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sábado, 12 de diciembre de 2015

Papel, tela, seda...

Eres un juguete.
Tarde o temprano
nos damos cuenta
de que a nadie más que a nosotros
le importan nuestros deseos.
Nos damos cuenta
de que para los demás,
para el otro,
somos pañuelos.
Eres un juguete.
Y no les importamos,
siempre nos llenan de mocos.
Si nos quieren un poco
seremos pañuelo de tela,
se sonarán lo justo
para que sigamos con ellos.
Y si son como todos,
seremos de papel,
desechables, olvidables...
Eres un juguete.
Yo lo sé,
soy pañuelo,
pero no sé de qué.
¿Soy de tela?
¿de papel?
No os importan mis deseos,
te dan igual mis sueños,
todo es puro puto interés.
Eres un juguete.
Y me machaca tanto
ser un clínex con corazón.
Absorbo mi propio llanto,
me deshago...
¿Y vosotros por qué sois humanos?
¿Mentís porque sois personas?
No queda ya nadie sobre la tierra
que no me haya engañado,
nadie ya que no me deje de lado.
Eres un juguete.
Y estoy roto, hecho trizas,
deshojado.
Y todavía hay quien me recicla,
quien me quiere pañuelo de tela,
quizás pañuelo de seda,
pero es mentira,
ya no confía.
Soy un juguete a tu vera.

martes, 28 de julio de 2015

Tocado y hundido. (II)

Quizás debería de haberos dicho que escribo todo esto mientras decido si meter en la bañera la medusa cofre que compré hace exactamente un mes y trece días. Sí, si habéis visto Siete almas sabréis a qué me refiero. Si no lo habéis hecho, creo que estáis tardando en hacerlo, porque es algo más que una película llena de sentimentalismo —o tal vez no, sois libres de juzgarla como queráis—. Todavía no he sido capaz ni de atreverme a acercarme a llenar la bañera. Necesito tiempo para decidir. El caso es que empecé a colarme en clases. Recuerdo que una de las primeras fue una a la que asistía un amigo que conocí el otoño que pasé estudiando inglés en Bognor. Creo que trataba sobre normas ortográficas o algo así y tuve la mala suerte de que era básicamente práctica. La profesora era un tanto peculiar, daba clase en la universidad, pero vestía con una blanca, como si fuera una doctora, pero de las de verdad, de las que curan, y no de esas otras tantas personas que se hacen llamar doctores por tener un doctorado. Me fastidia mucho ese engaño. Vale, es cierto, pero para la gran mayoría cuando alguien nos habla de un doctor, esperamos que sea capaz de salvar al piloto que se ha atragantado con la aceituna rellena de anchoa y al que la azafata mira y zarandea mientras reclama ayuda. Esta profesora disfrazada de doctora estaba ante una clase de unos ochenta alumnos, uno de ellos era yo, que simplemente me colé, olvidando preguntar antes si podía asistir como oyente. Me integré entre el grupo de los chicos, al lado de mi amigo, aparentando ser un alumno más. Estaba claro, si te cuelas en una asignatura práctica corres el riesgo de que te pregunten y casi fue así. Empezó a interrogar uno a uno a cada uno de esos universitarios y universitarias primerizos, que como buenos principiantes llevaban hechos los deberes. Para mi desgracia preguntaba siguiendo la fila con la mirada y no por los nombres de la lista. Se acercaba mi turno, el chico de al lado contestó y… Y una chica al fondo no tenía muy claro el por qué de la respuesta. Fue mi salvación. Hubo al menos cinco minutos de explicación y cuando dijo que continuáramos corrigiendo, di el testigo a mi colega y conseguí pasar totalmente desapercibido. (Ahora mismo me doy cuenta de que no debería haber desvelado tan pronto lo de la medusa, he quitado bastante tensión y suspense a una historia que aún no puedo ni podríais catalogar en un género concreto sin la posibilidad de equivocaros). La verdad es que los nervios hicieron que me rugiera el estómago y cada vez con más frecuencia. Soy un tipo muy nervioso, por fuera suelo aparentar seriedad —sin ser yo nada de eso— pero cualquier cosa institucional y más relacionada con los estudios académicos me hace temblar, puede que me hayan inculcado demasiado la importancia que puede llegar a tener pasar una prueba con un papel y un bolígrafo y obtener la máxima puntuación. Me preocupaba demasiado por mi expediente, al menos lo había hecho hasta ese momento. Os reiréis si os cuento que pensaba que aquellos que hacían los exámenes con bolígrafo de color negro eran unos locos, porque había leído que según ciertos estudios, el color, el impacto visual importa a la hora de recibir el documento, y el azul creaba relax, disminuía el estrés y no era tan monótono como el negro, vamos, que entra mejor por la vista… En definitiva, tras rugidos y sudores fríos esa clase acabó y no tuve que volver —tampoco tenía ganas— a pasar por aquel sufrimiento de colarme en una clase práctica.

La siguiente clase en la que me colé —también con mi amigo de Bognor— fue una clase de verdad. El profesor, era un profesor de verdad. Creo que trataba sobre literatura, tampoco estuve muy atento a la materia y el profesor tampoco, así que no se puede decir que le faltara al respeto colándome en su clase, porque os puedo prometer que jamás en la vida estuve tan atento. Era un buen profesor, ahora, además, es un buen amigo. Con buen profesor me refiero al profesor que te da consejos para la vida y que puedes decidir cogerlos o dejarlos si te das cuenta de la importancia que tienen, porque a veces, la mayoría, pensamos que ya nos están contando otro cuento, otra historieta, y lo comentamos después entre todos, y nos reímos. Pero no, el profesor, suele saber más que la mayoría de los alumnos. Y no es que me considere del porcentaje de los alumnos que superan al maestro, pero… bueno, es que lo soy, no solo me lo considero. ¿Por qué acabé haciéndome amigo de él? Me entendía, sabía de lo que hablaba y pocas personas en el mundo son capaces de acercarse a esta cabeza loca y sin control que solo puede acabar de una manera. Fue en esa clase, en esa clase me cambió la vida por lo que dijo, por lo que recomendó. Invitó a todo el mundo a llevar siempre con él una libreta y un bolígrafo porque lo que pensamos, lo que se nos ocurre, aparece en nuestra mente en un momento, pero luego vuela, vuela y cuando queremos darnos cuenta ya no es igual. Unos buenos versos, la forma en la que te declararás a esa chica que te gusta, el mejor de los pensamientos y la forma en la que lo desarrollarás… quizás la teoría del todo… cualquier cosa. Cualquier cosa aparece en nuestra mente y si no la materializamos desaparece, ya no es igual, se pierde en ese mundo ficticio en el que todo vive antes de que seamos capaces de transformarlo en realidad. Esa misma tarde, mientras acompañaba a mis padres a hacer la compra, me fui a la sección de papelería de aquellos grandes almacenes y me compré mi primera libreta de bolsillo. Era negra, con las tapas de cuero y las hojas de un amarillo blanquecino y además, llevaba una gomita para que no se abriera. Era perfecta, pero también necesitaba un bolígrafo, para empezar de cero una nueva etapa necesitaba que la base fuera sólida y nueva: compré un bolígrafo negro que ahora siempre está sujeto en la goma de la libreta —todavía inacabada—. Estaba claro, dejaba atrás esa etapa en la que me di cuenta que pensar era una mierda, acabar en el pozo de la desesperación, la tristeza y el sinsentido y empezaba una nueva era, una nueva forma de ver el mundo en el que pocas cosas se me escaparían y en el que podría mirar el mundo con la seguridad de que pocas cosas se me escaparían… También es cierto que en parte se convirtió en mi diario y es que hay momentos, premomentos incluso, que necesitas ver escritos para tener todo más claro o incluso para creértelos, quizás o lea —o mejor dicho, os escriba— algunos de esos desvaríos antes de abrir el grifo…

También hay páginas arrancadas. La primera vez que arranqué una página fue para protegerme de ella… para protegerla o… no sé, para proteger todo lo que nunca fue… Recuerdo aquella página porque la arranqué entre lloros y sollozos y es por eso que aún la conservo, porque intenté quemarla, pero no ardió.

jueves, 30 de abril de 2015

Todavía aún recuerdo…

Todavía recuerdo aquella tarde
en que cosimos la marioneta favorita de Enare,
con aquel calcetín agujereado
que siempre asegurabas que era tu favorito.
Con aguja, dos botones e hilo,
pronto tuvimos protagonista para tus cuentos.
Y necesitábamos un nombre,
y Enare ni siquiera caminaba,
y tú lógica absurda quiso que le llamásemos Guantes.
Y tú lo movías,
yo cantaba
y ella se quedaba dormida.
Y pestañeamos y ya nos pedía los cuentos,
con sus princesas, sus héroes,
príncipes, castillos y heroínas.
Y volvimos a pestañear
y vinieron esas madrugadas,
en que leía bajo las sábanas
y yo le decía que apagara la luz,
y tú llegabas y, sin que me enterara,
le decías que un poquito más.
Todavía aún recuerdo aquellas tardes
en las que aparecías con ramos de rosas
y me besabas, a traición, por la espalda,
y luego me abrazabas.
Y cambiábamos todas las flores del jarrón
excepto una, azul esperanza,
azul calma.
Todavía aún recuerdo cómo me mirabas,
cómo reías y cómo llorabas
mientras me decías que me querías,
que estabas siempre y estarías,
que siempre nos cuidarías.
Todavía recuerdo nuestro primer beso,
en el que el caballero se quitó el yelmo
para besar a su amada.
Todavía tus latidos en la armadura
y mirarnos y pasear de la mano
por el cauce de aquel río nada vacío.
Todavía recuerdo cómo alquilamos nuestra primera casa
y nos repartimos las cenas,los baños y las escobas…
y el sofá y las primeras películas,
y el fin para siempre de tus noches de insomnio,
y el comienzo de noches locas,
noches de sueños.
Todavía recuerdo aquella primera cosecha,
de un huerto, en el jardín,
junto al árbol que plantamos juntos,
el día que nació Enare.
Todavía recuerdo aquellas noches,
en las que venías a recogerme del trabajo
y traías la cena y acabábamos en las estrellas.
Todavía recuerdo el día en que me dijiste que no me asustara,
que tú no tenías miedo,
que aunque no te viera,
siempre ardería tu fuego.
Todavía recuerdo el día en el que encontré tu libreta,
en la que anticipabas lo que pasaría
y creías vivir diciendo una mentira,
porque sabías, sabías que te irías,
que tu hora llegaría antes que la mía
y me mentías, me mentías a la cara,
diciéndome que siempre estarías.
Y viviste creyendo que me contabas una gran mentira,
a la vez que intentabas buscar la medicina.
Y buscabas la fórmula,
y nos sonreías, nos hacías felices,
nos contabas historias,
nos abrazabas, cosías tus calcetines,
nos apagabas la luz, nos mirabas,
nos querías.
Todavía recuerdo tu última sonrisa,
tu último mal chiste y que nosotros plantamos
un domingo, las flores para tu tumba,
que todos los meses cambiamos,
todas, excepto una.
Todavía recuerdo cómo me enseñaste a escribir poesía
y que me hiciste ver que para algo sí servía,
porque siempre fue tu cura,
tu manera de estar,
de perdurar,
de vivir nuestra inmortalidad.
Todavía recuerdo cómo te miraba cuando me leías
y pensabas que lo hacías mal,
que era una afición absurda.
Todavía hoy aún nos mira,
Guantes, con una sonrisa bien cosida
y te fuiste,
te fuiste sin saber que no nos contaste ninguna mentira,
porque aún estás,
porque ahora,
ahora que soy yo la que escribo poesía,
he de decir, que no nos querías,
que decir eso sería una mentira,
porque lo que tú sentías,
lo que sentías,
nunca fue pasado,
ayer, ahora, y mañana todavía,
digo que nos quieres,
que no mentías,
que ahora y siempre,
eres el amor de mi vida.

martes, 20 de enero de 2015

Un día de una vida (II parte de “Un… un…”)

—¿Cuándo?

—Mmmm.. pues tampoco lo sé.

—Sí que lo sabes, pero no te apetece decírmelo ahora porque vamos a por la tercera.

—¿A por la tercera?

—¡Jajajajaj! Increíble, lo que pagaría por haberte hecho una foto de la cara que has puesto.

—La cara que tengo, guapa.

—Y lo que a mí me gusta esa carita.

—Ñoñerías mañaneras para empezar el día con energía, ¿eh?

—El día ya lo hemos empezado con energía.

—Y ha sido mi culpa.

—¡Lo reconoces!

—Sí.

—Vale, y tú, ¿qué excusa pones cuando llegas tarde?

—¿Yo? Pues sinceramente, ninguna. Ni siquiera se dan cuenta de que no estoy creo yo.

—¿Cómo puede ser eso?

—Bueno, algo me dijeron el otro día, creo que el jefe me estaba echando una bronca increíble por haber llegado media hora tarde y…

—¿Y ahora me lo cuentas?

—Vamos a ver, tampoco me enteré mucho de la bronca.

—¿No?

—No.

—Fue la mañana de la nata.

—La mañana de la…¡Ah! ¡Jajajajaja!

—Exacto.

—Vale, perdonado entonces, perdonado, indultado, premiado y lo que quieras, porque menuda mañanita…

—¿Y la noche? Te acuerdas de la fon…

—La fondue de chocolate después de que estos se fueran.

—Madre mía menuda nochecita, esas sábanas las tiramos, ¿no?

—No nos quedó otra.

—Buf, lo que fue esa noche eh, jugamos a Michael Jackson, nos hicimos negros y luego poco a poco…

—Poco a poco volvimos a ser blancos

—¡Jajajaja! Pero mucho mejor nuestro método, más barato que la cirugía, sin anestesia, solo con nuestras…

—¡Para que hoy no vamos a trabajar al final!

—¿Y a ti no te dicen nada?

—¿A mí? Digamos que tampoco se dan cuenta, o eso o no quieren decirme nada… Saben que trabajaré para ellos y so buena, creo que ya se lo demostré lo suficiente cuando…

—Sí, cuando tuviste que ir a trabajar. Si no les quedó claro…

—¿Y tú qué hiciste? ¿Qué hiciste mientras?

—Ya lo sabes, cosillas, no parar, te lo iba contando.

—¡Es verdad! ¿Comemos juntos?

—¿En casa? Yo salgo sobre las dos y aún no sé si iré por la tarde o…

—Nos da tiempo, pero en casa no. Me apetece restaurante, de los buenos.

—Nuestros amigos se asustan cuando te oyen decir eso.

—¡Jajajaja! Ya deberían de saber que cuando digo restaurante de los buenos es uno bueno, bonito y barato, y sobre todo tranquilo.

—¿Deberían?

—Sí.

—Sí.

—Oye.

—¿Y si nos vamos?

—¿A trabajar?

—No.

—¿A por el tercero?

—No… bueno sí, también, pero…

—¿A dónde?

—Lejos.

—Lejos, como…

—Lejos.

martes, 8 de noviembre de 2011

El de cuando el lenguaje es machista

En el post anterior acabé haciendo referencia al machismo del lenguaje. Si bien puede dar mucho de lo que hablar, intentaré ser bastante conciso y exponer algunas verdades bastante obvias y que seguro que alguna vez os han dado qué pensar (y si no es así espero que tras leer este breve texto así sea).

Únicamente si nos fijamos en el propio valor que tiene una palabra, o más bien, en el valor que le damos y, si esta palabra es masculina o femenina, observaremos lo machista que es el lenguaje. Pensemos en palabras como “zorra” y como se contrapone con “zorro”. Mientras que la primera la entendemos como “prostituta” o “guarra”, la segunda se aplica cuando queremos decir que alguien es “astuto”. Podría enumerar muchos más ejemplos, sin salir si quiera del campo de los animales: perro/perra, gallina/gallo, etc. Pero no me gustaría centrarme sólo en los sustantivos y en el significado despectivo que suelen tener los femeninos y el significado afectivo o no despectivo que alcanza el masculino del mismo.

Me gustaría permitirme el lujo de contar una anécdota propia, una conversación que tuve con unos amigos mientras comía. En la conversación empezamos a hablar sobre la situación imaginaria de que, si hubiera un millón de personas y entre estas solamente hubiera un hombre, si nos quisiéramos dirigir a la totalidad del grupo lo haríamos mediante el pronombre “vosotros”. Ante esta reflexión recuerdo que uno de mis amigos dijo que esto quería decir que un solo hombre es mucho más importante que 999.999 mujeres. Lógicamente, mi compañero lo dijo de manera sarcástica. Pero si pensamos un poco en esto, veremos claramente la raíz de lo que hoy llamamos el machismo en el lenguaje. No soy historiador y no sabría dar fechas exactas pero, por todos es bien sabido que la mujer ha tenido una importancia, o mejor dicho, siempre se la ha dado un papel inferior, se la ha menospreciado y considerado inferior al hombre. Digo hasta hace bien poco siendo consciente de que, hay en lugares donde todavía sigue considerándose inferior (o más bien la consideran inferior) y, países donde legalmente son iguales pero, todavía quedan síntomas de esa discriminación que ha sufrido durante tantos años, véase en el lenguaje o en ciertas personas retrógradas incapaces de asumir la igualdad que hay entre hombres y mujeres. Sólo hay que pensar que, antiguamente (digo antiguamente porque no sabría decir la época exacta) los hombres tenían casa, perro, campos y mujer. Vemos que la mujer se consideraba una propiedad más. Mirando hacia atrás en la historia, encontramos pues, la razón de que el lenguaje de hoy sea machista. Y es que, la misma sociedad que ha hablado el lenguaje, es (o ha sido) machista.

Tras haber escrito esto, me gustaría que quedara bien claro que mi posición no es una posición feminista pero, esto no conlleva que sea una posición machista, no. Creo que queda claro. Me sitúo en un lugar en el que pretendo que tanto el valor de un hombre como el de una mujer sea igual, es decir, en una posición igualitarista. Me gustaría pensar que, algún día, en el ejemplo que he citado del millón de personas, nos pudiéramos referir al grupo como “vosotras”, esto es, que nos refiriéramos de forma democrática, por lo que nos dicte la mayoría.