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lunes, 7 de marzo de 2016

El de cuando soy humano

¿Se acuerdan? ¿Se acuerdan de cuándo las farmacias vendían medicinas? Antes vendían productos para curar enfermedades y ahora... Echo de menos un anuncio de Hemoal o de pastillas para la epilepsia. Pero estáis locos, exhibicionistas. Ya no puedo hablar de usted a nadie, ya no quieren, ya no quiero. ¿Qué anunciáis? Ya ni siquiera podéis tener bebés, no queréis. Me sobrecogí, me sobrecogí mucho cuando escuché la noticia de que en Japón incluso las parejas y matrimonios preferían tener hijos en la probeta antes que hacerlos como toca. Me volvéis loco. Queréis curar enfermedades que no tenéis, no queréis estar sanos, queréis ser divinos y divinas, aburridos, aburridas... Pocas cosas me dan más asco que un cirujano plástico, de esos que "arreglan" lo innecesario. Opino, ataco y critico... pero es que os habéis pasado de rosca. Intentáis curaros tantas cosas que no sois más que hipocondríacos exhibicionistas, quizás con buen corazón, pero con una cabeza que a veces tengo y no querría...
Por favor, parad un momento y miradnos. Imaginen, imaginad un guepardo, va a cazar una gacela. Pero esperad un segundo, es supinador y antes de salir, se pone colonia. ¿Qué pasa? ¿Tú no te aseas? Sí, me aseo, pero me gusta correr a pelo. Nos hemos vuelto tan exquisitos. No, no, no hablo de imagen, yo me peino, me pongo colonia, me visto lo mejor que sé y me gusta, aunque tampoco me importa. No estoy hablando de eso, hablo de pasarse de rosca. ¿Os acordáis cuando íbamos a la playa con bañador y sin calzoncillos? (yo sí, todavía me niego a acabar siendo de estos que no).  Me preocupa, me preocupa que curemos las enfermedades y no sabiendo qué hacer nos dé por buscar otras. Mentes intranquilas, inconformistas... No sabemos estar quietos y buscamos todas las maneras de hacerlo, pero al encontrarlas, es imposible, como la incomodidad de una cama que no te deja dormir, y te mueves y te mueves... Te vas al sofá y ahora lo que te molesta es la luz de la farola que entra por los resquicios que deja la persiana... luego vas a la cocina, pero claro, la vitrocerámica es fría y dura para dormir encima. Y acabas mandando al perro a la cama y durmiendo tú en su cojín que, cómo no, está nuevo, sin usar, y es extrañamente cómodo.
Me niego, me niego, me niego. Dentro de los años que sea, me da igual, cuando sea, no quiero buscar más enfermedades, pero sobre todo, sobre todo me niego a que lo que puedo hacer por mí mismo, sea una cosa de laboratorio por mi propia voluntad. Si necesito medicina, la tomaré, si puedo respirar por mi cuenta, respiraré por mi cuenta, si puedo tener un hijo o una hija, los tendré, si puedo andar dos mil kilómetros, los andaré... Por favor, no lo haga, no hagan la especie inútil, no nos hagan tan artificiales, porque no puedo, necesito un poco de alegre realidad, porque lleváis demasiado tiempo hablando de la triste realidad. Yo quiero la alegre realidad. Quiero que usemos nuestras capacidades, quiero que nos aprovechemos de lo que sabemos, pero no quiero que eso sirva para atrofiarnos. Por favor, daos cuenta, os lo ruego. No quiero llegar a ese momento en el que estamos, ese momento en que lo humano es tan metálico, de plástico, prefabricado, y tan poco orgánico... Quiero lo órganico, lo sentido, lo amoroso, lo humano, hagamos las cosas como tocan, vivamos, por favor, por favor. Me enfado, me enciendo y poco a poco me dan tantas ganas y tanta pena... Pero me enciendo, estoy vivo, palpito, pienso, ahora existo, respiro, bebo, creo, como, meo, cago, amo, escupo, quiero, siento, follo, envejezco, río, lloro, sueño, muero... sea como sea, soy humano.

domingo, 28 de febrero de 2016

Y en nuestro porche es más blanca la luna...

Guárdate estos versos:
"Y en nuestro porche 
es más blanca la luna".
¡Qué bonito!
¿Vas a escribir?
Habrá una poesía que empiece así.
Me encanta.
Y que termine también así, porfa.
Te quiero tanto.
Vale.
También terminará así.
Es precioso el verso.
Es que es verdad,
es nuestro porche.
¿A que allí es más blanca la luna?
Sí.
Es más blanca.
Brilla más.
Y alimenta a los cipreses.
Y hace sombra a los farolillos.
Y dibuja la silueta de la araña 
en la pared blanca.
Sí.
Jajajaja.
Difumina el humo de la chimenea.
Te quiero.
Y enciende la pupila de los gatos.
Pero sobre todo,
sé que no es el Sol lo que la hace brillar,
sé que la luz
sale de tu blanca piel desnuda
que toco y acaricio
y hace de la muerte la vida.
Eres genial.
Sé que en nuestro porche, 
es más blanca la luna.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Miedo a morir

Muerte…

… … … … … muerte… … … … … … … … muerte

… … … … … … … … … … … muerte…

…muerte… … … … … …

¿Dónde?

Olvido, nada, blanco,

pánico, vacío…

… … muerte…

… muerte…

… … … … … … … … muerte… … …

Nadie, miedo, incomprensión,

inexistir, reencarnación,

vaquero, desaparezco.

… muerte… muerte… muerte…

Lloro, amargo,

dolor de estómago, vómito,

pasos, respiración,

taquicárdico…

MUERTE

¿Y si creo?

MUERTE

¿Por qué no puedo?

MUERTE

Solo lloro...

MUERTE…

Lloro solo…

MUERTE

Ya no puedo…

MUERTE…

Yo no quiero.

viernes, 13 de noviembre de 2015

Fugaz conjuro para ser eterno

Conjuro para ser eterno:

Llanto sin pestañeo,

ojo sin párpado,

reloj sin tiempo,

diablo sin infierno,

cuervo sin negro,

toro sin cuerno,

niño huérfano,

loco cuerdo,

llama sin fuego,

apagado deseo,

Morfeo sin sueño,

esclavos con dueño,

fregona sin suelo,

tediosos prospectos,

poeta sin versos,

cobra sin veneno,

coche sin frenos,

resaca, ibuprofeno,

mejillas, besos,

libres, presos,

volcán-hielo,

vivomuerto,

todo,

nada,

eco,

eo

.

sábado, 31 de octubre de 2015

Sí, estoy llorando.

Sí, estoy llorando.

Hoy sé que no te importo,

que mi corazón calmado está agotado,

cansado de hablar para no ser escuchado.

Destruido, vacío,

pero lleno de nada,

el resto de un dolor,

de una ruinosa jaqueca asesina

que corroe de arriba abajo mis entrañas.

Y siento que soy un juguete que tienes a mano,

que a la mínima oportunidad cogerías algo nuevo,

que no pudiste alcanzar el dorado

y te conformaste con el plastidecor blanco.

Abandonado, huérfano de ti,

perdido y peor aún, engañado.

Te alías con tus perros,

me haces ver que llevas bozal,

que todo se ha acabado,

me prometes fidelidad

pero sé que es mentira…

Ya no me puedo fiar,

mi corazón, decepcionado,

desilusionado, insultado.

No siento enfado, ni siquiera rabia.

Solo quiero dejarme morir,

morir y que acabe ya tanta mentira,

porque no lo soporto.

Me besabas, me abrazabas

y me daba la vuelta y ya no me pensabas.

Todo por soñar,

mientras tú vivías en una realidad que nunca acepté.

Y ya no sé de quién hablo,

ni siquiera de qué.

Pero me has traicionado.

Enhorabuena,

te di mi vida.

Enhorabuena,

te quise,

te quise y me has matado.

Sí, estoy llorando.

Lloro cansado.

miércoles, 14 de octubre de 2015

¿Tú me pides que te escriba poesía?

Tú me pides, blanca, que escriba

los versos en prosa que harán que olvides tu día.

Los mismos versos, la misma prosa,

que arderán durante toda la vida.

Tú me extiendes, temblorosa, valerosa,

tu mano que quiere saltar la verja.

Yo te acerco, noches de desenfreno,

la pala con la que taparemos la fosa.

Te quiero y te quiero llevar al sueño.

Y mi tinta, mi cuento,

lo que llamas mi talento,

te han convertido en musa,

a ti, que nunca creíste ser poesía.

Y yo sé,

desde la primera rima,

a quién se refería Bécquer con poesía.

Me invadiste con tu risa.

Eres suave, eres brisa.

Rozar tu pelo mi mejilla era todo lo que quería.

Y dejé, dejé de escribir poesía,

y empecé, empecé a escribir poesía.

En el cuarto, con los pies dolidos

y cada centímetro de mi espalda molido,

no paraba, aún seguía,

aun viviendo en habitaciones separadas,

yo quería estar contigo,

que me susurraras al oído

que odias la música de Sabina.

Es tarde, por favor,

solo te pido,

que nunca más me pidas que escriba poesía.

Nunca más hagas eso,

no antes sin mirar al espejo

y preguntar al reflejo

dónde está la poesía

pura esencia de mi vida.

viernes, 3 de julio de 2015

Un texto diferente como siempre

Paseaba el bolígrafo entre sus dedos con una delicadeza bastante tosca. Estaba hecho de contradicciones. Amaba y odiaba, reía y lloraba, chillaba y susurraba, pero todo a la vez. Era una contradicción andante. Seguía con sus torpes expertos malabarismos con el boli a la vez que escribía en el teclado. Y el teclado donde escribía solo tenía cinco octavas y acababa escribiendo a la novena pasada de bolígrafo entre el pulgar y el meñique de diferente mano, de diferente pie, de diferente extremidad. Y se sentó en un banco, sobre la vieja griega que intentaba sacar dinero, dinero de una pensión casi inexistente para comprar sus pastillas, pastillas de alegría que le pasaría su camello en el que venían montados los reyes magos. Uno robaba oro, otro incienso y el otro birra. Conocidos alcohólicos anónimos, entraban al grito de policía no tan secreta. Mientras la discreta luz de los neones de aquella tienda de ropa de bebé iluminaba los probadores llenos de octagenarios que apenas tenían diez meses. E intentaba causar la risa, pero gritaba sufriendo del divertido dolor que suponía imaginar el fino y grueso borde de un folio cortando la córnea del ojo, del ojo de la cara, que el del culo es ojete, por grande que sea y ojazos son los suyos, por cerrados que los tenga. ¿Y si bajo en el ascensor? ¿Y si subo en el descensor? ¿Y si tiro de la cadena y aparece el perro? ¿Y si dice cuidado con el gato? ¿Y si me río de la obsesión? ¿Me puedo contestar una pregunta retórica? No. La gracia… ¿cuánto más para encontrar la desgracia? ¿Cuánto menos? ¿Y el sentido? ¿No es fingido? ¿Y lo morido? ¿Y lo vivido? En un momento dejó la tercera persona o la cuarta o la quinta, se pasó a la primera y desveló que escondía en secreto a voces el callar que hablaba de él… ¿Y la basura que se encuentra escrita? Y darse cuenta de que la gente escribe por obsesión… que cuando no sabe qué hacer y no puede no hacer nada coge algo, se vuelca en ello, se aprende el día en el que se cortan las uñas de los pies, se vuelcan y se dedican a ello… ¿Fanatismo? Puta locura cuerda para evitar caer en el éxito de la miseria. Enfermos curados, como un queso, como un jamón de cinco jotas aragonesas, si os quedáis demasiado, en el futuro estaréis pasados. Abrid la puerta, dejad encendido el ordenador, apagad la ventana. Se le cae, se le cae el bolígrafo verde de las manos… ¿No era verde? ¿Habéis leído bien? Vale ya, vivid, morid ahora, ya podéis, sí, sois locos cuerdos, dejaos de bellas mierdas. Morid. Ya. Ahora. Dejad de ser como sois, nunca cambiéis. Os lo pido, sed alguien, pero no seáis vosotros. De momento, ahora ya no, el bolígrafo rojo sigue paseando entre sus dedos, de una forma toscamente delicada.

lunes, 1 de junio de 2015

Siempre gana lo cierto

Vi el vaso medio vacío,
tirando a medio lleno.
Vi la luna plena,
caída, desaparecida, ausencia.
Bebí de la copa de veneno,
asesino, revitalizante.
Volé la cometa
y me cortaron el hilo.
Puse la última carta
del castillo de naipes que se llevó el viento.
Tiro el dado,
siempre sale el tercer seis traicionero.
Y la verdad es que miento,
y el engaño lo cierto.
Nada más contradictorio que tener sentimientos.
Nada más patético que quien es mierda por dentro.
Y el petardo de la caca,
no quieres encenderlo.
Se piensan que es un juego,
se creen dueños de tu tiempo.
Y la máscara sonríe,
mientras por bajo arde el infierno.
Y le hacen vudú a tus muertos.
No eres más, no sois más
que el juguete que pronto olvidan.
Estamos bajo la lupa,
en el punto de mira,
somos aquellas dos hormigas.
Una reina, un obrero,
intentando escribir el cuento.
Y del fondo, del grito, del lamento,
surge la princesa,
surge el príncipe,
no gana el gigante,
no gana el enano,
porque al final
el veneno no hace efecto,
siempre gana el amor,
siempre gana lo cierto.

sábado, 18 de abril de 2015

Gracias.

Y nos quitan la capa

en pleno vuelo:

nos metemos en la tormenta.

Nos arrojan, nos empujan,

no sabemos reaccionar.

Las nubes y las estrellas

ahora son truenos, centellas,

rayos y centellas.

Nuestra fuerza de repente,

siete veces menor a la de un gnomo

y un llanto seco

nos estrella.

Y siento la impotencia

y miento para que no me crean

y solo es cierto que no hay certeza,

no hay cielo claro,

solo una dura,

angustiosa,

angustiosa dura corteza

que nos revuelve el estómago

y lo más que podemos hacer

es aguantar,

aguantar esas ganas de vomitar

a la realidad,

a una realidad imperfecta,

de golpes, de zarzas,

de espinas,

sin rosas.

Ya murió la mariposa,

ya llora, desconsolada,

la princesa.

Ya susurra aquella sombra,

rastrojo que arrastra tristeza.

Y mi medicina es la ponzoña

que me mata y me envenena.

Y mis lágrimas son sucias,

ya no filtran,

no confían.

Intranquilas se desprenden,

saltan al vacío

desde mi ciega retina,

rutina diaria, rutinaria,

nos sentimos ángeles

con las alas cortadas.

Y sabemos que pudimos volar,

añoramos el cielo que contamina la realidad.

Caídos, perdidos,

bebidos, vividos, vívidos,

enjaulados, atados,

nos gastaron los suspiros…

Y se nos vuelve olvidar,

el arco friega la cuerda,

da una nota de esperanza,

de brío, de valor y brillo.

Nos tiramos de cabeza al sueño,

nuestras alas rotas pueden volar.

Y en el paredón del cielo,

nos dan, esquivamos las balas,

bailamos en la tormenta,

atormentamos la realidad,

le damos dosis de la nuestra.

Y nuestra sangre riega los campos

y nuestro vómito

es el sustrato donde crece la rosa,

nuestro aire,

el mismo donde crecen las mariposas.

La princesa ríe, alegre,

en nuestra cama.

Y me devuelve la capa,

me da las alas.

Gracias.

lunes, 6 de abril de 2015

Hacer nuestro el tiempo…

Hay veces que queremos parar el mundo,

otras necesitamos acelerar cada segundo,

intentamos hacer nuestro el tiempo,

pero no podemos...

Y nos sentimos perdidos, sin rumbo,

vagabundos sin dueño,

vestidos de duelo,

siguiendo mil sueños.

Perdiendo el norte,

acercando el imán a la brújula,

volviéndola loca,

del norte al sur,

ahora al oeste,

luego al este,

otra vez al sur,

y no hace más que dibujar corazones,

corazones y suspiros helados,

que se calientan,

suspiros hirviendo que se congelan,

y nos dejamos flotar en las mansas aguas de un lago helado,

y nos dejamos quemar en el vivaz fuego del bosque ardiendo,

y tumbados, tirados,

flotando, ardiendo,

consumiéndonos,

aún tenemos fuerza y

entreabrimos nuestros ciegos ojos,

ciegos de lágrimas,

las mismas que congelan el lago

y encienden el fuego,

las mismas que ríen en el infierno

y hacen llorar en el cielo.

Y entonces,

náufrago sin barca,

a la deriva,

dejas de lado a Caronte,

estás por encima

o por debajo,

pero eres algo más

o algo menos,

no lo sabes,

pero no eres eso.

Te dejas llevar, llevar por la corriente,

por el viento, por el hielo,

por el fuego,

por el cielo y por el infierno,

te dejas llevar porque sabes, que al final,

al final no caerás, no hay precipicio,

hay tierra firme y dejarás de ser esclavo del tiempo,

esclavo sin reloj y con cadenas,

las fundirás, lo dominarás,

aunque ahora te dejes llevar,

aunque tengas que dejar el tiempo a lo suyo,

que se dedique a pasar,

al final, al final tu tirarás los granos de arena,

tú llenarás el reloj de cristal,

tú harás la tierra firme y no,

no serás tú, la tierra firme,

la tierra firme sabes dónde está.

Sabía que era Pascua… II

Nos acabamos las monas y declaramos empate entre Nerea y su hermano, afortunadamente la competición acabó sin ningún chichón. Empezaba a atardecer y entonces era nuestro turno, ahora nosotros volaríamos aquella cometa de papel de periódico y cañas. Yo sabía que era cuestión de paciencia, esperar la corriente de aire adecuada, soltarla y simplemente ir tirando en los momentos adecuados… aún así no conseguí volarla. Ahora era su turno, siempre esperaba que no me ganara, es más, yo estaba acostumbrada a ganarle y él era competitivo también y bueno en algunas cosas, pero tenía la habilidad para parecer que no le importaba perder y eso me sacaba de quicio y me gustaba, sobre todo en los juegos de mesa… Era un poco bruto, una vez incluso subió la cometa al tejado y luego tiró desde abajo. Creo que fue la vez que menos voló, de hecho tuvo que ajustarla un poco y apretar las cuerdas que se cruzaban en los cruces de las cañas. Pero hoy, en este día de Pascua él tenía esa confianza que aparecía en ciertas ocasiones en sus ojos, la confianza de un alocado enamorado que sabe y está plenamente convencido de que todo saldrá bien. Y así fue, lo consiguió, corrió un poco, tiró de la cuerda y encontró la corriente de aire que llevó la cometa a las nubes. Me miró sonriendo, se acercó a nosotros y me dio un beso al mismo tiempo que le pasaba la cometa a Nerea y le decía que la compartiera también con su hermano.
La cometa empezó a subir y subir y subir y cada vez había más cuerda suelta, cada vez era más libre. Yo les avisé, cuando cayera se engancharía en algún sitio, pero él dijo que no pasaba nada e incitó a los chicos a soltar más y más cuerda. Ellos se reían, locos de emoción, quizás pensaran que podían volar y eso es parte del sentimiento de la Pascua, cómo a través del hilo, todos nos transportamos al cielo más alto y respiramos esa vieja nueva primavera. Efectivamente, tenía yo razón y cuando intentaron bajar la cometa, bajó poco a poco, al principio todo bien, pero al final, a unos quince metros del suelo, se perdió esa corriente de aire y cayó en ese árbol que plantamos en nuestro jardín el día que compramos la casa. Gracias a Dios, todavía no era muy alto, pero la cuerda supo engancharse bien y la poca paciencia llevó a que alguna hojilla cayese… Al final, tras una media horilla de desenredos (en los que no intervine, a ver si aprendía así para la próxima), consiguió recoger la cometa. Estaba anocheciendo, nos tocaba de las mejores partes del día, uno aquí con los niños para que se ducharan y cambiaran, el otro que si la cena… Aún no había cerrado la puerta del jardín y ya pensaba en todo eso, entonces la vi, la luna sonreía, le devolví la sonrisa, me giré y “Mamá, venga, hoy nos bañas tú”. Entonces un abrazo por detrás y un beso en la mejilla, y su bromista y seria voz “pues hoy les bañas tú, mami”. Sonreímos a la luna y no cerramos la puerta, la dejamos abierta, bien abierta, para que nunca nos faltara la Pascua.

miércoles, 4 de marzo de 2015

De lirios…

—Hola, buenas, ¿querías algo?

—Hola, solo estaba mirando…

—Si tienes alguna idea de lo que querías…

—A ver… ¿estas qué son?

—Lirios, lirios morados.

—Mmmm, ¿y cuánto valen?

—Estas, a uno cincuenta la unidad.

—Vale, pues me voy a llevar dos.

—Perfecto, ahora mismo te los pongo.

—¡Vale!

Y entonces nos cogieron. El chico ese tenía cierto aire desaliñado y había estado mirándonos a mí y a las demás durante unos minutos, indeciso, sabiendo que haría algo que le haría sonreír, pero con un punto de preocupación en esa sonrisa.

—¿Quieres que las corte?

—Sí, un poquito por favor, a ver si así puedo meterlas en la mochila…

—¿Por aquí?

—¿Un poquito más se puede?

—¿Así?

—Sí, por ahí perfecto.

—Vale.

Habíamos sido más altas en otros tiempo. Entonces con todo el cuidado del mundo nos vistieron con un bonito estampado con motivos florales morados, azules y verdes, la verdad, nos quedaba muy bien ese vestido, casi se nos olvida que nos acababan de amputar un poquito de nosotras. Para que no se nos cayera ese nuevo vestido, nos puso, a la altura de la cintura un cordel, anudado con un bonito lazo. El chico mientras observaba cómo nos vestían, miraba en la pantalla de su móvil y sonreía como alguien que acababa de hacer una trastada sorpresa.

—Pues aquí las tienes, son tres euros.

—Tome. Muchas gracias.

—A ti.

—Vale, hasta luego.

—Hasta luego.

Y empezamos a recorrer aquella transitada ciudad. Nuestro miedo por quedar encerradas en la anteriormente mencionada mochila se fue yendo cuando vimos que el chico nos llevaba en la mano. Ruidos del tráfico, gente de un lado para otro, obras, campanas, relojes… qué distinto era aquello de nuestro jardín botánico… tan gris y llena de humo, frente a nuestros colores limpios… Fuimos y entramos a una estación, íbamos a ir en tren. El chico corrió un poco porque creía que no llegaba. Consiguió un sitio para sentarse y nos miró pensativo. Sonriendo y con toda la delicadeza del mundo acabó por meternos en la mochila. Estábamos bastante bien, aunque la luz se echaba bastante en falta y cada vez más, poco a poco el agua. El roce de las vías, los nombres de las paradas…

—Es abanico.

—¿Qué? ¿Perdón?

—Abanico, la palabra que tienes que poner, es abanico.

—Ah, vale, gracias.

Alguien le había hablado y parecía despistado, como que no se esperaba que le hablaran. No volvió a hablar más en todo el camino, llegamos y notamos cómo nos cargaba a la espalda. Afortunadamente su paso era rápido pero estable. De repente empezó a hablar…

—¡Hola, guapa!

—…

—Sí, ja estic así.

—…

—¿Voy allí? Sé ir, no hace falta que vengas aposta…

—…

—Vale, sí, pues voy hasta la Iglesia.

—…

—¡Jajaja!

—…

—Vale, te veig ara guapa. ¡Te vull!

Igual que empezó a hablar se calló y siguió caminando. Pero pronto paró.

—Hola, guapaaa.

—Hola, jope, no te encontraba, ¿por qué parte has rodeado la Iglesia?

—Culpa mía, pensaba que vendrías de allí y… bueno, que por fin he acabado, soy libre. Buas, oye, qué guapa que estás. ¿Com estás?

—Qué voy a estar…

—Qué sí y punto.

—Vale, vale, si insiste el señor.

—¿Señor? Eh que solo nos llevam…

—Qué es broma… Estoy bien, un poco cansada y bueno, pero bien.

—Te vas a enfadar conmigo…

—¿Qué has hecho?

—Jajaja.

—¿Sabes que ya lo sabía?

—Los dos lo sabíamos.

Seguían hablando, juntos, parecía que no paraban de mirarse y reírse, se notaba felicidad enamorada. Tras un rato subimos unas escaleras y luego en algo así como un ascensor. En el ascensor dejaron de hablar y se escucharon algunos besos.

—Buf, a vore si ara deixe la mochila…

—Sí, ara passem i…

—¡Hola!

—Hola, ¿qué tal?

—Bé, bé, así…

De repente tras ese ruido de llaves y de cerrar de puerta, había más gente. El paso era ahora más tranquilo. Nos llevaron por el silencioso pasillo y paramos en algún sitio.

—¿La dejo aquí?

—Sí, donde quieras.

—Donde menos moleste, a ver… sí, la pongo aquí. Ah, espera, me vas a matar… ¡Jajajaja!

—Sí te voy a matar, a ver…

—A ver, no vull que t’enfades, pero yo es que las he visto y… a ver, no es tan raro y…

—Jope, sabes que no…

—Lo sé, pero es que después te veo la cara que… y yo…

Oímos el ruido de la cremallera y…

sábado, 28 de febrero de 2015

El prospecto. 1

“Pensamientos de suicidio y empeoramiento de su depresión o trastorno de ansiedad. Si usted está deprimido y/o tiene un trastorno de ansiedad, a veces puede tener pensamientos de hacerse daño o suicidarse. Esto puede aumentar al principio de comenzar a tomar antidepresivos, debido a que todos estos medicamentos tardan un tiempo en hacer efecto, normalmente unas dos semanas pero a veces puede ser más tiempo.”

No paraba de releer una y otra vez aquel párrafo de aquel prospecto de aquellas pastillas que le había recetado el médico. Estaba tirado en el suelo, solo, con la espalda contra la pared, una mano apoyada en la cabeza, las gafas en su regazo y la caja de pastillas, en las que solo faltaba una, en su otra mano. El prospecto arropaba su pantalón y le gritaba diciéndole que su estado anímico, que al lugar donde había llegado, hoy en día se le llama depresión y si tomaba aquellas pequeñitas pastillas azules, podría salir de allí. Depresión, de-pre-sión. No era posible, no podía estar metido en esa mierda, él no, a él no le podía pasar eso. Pero ahí estaba, tirado en el suelo, sin recordar cuándo fue la última vez que se duchó o cambió de pijama. Ni siquiera le quedaban platos limpios, la nevera vacía, con medio limón de testigo. El buzón lleno, lo miraba cada día, en busca de aquella carta que le diera algo a lo que acogerse para seguir, pero nada, facturas y publicidad, ni siquiera se molestaba en sacar las cartas del buzón. Llevaba semanas, casi meses, siendo impuntual e ineficaz en el trabajo y ya le habían dado varios toque s de atención, afortunadamente siempre supo disimular muy bien y hacer lo justo para que siguiera pareciendo ante todos que no era de esa clase de personas que necesitaban esas pastillas.

Lo peor de todo era el bloqueo, el bloqueo de todo. Había decidido no destruirse. La primera opción, no recordaba cuándo, pero en el momento en que toda esa mierda comenzó, lo primero que hizo fue darse a la bebida. Se pasaba los días bebiendo y las noches cerrando los bares hasta volver a casa sabiendo que debía de tumbarse de lado porque tarde o temprano vomitaría. No era imbécil y pronto se dio cuenta de no estar solucionando nada. Fue fácil para él dejar de beber, coincidiendo con dejar de dormir. De repente las noches en la cama eran insoportables, necesitaba salir, salir y no parar de caminar. La peor noche fue aquella en la que empezó a caminar y llegó a aquel peñasco, con unas vistas increíbles, unas vistas que dejaron de ser vistas para ver solo la profundidad y que llegaran a su cabeza preguntas como qué pasaría ahora si estuviera él en el fondo del peñasco. Se lo preguntaba constantemente. Cada noche, durante tres meses, estuvo acudiendo allí, pero no supo, nunca supo encontrar una respuesta, el bloqueo seguía, estaba en un punto muerto, su problema, sin embargo, era que estaba vivo.

lunes, 26 de enero de 2015

Y ahora otra vez no sé que hacer

Y ahora otra vez no sé qué hacer,

sentado en el metro,

la mirada perdida,

una mirada que no mira.

Solo sé que no puedo caer,

pero si caigo, me arrastraré,

porque hay veces que no puedes vivir de pie.

¿Vivir en la depresión otra vez?

Y las voces son ruidos que rebotan,

rebotan en mí,

tan absorto en la nada.

Y mis ojos rojos sollozan,

sollozan y lloran un veneno amargo,

tan amargo y tan dulce al probarlo.

Y te viene la pregunta, la premonición,

de si todo será igual,

de si lo vas a poder soportar.

Y me bloqueo,

me ahogo congelado en el hielo,

cuando todo arde,

cuando la cabeza estalla,

el cuerpo pesa

y el corazón se para.

Y todo a mi alrededor,

todo pero no hay nada.

y lo miro y lo veo pero no hay nada.

Es todo tan aparente,

tan falso, tan injusto…

y no hay nada que duela más en el mundo,

que la incomprensión del alma,

que te hagan sentirte solo,

rodeado de gente extraña,

gente rara que parece ser lo normal,

pero gente mala,

envenenada.

Y una y otra vez te dan golpes,

en una mejilla, en la otra,

en toda la cara. ´

Y cuando no hay más que magullar,

empiezan con el resto del alma.

Y no paran,

una y otra vez,

te quieren destrozar

desde una presunta tolerancia,

de lo que llaman ser modernos,

y lo que yo pienso que es no tener valores

y critican y rechazan,

una moral que ellos llaman cristiana.

Tan idiotas que no saben que no importa la etiqueta,

cuando el amor, el sentimiento puro,

es bueno y sincero.

Que por encima de todo prima una forma de ser,

que prima una verdad.

y que yo, que creía en las personas,

me confieso descreído,

y ahora creo en los sentimientos,

en los sentimientos que me ofrecen lo vivido.

Y siento dejar de creer en vosotros,

egocéntricos de vuestro ombligo,

con valores que no entiendo,

que son en realidad tan falsos y vacíos,

y desde allí, veis los míos,

y envidiosos no reconocidos,

os burláis, me atacáis,

creéis hacerme un favor

y lo hacéis,

porque me apartáis,

me apartáis cada vez de un mundo fingido,

un mundo que llamáis real,

realidad, y sin embargo construís dejándoos llevar,

siendo el uno y el otro igual,

igual de vacíos, igual de sinsentidos,

igual de dolidos, igual de podridos.

y aún así, no sé si lloro por vosotros y por mí,

porque habéis construido ese mundo en ruinas a mi alrededor,

intentáis que crea que es real,

que pensar diferente es querer escapar.

Enhorabuena,

lo habéis conseguido:

quiero escapar, huir lejos,

encontrar mi verdadero hogar.

Hacerlo yo,

que nunca nadie más me diga que deje de soñar,

que mientras siga vivo yo,

juro y prometo,

que habrá en este mundo un soñador.

martes, 20 de enero de 2015

Un día de una vida (II parte de “Un… un…”)

—¿Cuándo?

—Mmmm.. pues tampoco lo sé.

—Sí que lo sabes, pero no te apetece decírmelo ahora porque vamos a por la tercera.

—¿A por la tercera?

—¡Jajajajaj! Increíble, lo que pagaría por haberte hecho una foto de la cara que has puesto.

—La cara que tengo, guapa.

—Y lo que a mí me gusta esa carita.

—Ñoñerías mañaneras para empezar el día con energía, ¿eh?

—El día ya lo hemos empezado con energía.

—Y ha sido mi culpa.

—¡Lo reconoces!

—Sí.

—Vale, y tú, ¿qué excusa pones cuando llegas tarde?

—¿Yo? Pues sinceramente, ninguna. Ni siquiera se dan cuenta de que no estoy creo yo.

—¿Cómo puede ser eso?

—Bueno, algo me dijeron el otro día, creo que el jefe me estaba echando una bronca increíble por haber llegado media hora tarde y…

—¿Y ahora me lo cuentas?

—Vamos a ver, tampoco me enteré mucho de la bronca.

—¿No?

—No.

—Fue la mañana de la nata.

—La mañana de la…¡Ah! ¡Jajajajaja!

—Exacto.

—Vale, perdonado entonces, perdonado, indultado, premiado y lo que quieras, porque menuda mañanita…

—¿Y la noche? Te acuerdas de la fon…

—La fondue de chocolate después de que estos se fueran.

—Madre mía menuda nochecita, esas sábanas las tiramos, ¿no?

—No nos quedó otra.

—Buf, lo que fue esa noche eh, jugamos a Michael Jackson, nos hicimos negros y luego poco a poco…

—Poco a poco volvimos a ser blancos

—¡Jajajaja! Pero mucho mejor nuestro método, más barato que la cirugía, sin anestesia, solo con nuestras…

—¡Para que hoy no vamos a trabajar al final!

—¿Y a ti no te dicen nada?

—¿A mí? Digamos que tampoco se dan cuenta, o eso o no quieren decirme nada… Saben que trabajaré para ellos y so buena, creo que ya se lo demostré lo suficiente cuando…

—Sí, cuando tuviste que ir a trabajar. Si no les quedó claro…

—¿Y tú qué hiciste? ¿Qué hiciste mientras?

—Ya lo sabes, cosillas, no parar, te lo iba contando.

—¡Es verdad! ¿Comemos juntos?

—¿En casa? Yo salgo sobre las dos y aún no sé si iré por la tarde o…

—Nos da tiempo, pero en casa no. Me apetece restaurante, de los buenos.

—Nuestros amigos se asustan cuando te oyen decir eso.

—¡Jajajaja! Ya deberían de saber que cuando digo restaurante de los buenos es uno bueno, bonito y barato, y sobre todo tranquilo.

—¿Deberían?

—Sí.

—Sí.

—Oye.

—¿Y si nos vamos?

—¿A trabajar?

—No.

—¿A por el tercero?

—No… bueno sí, también, pero…

—¿A dónde?

—Lejos.

—Lejos, como…

—Lejos.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Un día de una vida (I partede “Un… un…”)

—¿Te acuerdas?

—Claro que me acuerdo, cada día.

—Pero, ¿sabes de lo que digo?

—Estoy pensando lo mismo que tú. Otra vez llegamos tarde.

—Es tu culpa. Siempre tardamos en salir de la cama por tu culpa.

—¿Mi culpa? Bueno… yo… es que me despierto y estás ahí… y…

—Y llegamos tarde…

—Pues sí.

—Pero entonces, ¿sabes de lo que hablaba?

—Hace un año, claro que lo sé.

—¿Un año?

—¡Exacto! Un año desde ese ascensor.

—Un año…

—¿Cómo te sientes?

—Un año…

—Y si lo dices otra vez más ya serán tres.

—¡Jajaja! Perdona, no me había dado cuenta. Sí, me refería a eso. Ya no cogemos el ascensor.

—Lo sé. ¿Para qué?

—No sé, para hablar del tiempo, para conocernos mejor, o incluso si un día se queda parado y estamos solos…

—¡Jajajajaj! Para o tendremos que volver a casa y llegaremos más tarde aún.

—Sí, mejor paro.

—¿Has dejado tú el periódico ese en la mesilla?

—¿Yo? ¿Cuál?

—Uno, abierto por una página en la que ponía algo sobre cuántas veces se hace el amor a la semana y lo que conlleva.

—No sé, ¿qué decía?

—Pues en resumen: cuanto más veces menos estrés, más inteligencia, salud y felicidad.

—Pues no lo he dejado yo, pero…

—¿Pero…?

—No sé, algo tendremos que hacer entonces.

—¡Jajajaja! Y luego dice que llegamos tarde por mi culpa.

—¡Jajajaja!

—Un año del ascensor, de ir al zoo, de tumbarse a mirar estrellas, de sorprendernos cada día, de conversaciones de locos… y de amor, mucho amor.

—Sobre todo mañanas como las de hoy.

—Y dos veces, ¡choca!

—¡Jajajajaja! ¡Idiota!

—Ya sabes que siempre lo fui, te lo advertí. Qué risa, ¿te acuerdas que me hablabas de usted?

-Vaya tela, es verdad… aunque me lo estoy replanteando…

—¿Y eso?

—¡El otro día te vi una cana!

—¡Eh! ¡Jajajajaja! Que tampoco nos llevamos tanto…

—Ni tan poco…

—…

—Te quiero.

—Y yo a ti.

—Me encanta lo bien que lo pasamos, desde el primer momento hasta hoy.

—Bueno, siempre bien…

—¿No?

—A ver…

—¿Alguna vez lo pasamos mal?

—Mal tampoco, pero…

—Madre mía, noticias frescas, a ver, ¿qué me he perdido de esta historia de peli que escribimos cada día con final feliz?

—Lo del final feliz, ya tuvimos que hablar de eso, ¿te acuerdas?

-¡Eh! No vale, esa pregunta era mía.

—Pues ahora te toca.

—Mmmmmm… no sé, ¿cuándo no lo pasamos del todo bien?

—Acuérdate, cuando…

—¿Cuando?

—…

sábado, 15 de noviembre de 2014

“Bautizos, bodas y comuniones”

“Bautizos, bodas y comuniones”
anunciaba aquel jarrón
de aquel escaparate,
y entonces vi,
desordenada, una vida,
una vida por ser vivida.
Pensé que allí había una historia,
quizás un poema,
pero alejé la mirada,
seguí mi camino,
pero la vista,
una vista ya cansada,
seguía en aquellos jarrones.
Pensé todo lo que escribiría:
ese niño que nace,
o esa niña,
mejor niña,
primero será niña.
Nace y entonces,
tras mirar miles de nombres,
tras descartar millones
y quedarnos con tres o cuatro,
nace y le vemos la cara,
y tiene cara de…
Y seguimos en la tradición,
por modernas que sean nuestras ideas,
nos gusta esa celebración,
estamos los dos de acuerdo,
tomamos la decisión,
invitamos a la familia,
será algo íntimo:
un corto sermón,
algunas fotos,
quizás un llanto por el agua fría,
quizás silencio por la bendición,
y después las fotos para recordar,
y después las fotos para no olvidar.
Son las primeras que llenan el álbum,
justo después de las de su primera habitación,
y las de su cunita en el hospital,
y las de la primera noche en casa
y el cambio del primer pañal.
Esas noches en vela que tanto nos dolieron
pero con tanto placer recordamos,
porque son momentos para no olvidar.
Y luego al banquete,
que no falte nadie.
Y tiene dos padrinos
y tres hadas madrinas,
y reparten los detalles,
y encienden la traca
y pasan el libro de firmas.
Y pasa el tiempo,
le crecen los dientes,
las primeras palabras,
algunas edulcoradas,
algunas envenenadas,
otras tiernas, algunas gracias,
algunas ideas maestras
y muchas preguntas,
muchos porqués
para los que a veces no tienes respuestas.
Y te levantas,
estás llorando,
bloqueado,
no sabes como sigue el poema,
porque todo de momento es imaginado
y necesitas realidad,
aún no,
pero la necesitas ya.
Te vuelves a sentar,
sigues escribiendo esa vida.
Pero no hablarás de los paseos por el parque,
de las comidas en la trona,
de las veces que se queda con los abuelos,
de su primer viaje en coche,
su primera visita al zoo,
esa primera vez en la playa,
en la que como os hicieron a vosotros,
la llevasteis desnuda,
era demasiado pequeña para el bañador.
No hablarás de esos y de otros muchos momentos
que también estarán en ese álbum de fotos,
después de cuando lo del bautizo.
Piensas que te apetece hablar sobre las bodas,
por cercanía,
ya no piensas en esa niña,
ahora piensas en ti,
en ti y en ella,
en unas bodas que están lejos pero se acercan.
¿Cómo se lo pedirás?
¿Te lo pedirá ella?
Imposible, quieres ser tú,
quieres sorprenderla,
pero en la intimidad,
darle la más grande sorpresa
y que te la dé ella al decir sí quiero
y ofrecer su dedo para que le dibujes el anillo
un señor anillo que se borrará de su mano
pero se quedará en su corazón.
Y tendrás su mano y correrás gritando al cielo
que nadie puede ser más feliz,
y llamas a tus padres, a tu hermano,
a tus primos, a tus tíos,
a tus abuelos, a tus amigos,
a tu familia,
y lo cuelgas en Facebook,
porque eres tradicional,
pero moderno.
Y preparáis todo,
y decidís entre los dos
y será todo sencillo, más bien modesto,
pero a la vez será tan grandioso.
Y piensas que será donde las vidrieras,
y entre los dos elegís las flores,
hay muchas rosas
y pasillo de jazmines.
Y habrá una sesión de fotos
para llenar otro álbum nuevo,
y bromeas con hacer un selfie en el altar
y te mira mal, pero se ríe,
porque no os sabéis enfadar.
Y no lleváis zapatos,
lleváis converse a juego,
todo por una promesa,
algo que pensaste que sería un reto,
pero es divertido,
os hace únicos,
aunque siempre pensaste
que llevaríais zapatos en el último momento.
Y la imaginas a ella,
completamente vestida de blanco
y tú llevando tu traje,
parece que vas arreglado,
pero una barba de tres días
te da ese toque que siempre te gustó desaliñado
por mucho que siempre te llamará aseado.
Y ella nunca brilló tanto,
nunca en la vida,
solo más bella cuando está desnuda.
Preciosa sonríe,
sus ojos azules como el cielo del mediodía,
pero cuando salís de la iglesia llueve
y os reís porque siempre supisteis que llovería.
Y entre arroz y gritos,
las risas de vuestros padres,
las lágrimas de vuestras madres,
os metéis en el coche,
entre risas y os besáis.
Os lleva al banquete,
llegáis algo tarde,
ya está toda la familia
y suena el himno nupcial,
pero el vuestro
y resuenan los vivas los novios.
El menú, que tanto tardasteis en decidir,
solo lo probáis a medias,
os toca estar para todos,
sonreír y pasa la gente
y pasan las fotos
y no os dais cuenta
porque de lo felices que sois
simplemente actuáis,
no es tiempo para pensar,
para eso están las fotos,
fotos que llenarán el álbum para recordar,
ese álbum para no olvidar.
Y cambias la dirección del poema,
ahora lloras menos,
te vuelves a levantar,
esta vez para mear.
Vuelves al ordenador,
estás más sereno has hablado con ella.
Y hablabas de las bodas,
pero ya ha pasado el momento,
no escribirás de los primeros trabajos,
de cuando os fuisteis a vivir juntos,
de la luna de miel,
de la luna de paté, nata,
guaraná y todo lo que se pudiera untar.
No hablas del lugar,
lo decidisteis entre los dos,
siempre lo tuvisteis claro
y al verlo,
al tener los billetes entre las manos,
al subir al vuelo os mirabais,
asentíais sabiendo haber acertado
y mientras el avión despega
vuestros labios se pegan entre
sonrisa y sonrisa,
bailan las lenguas.
Tampoco escribirás de esos días previos de nervios
ni de esas noches de desenfrenada locura,
ni de la búsqueda de piso o la compra de muebles,
los días de hacer la compra y el reparto de tareas,
las lavadoras, las camas,
las estanterías, bajar la basura,
cambiar las bombillas…
quizás no sea apropiado para este poema.
Las comuniones,
esa tercera palabra en la que viste un poema.
Y ya no sabes cómo escribirla,
estás más bien lejos,
pero te para cerca por tus familiares pequeños.
Dos días a la semana van a catequesis
y te cuentan que si pueden,
otros tantos a misa.
En la última comunión te tocó conducir
y bebiste cerveza delante de tus padres,
tenías un examen al día siguiente.
Lo pasabas bien, pero estabas solo
y piensas en la siguiente que viene,
irás acompañado,
vestido de gala,
ella preciosa
y tú desaliñado.
Y será más familia.
Y ese niño que comulga,
que se ríe
y cuando te ve se burla,
sabe bien las oraciones,
pero mira los regalos.
Y llora quizás por las fotos
porque nunca le gustaron,
pero el caso es que los padres quieren el álbum,
quieren ese álbum para recordar,
quieren esas fotos para no olvidar.
Una bici, un balón,
una nueva consola,
una biblia, un ordenador,
la equipación de su equipo,
algún libro, ropa,
un estuche, un compás,
una tablet y un iPhone.
Y cuando la misa,
tú esperas con tu novia en el bar,
hay muchos niños,
pero solo uno es tu familiar,
entras solo al final,
cuando le dan la bendición,
y otra vez hacia el banquete
y os presentáis a todos,
anunciáis vuestra relación.
Y decidís marchar un poco antes,
no hay nadie en casa y os vais al salón,
cogéis una peli y la manta,
ni veis la peli ni usáis la manta.
Y es el momento en el que te das cuenta de que decae el poema,
de que se está acabando a cada pulsación del teclado,
te sales de la historia,
de ese cartel del escaparate
y recuerdas cuando,
hace tan solo unas horas,
le contabas a tu amor que habías leído algo increíble,
lo mejor que habías leído en tiempo,
y recuerdas ese momento en el que se lo dices:
“Bautizos, bodas y comuniones”.
Y ella se ríe
y le dices haber visto una historia,
un poema, una canción,
el paso del tiempo, algún sentimiento.
Y olvidas el tema durante toda la tarde,
pero cae la noche y no está,
y no está y es momento de escribir,
porque no le queda mucho para volver,
y le has contado que escribías
y justo ahora, en este instante,
recuerdas la broma que le hiciste mientras se reía
de tu descubrimiento en el escaparate:
¿Por qué en los entierros no se da regalo?
le insinuaste,
y quizás le pareció el chiste un poco macabro,
pero seguiste con la broma
y acabasteis riendo,
porque en el fondo lo sabéis:
no habrá regalo en vuestro entierro,
el caso es que ni siquiera habrá entierro,
porque desde hace tiempo decidisteis vivir el sueño,
seríais inmortales desde aquel primer beso.
Y sabiendo que debería acabar en el anterior verso,
sigues escribiendo,
escribes para decir que por extenso,
no has sabido retratar una vida,
no has sabido escribir en verso,
no has sabido contar la métrica,
tampoco hallar la rima,
pero te da igual, no te importa,
solo quieres que llegue a casa,
enseñarle tu poema
y que al final,
de todo lo que lea,
se quede solo
con este verso final:
te quiero.

jueves, 21 de agosto de 2014

Qué rápidas van las nubes en París (I)

No iba a escribir una novela sobre alguien que escribe una novela, siendo ese alguien, en este caso yo mismo. Demasiada gente lo había hecho antes y continuaba haciéndolo. La verdad es que ese verano ni siquiera quería escribir una novela. No quería escribir sobre ningún misterio, no quería escribir ningún culebrón, ni siquiera sobre una sensación. No quería escribir. Un tiempo antes no me habría costado escribir, simplemente me habría levantado de la cama y habría encendido el ordenador y tras unos minutos de escribir lo primero que se me pasaba por la cabeza me habría sentido bien conmigo. Desahogado. Pero ya no quería escribir, no podía. Encendía el ordenador, me sentaba en aquella ahora vieja pero por aquel entonces nueva silla de oficina y me proponía escribir. Me lo proponía pero nada salía de la yema de mis dedos.

Todavía hoy no sé por qué motivo no quería escribir, siempre me había gustado, siempre lo había necesitado. Me ponía música de fondo con la esperanza de que alguna canción activara esa parte creativa del cerebro que a veces en tantas personas permanece dormida. Pero nada. Para nada podía escribir. Salía a dar vueltas por la calle y en cada persona veía una historia. Un señor muy mayor, decrépito, que en otro tiempo había sido alguien de cuerpo fornido, pero los años le habían hecho menguar y que la ropa le quedara grande, el sombrero le bailara y el cinturón le diera dos vueltas a la cintura. Ahí tenía que haber una historia, podía escribir sobre eso, seguro que a ese hombre le habían pasado muchas cosas. ¿Debería de haber hablado con él?

Otro hombre, en una iglesia, en plena misa del domingo. Escucha al párroco con una mirada perdida, mientras entre sus manos mece y pasa de un dedo a otro una dorada alianza. Dramático es el momento de silencio en el que todos rezan y su mirada perdida, se pierde más aún en el infinito y el anillo, el anillo queda secuestrado y fuertemente apretado en el puño de aquel hombre que ahora se lleva la mano al corazón, mientras sus ojos, mientras su mirada perdida encuentra unas lágrimas que solo él sabe de dónde vienen. ¿No podía escribir un relato con él como protagonista?

También una mujer, ya mayor, pero que insistía en vestir a la moda, traje de Channel rosa, perfectamente planchado, contrastando con las arrugas que el paso de los años había dejado en su rostro. Pelo teñido de rubio cenizo. Parada frente a un puesto ambulante de dulces, en un pueblecito francés. Se dedica a esperar a cada cliente que pasa e intenta entablar una mínima conversación. También habla con la dueña de aquel puestecito ambulante. Se despide de cada persona con una sonrisa y si te giras, si te giras y la miras después de despedirte de ella, cuando se cree que nadie mira, puedes ver el infinito en su mirada.

Una chica joven. Llora. Tiene tres rosas en la mano, dos de ellas despeluchadas. A sus pies, un helado de chocolate ha caído, chocolate del mismo que mancha su mejilla izquierda. A lo lejos se ve correr a un chico. Ella mira en esa dirección. El chico desaparece.

Un bebé en un carro. Tiene la cabeza exageradamente grande. Estás en el metro y te mira y le miras. Le sacas la lengua y te devuelve una sonrisa. Te pasas tres paradas así. Te tienes que bajar, se despide de ti con la mano, le devuelves una sonrisa.

Pero todavía no eres capaz, todavía no eras capaz, no querías escribir, porque veías las historias, veías todas las historias de detrás y delante de aquellas personas, ¿pero realmente le importarían a alguien? Ya no lo sabes. Veías demasiadas historias y no sabías cuál de todas era la que quería leer la gente y no querías escribir. Acababas por no escribir nada, apagar el ordenador y querer llorar, porque en un tiempo quisiste escribir.

Hasta que un día toda cambia.

jueves, 25 de abril de 2013

Duda 2: ¿Es para mí?



Llevaba bastante tiempo sin ocurrirme. La vida era fácil, llevadera, entretenida, llana, sin nada a destacar. La verdad es que más que vivir, lo que realmente hacía era sobrevivir. Todo lo que ocupaba mi día estaba relacionado con mi propia subsistencia. Trabajaba para vivir. Además me permitía llenar horas y horas que de otro modo me habría pasado pensando que qué era lo que realmente estaba haciendo con mi vida. Hacía años que me había acostumbrado a sobrevivir y conformarme con ello… pero apareció ella.
Ella era diferente. Para mí era perfecta, para los demás, simplemente una más. Donde el resto del mundo veía defectos, incluso ella misma, yo veía los mayores atractivos del mundo. Cuando se lo decía no me creía, pero os puedo asegurar que no miento, ¿qué ganaría mintiendo? La verdad es que mucho, a veces solo podemos mentir, porque la verdad puede ser tan brutal, tan impactante, que el mundo real podría rechazarla y, más que el mundo en sí, nosotros mismos no seríamos capaces de digerirla. ¿Y por qué tendrías que mentir?, os preguntaréis. Pues bien, en realidad no tenía que mentir, simplemente no contar la verdad y no me vengáis con eso de que la ausencia de la verdad es lo mismo que la mentira porque puede ser, pero a veces, la ausencia de la verdad ayuda mucho. El caso es que a pesar de su perfección tenía una “pega”, posiblemente no era para mí. Estaba comprometida.
Comprometida. Me alegraba por ella, me costaba, pero me alegraba. No, no estoy siendo un hipócrita, de verdad os lo digo, quería que ella fuera feliz, aunque fuera a costa de mi propia felicidad. Pensaba en ella y quería que fuera feliz, aunque fuera con otro y, la verdad, al principio pensaba en mí también, que quería ser feliz y no me imaginaba un futuro en el que fuera feliz sin ella, pero poco a poco me hice a la idea de que si la veía a ella mínimamente feliz, yo también lo era. A veces una persona tiene la capacidad de alegrarnos, aunque no se dé cuenta, sin motivo aparente, simplemente tiene el don de cambiarte de humor, por el hecho de ser ella… Cuando eso ocurre probablemente lo que sientes sea amor. Cuando vas cada día a la oficina cinco minutos antes para comprar dos cafés y darle uno a ella, cuando estás de compras y ves algo que sería un regalo perfecto para ella, cuando ves su nombre por todas partes, cuando… cuando simplemente lo único que piensas es en ella.
Hacía tiempo que no tenía ese problema y no sabía cómo actuar. Había un problema añadido. Ella me hacía feliz por el simple hecho de ser ella, pero ella, ella no parecía feliz, lo aparentaba la mayoría del tiempo, había momentos en los que una mirada profunda y perdida en el vacío me decía que algo no marchaba bien y me dolía, me dolía porque haría todo lo que estuviese en mi mano por ella, daría mi propia vida, pero no podía, no era para mí, estaba comprometida y era para otro, al menos de momento. Creo que llevaba dos, quizás tres años de relación con su pareja, la verdad que nunca escuchaba cuando me hablaba de ese tema porque solo conseguía unos ojos llorosos que me costaban la vida esconder. No sería yo quien rompería una relación tan larga y con una futura boda, no, yo no soy de esas personas. Pero quería actuar. Con solo una palabra me habría tenido, me tendría, pero esa palabra no llegaba. Yo no sabía qué hacer, ¿debía seguir esperando? ¿Era para mí?

domingo, 3 de febrero de 2013

Hasta que la muerte nos separe (o no)

—…en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte os separe?

—No.

—¿Y tú…? Un momento, ¿no?

—Sí.

—Entonces quería decir que sí.

—No, digo que sí que he dicho no.

—Pero…

—Hasta que la muerte nos separe me parece poco. Lo juro para siempre.

—Pero, pero, tiene que decir que sí.

—No puedo, estaría mintiendo.

—Pero si no lo dice no les puedo casar…

—Pero es que no tiene sentido, padre.

—¿Cómo? ¿Que una tradición no tiene sentido?

—Pues sí. ¿Por qué hasta que la muerte nos separe?

—¿Cómo que por qué?

—¿Por qué nos tendría que separar la muerte?

—Bueno hijo mío… Son los devenires de la vida misma…

—¿Pero no se supone que hay algo más tras la muerte?

—Por supuesto, el reinado de nuestro Señor y…

—Y entonces, ¿por qué solo he de prometer quererla hasta que la muerte nos separe?

—Bueno… esto… yo… la Biblia… Usted simplemente diga que sí.

—No puedo, ni puedo ni quiero. ¿Por qué solo hasta que la muerte nos separe?

—Esto…. Yo os declaro, marido y mujer.