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sábado, 21 de noviembre de 2015

Miedo a morir

Muerte…

… … … … … muerte… … … … … … … … muerte

… … … … … … … … … … … muerte…

…muerte… … … … … …

¿Dónde?

Olvido, nada, blanco,

pánico, vacío…

… … muerte…

… muerte…

… … … … … … … … muerte… … …

Nadie, miedo, incomprensión,

inexistir, reencarnación,

vaquero, desaparezco.

… muerte… muerte… muerte…

Lloro, amargo,

dolor de estómago, vómito,

pasos, respiración,

taquicárdico…

MUERTE

¿Y si creo?

MUERTE

¿Por qué no puedo?

MUERTE

Solo lloro...

MUERTE…

Lloro solo…

MUERTE

Ya no puedo…

MUERTE…

Yo no quiero.

viernes, 13 de noviembre de 2015

Fugaz conjuro para ser eterno

Conjuro para ser eterno:

Llanto sin pestañeo,

ojo sin párpado,

reloj sin tiempo,

diablo sin infierno,

cuervo sin negro,

toro sin cuerno,

niño huérfano,

loco cuerdo,

llama sin fuego,

apagado deseo,

Morfeo sin sueño,

esclavos con dueño,

fregona sin suelo,

tediosos prospectos,

poeta sin versos,

cobra sin veneno,

coche sin frenos,

resaca, ibuprofeno,

mejillas, besos,

libres, presos,

volcán-hielo,

vivomuerto,

todo,

nada,

eco,

eo

.

sábado, 31 de octubre de 2015

Sí, estoy llorando.

Sí, estoy llorando.

Hoy sé que no te importo,

que mi corazón calmado está agotado,

cansado de hablar para no ser escuchado.

Destruido, vacío,

pero lleno de nada,

el resto de un dolor,

de una ruinosa jaqueca asesina

que corroe de arriba abajo mis entrañas.

Y siento que soy un juguete que tienes a mano,

que a la mínima oportunidad cogerías algo nuevo,

que no pudiste alcanzar el dorado

y te conformaste con el plastidecor blanco.

Abandonado, huérfano de ti,

perdido y peor aún, engañado.

Te alías con tus perros,

me haces ver que llevas bozal,

que todo se ha acabado,

me prometes fidelidad

pero sé que es mentira…

Ya no me puedo fiar,

mi corazón, decepcionado,

desilusionado, insultado.

No siento enfado, ni siquiera rabia.

Solo quiero dejarme morir,

morir y que acabe ya tanta mentira,

porque no lo soporto.

Me besabas, me abrazabas

y me daba la vuelta y ya no me pensabas.

Todo por soñar,

mientras tú vivías en una realidad que nunca acepté.

Y ya no sé de quién hablo,

ni siquiera de qué.

Pero me has traicionado.

Enhorabuena,

te di mi vida.

Enhorabuena,

te quise,

te quise y me has matado.

Sí, estoy llorando.

Lloro cansado.

domingo, 25 de octubre de 2015

¿Flores para tu tumba?

Cada día, durante años, llevaba flores para tu tumba,

semana tras semana, día tras día,

cada domingo, cada festivo.

Los ramos marchitos por el viento,

los pétalos, esparcidos por el tiempo.

Lágrimas camino al cementerio,

el atasco, las farolas, los paraguas fantasma.

Intermitente limpiaparabrisas, luna empañada,

sol tapado, nubes espesas, gatos no pardos.

Lloré.

Bañé.

Perdí.

Barrí.

Caminé.

Creí.

Cada día, durante años, amanecías feliz con tu sonrisa,

semana tras semana, día tras día,

cada domingo, cada festivo.

Los labios carnosos por el silencio,

las palabras malditas por tus besos.

Risas camino al cementerio,

un paseo, unas pipas, un juego.

Constante viento en tu cabello, luna malvada,

sol eterno, nubes claras, perros callejeros.

Reíste.

Besaste.

Mordiste.

Quisiste.

Engañaste.

Te creí.

miércoles, 14 de octubre de 2015

¿Tú me pides que te escriba poesía?

Tú me pides, blanca, que escriba

los versos en prosa que harán que olvides tu día.

Los mismos versos, la misma prosa,

que arderán durante toda la vida.

Tú me extiendes, temblorosa, valerosa,

tu mano que quiere saltar la verja.

Yo te acerco, noches de desenfreno,

la pala con la que taparemos la fosa.

Te quiero y te quiero llevar al sueño.

Y mi tinta, mi cuento,

lo que llamas mi talento,

te han convertido en musa,

a ti, que nunca creíste ser poesía.

Y yo sé,

desde la primera rima,

a quién se refería Bécquer con poesía.

Me invadiste con tu risa.

Eres suave, eres brisa.

Rozar tu pelo mi mejilla era todo lo que quería.

Y dejé, dejé de escribir poesía,

y empecé, empecé a escribir poesía.

En el cuarto, con los pies dolidos

y cada centímetro de mi espalda molido,

no paraba, aún seguía,

aun viviendo en habitaciones separadas,

yo quería estar contigo,

que me susurraras al oído

que odias la música de Sabina.

Es tarde, por favor,

solo te pido,

que nunca más me pidas que escriba poesía.

Nunca más hagas eso,

no antes sin mirar al espejo

y preguntar al reflejo

dónde está la poesía

pura esencia de mi vida.

martes, 28 de julio de 2015

Tocado y hundido. (II)

Quizás debería de haberos dicho que escribo todo esto mientras decido si meter en la bañera la medusa cofre que compré hace exactamente un mes y trece días. Sí, si habéis visto Siete almas sabréis a qué me refiero. Si no lo habéis hecho, creo que estáis tardando en hacerlo, porque es algo más que una película llena de sentimentalismo —o tal vez no, sois libres de juzgarla como queráis—. Todavía no he sido capaz ni de atreverme a acercarme a llenar la bañera. Necesito tiempo para decidir. El caso es que empecé a colarme en clases. Recuerdo que una de las primeras fue una a la que asistía un amigo que conocí el otoño que pasé estudiando inglés en Bognor. Creo que trataba sobre normas ortográficas o algo así y tuve la mala suerte de que era básicamente práctica. La profesora era un tanto peculiar, daba clase en la universidad, pero vestía con una blanca, como si fuera una doctora, pero de las de verdad, de las que curan, y no de esas otras tantas personas que se hacen llamar doctores por tener un doctorado. Me fastidia mucho ese engaño. Vale, es cierto, pero para la gran mayoría cuando alguien nos habla de un doctor, esperamos que sea capaz de salvar al piloto que se ha atragantado con la aceituna rellena de anchoa y al que la azafata mira y zarandea mientras reclama ayuda. Esta profesora disfrazada de doctora estaba ante una clase de unos ochenta alumnos, uno de ellos era yo, que simplemente me colé, olvidando preguntar antes si podía asistir como oyente. Me integré entre el grupo de los chicos, al lado de mi amigo, aparentando ser un alumno más. Estaba claro, si te cuelas en una asignatura práctica corres el riesgo de que te pregunten y casi fue así. Empezó a interrogar uno a uno a cada uno de esos universitarios y universitarias primerizos, que como buenos principiantes llevaban hechos los deberes. Para mi desgracia preguntaba siguiendo la fila con la mirada y no por los nombres de la lista. Se acercaba mi turno, el chico de al lado contestó y… Y una chica al fondo no tenía muy claro el por qué de la respuesta. Fue mi salvación. Hubo al menos cinco minutos de explicación y cuando dijo que continuáramos corrigiendo, di el testigo a mi colega y conseguí pasar totalmente desapercibido. (Ahora mismo me doy cuenta de que no debería haber desvelado tan pronto lo de la medusa, he quitado bastante tensión y suspense a una historia que aún no puedo ni podríais catalogar en un género concreto sin la posibilidad de equivocaros). La verdad es que los nervios hicieron que me rugiera el estómago y cada vez con más frecuencia. Soy un tipo muy nervioso, por fuera suelo aparentar seriedad —sin ser yo nada de eso— pero cualquier cosa institucional y más relacionada con los estudios académicos me hace temblar, puede que me hayan inculcado demasiado la importancia que puede llegar a tener pasar una prueba con un papel y un bolígrafo y obtener la máxima puntuación. Me preocupaba demasiado por mi expediente, al menos lo había hecho hasta ese momento. Os reiréis si os cuento que pensaba que aquellos que hacían los exámenes con bolígrafo de color negro eran unos locos, porque había leído que según ciertos estudios, el color, el impacto visual importa a la hora de recibir el documento, y el azul creaba relax, disminuía el estrés y no era tan monótono como el negro, vamos, que entra mejor por la vista… En definitiva, tras rugidos y sudores fríos esa clase acabó y no tuve que volver —tampoco tenía ganas— a pasar por aquel sufrimiento de colarme en una clase práctica.

La siguiente clase en la que me colé —también con mi amigo de Bognor— fue una clase de verdad. El profesor, era un profesor de verdad. Creo que trataba sobre literatura, tampoco estuve muy atento a la materia y el profesor tampoco, así que no se puede decir que le faltara al respeto colándome en su clase, porque os puedo prometer que jamás en la vida estuve tan atento. Era un buen profesor, ahora, además, es un buen amigo. Con buen profesor me refiero al profesor que te da consejos para la vida y que puedes decidir cogerlos o dejarlos si te das cuenta de la importancia que tienen, porque a veces, la mayoría, pensamos que ya nos están contando otro cuento, otra historieta, y lo comentamos después entre todos, y nos reímos. Pero no, el profesor, suele saber más que la mayoría de los alumnos. Y no es que me considere del porcentaje de los alumnos que superan al maestro, pero… bueno, es que lo soy, no solo me lo considero. ¿Por qué acabé haciéndome amigo de él? Me entendía, sabía de lo que hablaba y pocas personas en el mundo son capaces de acercarse a esta cabeza loca y sin control que solo puede acabar de una manera. Fue en esa clase, en esa clase me cambió la vida por lo que dijo, por lo que recomendó. Invitó a todo el mundo a llevar siempre con él una libreta y un bolígrafo porque lo que pensamos, lo que se nos ocurre, aparece en nuestra mente en un momento, pero luego vuela, vuela y cuando queremos darnos cuenta ya no es igual. Unos buenos versos, la forma en la que te declararás a esa chica que te gusta, el mejor de los pensamientos y la forma en la que lo desarrollarás… quizás la teoría del todo… cualquier cosa. Cualquier cosa aparece en nuestra mente y si no la materializamos desaparece, ya no es igual, se pierde en ese mundo ficticio en el que todo vive antes de que seamos capaces de transformarlo en realidad. Esa misma tarde, mientras acompañaba a mis padres a hacer la compra, me fui a la sección de papelería de aquellos grandes almacenes y me compré mi primera libreta de bolsillo. Era negra, con las tapas de cuero y las hojas de un amarillo blanquecino y además, llevaba una gomita para que no se abriera. Era perfecta, pero también necesitaba un bolígrafo, para empezar de cero una nueva etapa necesitaba que la base fuera sólida y nueva: compré un bolígrafo negro que ahora siempre está sujeto en la goma de la libreta —todavía inacabada—. Estaba claro, dejaba atrás esa etapa en la que me di cuenta que pensar era una mierda, acabar en el pozo de la desesperación, la tristeza y el sinsentido y empezaba una nueva era, una nueva forma de ver el mundo en el que pocas cosas se me escaparían y en el que podría mirar el mundo con la seguridad de que pocas cosas se me escaparían… También es cierto que en parte se convirtió en mi diario y es que hay momentos, premomentos incluso, que necesitas ver escritos para tener todo más claro o incluso para creértelos, quizás o lea —o mejor dicho, os escriba— algunos de esos desvaríos antes de abrir el grifo…

También hay páginas arrancadas. La primera vez que arranqué una página fue para protegerme de ella… para protegerla o… no sé, para proteger todo lo que nunca fue… Recuerdo aquella página porque la arranqué entre lloros y sollozos y es por eso que aún la conservo, porque intenté quemarla, pero no ardió.

viernes, 3 de julio de 2015

Un texto diferente como siempre

Paseaba el bolígrafo entre sus dedos con una delicadeza bastante tosca. Estaba hecho de contradicciones. Amaba y odiaba, reía y lloraba, chillaba y susurraba, pero todo a la vez. Era una contradicción andante. Seguía con sus torpes expertos malabarismos con el boli a la vez que escribía en el teclado. Y el teclado donde escribía solo tenía cinco octavas y acababa escribiendo a la novena pasada de bolígrafo entre el pulgar y el meñique de diferente mano, de diferente pie, de diferente extremidad. Y se sentó en un banco, sobre la vieja griega que intentaba sacar dinero, dinero de una pensión casi inexistente para comprar sus pastillas, pastillas de alegría que le pasaría su camello en el que venían montados los reyes magos. Uno robaba oro, otro incienso y el otro birra. Conocidos alcohólicos anónimos, entraban al grito de policía no tan secreta. Mientras la discreta luz de los neones de aquella tienda de ropa de bebé iluminaba los probadores llenos de octagenarios que apenas tenían diez meses. E intentaba causar la risa, pero gritaba sufriendo del divertido dolor que suponía imaginar el fino y grueso borde de un folio cortando la córnea del ojo, del ojo de la cara, que el del culo es ojete, por grande que sea y ojazos son los suyos, por cerrados que los tenga. ¿Y si bajo en el ascensor? ¿Y si subo en el descensor? ¿Y si tiro de la cadena y aparece el perro? ¿Y si dice cuidado con el gato? ¿Y si me río de la obsesión? ¿Me puedo contestar una pregunta retórica? No. La gracia… ¿cuánto más para encontrar la desgracia? ¿Cuánto menos? ¿Y el sentido? ¿No es fingido? ¿Y lo morido? ¿Y lo vivido? En un momento dejó la tercera persona o la cuarta o la quinta, se pasó a la primera y desveló que escondía en secreto a voces el callar que hablaba de él… ¿Y la basura que se encuentra escrita? Y darse cuenta de que la gente escribe por obsesión… que cuando no sabe qué hacer y no puede no hacer nada coge algo, se vuelca en ello, se aprende el día en el que se cortan las uñas de los pies, se vuelcan y se dedican a ello… ¿Fanatismo? Puta locura cuerda para evitar caer en el éxito de la miseria. Enfermos curados, como un queso, como un jamón de cinco jotas aragonesas, si os quedáis demasiado, en el futuro estaréis pasados. Abrid la puerta, dejad encendido el ordenador, apagad la ventana. Se le cae, se le cae el bolígrafo verde de las manos… ¿No era verde? ¿Habéis leído bien? Vale ya, vivid, morid ahora, ya podéis, sí, sois locos cuerdos, dejaos de bellas mierdas. Morid. Ya. Ahora. Dejad de ser como sois, nunca cambiéis. Os lo pido, sed alguien, pero no seáis vosotros. De momento, ahora ya no, el bolígrafo rojo sigue paseando entre sus dedos, de una forma toscamente delicada.

sábado, 23 de mayo de 2015

La libretita de cuero con goma elástica

Recuerdo aquel día perfectamente porque  fue el día en el que empecé aquella libreta que guardaba mis poemas más nuevos. Me gustan las libretitas, sobre todo esas pequeñas, de tapas de cuero negras y una goma elástica para que queden bien cerradas y no se les escape ni una sola palabra. Siempre me gustaba poner la fecha en que las compraba en la tapa delantera, por la parte interior, claro. Luego a lo mejor se pasaba días, semanas o incluso meses en el cajón o encima del escritorio, hasta que un día, después de cogerla, mirarla, tocarla por cada rincón, olerla y acariciarla, se me ocurría una frase que pondría justo encima de esa fecha que puse al principio. Casi siempre ponía frases que perfectamente podrían ser uno de mis muchos mandamientos, o, si preferís idos por el lado más trágico, uno de mis epitafios (porque tengo pensado morirme muchas veces, pero eso es otro tema que aún no os puedo contar, dejadme acabar con lo de la libretita y lo de aquel día). Muchas veces eran frases célebres de algunos escritores famosos,pero otras, la mayoría, eran mías, que si bien hace un par de semanas que escribí el primer párrafo del primer éxito de ventas que escribiré, aún no me puedo considerar un escritor famoso. Mi producción literaria deja mucho que desear… muchas historias comenzadas, una breve, que acabé pero decidí hacer una segunda parte, muchísimos poemas, y algún que otro artículo de ensayo que quedará en el olvido o tal vez saquen a la luz algún día los enemigos que consiga con esto de escribir y mi futura fama. Sé que me llamarán contradictorio, sé que no sabré explicarme cuando hagan referencia a alguno de mis textos, así como encontrarán sentidos que jamás en la vida imaginaría haber podido escribir. Pero sinceramente, me da un poco igual… Y claro, me acabo de dar cuenta de que estaría mal si yo, en lugar de haber dicho “me da un poco igual”, hubiera dicho que me importa una mierda. Pero el caso es que quiero que me puedan leer sin escandalizarse y si para eso necesito meterme en un registro más neutro y formalito… pues me importa una mierda, porque voy a contar mi día y os lo cuento con mis palabras. Si os parece bien, seguid leyendo (por cierto, espero que sepáis que no estoy haciendo nada raro, todos los escritores hacen pactos con los lectores, lo que pasa que a veces saben engañarnos, lo esconden más porque son muy inteligentes y así tienen a sus lectores… yo no, yo me considero profundamente idiota, no solo como lector, como escritor novato o como lo que sea, me considero idiota en todos los sentidos de mi existencia, pero ese vuelve a ser otro tema), si no os parece bien, aún no sé si ha salido o no mi best seller, pero si no lo hubiera publicado aún, leeros algún clásico, si puede ser de Cervantes o Paul Auster (casi que prefiero este último, porque siempre me pregunto cuánto se lleva Cervantes cuando alguna editorial vende su obra… ). Que quede claro desde el primer momento que yo os vendo mi historia para ganar dinero, así que ahora mismo estoy maldiciendo a todos aquellos que me leen en algún formato electrónico y me han conseguido por torrent o algún servidor de descarga directa. Así que si voy en el metro y os veo leyendo mi libro en un ebook y os pregunto y me decís que lo habéis conseguido gratis, probablemente os robe la cartera.Pero no me culpéis a mí, simplemente es que me da mucha rabia el metro, ¿cómo podéis hacer algo tan orgásmico como leer en un lugar tan irritante? Bueno, a lo que iba… ¿que cómo empezaba esta libreta? “Nunca nadie escribió estos versos”.

domingo, 3 de mayo de 2015

Cuánto…

¿Cuánto ha que te fuiste?

¿Cuánto ha que dejamos de decir ha?

¿Cuánto que dejamos de escribir poesía?

¿Cuánto que dejamos de mirarnos?

¿Cuánto hace que no ves una estrella fugaz?

¿Cuánto que no te abanicas con el aleteo de las mariposas?

¿Es cuánto hace de algo la actual pregunta completa?

¿Cuánto tiempo hace desde que…?

¿Desde hace cuánto tiempo que no…?

¿Cuánto ha que no se llena la luna?

¿Cuánto de que tu boca no besa a la mía?

¿Cuánto ha que no eructas?

¿Cuánto que hablas de eructos por no haber pedos en poesía?

¿Cuánto hace desde la última vez que te comiste la punta de la barra de pan antes de llegar a casa?

¿Cuánto de que la abrazaste desnuda?

¿Cuánto ha desde que cambiaste el geranio de tiesto?

¿Cuánto tiempo de la última vez que rascaste una tostada quemada?

¿Cuánto de que te preguntaste por qué escribías?

¿Cuánto desde la última vez que chupaste la patilla de las gafas?

¿Cuánto hace desde que te sacaste el pantalón de entre las nalgas?

¿Cuánto tiempo hace desde la última vez que pronunciaste mal una palabra?

¿Cuánto de la nostalgia de cerrar el libro tras la última página?

¿Cuánto de que te daban la merienda mientras jugabas?

¿Cuánto ha desde que volviste empapado de lluvia buscando toalla?

¿Cuánto desde que te diste cuenta de que la querías?

¿Cuánto seguiremos contestando con más preguntas?

¿Cuánto más apariencia de un lleno vacío?

¿Cuánto ha que respiramos el mismo aliento?

¿Cuánto que nuestro sudor fue uno?

¿Cuándo escribiré mi última poesía?

¿Cuánto ha?

¿Cuánto hace?

¿Cuánto tiempo?

¿Cuándo?

jueves, 30 de abril de 2015

Todavía aún recuerdo…

Todavía recuerdo aquella tarde
en que cosimos la marioneta favorita de Enare,
con aquel calcetín agujereado
que siempre asegurabas que era tu favorito.
Con aguja, dos botones e hilo,
pronto tuvimos protagonista para tus cuentos.
Y necesitábamos un nombre,
y Enare ni siquiera caminaba,
y tú lógica absurda quiso que le llamásemos Guantes.
Y tú lo movías,
yo cantaba
y ella se quedaba dormida.
Y pestañeamos y ya nos pedía los cuentos,
con sus princesas, sus héroes,
príncipes, castillos y heroínas.
Y volvimos a pestañear
y vinieron esas madrugadas,
en que leía bajo las sábanas
y yo le decía que apagara la luz,
y tú llegabas y, sin que me enterara,
le decías que un poquito más.
Todavía aún recuerdo aquellas tardes
en las que aparecías con ramos de rosas
y me besabas, a traición, por la espalda,
y luego me abrazabas.
Y cambiábamos todas las flores del jarrón
excepto una, azul esperanza,
azul calma.
Todavía aún recuerdo cómo me mirabas,
cómo reías y cómo llorabas
mientras me decías que me querías,
que estabas siempre y estarías,
que siempre nos cuidarías.
Todavía recuerdo nuestro primer beso,
en el que el caballero se quitó el yelmo
para besar a su amada.
Todavía tus latidos en la armadura
y mirarnos y pasear de la mano
por el cauce de aquel río nada vacío.
Todavía recuerdo cómo alquilamos nuestra primera casa
y nos repartimos las cenas,los baños y las escobas…
y el sofá y las primeras películas,
y el fin para siempre de tus noches de insomnio,
y el comienzo de noches locas,
noches de sueños.
Todavía recuerdo aquella primera cosecha,
de un huerto, en el jardín,
junto al árbol que plantamos juntos,
el día que nació Enare.
Todavía recuerdo aquellas noches,
en las que venías a recogerme del trabajo
y traías la cena y acabábamos en las estrellas.
Todavía recuerdo el día en que me dijiste que no me asustara,
que tú no tenías miedo,
que aunque no te viera,
siempre ardería tu fuego.
Todavía recuerdo el día en el que encontré tu libreta,
en la que anticipabas lo que pasaría
y creías vivir diciendo una mentira,
porque sabías, sabías que te irías,
que tu hora llegaría antes que la mía
y me mentías, me mentías a la cara,
diciéndome que siempre estarías.
Y viviste creyendo que me contabas una gran mentira,
a la vez que intentabas buscar la medicina.
Y buscabas la fórmula,
y nos sonreías, nos hacías felices,
nos contabas historias,
nos abrazabas, cosías tus calcetines,
nos apagabas la luz, nos mirabas,
nos querías.
Todavía recuerdo tu última sonrisa,
tu último mal chiste y que nosotros plantamos
un domingo, las flores para tu tumba,
que todos los meses cambiamos,
todas, excepto una.
Todavía recuerdo cómo me enseñaste a escribir poesía
y que me hiciste ver que para algo sí servía,
porque siempre fue tu cura,
tu manera de estar,
de perdurar,
de vivir nuestra inmortalidad.
Todavía recuerdo cómo te miraba cuando me leías
y pensabas que lo hacías mal,
que era una afición absurda.
Todavía hoy aún nos mira,
Guantes, con una sonrisa bien cosida
y te fuiste,
te fuiste sin saber que no nos contaste ninguna mentira,
porque aún estás,
porque ahora,
ahora que soy yo la que escribo poesía,
he de decir, que no nos querías,
que decir eso sería una mentira,
porque lo que tú sentías,
lo que sentías,
nunca fue pasado,
ayer, ahora, y mañana todavía,
digo que nos quieres,
que no mentías,
que ahora y siempre,
eres el amor de mi vida.

sábado, 18 de abril de 2015

Gracias.

Y nos quitan la capa

en pleno vuelo:

nos metemos en la tormenta.

Nos arrojan, nos empujan,

no sabemos reaccionar.

Las nubes y las estrellas

ahora son truenos, centellas,

rayos y centellas.

Nuestra fuerza de repente,

siete veces menor a la de un gnomo

y un llanto seco

nos estrella.

Y siento la impotencia

y miento para que no me crean

y solo es cierto que no hay certeza,

no hay cielo claro,

solo una dura,

angustiosa,

angustiosa dura corteza

que nos revuelve el estómago

y lo más que podemos hacer

es aguantar,

aguantar esas ganas de vomitar

a la realidad,

a una realidad imperfecta,

de golpes, de zarzas,

de espinas,

sin rosas.

Ya murió la mariposa,

ya llora, desconsolada,

la princesa.

Ya susurra aquella sombra,

rastrojo que arrastra tristeza.

Y mi medicina es la ponzoña

que me mata y me envenena.

Y mis lágrimas son sucias,

ya no filtran,

no confían.

Intranquilas se desprenden,

saltan al vacío

desde mi ciega retina,

rutina diaria, rutinaria,

nos sentimos ángeles

con las alas cortadas.

Y sabemos que pudimos volar,

añoramos el cielo que contamina la realidad.

Caídos, perdidos,

bebidos, vividos, vívidos,

enjaulados, atados,

nos gastaron los suspiros…

Y se nos vuelve olvidar,

el arco friega la cuerda,

da una nota de esperanza,

de brío, de valor y brillo.

Nos tiramos de cabeza al sueño,

nuestras alas rotas pueden volar.

Y en el paredón del cielo,

nos dan, esquivamos las balas,

bailamos en la tormenta,

atormentamos la realidad,

le damos dosis de la nuestra.

Y nuestra sangre riega los campos

y nuestro vómito

es el sustrato donde crece la rosa,

nuestro aire,

el mismo donde crecen las mariposas.

La princesa ríe, alegre,

en nuestra cama.

Y me devuelve la capa,

me da las alas.

Gracias.

lunes, 6 de abril de 2015

Hacer nuestro el tiempo…

Hay veces que queremos parar el mundo,

otras necesitamos acelerar cada segundo,

intentamos hacer nuestro el tiempo,

pero no podemos...

Y nos sentimos perdidos, sin rumbo,

vagabundos sin dueño,

vestidos de duelo,

siguiendo mil sueños.

Perdiendo el norte,

acercando el imán a la brújula,

volviéndola loca,

del norte al sur,

ahora al oeste,

luego al este,

otra vez al sur,

y no hace más que dibujar corazones,

corazones y suspiros helados,

que se calientan,

suspiros hirviendo que se congelan,

y nos dejamos flotar en las mansas aguas de un lago helado,

y nos dejamos quemar en el vivaz fuego del bosque ardiendo,

y tumbados, tirados,

flotando, ardiendo,

consumiéndonos,

aún tenemos fuerza y

entreabrimos nuestros ciegos ojos,

ciegos de lágrimas,

las mismas que congelan el lago

y encienden el fuego,

las mismas que ríen en el infierno

y hacen llorar en el cielo.

Y entonces,

náufrago sin barca,

a la deriva,

dejas de lado a Caronte,

estás por encima

o por debajo,

pero eres algo más

o algo menos,

no lo sabes,

pero no eres eso.

Te dejas llevar, llevar por la corriente,

por el viento, por el hielo,

por el fuego,

por el cielo y por el infierno,

te dejas llevar porque sabes, que al final,

al final no caerás, no hay precipicio,

hay tierra firme y dejarás de ser esclavo del tiempo,

esclavo sin reloj y con cadenas,

las fundirás, lo dominarás,

aunque ahora te dejes llevar,

aunque tengas que dejar el tiempo a lo suyo,

que se dedique a pasar,

al final, al final tu tirarás los granos de arena,

tú llenarás el reloj de cristal,

tú harás la tierra firme y no,

no serás tú, la tierra firme,

la tierra firme sabes dónde está.

miércoles, 4 de marzo de 2015

De lirios…

—Hola, buenas, ¿querías algo?

—Hola, solo estaba mirando…

—Si tienes alguna idea de lo que querías…

—A ver… ¿estas qué son?

—Lirios, lirios morados.

—Mmmm, ¿y cuánto valen?

—Estas, a uno cincuenta la unidad.

—Vale, pues me voy a llevar dos.

—Perfecto, ahora mismo te los pongo.

—¡Vale!

Y entonces nos cogieron. El chico ese tenía cierto aire desaliñado y había estado mirándonos a mí y a las demás durante unos minutos, indeciso, sabiendo que haría algo que le haría sonreír, pero con un punto de preocupación en esa sonrisa.

—¿Quieres que las corte?

—Sí, un poquito por favor, a ver si así puedo meterlas en la mochila…

—¿Por aquí?

—¿Un poquito más se puede?

—¿Así?

—Sí, por ahí perfecto.

—Vale.

Habíamos sido más altas en otros tiempo. Entonces con todo el cuidado del mundo nos vistieron con un bonito estampado con motivos florales morados, azules y verdes, la verdad, nos quedaba muy bien ese vestido, casi se nos olvida que nos acababan de amputar un poquito de nosotras. Para que no se nos cayera ese nuevo vestido, nos puso, a la altura de la cintura un cordel, anudado con un bonito lazo. El chico mientras observaba cómo nos vestían, miraba en la pantalla de su móvil y sonreía como alguien que acababa de hacer una trastada sorpresa.

—Pues aquí las tienes, son tres euros.

—Tome. Muchas gracias.

—A ti.

—Vale, hasta luego.

—Hasta luego.

Y empezamos a recorrer aquella transitada ciudad. Nuestro miedo por quedar encerradas en la anteriormente mencionada mochila se fue yendo cuando vimos que el chico nos llevaba en la mano. Ruidos del tráfico, gente de un lado para otro, obras, campanas, relojes… qué distinto era aquello de nuestro jardín botánico… tan gris y llena de humo, frente a nuestros colores limpios… Fuimos y entramos a una estación, íbamos a ir en tren. El chico corrió un poco porque creía que no llegaba. Consiguió un sitio para sentarse y nos miró pensativo. Sonriendo y con toda la delicadeza del mundo acabó por meternos en la mochila. Estábamos bastante bien, aunque la luz se echaba bastante en falta y cada vez más, poco a poco el agua. El roce de las vías, los nombres de las paradas…

—Es abanico.

—¿Qué? ¿Perdón?

—Abanico, la palabra que tienes que poner, es abanico.

—Ah, vale, gracias.

Alguien le había hablado y parecía despistado, como que no se esperaba que le hablaran. No volvió a hablar más en todo el camino, llegamos y notamos cómo nos cargaba a la espalda. Afortunadamente su paso era rápido pero estable. De repente empezó a hablar…

—¡Hola, guapa!

—…

—Sí, ja estic así.

—…

—¿Voy allí? Sé ir, no hace falta que vengas aposta…

—…

—Vale, sí, pues voy hasta la Iglesia.

—…

—¡Jajaja!

—…

—Vale, te veig ara guapa. ¡Te vull!

Igual que empezó a hablar se calló y siguió caminando. Pero pronto paró.

—Hola, guapaaa.

—Hola, jope, no te encontraba, ¿por qué parte has rodeado la Iglesia?

—Culpa mía, pensaba que vendrías de allí y… bueno, que por fin he acabado, soy libre. Buas, oye, qué guapa que estás. ¿Com estás?

—Qué voy a estar…

—Qué sí y punto.

—Vale, vale, si insiste el señor.

—¿Señor? Eh que solo nos llevam…

—Qué es broma… Estoy bien, un poco cansada y bueno, pero bien.

—Te vas a enfadar conmigo…

—¿Qué has hecho?

—Jajaja.

—¿Sabes que ya lo sabía?

—Los dos lo sabíamos.

Seguían hablando, juntos, parecía que no paraban de mirarse y reírse, se notaba felicidad enamorada. Tras un rato subimos unas escaleras y luego en algo así como un ascensor. En el ascensor dejaron de hablar y se escucharon algunos besos.

—Buf, a vore si ara deixe la mochila…

—Sí, ara passem i…

—¡Hola!

—Hola, ¿qué tal?

—Bé, bé, así…

De repente tras ese ruido de llaves y de cerrar de puerta, había más gente. El paso era ahora más tranquilo. Nos llevaron por el silencioso pasillo y paramos en algún sitio.

—¿La dejo aquí?

—Sí, donde quieras.

—Donde menos moleste, a ver… sí, la pongo aquí. Ah, espera, me vas a matar… ¡Jajajaja!

—Sí te voy a matar, a ver…

—A ver, no vull que t’enfades, pero yo es que las he visto y… a ver, no es tan raro y…

—Jope, sabes que no…

—Lo sé, pero es que después te veo la cara que… y yo…

Oímos el ruido de la cremallera y…

sábado, 28 de febrero de 2015

El prospecto. 1

“Pensamientos de suicidio y empeoramiento de su depresión o trastorno de ansiedad. Si usted está deprimido y/o tiene un trastorno de ansiedad, a veces puede tener pensamientos de hacerse daño o suicidarse. Esto puede aumentar al principio de comenzar a tomar antidepresivos, debido a que todos estos medicamentos tardan un tiempo en hacer efecto, normalmente unas dos semanas pero a veces puede ser más tiempo.”

No paraba de releer una y otra vez aquel párrafo de aquel prospecto de aquellas pastillas que le había recetado el médico. Estaba tirado en el suelo, solo, con la espalda contra la pared, una mano apoyada en la cabeza, las gafas en su regazo y la caja de pastillas, en las que solo faltaba una, en su otra mano. El prospecto arropaba su pantalón y le gritaba diciéndole que su estado anímico, que al lugar donde había llegado, hoy en día se le llama depresión y si tomaba aquellas pequeñitas pastillas azules, podría salir de allí. Depresión, de-pre-sión. No era posible, no podía estar metido en esa mierda, él no, a él no le podía pasar eso. Pero ahí estaba, tirado en el suelo, sin recordar cuándo fue la última vez que se duchó o cambió de pijama. Ni siquiera le quedaban platos limpios, la nevera vacía, con medio limón de testigo. El buzón lleno, lo miraba cada día, en busca de aquella carta que le diera algo a lo que acogerse para seguir, pero nada, facturas y publicidad, ni siquiera se molestaba en sacar las cartas del buzón. Llevaba semanas, casi meses, siendo impuntual e ineficaz en el trabajo y ya le habían dado varios toque s de atención, afortunadamente siempre supo disimular muy bien y hacer lo justo para que siguiera pareciendo ante todos que no era de esa clase de personas que necesitaban esas pastillas.

Lo peor de todo era el bloqueo, el bloqueo de todo. Había decidido no destruirse. La primera opción, no recordaba cuándo, pero en el momento en que toda esa mierda comenzó, lo primero que hizo fue darse a la bebida. Se pasaba los días bebiendo y las noches cerrando los bares hasta volver a casa sabiendo que debía de tumbarse de lado porque tarde o temprano vomitaría. No era imbécil y pronto se dio cuenta de no estar solucionando nada. Fue fácil para él dejar de beber, coincidiendo con dejar de dormir. De repente las noches en la cama eran insoportables, necesitaba salir, salir y no parar de caminar. La peor noche fue aquella en la que empezó a caminar y llegó a aquel peñasco, con unas vistas increíbles, unas vistas que dejaron de ser vistas para ver solo la profundidad y que llegaran a su cabeza preguntas como qué pasaría ahora si estuviera él en el fondo del peñasco. Se lo preguntaba constantemente. Cada noche, durante tres meses, estuvo acudiendo allí, pero no supo, nunca supo encontrar una respuesta, el bloqueo seguía, estaba en un punto muerto, su problema, sin embargo, era que estaba vivo.

miércoles, 25 de febrero de 2015

El sábado te veo

La radio encendida. Se había dejado la radio encendida. Esa fue una de las claves, una de las cosas que desencadenó todo.
Acababa de hablar con ella y me preparaba algo caliente en la cocina, pero en mi cabeza resonaba ese “se ha dejado la radio encendida”. Yo le contesté que la bajara y no le di más importancia. Pero ahora no paraba de aparecer en mi cabeza una y otra vez. Entonces todo encajó. La radio encendida, claro. ¿Quién deja la radio encendida y se va? Lo hacen muchas personas, más de las que imaginamos. Y poco a poco fue surgiendo el resto de la historia. Además, tenía ya treinta y tres años. Trabajaba en una agencia inmobiliaria y acogía a jóvenes que visitaran la ciudad. Estaba todo tan claro. Se sentía solo de algún modo, era alguien que seguramente requiriera siempre de alguien cerca. ¿Trauma de la infancia? ¿Alguna pérdida? No, habría sido lógico pensar eso, pero no, no pensé eso. Me fui más al trabajo. Enseñar casas. Acompañar cada día a las distintas personas en busca de una casa, no, mejor, un hogar. Ver como toda esa gente conseguía vivir junta, un proyecto de vida, uno detrás de otro, esas parejas que formarían familias, verlo cada día para acabar volviendo solo a casa. Estaba muy claro. Sentí algo de compasión, ganas de darle una palmadita en la espalda.Pero la historia seguía.
Acabé mi té echando un buen chorreón de miel. Pero quemaba demasiado, así que, como cada noche, bajé a pasear mientras se enfriaba mi taza de té con miel. Mientras bajaba las escaleras todo tenía más sentido. Sentía un vacío, pero no era triste al revés, había encontrado la manera de llenarlo y seguir sonriendo cada día. La radio encendida… pensé que seguramente dormía con la radio encendida o escuchando música o algo por el estilo. Yo mismo he sido testigo de esas noches en las que la gente, gente que está sola, o simplemente se siente, llama a la radio para contar algo o únicamente para oír a alguien. Una simple voz, aunque lejana, es mucho mejor que el silencio del insomnio noche tras noche. Pero yo, yo estaba alegre. Él había sabido remediarlo, aunque yo había descubierto todo, estaba muy claro como para no ser verdad. Entonces pensé por qué estaría solo. No era su culpa, bueno sí. No siempre había estado solo, pero simplemente no funcionó. Unas veces la culpa fue de ella, otras, de él, unas cuantas la culpa no la tuvo nadie y otras tantas la tuvieron los dos. El caso es que él no estaba mal, era feliz así.
De repente me di cuenta, él no sabía nada, él no sabía que yo sabía, ni siquiera sabía que existía. Ahí estaba yo, sabiendo todo, recomponiendo y componiendo su historia, haciendo de aquella persona un personaje. Seguía paseando, el cielo estaba clarísimo, se veía cada estrella y esa media luna en la que no paraba de verla a ella… La echo tanto de menos… pero una vida, la vida, la voy a pasar junto a ella y soy feliz. Me acerqué al final de aquel descampado, junto a una pared con grafitis, de espaldas a un campo y sobre una acequia, miré a los lados y empecé a mear. Tenía muchas ganas, mientras seguía mirando a las estrellas. Acabé, tres sacudidas y seguí, mi té me esperaba. Había desmontado y montado toda su vida, lo sabía todo y la radio seguía resonando en mi cabeza y lo pensé cada vez con más ganas. Él no sabía nada y yo, yo había convertido a la persona en personaje, sería un personaje de una de mis historias, le pasarían cosas, no sé cuales, y seguramente, tras superar cualquier problemilla, acabaría siendo feliz, porque habría hecho algo para merecérselo. Me reía, caminaba por la calle y me reía, lo había convertido en un personaje y él no tenía la más mínima idea. Y un rayo relampagueó en mi cabeza. Espera… y si todos los personajes… ¿y si todos los personajes son personas que no saben que alguien en algún lugar está contando su historia? Había descubierto algo, tenía una frase, algo que escribir, estaba deseando llegar a casa para contárselo a ella. Subí, me quité la chaqueta y, mientras, seguía pensando. Vale, es muy bonita esa frase que se me ha aparecido y dice que todos los personajes son personas, pero… mi cabeza le dio la vuelta… ¿y si todas las personas somos personajes? ¡¡¡Boom!!! ¿Había descubierto algo? Ni idea, no lo sabía, pero me sentí, os lo puedo asegurar, por un momento me sentí un personaje y era todo tan…
Y llegué, y el té estaba casi frío, pero yo tenía que hablar con ella, decirle que una vez más me había inspirado para escribir, o simplemente decirle que escribiría y me sentí escritor por primera vez. La sensación de llegar a casa y decirle: tengo algo, voy corriendo a escribirlo, esa sensación despertó en mí una posibilidad de futuro, algo más que veía claro, algo que ocurriría junto a ella y que sería una entre todas esas millones de sensaciones buenas que me hacía sentir ella. Y con el último sorbo de té frío dejé la taza, mientras ella se me acercaba por la espalda, me daba un beso y yo la miraba mientras me decía que nos íbamos a dormir. La besé, me levanté y me fui con ella a la cama.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Vein-ti-dós

Veintidós, vein-ti-dós. Menuda mierda más grande. Creí que no llegaría. No me gusta, no me gusta cumplir veintidós años. Y no puedo hacer nada. Hoy veintiuno y mañana el golpe. Me suena tan tremendamente mal. Solo quiero que pase, que pase… ¿Qué he hecho en estos veintidós años? Poco, poco o nada, y sin embargo demasiado. Todos lo sabemos, a veces estamos años y años, pasan cosas y más cosas, y te das cuenta, o no, simplemente pasan y ahí estás, viviendo al día, al ritmo del paso del tiempo, como toca, como tiene que ser y como es para todos. Pero otras veces… otras veces llega un segundo, o un minuto, por si me leen algunos escépticos o que me acusen de exagerado… Pero a veces, en esa milésima (que se fastidien los que piensen que soy un exagerado, sin ánimo de ofender, bueno, o con él, lo que veáis…), en esa milésima, por fin todo es diferente, por fin pasan cosas, por fin hay sentido, por fin te sientes vivo de verdad. Ya no es el que pasen más o menos cosas, es que pasa algo que de repente te hace estar vivo en un mundo… (¿mundo? No sé por qué lo he escrito, quería escribir “modo”, tampoco sé por qué lo dejo y me obligo a explicar mi fallo ante vuestros ojos)… Y aquí estáis, y aquí estoy, escribiendo como un loco, pero peor es lo vuestro, que leéis a aquel que nunca estuvo cuerdo, que pensáis que podéis encontrar algo, alguna clase de… no sé, no sé explicarlo. Empezaba a escribir porque me apetecía, pero como veis, no sabía qué ni cómo y todavía no lo sé. Llevo tiempo pensando en escribir una nota de suicidio. A ver, a lo mejor me he explicado mal… o simplemente no lo he hecho. No es que me vaya a… ni siquiera puedo decirlo. No. Escribirla, pero fingida. A ver, fingida no para fingir lo que viene siendo mi… que NO. Bueno que me imaginaba un texto que simulara una nota de suicidio pero el suicida fuera tan tonto que acabara realizando un canto a la vida. Y ahora miradme, no sabía qué escribir, pero sabía que cuando pasa alguna cosa mínimamente importante o que así la veo, pues me da por escribir algún post… no sé, algún año nuevo, algún sentimiento que no puedo aguantar ni retener dentro de mí… no sé, cualquier cosilla… Y el año pasado, si no recuerdo mal, por estas fechas también escribí un post… Se ve que veo el tener más y más años como algo lo suficientemente importante como para escribir… No tiene sentido, aunque pocas cosas lo tienen… ¿Algo lo tiene? No lo sé… Muchas veces, demasiadas… De eso os daréis cuenta con los años, tiene gracia que lo diga yo, que aún con veintiuno no puedo haber sido capaz de no sé… ver ese sentido que todo el mundo parece encontrar a todo. Y no paro de ver ahora en mi discurso algo que tiene tanto de diario… Pero yo no escribo diarios, al menos no los leeréis, mis diarios están escritos a manos. Pero espera, ¿nos está diciendo que esto verdad? Si nos cuenta algo de él que es verdad… todo lo que escribe es cierto… oh, Dios, nos está contando lo que le pasa… Cumple veintidós años y además está perdido o algo, quería escribir nosequé y… Y se acaba de dar cuenta de que él lematiza “no sé qué” aunque no es correcto… Pero… Y ahora nos quita la voz y vuelve a ser él, y nos vuelve a poner en la duda de lo que es ficción y de lo que se está inventando y ahora mismo pensaba que acabaría todo esto con un “mañana cumplo veintidós años”.

lunes, 26 de enero de 2015

Y ahora otra vez no sé que hacer

Y ahora otra vez no sé qué hacer,

sentado en el metro,

la mirada perdida,

una mirada que no mira.

Solo sé que no puedo caer,

pero si caigo, me arrastraré,

porque hay veces que no puedes vivir de pie.

¿Vivir en la depresión otra vez?

Y las voces son ruidos que rebotan,

rebotan en mí,

tan absorto en la nada.

Y mis ojos rojos sollozan,

sollozan y lloran un veneno amargo,

tan amargo y tan dulce al probarlo.

Y te viene la pregunta, la premonición,

de si todo será igual,

de si lo vas a poder soportar.

Y me bloqueo,

me ahogo congelado en el hielo,

cuando todo arde,

cuando la cabeza estalla,

el cuerpo pesa

y el corazón se para.

Y todo a mi alrededor,

todo pero no hay nada.

y lo miro y lo veo pero no hay nada.

Es todo tan aparente,

tan falso, tan injusto…

y no hay nada que duela más en el mundo,

que la incomprensión del alma,

que te hagan sentirte solo,

rodeado de gente extraña,

gente rara que parece ser lo normal,

pero gente mala,

envenenada.

Y una y otra vez te dan golpes,

en una mejilla, en la otra,

en toda la cara. ´

Y cuando no hay más que magullar,

empiezan con el resto del alma.

Y no paran,

una y otra vez,

te quieren destrozar

desde una presunta tolerancia,

de lo que llaman ser modernos,

y lo que yo pienso que es no tener valores

y critican y rechazan,

una moral que ellos llaman cristiana.

Tan idiotas que no saben que no importa la etiqueta,

cuando el amor, el sentimiento puro,

es bueno y sincero.

Que por encima de todo prima una forma de ser,

que prima una verdad.

y que yo, que creía en las personas,

me confieso descreído,

y ahora creo en los sentimientos,

en los sentimientos que me ofrecen lo vivido.

Y siento dejar de creer en vosotros,

egocéntricos de vuestro ombligo,

con valores que no entiendo,

que son en realidad tan falsos y vacíos,

y desde allí, veis los míos,

y envidiosos no reconocidos,

os burláis, me atacáis,

creéis hacerme un favor

y lo hacéis,

porque me apartáis,

me apartáis cada vez de un mundo fingido,

un mundo que llamáis real,

realidad, y sin embargo construís dejándoos llevar,

siendo el uno y el otro igual,

igual de vacíos, igual de sinsentidos,

igual de dolidos, igual de podridos.

y aún así, no sé si lloro por vosotros y por mí,

porque habéis construido ese mundo en ruinas a mi alrededor,

intentáis que crea que es real,

que pensar diferente es querer escapar.

Enhorabuena,

lo habéis conseguido:

quiero escapar, huir lejos,

encontrar mi verdadero hogar.

Hacerlo yo,

que nunca nadie más me diga que deje de soñar,

que mientras siga vivo yo,

juro y prometo,

que habrá en este mundo un soñador.

jueves, 22 de enero de 2015

A mí me gusta

Y ahora ya eres dueño de allá donde pisan tus pies,

y tus huellas dejan un rastro que va borrando el viento,

y tus ojos miran hacia las estrellas

mientras caminas hacia ninguna parte,

y tus recuerdos son rastrojos que se arrastran por el desierto,

y tus lágrimas se secan

y en la mochila solo llevas sonrisas, besos y abrazos,

nada más, vas con lo puesto,

pero con el corazón lleno.

Porque desaparecer ya no es,

porque no quieres,

porque justamente lo que quieres es estar solo,

pero solo con ella,

que todo lo demás te dé igual,

que el reloj siga implacable con un tictac que no cesa,

que el rayo caiga de la tormenta y nos iluminé,

que nos devuelva esas fuerzas que nunca perdimos,

que nos devuelva esa sonrisa que siempre tuvimos,

y que cuando el charco de nuestras lágrimas inunde la tierra,

nademos en ellas hasta juntar nuestros cuerpos.

Y que cuando nuestros gritos de ayuda inunden los cielos,

escuchemos cerca, al oído, cómo susurramos te quieros.

Y que por fin, ahora ya no miras atrás

y ves el futuro, pero en presente

y por fin ves algo que no te asusta,

por fin ves todo claro, aunque el mundo se ría,

sabes que acabaréis de la mano,

tú y ella,

siendo una misma sonrisa

que grita al mundo:

A mí me gusta.

sábado, 15 de noviembre de 2014

“Bautizos, bodas y comuniones”

“Bautizos, bodas y comuniones”
anunciaba aquel jarrón
de aquel escaparate,
y entonces vi,
desordenada, una vida,
una vida por ser vivida.
Pensé que allí había una historia,
quizás un poema,
pero alejé la mirada,
seguí mi camino,
pero la vista,
una vista ya cansada,
seguía en aquellos jarrones.
Pensé todo lo que escribiría:
ese niño que nace,
o esa niña,
mejor niña,
primero será niña.
Nace y entonces,
tras mirar miles de nombres,
tras descartar millones
y quedarnos con tres o cuatro,
nace y le vemos la cara,
y tiene cara de…
Y seguimos en la tradición,
por modernas que sean nuestras ideas,
nos gusta esa celebración,
estamos los dos de acuerdo,
tomamos la decisión,
invitamos a la familia,
será algo íntimo:
un corto sermón,
algunas fotos,
quizás un llanto por el agua fría,
quizás silencio por la bendición,
y después las fotos para recordar,
y después las fotos para no olvidar.
Son las primeras que llenan el álbum,
justo después de las de su primera habitación,
y las de su cunita en el hospital,
y las de la primera noche en casa
y el cambio del primer pañal.
Esas noches en vela que tanto nos dolieron
pero con tanto placer recordamos,
porque son momentos para no olvidar.
Y luego al banquete,
que no falte nadie.
Y tiene dos padrinos
y tres hadas madrinas,
y reparten los detalles,
y encienden la traca
y pasan el libro de firmas.
Y pasa el tiempo,
le crecen los dientes,
las primeras palabras,
algunas edulcoradas,
algunas envenenadas,
otras tiernas, algunas gracias,
algunas ideas maestras
y muchas preguntas,
muchos porqués
para los que a veces no tienes respuestas.
Y te levantas,
estás llorando,
bloqueado,
no sabes como sigue el poema,
porque todo de momento es imaginado
y necesitas realidad,
aún no,
pero la necesitas ya.
Te vuelves a sentar,
sigues escribiendo esa vida.
Pero no hablarás de los paseos por el parque,
de las comidas en la trona,
de las veces que se queda con los abuelos,
de su primer viaje en coche,
su primera visita al zoo,
esa primera vez en la playa,
en la que como os hicieron a vosotros,
la llevasteis desnuda,
era demasiado pequeña para el bañador.
No hablarás de esos y de otros muchos momentos
que también estarán en ese álbum de fotos,
después de cuando lo del bautizo.
Piensas que te apetece hablar sobre las bodas,
por cercanía,
ya no piensas en esa niña,
ahora piensas en ti,
en ti y en ella,
en unas bodas que están lejos pero se acercan.
¿Cómo se lo pedirás?
¿Te lo pedirá ella?
Imposible, quieres ser tú,
quieres sorprenderla,
pero en la intimidad,
darle la más grande sorpresa
y que te la dé ella al decir sí quiero
y ofrecer su dedo para que le dibujes el anillo
un señor anillo que se borrará de su mano
pero se quedará en su corazón.
Y tendrás su mano y correrás gritando al cielo
que nadie puede ser más feliz,
y llamas a tus padres, a tu hermano,
a tus primos, a tus tíos,
a tus abuelos, a tus amigos,
a tu familia,
y lo cuelgas en Facebook,
porque eres tradicional,
pero moderno.
Y preparáis todo,
y decidís entre los dos
y será todo sencillo, más bien modesto,
pero a la vez será tan grandioso.
Y piensas que será donde las vidrieras,
y entre los dos elegís las flores,
hay muchas rosas
y pasillo de jazmines.
Y habrá una sesión de fotos
para llenar otro álbum nuevo,
y bromeas con hacer un selfie en el altar
y te mira mal, pero se ríe,
porque no os sabéis enfadar.
Y no lleváis zapatos,
lleváis converse a juego,
todo por una promesa,
algo que pensaste que sería un reto,
pero es divertido,
os hace únicos,
aunque siempre pensaste
que llevaríais zapatos en el último momento.
Y la imaginas a ella,
completamente vestida de blanco
y tú llevando tu traje,
parece que vas arreglado,
pero una barba de tres días
te da ese toque que siempre te gustó desaliñado
por mucho que siempre te llamará aseado.
Y ella nunca brilló tanto,
nunca en la vida,
solo más bella cuando está desnuda.
Preciosa sonríe,
sus ojos azules como el cielo del mediodía,
pero cuando salís de la iglesia llueve
y os reís porque siempre supisteis que llovería.
Y entre arroz y gritos,
las risas de vuestros padres,
las lágrimas de vuestras madres,
os metéis en el coche,
entre risas y os besáis.
Os lleva al banquete,
llegáis algo tarde,
ya está toda la familia
y suena el himno nupcial,
pero el vuestro
y resuenan los vivas los novios.
El menú, que tanto tardasteis en decidir,
solo lo probáis a medias,
os toca estar para todos,
sonreír y pasa la gente
y pasan las fotos
y no os dais cuenta
porque de lo felices que sois
simplemente actuáis,
no es tiempo para pensar,
para eso están las fotos,
fotos que llenarán el álbum para recordar,
ese álbum para no olvidar.
Y cambias la dirección del poema,
ahora lloras menos,
te vuelves a levantar,
esta vez para mear.
Vuelves al ordenador,
estás más sereno has hablado con ella.
Y hablabas de las bodas,
pero ya ha pasado el momento,
no escribirás de los primeros trabajos,
de cuando os fuisteis a vivir juntos,
de la luna de miel,
de la luna de paté, nata,
guaraná y todo lo que se pudiera untar.
No hablas del lugar,
lo decidisteis entre los dos,
siempre lo tuvisteis claro
y al verlo,
al tener los billetes entre las manos,
al subir al vuelo os mirabais,
asentíais sabiendo haber acertado
y mientras el avión despega
vuestros labios se pegan entre
sonrisa y sonrisa,
bailan las lenguas.
Tampoco escribirás de esos días previos de nervios
ni de esas noches de desenfrenada locura,
ni de la búsqueda de piso o la compra de muebles,
los días de hacer la compra y el reparto de tareas,
las lavadoras, las camas,
las estanterías, bajar la basura,
cambiar las bombillas…
quizás no sea apropiado para este poema.
Las comuniones,
esa tercera palabra en la que viste un poema.
Y ya no sabes cómo escribirla,
estás más bien lejos,
pero te para cerca por tus familiares pequeños.
Dos días a la semana van a catequesis
y te cuentan que si pueden,
otros tantos a misa.
En la última comunión te tocó conducir
y bebiste cerveza delante de tus padres,
tenías un examen al día siguiente.
Lo pasabas bien, pero estabas solo
y piensas en la siguiente que viene,
irás acompañado,
vestido de gala,
ella preciosa
y tú desaliñado.
Y será más familia.
Y ese niño que comulga,
que se ríe
y cuando te ve se burla,
sabe bien las oraciones,
pero mira los regalos.
Y llora quizás por las fotos
porque nunca le gustaron,
pero el caso es que los padres quieren el álbum,
quieren ese álbum para recordar,
quieren esas fotos para no olvidar.
Una bici, un balón,
una nueva consola,
una biblia, un ordenador,
la equipación de su equipo,
algún libro, ropa,
un estuche, un compás,
una tablet y un iPhone.
Y cuando la misa,
tú esperas con tu novia en el bar,
hay muchos niños,
pero solo uno es tu familiar,
entras solo al final,
cuando le dan la bendición,
y otra vez hacia el banquete
y os presentáis a todos,
anunciáis vuestra relación.
Y decidís marchar un poco antes,
no hay nadie en casa y os vais al salón,
cogéis una peli y la manta,
ni veis la peli ni usáis la manta.
Y es el momento en el que te das cuenta de que decae el poema,
de que se está acabando a cada pulsación del teclado,
te sales de la historia,
de ese cartel del escaparate
y recuerdas cuando,
hace tan solo unas horas,
le contabas a tu amor que habías leído algo increíble,
lo mejor que habías leído en tiempo,
y recuerdas ese momento en el que se lo dices:
“Bautizos, bodas y comuniones”.
Y ella se ríe
y le dices haber visto una historia,
un poema, una canción,
el paso del tiempo, algún sentimiento.
Y olvidas el tema durante toda la tarde,
pero cae la noche y no está,
y no está y es momento de escribir,
porque no le queda mucho para volver,
y le has contado que escribías
y justo ahora, en este instante,
recuerdas la broma que le hiciste mientras se reía
de tu descubrimiento en el escaparate:
¿Por qué en los entierros no se da regalo?
le insinuaste,
y quizás le pareció el chiste un poco macabro,
pero seguiste con la broma
y acabasteis riendo,
porque en el fondo lo sabéis:
no habrá regalo en vuestro entierro,
el caso es que ni siquiera habrá entierro,
porque desde hace tiempo decidisteis vivir el sueño,
seríais inmortales desde aquel primer beso.
Y sabiendo que debería acabar en el anterior verso,
sigues escribiendo,
escribes para decir que por extenso,
no has sabido retratar una vida,
no has sabido escribir en verso,
no has sabido contar la métrica,
tampoco hallar la rima,
pero te da igual, no te importa,
solo quieres que llegue a casa,
enseñarle tu poema
y que al final,
de todo lo que lea,
se quede solo
con este verso final:
te quiero.