jueves, 25 de febrero de 2016
La rueca
domingo, 25 de octubre de 2015
¿Flores para tu tumba?
Cada día, durante años, llevaba flores para tu tumba,
semana tras semana, día tras día,
cada domingo, cada festivo.
Los ramos marchitos por el viento,
los pétalos, esparcidos por el tiempo.
Lágrimas camino al cementerio,
el atasco, las farolas, los paraguas fantasma.
Intermitente limpiaparabrisas, luna empañada,
sol tapado, nubes espesas, gatos no pardos.
Lloré.
Bañé.
Perdí.
Barrí.
Caminé.
Creí.
Cada día, durante años, amanecías feliz con tu sonrisa,
semana tras semana, día tras día,
cada domingo, cada festivo.
Los labios carnosos por el silencio,
las palabras malditas por tus besos.
Risas camino al cementerio,
un paseo, unas pipas, un juego.
Constante viento en tu cabello, luna malvada,
sol eterno, nubes claras, perros callejeros.
Reíste.
Besaste.
Mordiste.
Quisiste.
Engañaste.
Te creí.
sábado, 23 de mayo de 2015
La libretita de cuero con goma elástica
jueves, 30 de abril de 2015
Todavía aún recuerdo…
en que cosimos la marioneta favorita de Enare,
con aquel calcetín agujereado
que siempre asegurabas que era tu favorito.
Con aguja, dos botones e hilo,
pronto tuvimos protagonista para tus cuentos.
Y necesitábamos un nombre,
y Enare ni siquiera caminaba,
y tú lógica absurda quiso que le llamásemos Guantes.
Y tú lo movías,
yo cantaba
y ella se quedaba dormida.
Y pestañeamos y ya nos pedía los cuentos,
con sus princesas, sus héroes,
príncipes, castillos y heroínas.
Y volvimos a pestañear
y vinieron esas madrugadas,
en que leía bajo las sábanas
y yo le decía que apagara la luz,
y tú llegabas y, sin que me enterara,
le decías que un poquito más.
Todavía aún recuerdo aquellas tardes
en las que aparecías con ramos de rosas
y me besabas, a traición, por la espalda,
y luego me abrazabas.
Y cambiábamos todas las flores del jarrón
excepto una, azul esperanza,
azul calma.
Todavía aún recuerdo cómo me mirabas,
cómo reías y cómo llorabas
mientras me decías que me querías,
que estabas siempre y estarías,
que siempre nos cuidarías.
Todavía recuerdo nuestro primer beso,
en el que el caballero se quitó el yelmo
para besar a su amada.
Todavía tus latidos en la armadura
y mirarnos y pasear de la mano
por el cauce de aquel río nada vacío.
Todavía recuerdo cómo alquilamos nuestra primera casa
y nos repartimos las cenas,los baños y las escobas…
y el sofá y las primeras películas,
y el fin para siempre de tus noches de insomnio,
y el comienzo de noches locas,
noches de sueños.
Todavía recuerdo aquella primera cosecha,
de un huerto, en el jardín,
junto al árbol que plantamos juntos,
el día que nació Enare.
Todavía recuerdo aquellas noches,
en las que venías a recogerme del trabajo
y traías la cena y acabábamos en las estrellas.
Todavía recuerdo el día en que me dijiste que no me asustara,
que tú no tenías miedo,
que aunque no te viera,
siempre ardería tu fuego.
Todavía recuerdo el día en el que encontré tu libreta,
en la que anticipabas lo que pasaría
y creías vivir diciendo una mentira,
porque sabías, sabías que te irías,
que tu hora llegaría antes que la mía
y me mentías, me mentías a la cara,
diciéndome que siempre estarías.
Y viviste creyendo que me contabas una gran mentira,
a la vez que intentabas buscar la medicina.
Y buscabas la fórmula,
y nos sonreías, nos hacías felices,
nos contabas historias,
nos abrazabas, cosías tus calcetines,
nos apagabas la luz, nos mirabas,
nos querías.
Todavía recuerdo tu última sonrisa,
tu último mal chiste y que nosotros plantamos
un domingo, las flores para tu tumba,
que todos los meses cambiamos,
todas, excepto una.
Todavía recuerdo cómo me enseñaste a escribir poesía
y que me hiciste ver que para algo sí servía,
porque siempre fue tu cura,
tu manera de estar,
de perdurar,
de vivir nuestra inmortalidad.
Todavía recuerdo cómo te miraba cuando me leías
y pensabas que lo hacías mal,
que era una afición absurda.
Todavía hoy aún nos mira,
Guantes, con una sonrisa bien cosida
y te fuiste,
te fuiste sin saber que no nos contaste ninguna mentira,
porque aún estás,
porque ahora,
ahora que soy yo la que escribo poesía,
he de decir, que no nos querías,
que decir eso sería una mentira,
porque lo que tú sentías,
lo que sentías,
nunca fue pasado,
ayer, ahora, y mañana todavía,
digo que nos quieres,
que no mentías,
que ahora y siempre,
eres el amor de mi vida.
miércoles, 25 de febrero de 2015
El sábado te veo
Acababa de hablar con ella y me preparaba algo caliente en la cocina, pero en mi cabeza resonaba ese “se ha dejado la radio encendida”. Yo le contesté que la bajara y no le di más importancia. Pero ahora no paraba de aparecer en mi cabeza una y otra vez. Entonces todo encajó. La radio encendida, claro. ¿Quién deja la radio encendida y se va? Lo hacen muchas personas, más de las que imaginamos. Y poco a poco fue surgiendo el resto de la historia. Además, tenía ya treinta y tres años. Trabajaba en una agencia inmobiliaria y acogía a jóvenes que visitaran la ciudad. Estaba todo tan claro. Se sentía solo de algún modo, era alguien que seguramente requiriera siempre de alguien cerca. ¿Trauma de la infancia? ¿Alguna pérdida? No, habría sido lógico pensar eso, pero no, no pensé eso. Me fui más al trabajo. Enseñar casas. Acompañar cada día a las distintas personas en busca de una casa, no, mejor, un hogar. Ver como toda esa gente conseguía vivir junta, un proyecto de vida, uno detrás de otro, esas parejas que formarían familias, verlo cada día para acabar volviendo solo a casa. Estaba muy claro. Sentí algo de compasión, ganas de darle una palmadita en la espalda.Pero la historia seguía.
Acabé mi té echando un buen chorreón de miel. Pero quemaba demasiado, así que, como cada noche, bajé a pasear mientras se enfriaba mi taza de té con miel. Mientras bajaba las escaleras todo tenía más sentido. Sentía un vacío, pero no era triste al revés, había encontrado la manera de llenarlo y seguir sonriendo cada día. La radio encendida… pensé que seguramente dormía con la radio encendida o escuchando música o algo por el estilo. Yo mismo he sido testigo de esas noches en las que la gente, gente que está sola, o simplemente se siente, llama a la radio para contar algo o únicamente para oír a alguien. Una simple voz, aunque lejana, es mucho mejor que el silencio del insomnio noche tras noche. Pero yo, yo estaba alegre. Él había sabido remediarlo, aunque yo había descubierto todo, estaba muy claro como para no ser verdad. Entonces pensé por qué estaría solo. No era su culpa, bueno sí. No siempre había estado solo, pero simplemente no funcionó. Unas veces la culpa fue de ella, otras, de él, unas cuantas la culpa no la tuvo nadie y otras tantas la tuvieron los dos. El caso es que él no estaba mal, era feliz así.
De repente me di cuenta, él no sabía nada, él no sabía que yo sabía, ni siquiera sabía que existía. Ahí estaba yo, sabiendo todo, recomponiendo y componiendo su historia, haciendo de aquella persona un personaje. Seguía paseando, el cielo estaba clarísimo, se veía cada estrella y esa media luna en la que no paraba de verla a ella… La echo tanto de menos… pero una vida, la vida, la voy a pasar junto a ella y soy feliz. Me acerqué al final de aquel descampado, junto a una pared con grafitis, de espaldas a un campo y sobre una acequia, miré a los lados y empecé a mear. Tenía muchas ganas, mientras seguía mirando a las estrellas. Acabé, tres sacudidas y seguí, mi té me esperaba. Había desmontado y montado toda su vida, lo sabía todo y la radio seguía resonando en mi cabeza y lo pensé cada vez con más ganas. Él no sabía nada y yo, yo había convertido a la persona en personaje, sería un personaje de una de mis historias, le pasarían cosas, no sé cuales, y seguramente, tras superar cualquier problemilla, acabaría siendo feliz, porque habría hecho algo para merecérselo. Me reía, caminaba por la calle y me reía, lo había convertido en un personaje y él no tenía la más mínima idea. Y un rayo relampagueó en mi cabeza. Espera… y si todos los personajes… ¿y si todos los personajes son personas que no saben que alguien en algún lugar está contando su historia? Había descubierto algo, tenía una frase, algo que escribir, estaba deseando llegar a casa para contárselo a ella. Subí, me quité la chaqueta y, mientras, seguía pensando. Vale, es muy bonita esa frase que se me ha aparecido y dice que todos los personajes son personas, pero… mi cabeza le dio la vuelta… ¿y si todas las personas somos personajes? ¡¡¡Boom!!! ¿Había descubierto algo? Ni idea, no lo sabía, pero me sentí, os lo puedo asegurar, por un momento me sentí un personaje y era todo tan…
Y llegué, y el té estaba casi frío, pero yo tenía que hablar con ella, decirle que una vez más me había inspirado para escribir, o simplemente decirle que escribiría y me sentí escritor por primera vez. La sensación de llegar a casa y decirle: tengo algo, voy corriendo a escribirlo, esa sensación despertó en mí una posibilidad de futuro, algo más que veía claro, algo que ocurriría junto a ella y que sería una entre todas esas millones de sensaciones buenas que me hacía sentir ella. Y con el último sorbo de té frío dejé la taza, mientras ella se me acercaba por la espalda, me daba un beso y yo la miraba mientras me decía que nos íbamos a dormir. La besé, me levanté y me fui con ella a la cama.
sábado, 14 de julio de 2012
El último baile (II)
Apartándose el pelo mojado que le caía sobre la frente arrancó el coche y se dirigió a la playa. Casi ni se dio cuenta de como llegó hasta allí. Paró el motor y bajó del coche. Empezó a andar por el paseo, con la mirada fija en las olas. El mar estaba enfadado, furioso, alterado. Parecía saber lo que le ocurría. Llegó al final del paseo marítimo que acababa en el puerto. Las luces de las grúas ya empezaban a dejar ver su reflejo en el agua. Entró al puerto y deambuló hasta llegar a un viejo galeón que había sido restaurado y se utilizaba como museo y restaurante. Lejos de entrar en el barco, siguió caminando hasta el final del muelle. Se quedó de pie, mirando al horizonte. Respiró profundo y se sentó, con las piernas colgando sobre el mar. El agua de las olas le salpicaba constantemente pero él permanecía inmóvil, con la mirada perdida, al igual que la expresión de su rostro. Simplemente pensó. Pensaba y a la vez no pensaba, pues tenía la mente completamente en blanco. Sus ideas no sabían a que atenerse, no encontraba palabras para explicar cómo se sentía, todo era un lío. Había perdido antes a gente cercana, familiares, amigos… pero perderla a ella era algo que no sabía como afrontar.
Finalmente, fue el enfurecido mar quien lo sacó de su ensimismado estado. Una ola, más grande y furiosa que el resto, lo cubrió por completo, lanzándole hacia atrás, quedando tumbado en aquel muelle. Se quedó durante un momento mirando al cielo. Ya había anochecido e incluso se podían ver algunas estrellas en el firmamento. Entonces la vio. Una estrella fugaz. Hacía mucho tiempo que no veía una pero al verla deseó lo que cualquier persona que acaba de perder a alguien habría pedido, pidió que volviera. Sabía que era una tontería. Que nada se la podría devolver, pero no perdía nada por intentarlo. Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas. Tras no saber si sentirse idiota, desesperado incluso infantil por haber hecho aquello, se levantó, todavía empapado y se fue a casa, olvidando el coche en aquella playa a unos kilómetros de donde se encontraba.
Las tenues luces de las farolas son lo único que recordaba haber visto durante el camino de vuelta. Ni personas, ni coches, ni siquiera el mísero ruido de un gato callejero rebuscando una espina de pescado entre los cubos de basura. Cuando llegó al portal de su casa sacó las llaves del bolsillo, todavía mojado y abrió la puerta. ni siquiera encendió la luz. Cogió una botella de bourbon de la marca “Four roses” y se sentó en la cama. Todavía no estaba hecha, aquella mañana le tocaba a él hacerla pero había salido con prisas y no le dio tiempo. No estaba muy claro si reía o lloraba al recordar la de veces que habían discutido por el tema de la cama. Se alternaban y repartían todas las tareas y, la única que hacían juntos era deshacer la cama.
Abrió la botella, todavía sin estrenar y dio un trago. No estaba acostumbrado a beber y aquél líquido del color de la miel bajó por su garganta dándole la sensación de que acababa de beber fuego. Pasó un rato mirando la ventana que tenía al frente, con la persiana entreabierta y por la que entraba la luz de las farolas y, de vez en cuando, la que producían los coches al pasar por la calle de abajo. Dio otro trago, ahora más largo. La sensación de estar bebiendo fuego poco a poco desapareció y, la temperatura de su cuerpo fue subiendo cada vez más. El nivel de líquido de la botella bajaba y los grados de su cuerpo subían. Hubo un momento en el que el camión de la basura pasó bajo su calle y unas ráfagas de luz naranja iluminaban intermitentemente su habitación. La botella de bourbon se acabó a la vez que los destellos de aquel camión. Dejó caer el “Four roses” al suelo y se tumbó en su lado de la cama, mirando al de ella.
En la almohada se marcaba todavía ligeramente la forma de su cabeza. Entonces le calló una lágrima que rápidamente absorbieron las sábanas. Clavó la cabeza en la almohada y respiró profundamente. Olía a ella. El dulce aroma de su pelo, de su cuerpo se había quedado con él. Cada vez caían más lágrimas, casi formando un chorro continuo. La cabeza le empezaba a doler y el calor de su cuerpo empezaba a bajar. Cogió la almohada y se levantó. Respiró su aroma abrazándola. Se dirigió a la cómoda de la habitación y encendió la radio sin saber qué emisora había sintonizado. Entonces sonó la canción que le llevaría a tomar una decisión que debería marcar el resto de su vida. La canción que sonó fue “I’ll never fall in love again” de Elvis Costello. Tras bailar largar durante los tres minutos que duró, cayó en la cama, abrazado a la almohada y, finalmente, se durmió.
miércoles, 11 de julio de 2012
El de cuando todo escritor necesita su “musa”
Después de bastante tiempo sin escribir, casi una eternidad, toca volver y vuelvo con un post que hace tiempo que quería escribir. Intentaré ser breve y fresco que creo que es lo que todos queremos en verano. Todos buscamos un libro que se lea rápido y nos deje buen sabor de boca, una buena película con la que reírnos, y ya ni hablemos de los famosos “amores de verano” (o eso me han contado)… todas cosas intensas y fugaces, efímeras. Bueno, empiezo ya…
Siempre que hacemos algo, lo hacemos por algún motivo y, normalmente, ese motivo es que nos gusta ese algo. Pues bien, cuando escribimos, no lo hacemos por el mero placer de sentir el suave tacto del teclado en nuestros dedos, no, lo hacemos porque tenemos un motivo. Algo nos mueve a intentar dejar escrito en el papel (bueno, o en los monitores y pantallas) aquello que guardamos más adentro, una opinión, un sentimiento, una sensación o una simple historia. Pero además, queremos que aquello que escribimos sea leído, queremos que nos oigan ya que, de otro modo, no realizaríamos el esfuerzo de sacar las palabras de nuestro interior. Digamos que en ese sentido nos parecemos al suicida que deja una carta explicando sus motivos, somos “suicidas vivos” y, la verdad, eso me gusta porque la vida es una misión suicida, es un viaje contrarreloj. El caso es que, tras lo que expresamos en nuestros escritos, hay una “musa” pero no “musa” en el sentido de una persona (que bien puede serlo y lo es normalmente), cuando hablo de “musa” lo hago refiriéndome a aquello que nos inspira, a aquello que nos gusta, nos “enamora”, a aquello que nos incita a hacer lo que hacemos. Pues bien, esa inspiración, esa “musa”, es algo individual y personal y cada uno tenemos una y, tenemos el deber de encontrarla y buscarla constantemente. A veces, solo hemos de escarbar un poco entre lo que hemos escrito, autoanalizarnos y veremos cómo tras toda esa tinta empleada, hay un motivo, aunque no nos hayamos dado cuenta (esto no importa, estoy seguro de que si más de un escritor viera el análisis que realizan de él o de sus personajes a través de sus libros, se sorprendería de todo lo que dicen de él, incluso podría llegar a conocerse mejor).
Bueno, he dicho que iba a ser un post veraniego, así que será cuestión de ir acabando… Solo deciros que hace poco leía una frase bastante “impactante” a pesar de estar dicha en un contexto burlón que decía: “Nada en esta vida tiene sentido”. Esto me hizo pensar y sólo puedo estar de acuerdo con la frase, quizás nada tenga sentido en esta vida y seamos nosotros los que se lo tengamos que dar y, para eso, solo hemos de encontrar nuestra “musa”, nuestra inspiración. ¡Ya sabéis qué hacer este verano!
martes, 13 de marzo de 2012
El de cuando los sentimientos ganan a la razón…
Dicen que tras mucho tiempo sin dormir, perdemos bastantes facultades tanto físicas cómo mentales y, me parece algo completamente normal y veraz pero, tengo algo que decir en contra. Sinceramente, cuando no duermo, es por el simple motivo de que la cabeza está pensando y pensando sin parar y, quiera o no, alguna buena idea podré sacar de todo ese mar de pensamientos. Es, quizás cuando saque alguna buena idea, algo que me esclarezca todo un poco cuando consiga poder dormir tranquilamente. Bien, la verdad, no es el caso del tema que voy a exponer a continuación, sencillamente es una de tantas ideas que pasaban por ahí y me parece que se merecía un post.
Nada más poner el título me he empezado a arrepentir, puede no estar muy claro pero, creo que, al leer la entrada será cuando realmente se comprenda lo que quería expresar en él. El tema es que, utilizamos la razón y la lógica para comprender el mundo que nos rodea y, queremos utilizarlo también para comprender a las personas. Queremos que en las personas haya lógica y, ese me parece un gran error.Con la razón, matemáticas, lógica, ciencia y demás hemos dominado el mundo, la naturaleza y continuamos haciéndolo ya que parece que funciona y, por eso mismo lo aplicamos a todo pero, si queremos conocer a alguien, a una persona, no podemos acogernos a la razón. No podemos buscar comprender las razones de una persona a través de la propia razón. Las personas, sin duda alguna, actúan por los sentimientos y por las emociones y para nada por la razón. Este está siendo un gran fallo de todo el mundo bajo mi punto de vista, querer comprender desde la razón algo que pertenece a la emoción. Ese afán nuestro por querer explicarlo todo, por querer darle una definición precisa y que de ahí no se mueva. Pero no podemos. No podemos y no debemos. Puede que con algunos ejemplos sea más fácil explicarme. Si las personas actuáramos por la razón, usando cierta lógica, pensemos por ejemplo, en la gente que habría estudiando “filosofía” o cualquier carrera de las que están mal consideradas y tienen un futuro más bien negro. Estaría todo el mundo estudiando derecho o medicina que son las que siempre han tenido prestigio social y parece ser que ofrecen un mejor salario, lo lógico sería elegir estas carreras. Pero sin embargo hay gente que se mete en psicología, en filosofía, en una ingeniería (aunque estén también muy bien consideradas). Esto, es, por los gustos y no por la lógica. Pensemos ahora en otra cosa totalmente distinta. Una persona siempre viste de color verde ya que es su favorito. ¿Es lógico? No. Simplemente es así. Pensemos en todas las otras cosas en las que las personas tienen la capacidad de decidir, cosas en las que prefieren una cosa a otra. Todas, todas y estrictamente todas, deberían de ser elegidas por esos impulsos que sentimos en nuestro interior, por nuestras emociones, por lo que sentimos.
¿El problema? Intentamos ver en estas cosas propias de los sentimientos lógica, intentamos establecer definiciones, intentamos anclar todo bien para, saber sobre qué nos movemos y así poder predecir y controlar. Predecir y controlar a las personas, conocerlas… todo esto, que se está haciendo desde la razón, debe hacerse desde un punto de vista emocional, sentimental y, sin duda, es algo, muy difícil pero, todo acto realizado, se hace por una emoción por un sentimiento y, por más que nos neguemos, siempre ha sido y será así. No podemos intentar definir las emociones, es imposible, no hay palabras, es algo que sentimos y, es inexplicable, sólo se nos ocurren semejanzas con otras cosas para intentar explicarlos… Alegría, tristeza, amor, pena… son cosas indescriptibles y que, difícilmente podamos explicar a alguien que no hay vivido en su propia persona. No podemos contarle a alguien lo que es el amor o, al menos, no podemos ser exactos, le podemos dar una idea aproximada pero, hasta que no lo viva, no lo tendrá ni idea. Y así con todas las emociones. Tiene que sentirlo y, esto es algo que la razón nunca podrá conseguir. Cómo decía Unamuno: “Amor definido, no es nada”. Dejemos de intentar comprender a las personas de una manera lógica y empecemos a intentar comprender las emociones, los sentimientos. Ese es el gran reto que le queda al ser humano, los sentimientos y emociones.
viernes, 20 de enero de 2012
El de cuando la ciencia gana
Bueno, pues todos sabemos desde hace tiempo que las ciencias ganaron la partida en nuestra sociedad. Vivimos por y para la ciencia y la tecnología y, por mucho que queramos insistir en lo contrario, sería una tontería. En un primer momento, utilizamos la ciencia y tecnología para dominar el mundo y, luego, la ciencia y la tecnología, dominaron nuestro mundo, nos dominaron a nosotros. No tenemos más que ver las carreras universitarias con mayor nota, casi todas de la rama científica y, si después de esto nos paramos a ver las carreras humanísticas, encontramos notas bastante más bajas y, si encontramos notas un poco más altas, se deberá a que son carreras, dentro de los humanidades, que se subordinan a la práctica de algún modo, que sobreviven porque los que realizan otras carreras los necesitan. Véase el ejemplo de aquellos que estudian para ser profesor de inglés. Será gente que enseñe a otras personas a hablar inglés ya que, es algo práctico y básico. Pensemos ahora en otros estudios como los de filosofía. Encontraremos aquí una de las notas más bajas y es que, luego, en el futuro, no tiene un uso práctico o al menos, no la ha conseguido y parece que no lo conseguirá en esta sociedad. Si lo consigue, será en alguna rama como por ejemplo, en la ética y, concretando aún más, en la ética aplicada que, por otra parte, surgen a causa de que es necesaria una ética “rápida” y práctica, que actúe y solucione los nuevos problemas derivados del propio proceso científico tecnológico.
Pensemos ahora en otros ejemplos. Vamos a hablar de cantidades. A un porcentaje muy pequeño de la población le importará hablar correctamente o saber si esto es sujeto o predicado, o el origen de una palabra o, preguntarse por el sentido de la vida y demás cosas. Les importará a muy pocos. En cambio, a una gran mayoría de la gente le importa saber como funciona un ordenador, un móvil o un coche. ¿Por qué motivo? Pues simplemente porque el coche, el móvil y el ordenador lo va a usar a diario, va a vivir por y para ellos. ¿Qué beneficio puedo obtener de saber el significado real de una palabra? Bueno pues, a no ser que vayamos al Pasapalabra y ganemos, el único beneficio será intelectual y, realmente, poco nos importa ser más o menos listos. Nos importa tener más o menos cosas, nos importa el beneficio material.
Puede ser triste o todo lo que queráis pero, hemos creado este mundo en el que ahora vivimos y lo hemos creado así. Hemos dominado a la naturaleza con la tecnología y ahora, la ciencia y la tecnología nos ha dominado a nosotros, se ha convertido en nuestro medio de vida, se ha convertido en nuestra naturaleza real. Ahora nos queda saber como, volver a conquistar esta “naturaleza artificial” que hemos creado. La verdad, será difícil y, lo más fácil es dejarse llevarse como si estuviéramos en un río pero, tendríamos que intentar nadar a contracorriente, aunque fueran pocas personas. Es necesario y, la decisión de si pasar por esta vida dejándonos llevar por la corriente o, nadando en contra de ella es nuestra. No estoy pidiendo que os dediquéis a una contemplación filosófica eterna, a que centréis vuestra vida en pensar sobre el sentido de la misma, no. Sólo pido que, seáis conscientes de todo y que, (si bien no queréis nadar a contracorriente y, tampoco queréis dejaros llevar porque os habéis dado cuenta de que es lo más fácil y cómodo pero una vida así está un poco vacía y sólo llena de cosas materiales) quizás la mejor opción sea cogerse a una piedra del río y quedarse en él. No dejar que nos arrastre pero tampoco ir en contra de él. Hace un tiempo yo habría nadado en contra. Ahora sé que no es lo correcto y que si bien, hay gente que seguirá nadando en contra, me parece una pérdida de tiempo intentar llegar a la fuente para salirse del río, para evadirse del mundo. Ahora que, dejarse llevar por él sin más, también es una desfachatez. Con los pies en la tierra y la vista en las estrellas, así hay que vivir. La virtud está en el punto medio y tenemos que encontrarlo. Así que me voy a comprar un telescopio o buscar un buen observatorio des del que ver las estrellas.