquiera sabía que existía. Ahí estaba yo, sabiendo todo, recomponiendo y componiendo su historia, haciendo de aquella persona un personaje. Seguía paseando, el cielo estaba clarísimo, se veía cada estrella y esa media luna en la que no paraba de verla a ella… La echo tanto de menos… pero una vida, la vida, la voy a pasar junto a ella y soy feliz. Me acerqué al final de aquel descampado, junto a una pared con grafitis, de espaldas a un campo y sobre una acequia, miré a los lados y empecé a mear. Tenía muchas ganas, mientras seguía mirando a las estrellas. Acabé, tres sacudidas y seguí, mi té me esperaba. Había desmontado y montado toda su vida, lo sabía todo y la radio seguía resonando en mi cabeza y lo pensé cada vez con más ganas. Él no sabía nada y yo, yo había convertido a la persona en personaje, sería un personaje de una de mis historias, le pasarían cosas, no sé cuales, y seguramente, tras superar cualquier problemilla, acabaría siendo feliz, porque habría hecho algo para merecérselo. Me reía, caminaba por la calle y me reía, lo había convertido en un personaje y él no tenía la más mínima idea. Y un rayo relampagueó en mi cabeza. Espera… y si todos los personajes… ¿y si todos los personajes son personas que no saben que alguien en algún lugar está contando su historia? Había descubierto algo, tenía una frase, algo que escribir, estaba deseando llegar a casa para contárselo a ella. Subí, me quité la chaqueta y, mientras, seguía pensando. Vale, es muy bonita esa frase que se me ha aparecido y dice que todos los personajes son personas, pero… mi cabeza le dio la vuelta… ¿y si todas las personas somos personajes? ¡¡¡Boom!!! ¿Había descubierto algo? Ni idea, no lo sabía, pero me sentí, os lo puedo asegurar, por un momento me sentí un personaje y era todo tan…
Y llegué, y el té estaba casi frío, pero yo tenía que hablar con ella, decirle que una vez más me había inspirado para escribir, o simplemente decirle que escribiría y me sentí escritor por primera vez. La sensación de llegar a casa y decirle: tengo algo, voy corriendo a escribirlo, esa sensación despertó en mí una posibilidad de futuro, algo más que veía claro, algo que ocurriría junto a ella y que sería una entre todas esas millones de sensaciones buenas que me hacía sentir ella. Y con el último sorbo de té frío dejé la taza, mientras ella se me acercaba por la espalda, me daba un beso y yo la miraba mientras me decía que nos íbamos a dormir. La besé, me levanté y me fui con ella a la cama.
lunes, 26 de enero de 2015
Y ahora otra vez no sé que hacer
Y ahora otra vez no sé qué hacer,
sentado en el metro,
la mirada perdida,
una mirada que no mira.
Solo sé que no puedo caer,
pero si caigo, me arrastraré,
porque hay veces que no puedes vivir de pie.
¿Vivir en la depresión otra vez?
Y las voces son ruidos que rebotan,
rebotan en mí,
tan absorto en la nada.
Y mis ojos rojos sollozan,
sollozan y lloran un veneno amargo,
tan amargo y tan dulce al probarlo.
Y te viene la pregunta, la premonición,
de si todo será igual,
de si lo vas a poder soportar.
Y me bloqueo,
me ahogo congelado en el hielo,
cuando todo arde,
cuando la cabeza estalla,
el cuerpo pesa
y el corazón se para.
Y todo a mi alrededor,
todo pero no hay nada.
y lo miro y lo veo pero no hay nada.
Es todo tan aparente,
tan falso, tan injusto…
y no hay nada que duela más en el mundo,
que la incomprensión del alma,
que te hagan sentirte solo,
rodeado de gente extraña,
gente rara que parece ser lo normal,
pero gente mala,
envenenada.
Y una y otra vez te dan golpes,
en una mejilla, en la otra,
en toda la cara. ´
Y cuando no hay más que magullar,
empiezan con el resto del alma.
Y no paran,
una y otra vez,
te quieren destrozar
desde una presunta tolerancia,
de lo que llaman ser modernos,
y lo que yo pienso que es no tener valores
y critican y rechazan,
una moral que ellos llaman cristiana.
Tan idiotas que no saben que no importa la etiqueta,
cuando el amor, el sentimiento puro,
es bueno y sincero.
Que por encima de todo prima una forma de ser,
que prima una verdad.
y que yo, que creía en las personas,
me confieso descreído,
y ahora creo en los sentimientos,
en los sentimientos que me ofrecen lo vivido.
Y siento dejar de creer en vosotros,
egocéntricos de vuestro ombligo,
con valores que no entiendo,
que son en realidad tan falsos y vacíos,
y desde allí, veis los míos,
y envidiosos no reconocidos,
os burláis, me atacáis,
creéis hacerme un favor
y lo hacéis,
porque me apartáis,
me apartáis cada vez de un mundo fingido,
un mundo que llamáis real,
realidad, y sin embargo construís dejándoos llevar,
siendo el uno y el otro igual,
igual de vacíos, igual de sinsentidos,
igual de dolidos, igual de podridos.
y aún así, no sé si lloro por vosotros y por mí,
porque habéis construido ese mundo en ruinas a mi alrededor,
intentáis que crea que es real,
que pensar diferente es querer escapar.
Enhorabuena,
lo habéis conseguido:
quiero escapar, huir lejos,
encontrar mi verdadero hogar.
Hacerlo yo,
que nunca nadie más me diga que deje de soñar,
que mientras siga vivo yo,
juro y prometo,
que habrá en este mundo un soñador.
jueves, 22 de enero de 2015
A mí me gusta
Y ahora ya eres dueño de allá donde pisan tus pies,
y tus huellas dejan un rastro que va borrando el viento,
y tus ojos miran hacia las estrellas
mientras caminas hacia ninguna parte,
y tus recuerdos son rastrojos que se arrastran por el desierto,
y tus lágrimas se secan
y en la mochila solo llevas sonrisas, besos y abrazos,
nada más, vas con lo puesto,
pero con el corazón lleno.
Porque desaparecer ya no es,
porque no quieres,
porque justamente lo que quieres es estar solo,
pero solo con ella,
que todo lo demás te dé igual,
que el reloj siga implacable con un tictac que no cesa,
que el rayo caiga de la tormenta y nos iluminé,
que nos devuelva esas fuerzas que nunca perdimos,
que nos devuelva esa sonrisa que siempre tuvimos,
y que cuando el charco de nuestras lágrimas inunde la tierra,
nademos en ellas hasta juntar nuestros cuerpos.
Y que cuando nuestros gritos de ayuda inunden los cielos,
escuchemos cerca, al oído, cómo susurramos te quieros.
Y que por fin, ahora ya no miras atrás
y ves el futuro, pero en presente
y por fin ves algo que no te asusta,
por fin ves todo claro, aunque el mundo se ría,
sabes que acabaréis de la mano,
tú y ella,
siendo una misma sonrisa
que grita al mundo:
A mí me gusta.
sábado, 20 de diciembre de 2014
Un día de una vida (I partede “Un… un…”)
—¿Te acuerdas?
—Claro que me acuerdo, cada día.
—Pero, ¿sabes de lo que digo?
—Estoy pensando lo mismo que tú. Otra vez llegamos tarde.
—Es tu culpa. Siempre tardamos en salir de la cama por tu culpa.
—¿Mi culpa? Bueno… yo… es que me despierto y estás ahí… y…
—Y llegamos tarde…
—Pues sí.
—Pero entonces, ¿sabes de lo que hablaba?
—Hace un año, claro que lo sé.
—¿Un año?
—¡Exacto! Un año desde ese ascensor.
—Un año…
—¿Cómo te sientes?
—Un año…
—Y si lo dices otra vez más ya serán tres.
—¡Jajaja! Perdona, no me había dado cuenta. Sí, me refería a eso. Ya no cogemos el ascensor.
—Lo sé. ¿Para qué?
—No sé, para hablar del tiempo, para conocernos mejor, o incluso si un día se queda parado y estamos solos…
—¡Jajajajaj! Para o tendremos que volver a casa y llegaremos más tarde aún.
—Sí, mejor paro.
—¿Has dejado tú el periódico ese en la mesilla?
—¿Yo? ¿Cuál?
—Uno, abierto por una página en la que ponía algo sobre cuántas veces se hace el amor a la semana y lo que conlleva.
—No sé, ¿qué decía?
—Pues en resumen: cuanto más veces menos estrés, más inteligencia, salud y felicidad.
—Pues no lo he dejado yo, pero…
—¿Pero…?
—No sé, algo tendremos que hacer entonces.
—¡Jajajaja! Y luego dice que llegamos tarde por mi culpa.
—¡Jajajaja!
—Un año del ascensor, de ir al zoo, de tumbarse a mirar estrellas, de sorprendernos cada día, de conversaciones de locos… y de amor, mucho amor.
—Sobre todo mañanas como las de hoy.
—Y dos veces, ¡choca!
—¡Jajajajaja! ¡Idiota!
—Ya sabes que siempre lo fui, te lo advertí. Qué risa, ¿te acuerdas que me hablabas de usted?
-Vaya tela, es verdad… aunque me lo estoy replanteando…
—¿Y eso?
—¡El otro día te vi una cana!
—¡Eh! ¡Jajajajaja! Que tampoco nos llevamos tanto…
—Ni tan poco…
—…
—Te quiero.
—Y yo a ti.
—Me encanta lo bien que lo pasamos, desde el primer momento hasta hoy.
—Bueno, siempre bien…
—¿No?
—A ver…
—¿Alguna vez lo pasamos mal?
—Mal tampoco, pero…
—Madre mía, noticias frescas, a ver, ¿qué me he perdido de esta historia de peli que escribimos cada día con final feliz?
—Lo del final feliz, ya tuvimos que hablar de eso, ¿te acuerdas?
-¡Eh! No vale, esa pregunta era mía.
—Pues ahora te toca.
—Mmmmmm… no sé, ¿cuándo no lo pasamos del todo bien?
—Acuérdate, cuando…
—¿Cuando?
—…
sábado, 15 de noviembre de 2014
“Bautizos, bodas y comuniones”
anunciaba aquel jarrón
de aquel escaparate,
y entonces vi,
desordenada, una vida,
una vida por ser vivida.
Pensé que allí había una historia,
quizás un poema,
pero alejé la mirada,
seguí mi camino,
pero la vista,
una vista ya cansada,
seguía en aquellos jarrones.
Pensé todo lo que escribiría:
ese niño que nace,
o esa niña,
mejor niña,
primero será niña.
Nace y entonces,
tras mirar miles de nombres,
tras descartar millones
y quedarnos con tres o cuatro,
nace y le vemos la cara,
y tiene cara de…
Y seguimos en la tradición,
por modernas que sean nuestras ideas,
nos gusta esa celebración,
estamos los dos de acuerdo,
tomamos la decisión,
invitamos a la familia,
será algo íntimo:
un corto sermón,
algunas fotos,
quizás un llanto por el agua fría,
quizás silencio por la bendición,
y después las fotos para recordar,
y después las fotos para no olvidar.
Son las primeras que llenan el álbum,
justo después de las de su primera habitación,
y las de su cunita en el hospital,
y las de la primera noche en casa
y el cambio del primer pañal.
Esas noches en vela que tanto nos dolieron
pero con tanto placer recordamos,
porque son momentos para no olvidar.
Y luego al banquete,
que no falte nadie.
Y tiene dos padrinos
y tres hadas madrinas,
y reparten los detalles,
y encienden la traca
y pasan el libro de firmas.
Y pasa el tiempo,
le crecen los dientes,
las primeras palabras,
algunas edulcoradas,
algunas envenenadas,
otras tiernas, algunas gracias,
algunas ideas maestras
y muchas preguntas,
muchos porqués
para los que a veces no tienes respuestas.
Y te levantas,
estás llorando,
bloqueado,
no sabes como sigue el poema,
porque todo de momento es imaginado
y necesitas realidad,
aún no,
pero la necesitas ya.
Te vuelves a sentar,
sigues escribiendo esa vida.
Pero no hablarás de los paseos por el parque,
de las comidas en la trona,
de las veces que se queda con los abuelos,
de su primer viaje en coche,
su primera visita al zoo,
esa primera vez en la playa,
en la que como os hicieron a vosotros,
la llevasteis desnuda,
era demasiado pequeña para el bañador.
No hablarás de esos y de otros muchos momentos
que también estarán en ese álbum de fotos,
después de cuando lo del bautizo.
Piensas que te apetece hablar sobre las bodas,
por cercanía,
ya no piensas en esa niña,
ahora piensas en ti,
en ti y en ella,
en unas bodas que están lejos pero se acercan.
¿Cómo se lo pedirás?
¿Te lo pedirá ella?
Imposible, quieres ser tú,
quieres sorprenderla,
pero en la intimidad,
darle la más grande sorpresa
y que te la dé ella al decir sí quiero
y ofrecer su dedo para que le dibujes el anillo
un señor anillo que se borrará de su mano
pero se quedará en su corazón.
Y tendrás su mano y correrás gritando al cielo
que nadie puede ser más feliz,
y llamas a tus padres, a tu hermano,
a tus primos, a tus tíos,
a tus abuelos, a tus amigos,
a tu familia,
y lo cuelgas en Facebook,
porque eres tradicional,
pero moderno.
Y preparáis todo,
y decidís entre los dos
y será todo sencillo, más bien modesto,
pero a la vez será tan grandioso.
Y piensas que será donde las vidrieras,
y entre los dos elegís las flores,
hay muchas rosas
y pasillo de jazmines.
Y habrá una sesión de fotos
para llenar otro álbum nuevo,
y bromeas con hacer un selfie en el altar
y te mira mal, pero se ríe,
porque no os sabéis enfadar.
Y no lleváis zapatos,
lleváis converse a juego,
todo por una promesa,
algo que pensaste que sería un reto,
pero es divertido,
os hace únicos,
aunque siempre pensaste
que llevaríais zapatos en el último momento.
Y la imaginas a ella,
completamente vestida de blanco
y tú llevando tu traje,
parece que vas arreglado,
pero una barba de tres días
te da ese toque que siempre te gustó desaliñado
por mucho que siempre te llamará aseado.
Y ella nunca brilló tanto,
nunca en la vida,
solo más bella cuando está desnuda.
Preciosa sonríe,
sus ojos azules como el cielo del mediodía,
pero cuando salís de la iglesia llueve
y os reís porque siempre supisteis que llovería.
Y entre arroz y gritos,
las risas de vuestros padres,
las lágrimas de vuestras madres,
os metéis en el coche,
entre risas y os besáis.
Os lleva al banquete,
llegáis algo tarde,
ya está toda la familia
y suena el himno nupcial,
pero el vuestro
y resuenan los vivas los novios.
El menú, que tanto tardasteis en decidir,
solo lo probáis a medias,
os toca estar para todos,
sonreír y pasa la gente
y pasan las fotos
y no os dais cuenta
porque de lo felices que sois
simplemente actuáis,
no es tiempo para pensar,
para eso están las fotos,
fotos que llenarán el álbum para recordar,
ese álbum para no olvidar.
Y cambias la dirección del poema,
ahora lloras menos,
te vuelves a levantar,
esta vez para mear.
Vuelves al ordenador,
estás más sereno has hablado con ella.
Y hablabas de las bodas,
pero ya ha pasado el momento,
no escribirás de los primeros trabajos,
de cuando os fuisteis a vivir juntos,
de la luna de miel,
de la luna de paté, nata,
guaraná y todo lo que se pudiera untar.
No hablas del lugar,
lo decidisteis entre los dos,
siempre lo tuvisteis claro
y al verlo,
al tener los billetes entre las manos,
al subir al vuelo os mirabais,
asentíais sabiendo haber acertado
y mientras el avión despega
vuestros labios se pegan entre
sonrisa y sonrisa,
bailan las lenguas.
Tampoco escribirás de esos días previos de nervios
ni de esas noches de desenfrenada locura,
ni de la búsqueda de piso o la compra de muebles,
los días de hacer la compra y el reparto de tareas,
las lavadoras, las camas,
las estanterías, bajar la basura,
cambiar las bombillas…
quizás no sea apropiado para este poema.
Las comuniones,
esa tercera palabra en la que viste un poema.
Y ya no sabes cómo escribirla,
estás más bien lejos,
pero te para cerca por tus familiares pequeños.
Dos días a la semana van a catequesis
y te cuentan que si pueden,
otros tantos a misa.
En la última comunión te tocó conducir
y bebiste cerveza delante de tus padres,
tenías un examen al día siguiente.
Lo pasabas bien, pero estabas solo
y piensas en la siguiente que viene,
irás acompañado,
vestido de gala,
ella preciosa
y tú desaliñado.
Y será más familia.
Y ese niño que comulga,
que se ríe
y cuando te ve se burla,
sabe bien las oraciones,
pero mira los regalos.
Y llora quizás por las fotos
porque nunca le gustaron,
pero el caso es que los padres quieren el álbum,
quieren ese álbum para recordar,
quieren esas fotos para no olvidar.
Una bici, un balón,
una nueva consola,
una biblia, un ordenador,
la equipación de su equipo,
algún libro, ropa,
un estuche, un compás,
una tablet y un iPhone.
Y cuando la misa,
tú esperas con tu novia en el bar,
hay muchos niños,
pero solo uno es tu familiar,
entras solo al final,
cuando le dan la bendición,
y otra vez hacia el banquete
y os presentáis a todos,
anunciáis vuestra relación.
Y decidís marchar un poco antes,
no hay nadie en casa y os vais al salón,
cogéis una peli y la manta,
ni veis la peli ni usáis la manta.
Y es el momento en el que te das cuenta de que decae el poema,
de que se está acabando a cada pulsación del teclado,
te sales de la historia,
de ese cartel del escaparate
y recuerdas cuando,
hace tan solo unas horas,
le contabas a tu amor que habías leído algo increíble,
lo mejor que habías leído en tiempo,
y recuerdas ese momento en el que se lo dices:
“Bautizos, bodas y comuniones”.
Y ella se ríe
y le dices haber visto una historia,
un poema, una canción,
el paso del tiempo, algún sentimiento.
Y olvidas el tema durante toda la tarde,
pero cae la noche y no está,
y no está y es momento de escribir,
porque no le queda mucho para volver,
y le has contado que escribías
y justo ahora, en este instante,
recuerdas la broma que le hiciste mientras se reía
de tu descubrimiento en el escaparate:
¿Por qué en los entierros no se da regalo?
le insinuaste,
y quizás le pareció el chiste un poco macabro,
pero seguiste con la broma
y acabasteis riendo,
porque en el fondo lo sabéis:
no habrá regalo en vuestro entierro,
el caso es que ni siquiera habrá entierro,
porque desde hace tiempo decidisteis vivir el sueño,
seríais inmortales desde aquel primer beso.
Y sabiendo que debería acabar en el anterior verso,
sigues escribiendo,
escribes para decir que por extenso,
no has sabido retratar una vida,
no has sabido escribir en verso,
no has sabido contar la métrica,
tampoco hallar la rima,
pero te da igual, no te importa,
solo quieres que llegue a casa,
enseñarle tu poema
y que al final,
de todo lo que lea,
se quede solo
con este verso final:
te quiero.