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viernes, 13 de noviembre de 2015

Fugaz conjuro para ser eterno

Conjuro para ser eterno:

Llanto sin pestañeo,

ojo sin párpado,

reloj sin tiempo,

diablo sin infierno,

cuervo sin negro,

toro sin cuerno,

niño huérfano,

loco cuerdo,

llama sin fuego,

apagado deseo,

Morfeo sin sueño,

esclavos con dueño,

fregona sin suelo,

tediosos prospectos,

poeta sin versos,

cobra sin veneno,

coche sin frenos,

resaca, ibuprofeno,

mejillas, besos,

libres, presos,

volcán-hielo,

vivomuerto,

todo,

nada,

eco,

eo

.

martes, 28 de julio de 2015

Tocado y hundido. (II)

Quizás debería de haberos dicho que escribo todo esto mientras decido si meter en la bañera la medusa cofre que compré hace exactamente un mes y trece días. Sí, si habéis visto Siete almas sabréis a qué me refiero. Si no lo habéis hecho, creo que estáis tardando en hacerlo, porque es algo más que una película llena de sentimentalismo —o tal vez no, sois libres de juzgarla como queráis—. Todavía no he sido capaz ni de atreverme a acercarme a llenar la bañera. Necesito tiempo para decidir. El caso es que empecé a colarme en clases. Recuerdo que una de las primeras fue una a la que asistía un amigo que conocí el otoño que pasé estudiando inglés en Bognor. Creo que trataba sobre normas ortográficas o algo así y tuve la mala suerte de que era básicamente práctica. La profesora era un tanto peculiar, daba clase en la universidad, pero vestía con una blanca, como si fuera una doctora, pero de las de verdad, de las que curan, y no de esas otras tantas personas que se hacen llamar doctores por tener un doctorado. Me fastidia mucho ese engaño. Vale, es cierto, pero para la gran mayoría cuando alguien nos habla de un doctor, esperamos que sea capaz de salvar al piloto que se ha atragantado con la aceituna rellena de anchoa y al que la azafata mira y zarandea mientras reclama ayuda. Esta profesora disfrazada de doctora estaba ante una clase de unos ochenta alumnos, uno de ellos era yo, que simplemente me colé, olvidando preguntar antes si podía asistir como oyente. Me integré entre el grupo de los chicos, al lado de mi amigo, aparentando ser un alumno más. Estaba claro, si te cuelas en una asignatura práctica corres el riesgo de que te pregunten y casi fue así. Empezó a interrogar uno a uno a cada uno de esos universitarios y universitarias primerizos, que como buenos principiantes llevaban hechos los deberes. Para mi desgracia preguntaba siguiendo la fila con la mirada y no por los nombres de la lista. Se acercaba mi turno, el chico de al lado contestó y… Y una chica al fondo no tenía muy claro el por qué de la respuesta. Fue mi salvación. Hubo al menos cinco minutos de explicación y cuando dijo que continuáramos corrigiendo, di el testigo a mi colega y conseguí pasar totalmente desapercibido. (Ahora mismo me doy cuenta de que no debería haber desvelado tan pronto lo de la medusa, he quitado bastante tensión y suspense a una historia que aún no puedo ni podríais catalogar en un género concreto sin la posibilidad de equivocaros). La verdad es que los nervios hicieron que me rugiera el estómago y cada vez con más frecuencia. Soy un tipo muy nervioso, por fuera suelo aparentar seriedad —sin ser yo nada de eso— pero cualquier cosa institucional y más relacionada con los estudios académicos me hace temblar, puede que me hayan inculcado demasiado la importancia que puede llegar a tener pasar una prueba con un papel y un bolígrafo y obtener la máxima puntuación. Me preocupaba demasiado por mi expediente, al menos lo había hecho hasta ese momento. Os reiréis si os cuento que pensaba que aquellos que hacían los exámenes con bolígrafo de color negro eran unos locos, porque había leído que según ciertos estudios, el color, el impacto visual importa a la hora de recibir el documento, y el azul creaba relax, disminuía el estrés y no era tan monótono como el negro, vamos, que entra mejor por la vista… En definitiva, tras rugidos y sudores fríos esa clase acabó y no tuve que volver —tampoco tenía ganas— a pasar por aquel sufrimiento de colarme en una clase práctica.

La siguiente clase en la que me colé —también con mi amigo de Bognor— fue una clase de verdad. El profesor, era un profesor de verdad. Creo que trataba sobre literatura, tampoco estuve muy atento a la materia y el profesor tampoco, así que no se puede decir que le faltara al respeto colándome en su clase, porque os puedo prometer que jamás en la vida estuve tan atento. Era un buen profesor, ahora, además, es un buen amigo. Con buen profesor me refiero al profesor que te da consejos para la vida y que puedes decidir cogerlos o dejarlos si te das cuenta de la importancia que tienen, porque a veces, la mayoría, pensamos que ya nos están contando otro cuento, otra historieta, y lo comentamos después entre todos, y nos reímos. Pero no, el profesor, suele saber más que la mayoría de los alumnos. Y no es que me considere del porcentaje de los alumnos que superan al maestro, pero… bueno, es que lo soy, no solo me lo considero. ¿Por qué acabé haciéndome amigo de él? Me entendía, sabía de lo que hablaba y pocas personas en el mundo son capaces de acercarse a esta cabeza loca y sin control que solo puede acabar de una manera. Fue en esa clase, en esa clase me cambió la vida por lo que dijo, por lo que recomendó. Invitó a todo el mundo a llevar siempre con él una libreta y un bolígrafo porque lo que pensamos, lo que se nos ocurre, aparece en nuestra mente en un momento, pero luego vuela, vuela y cuando queremos darnos cuenta ya no es igual. Unos buenos versos, la forma en la que te declararás a esa chica que te gusta, el mejor de los pensamientos y la forma en la que lo desarrollarás… quizás la teoría del todo… cualquier cosa. Cualquier cosa aparece en nuestra mente y si no la materializamos desaparece, ya no es igual, se pierde en ese mundo ficticio en el que todo vive antes de que seamos capaces de transformarlo en realidad. Esa misma tarde, mientras acompañaba a mis padres a hacer la compra, me fui a la sección de papelería de aquellos grandes almacenes y me compré mi primera libreta de bolsillo. Era negra, con las tapas de cuero y las hojas de un amarillo blanquecino y además, llevaba una gomita para que no se abriera. Era perfecta, pero también necesitaba un bolígrafo, para empezar de cero una nueva etapa necesitaba que la base fuera sólida y nueva: compré un bolígrafo negro que ahora siempre está sujeto en la goma de la libreta —todavía inacabada—. Estaba claro, dejaba atrás esa etapa en la que me di cuenta que pensar era una mierda, acabar en el pozo de la desesperación, la tristeza y el sinsentido y empezaba una nueva era, una nueva forma de ver el mundo en el que pocas cosas se me escaparían y en el que podría mirar el mundo con la seguridad de que pocas cosas se me escaparían… También es cierto que en parte se convirtió en mi diario y es que hay momentos, premomentos incluso, que necesitas ver escritos para tener todo más claro o incluso para creértelos, quizás o lea —o mejor dicho, os escriba— algunos de esos desvaríos antes de abrir el grifo…

También hay páginas arrancadas. La primera vez que arranqué una página fue para protegerme de ella… para protegerla o… no sé, para proteger todo lo que nunca fue… Recuerdo aquella página porque la arranqué entre lloros y sollozos y es por eso que aún la conservo, porque intenté quemarla, pero no ardió.

lunes, 26 de enero de 2015

Y ahora otra vez no sé que hacer

Y ahora otra vez no sé qué hacer,

sentado en el metro,

la mirada perdida,

una mirada que no mira.

Solo sé que no puedo caer,

pero si caigo, me arrastraré,

porque hay veces que no puedes vivir de pie.

¿Vivir en la depresión otra vez?

Y las voces son ruidos que rebotan,

rebotan en mí,

tan absorto en la nada.

Y mis ojos rojos sollozan,

sollozan y lloran un veneno amargo,

tan amargo y tan dulce al probarlo.

Y te viene la pregunta, la premonición,

de si todo será igual,

de si lo vas a poder soportar.

Y me bloqueo,

me ahogo congelado en el hielo,

cuando todo arde,

cuando la cabeza estalla,

el cuerpo pesa

y el corazón se para.

Y todo a mi alrededor,

todo pero no hay nada.

y lo miro y lo veo pero no hay nada.

Es todo tan aparente,

tan falso, tan injusto…

y no hay nada que duela más en el mundo,

que la incomprensión del alma,

que te hagan sentirte solo,

rodeado de gente extraña,

gente rara que parece ser lo normal,

pero gente mala,

envenenada.

Y una y otra vez te dan golpes,

en una mejilla, en la otra,

en toda la cara. ´

Y cuando no hay más que magullar,

empiezan con el resto del alma.

Y no paran,

una y otra vez,

te quieren destrozar

desde una presunta tolerancia,

de lo que llaman ser modernos,

y lo que yo pienso que es no tener valores

y critican y rechazan,

una moral que ellos llaman cristiana.

Tan idiotas que no saben que no importa la etiqueta,

cuando el amor, el sentimiento puro,

es bueno y sincero.

Que por encima de todo prima una forma de ser,

que prima una verdad.

y que yo, que creía en las personas,

me confieso descreído,

y ahora creo en los sentimientos,

en los sentimientos que me ofrecen lo vivido.

Y siento dejar de creer en vosotros,

egocéntricos de vuestro ombligo,

con valores que no entiendo,

que son en realidad tan falsos y vacíos,

y desde allí, veis los míos,

y envidiosos no reconocidos,

os burláis, me atacáis,

creéis hacerme un favor

y lo hacéis,

porque me apartáis,

me apartáis cada vez de un mundo fingido,

un mundo que llamáis real,

realidad, y sin embargo construís dejándoos llevar,

siendo el uno y el otro igual,

igual de vacíos, igual de sinsentidos,

igual de dolidos, igual de podridos.

y aún así, no sé si lloro por vosotros y por mí,

porque habéis construido ese mundo en ruinas a mi alrededor,

intentáis que crea que es real,

que pensar diferente es querer escapar.

Enhorabuena,

lo habéis conseguido:

quiero escapar, huir lejos,

encontrar mi verdadero hogar.

Hacerlo yo,

que nunca nadie más me diga que deje de soñar,

que mientras siga vivo yo,

juro y prometo,

que habrá en este mundo un soñador.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Un día de una vida (I partede “Un… un…”)

—¿Te acuerdas?

—Claro que me acuerdo, cada día.

—Pero, ¿sabes de lo que digo?

—Estoy pensando lo mismo que tú. Otra vez llegamos tarde.

—Es tu culpa. Siempre tardamos en salir de la cama por tu culpa.

—¿Mi culpa? Bueno… yo… es que me despierto y estás ahí… y…

—Y llegamos tarde…

—Pues sí.

—Pero entonces, ¿sabes de lo que hablaba?

—Hace un año, claro que lo sé.

—¿Un año?

—¡Exacto! Un año desde ese ascensor.

—Un año…

—¿Cómo te sientes?

—Un año…

—Y si lo dices otra vez más ya serán tres.

—¡Jajaja! Perdona, no me había dado cuenta. Sí, me refería a eso. Ya no cogemos el ascensor.

—Lo sé. ¿Para qué?

—No sé, para hablar del tiempo, para conocernos mejor, o incluso si un día se queda parado y estamos solos…

—¡Jajajajaj! Para o tendremos que volver a casa y llegaremos más tarde aún.

—Sí, mejor paro.

—¿Has dejado tú el periódico ese en la mesilla?

—¿Yo? ¿Cuál?

—Uno, abierto por una página en la que ponía algo sobre cuántas veces se hace el amor a la semana y lo que conlleva.

—No sé, ¿qué decía?

—Pues en resumen: cuanto más veces menos estrés, más inteligencia, salud y felicidad.

—Pues no lo he dejado yo, pero…

—¿Pero…?

—No sé, algo tendremos que hacer entonces.

—¡Jajajaja! Y luego dice que llegamos tarde por mi culpa.

—¡Jajajaja!

—Un año del ascensor, de ir al zoo, de tumbarse a mirar estrellas, de sorprendernos cada día, de conversaciones de locos… y de amor, mucho amor.

—Sobre todo mañanas como las de hoy.

—Y dos veces, ¡choca!

—¡Jajajajaja! ¡Idiota!

—Ya sabes que siempre lo fui, te lo advertí. Qué risa, ¿te acuerdas que me hablabas de usted?

-Vaya tela, es verdad… aunque me lo estoy replanteando…

—¿Y eso?

—¡El otro día te vi una cana!

—¡Eh! ¡Jajajajaja! Que tampoco nos llevamos tanto…

—Ni tan poco…

—…

—Te quiero.

—Y yo a ti.

—Me encanta lo bien que lo pasamos, desde el primer momento hasta hoy.

—Bueno, siempre bien…

—¿No?

—A ver…

—¿Alguna vez lo pasamos mal?

—Mal tampoco, pero…

—Madre mía, noticias frescas, a ver, ¿qué me he perdido de esta historia de peli que escribimos cada día con final feliz?

—Lo del final feliz, ya tuvimos que hablar de eso, ¿te acuerdas?

-¡Eh! No vale, esa pregunta era mía.

—Pues ahora te toca.

—Mmmmmm… no sé, ¿cuándo no lo pasamos del todo bien?

—Acuérdate, cuando…

—¿Cuando?

—…

sábado, 23 de marzo de 2013

No me gustas cuando callas porque estás como ausente

Me gustas cuando callas porque estás como ausente. Siempre pensé que esos versos de Neruda mentían, a nadie le gusta el silencio y mucho menos el de aquellas personas que son mucha más que un grano de arena en el desierto o una gota de agua en el océano para nosotros.

“Necesito estar solo, déjame” decimos muchas veces, pero es mentira. Queremos que nos molesten. Queremos pedir soledad y que nos den compañía. Simplemente pensemos en el prototipo de persona que vive sola, aislada de la compañía de los demás, sabemos que no es feliz, al menos no lo aparenta. Y creedme, para ser feliz, hay que aparentarlo. Simulad ser felices y haréis felices y haciendo felices, seréis felices. Es fácil. Es sencillo. Es recíproco. Podéis pensar que así, consiguiendo la felicidad a partir de una apariencia, os estáis engañando, estáis engañando al mundo y en parte es cierto. Pero da igual. Lo que empezó siendo una apariencia, un sueño, una ficción, ha creado una realidad. Eso es lo importante. Todo camino empieza desde un primer paso y no importa dónde estés, lo que importa es que puedes llegar al lugar que quieras, lo importante es tu destino. Lo importante es que las personas que te importan no estén ausentes en el presente de ese viaje.

Sin duda, nuestra vida es un viaje, un viaje que debemos y queremos hacer en compañía y por este motivo: “No me gustas cuando callas porque estás como ausente”

viernes, 13 de julio de 2012

El último baile (I)

Se despertó, una vez más, apesadumbrado, consternado, cansado y con una lágrima dejándose por su mejilla izquierda. La cabeza le dolía de no haber podido dejar de pensar en toda la noche, de contar el tic-tac de las agujas del reloj, de buscar una respuesta en la oscuridad del techo de su apartamento. Era cierto que los motivos de aquella situación eran muy diferentes a los que los causaron hace tiempo pero, el resultado era el mismo, una persona abatida, derrotada, que apenas podía levantarse de la cama, ni siquiera para ir al baño. Siempre había sido un tipo alegre, que tras acabar la carrera de periodismo se quería comer el mundo, decidió que conseguiría el trabajo que siempre había soñado en el diario más importante de su país y, así lo hizo. Empezó trabajando como becario, llevando cafés a los más veteranos pero poco a poco, dejó entrever su buen hacer como periodista de homicidios. Su estilo directo, sus adjetivos que llegaban al alma, los testimonios de las personas más cercanas a la víctima que incluía en medio de la redacción del artículo para darle un toque más de verdad…todo, todo estuvo a sus favor y lo elevó a la posición más alta que podía conseguir alguien en un periódico sin ser el jefe de éste. Pero no solo triunfó en el mundo laboral, no. Encontró, mientras trabajaba en un artículo, al amor de su vida. Ella… Era dulce, sensible, guapa, con un gran sentido del humor… cualquier cosa que se pudiera decir se quedaría corta y, lo más importante, le quería.

Nunca habría imaginado que un caso de homicidio acabaría juntándole con su media naranja, con el amor de su vida. Si alguien le hubiera preguntado, seguramente habría dicho que sí, que sabía que algún día la encontraría pero que era algo muy complicado. Sus amigos y familiares más cercanos no dejaban de decirle que fuera en busca de alguien que le quisiera, con quien se casara y tuviera hijos, o alguna chica con la que simplemente tener una efímera aventura, únicamente querían que no estuviera solo. Él detestaba esto. En cierto modo, se podría decir que estaba muy bien solo, conocía a mucha gente, tenía grandes relaciones de amistad y disfrutaba de ellas, no entendía por qué podría necesitar algo más. Aún así, muchas veces tenía el deseo, las ganas, de encontrar a la mujer de sus sueños. Quería sentir lo que era querer y ser querido más allá del nivel de amistad o familiar. Quería tener a alguien con quién contar siempre. ¿El problema? No le gustaba “buscar”. Odiaba las formas más habituales de encontrar pareja que tenía la sociedad. Ir a una discoteca, bailar con alguien que te atrae físicamente (o no, depende del alcohol que hubiera ingerido), acabar en el coche, la cama o un descampado y, más tarde, quizás, si se daban los números y se llamaban, empezar a conocerse. No le veía nada de sentido. Para él una relación tenía que ser algo con una dinámica totalmente al revés. Primero, conocer a la chica, sus gustos, saber si les gustaban las mismas cosas, saber si disfrutaban hablando o sencillamente de una sonrisa, de la compañía… eso debía ser lo primero para él, tener una amistad, una profunda amistad y, más tarde, evolucionaría, crecería en intensidad y se convertiría en algo más. Esa era la idea que tenía él en cuanto a las relaciones. Era quizás una idea de película “Disney” o cuento de hadas pero no le importaba, era su idea. Hacía ya tiempo que había empezado a vivir la vida del modo en que quería y no del modo que podía gustar más a los demás y, la verdad, eso le hacía feliz y se notaba incluso en su aspecto.

La investigación en la que la conoció fue la cuarta que seguía y con la que escribiría un artículo por el que ese mismo año le otorgarían un premio debido a una redacción narrativa impecable y al haber conseguido ayudar a la policía en la ardua labor de atrapar al culpable de aquel cruento homicidio.Cuando la conoció estaba horrorizada, los ojos le lloraban, su respiración la más profunda y nerviosa que había oído nunca y sus labios… sus labios mantenían el vivo color rosáceo de siempre. Su boca era un caramelo y él, un niño desesperado. A pesar del estado en el que se encontraba, ella mantuvo la dolorosa entrevista con cierto sentido del humor, incluyendo ironías y sarcasmos que contrastaban fuertemente con la gravedad del asunto pero, lejos de hacer incómoda la conversación la hacía más llevadera. Él pronto se adaptó a su estilo y consiguió conectar con ella rápidamente. Cuando llevaban diez minutos de preguntas, incluso consiguió sacarle una sonrisa. Su primera sonrisa, nunca podría olvidarla. Había soñado tantas noches con ella, le había hecho reír y llorar tanto, primero en vida y después mediante el recuerdo… El recuerdo, era lo poco que le quedó tras aquel accidente que acabó con una relación de cuatro años y del que ahora hacía otros tantos que había ocurrido…

El accidente marcó su vida. Desde entonces nunca volvió a ser el mismo. Perdió el puesto en su trabajo y entró en un profundo estado de depresión que decidió afrontar él solo y que tardó en superar seis meses. Se fue durante seis meses a un pequeño poblado del sur de Sudamérica, donde alquiló una casa y vivió como un habitante más del lugar. Dejó de importarle su aspecto físico y se dedicó a pensar. A lo largo de cada día de aquellos seis meses únicamente pensó, le dio vueltas y más vueltas a todo el asunto. A veces lloraba, otras veces se despertaba en medio de la noche, gritando su nombre mientras visualizaba la imagen de su sonrisa en su cabeza… Hasta que finalmente, en el decimotercer día del sexto mes que llevaba fuera de su hogar y lejos de todos y todo cuanto había conocido, sonrió. Había dado con la solución para evitar tal sufrimiento. Sabía que nunca la recuperaría a ella y que no podía hacer nada. El accidente no había sido culpa suya ni de nadie. Sólo un infortunio, cosas que pasan… Pero sabía que podría deshacerse de todo aquel dolor de algún modo o al menos intentarlo. Entonces lo decidió, no volvería a enamorarse. Seguiría sufriendo por haber perdido a su princesa, a aquella persona con la que vivió feliz y comió perdices pero, sabiendo que al volver todos sus seres queridos insistirían en que rehiciera su vida, eligió la opción de vivir solo el resto de su vida, renunció a un posible futuro amor ya que suponía la posibilidad de una futura pérdida que, seguramente, no podría digerir.  Además, había de hacerlo porque en su boda, cuando estaba en el altar y le preguntaron que si quería casarse con ella y prometer estar unidos hasta que la muerte los separase, el dijo que no. Todo el mundo se sorprendió, incluso ella que puso cara de preocupación. Pero él, sonriendo, rápidamente dijo que la muerte nunca podría separarlos. Ella le regaló una sonrisa junto con un beso de sus rosados labios y la boda prosiguió, con una risa en las caras de todos los invitados y lágrimas en la de sus madres.

No volvería a enamorarse…  por eso se despertó con una lágrima en su mejilla aquél día, se había enamorado.

viernes, 27 de enero de 2012

El de cuando somos lo que hacemos

Bueno, puesto que se me ha acabado la batería del Kindle, mientras se carga, me dedicaré a escribir un breve post, intentando contrarrestar las horas de lectura con las de escritura.

Circunstancias de la vida me han llevado a estudiar unos textos o temas donde se decía lo importante que son los actos de las personas. Nuestros actos nos definen y, por tanto, se puede afirmar que somos lo que hacemos. De esta primera propuesta, no habrá que ser muy perspicaz para darse cuenta de que, si somos lo que hacemos, aquello a lo que dedicamos nuestra vida, será lo que nos defina. Vemos pues, el importantísimo papel que tendrá nuestro oficio, nuestro trabajo. Será algo fundamental para construirnos como personas, para “edificar” nuestra forma de ser, para sentirnos realizados. Ahora bien, que todas las personas puedan dedicarse a aquello con lo que siempre han soñado es algo complicado (por no decir imposible ya que, creo que pocas cosas hay imposibles en este mundo pero queremos creer que son más de las que en realidad hay- si es que hay-). Muchas veces, acabaremos dedicándonos a algo mínimamente relacionado con lo que en realidad anhelábamos y otras veces, ni siquiera eso. Es duro y triste pero, cierto.

Es indudable que, para dedicarte a esto, tiene que permitirte por lo menos satisfacer unas necesidades básicas, mínimas. Pues bien, muchos oficios no lo permiten y de ahí que muchas personas no se dediquen a estos, no cumplan sus sueños y, tengan siempre cierta frustración por no haberse podido realizar como personas que son. Pero, es que, si añadimos que, ha llegado un momento en el que hay más de 5.000.000 de mujeres y hombres que no tienen oficio, que no tienen algo que hacer en la vida, que no pueden tener un proyecto, no sólo estamos hablando de una crisis financiera, no. Estamos hablando de una crisis de identidad, de una crisis en la propia constitución de lo que un ser humano es. No se le está permitiendo ya no satisfacer unos necesidades básicas, no. Se le está privando de ser humano.

La verdad, no tengo nada más que decir. Solamente puedo dar ánimos a que intentéis sentiros realizados/as como personas, que hagáis lo que de verdad os gusta y que, si no podéis hacerlo aquí, en nuestro magnífico país, España, vayáis más allá. Ya no vivimos en una villa, un pueblo, una comunidad, un país, un continente… Vivimos en todo un mundo y, viajar puede parecer complicado, nos puede costar enormemente dejar atrás parte de nuestro “equipaje” pero, si queremos algo, tendremos que luchar por ello y, si no es aquí, será en Pekín o en Pocón, pero será. Tenemos que ser personas y, alguien que no es capaz de hacer lo que quiere, nunca será una persona.  (¡Aiba! Ya se me ha cargado el Kindle, me voy a seguir leyendo.         

(Siempre acabo hablando de cumplir sueños y dando ánimos… voy a tener que pensar algo nuevo, estoy explotando demasiado el recurso optimista. Guiño )

jueves, 24 de noviembre de 2011

El de cuando la ley antitabaco

Todavía hoy recuerdo aquellas semanas en las que la polémica ley antitabaco parecía ser el tema de moda en todos los telediarios. Dueños de bares que protestaban por haber tenido que hacer reformas en sus bares por una ordenanza anterior que les hizo habilitar zonas para fumadores y no fumadores. Fumadores quejándose de que no había derecho, que iba contra la libertad de la persona misma. Dueños otra vez diciendo que se arruinarían si no les dejaban permitir fumar a sus clientes. Bares que pasaban a transformarse en clubes (o algo por el estilo). Denuncias por no cumplir la mencionada ley. Y, en menor medida, siempre aparecía algún no fumador alegre, contento por su salud y las de los demás. Tras dos semanas de verlo a diario en todos los noticieros, el tema parecía haberse calmado, parecía haber quedado en el fondo de un cajón, en lo más profundo del olvido, si se me permite.

Unos meses después, recuerdo haber leído artículos y haber visto encuestas en las que decían que miles de personas habían dejado de fumar ante la situación cada vez más restrictiva. Además, también emitieron pequeños reportajes de dueños de bares que afirmaban mantener la misma clientela de siempre. Y, cómo no, ahí estaba el no fumador, más alegre si cabe que las primeras veces que le entrevistaron y respaldaba la ley. Estaba contento porque por fin algo impulsado desde nuestro gobierno había “funcionado”.

El otro día, leyendo la prensa digital, encontré un artículo donde aparecía que, el entonces candidato a la presidencia de nuestro país por parte del PP y, a día de hoy nuestro presidente, don Mariano Rajoy, quiere meter mano a la ley antitabaco para “suavizarla”. Ante tal noticia solo he podido reírme resignado. Cuando esta ley, que tan polémica fue al instaurarse, había conseguido sus propósitos y, la gente ya la había aceptado y asumido, es momento de “suavizarla”. La verdad que yo aquí solo veo la búsqueda del beneficio que se consigue con los altos impuestos del estado sobre el tabaco. Me parece genial que se busquen formas de donde sacar dinero pero, veo como una gran calamidad hacerlo a costa de la salud de las personas. No hay que olvidar que el tabaco es una droga y las numerosas enfermedades respiratorias que causa y, por encima de todo, no hay que olvidar que no únicamente afecta al fumador, a ese “amigo” de la nicotina, también afecta a aquellos que están cerca del fumador. Pero bueno, no pasa nada, a los fumadores que enferman a causa del tabaco siempre se les puede negar la sanidad pública y, así, incentivaremos la sanidad privada ya que, parece ser que tan solo importa el trabajo. El trabajo y el dinero es lo realmente importante. ¿Para qué nos vamos a preocupar de temas tan triviales cómo la salud de las personas o la educación, por ejemplo?

Sinceramente, espero que muchas de las promesas y de lo que han dicho muchos políticos no se cumplan, cosa que suele pasar.