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lunes, 1 de junio de 2015

Siempre gana lo cierto

Vi el vaso medio vacío,
tirando a medio lleno.
Vi la luna plena,
caída, desaparecida, ausencia.
Bebí de la copa de veneno,
asesino, revitalizante.
Volé la cometa
y me cortaron el hilo.
Puse la última carta
del castillo de naipes que se llevó el viento.
Tiro el dado,
siempre sale el tercer seis traicionero.
Y la verdad es que miento,
y el engaño lo cierto.
Nada más contradictorio que tener sentimientos.
Nada más patético que quien es mierda por dentro.
Y el petardo de la caca,
no quieres encenderlo.
Se piensan que es un juego,
se creen dueños de tu tiempo.
Y la máscara sonríe,
mientras por bajo arde el infierno.
Y le hacen vudú a tus muertos.
No eres más, no sois más
que el juguete que pronto olvidan.
Estamos bajo la lupa,
en el punto de mira,
somos aquellas dos hormigas.
Una reina, un obrero,
intentando escribir el cuento.
Y del fondo, del grito, del lamento,
surge la princesa,
surge el príncipe,
no gana el gigante,
no gana el enano,
porque al final
el veneno no hace efecto,
siempre gana el amor,
siempre gana lo cierto.

lunes, 4 de noviembre de 2013

¿Se ha escrito un crimen? II

Es un día como cualquier otro, esperas en la estación a que llegue el puntual tren. Es el medio de transporte más puntual jamás visto, al menos en Valencia, ya que en las pantallas luminosas que anuncian la dirección y hora de llegada, constantemente cambian esta última, con lo cual, es imposible que llegue tarde. Qué bonito sería que todos tuviésemos el poder de Metrovalencia para jugar a nuestras anchas con el tiempo. El caso es que esperas, sacas el móvil y miras los últimos tuits de aquellas personas que sigues. El metro llega, mientras pasa por delante tú miras tu reflejo en su acristalado costado. Estás bien peinado, esto es, despeinado. Se para y deslizas hacia abajo la palanca que abre la puerta. Había apoyada una chica escuchando música que da un pequeño saltito por el susto que supone que su punto de apoyo desaparezca. Te aguantas una leve sonrisa, disimulas y te apoyas en una de las paredes.

A cada parada se repite mecánicamente en tu cabeza la voz de esa mujer que en todo momento procura que sepas dónde estás. De fondo, el aire acondicionado puesto en modo esquimal y música clásica, no sabes quien es el autor, pero lo apropiado para el metro es que suene “Las cuatro estaciones”. Piensas esa gracia para ti mismo, tambaleas la cabeza por lo idiota que puedes llegar a ser y piensas en lo que harás esa mañana. Como cada día, no habrá ningún progreso en tu trabajo. Estás haciendo un trabajo de investigación, relacionado con las historias y los cuentos, como tantos otros sigues buscando estructuras universales que sean los pilares de todos los cuentos y, además, pretendes saber cómo afectan las historias al cerebro humano, cómo afectan en la formación del sujeto: una locura. Es tu segundo año de investigación y parece que no acabará nunca. Te reconforta saber que en un par de días empezarás a estudiar los cambios cerebrales en el individuo al contarle un cuento. Básicamente, unos cuantos voluntarios llenarán sus cabezas de cables, serán monitorizados y tú te dedicarás a contarles historias. Ni siquiera tendrás un bolígrafo en la mano con el que apuntar los resultados, las sesiones se grabarán y parte del trabajo que anteriormente hacían varias personas, lo podrás hacer tú con un clic en el ratón del ordenador.

La mecánica voz dice el nombre de tu parada. Bajas. Te diriges a las escaleras mecánicas, eres el primero y no funcionan. Pasas por delante del sensor que las activa, siguen sin dar señales de guardar energía en su interior. Das media vuelta y decides subir por las escaleras normales, pues utilizar las escaleras mecánicas cuando no funcionan produce una sensación de fatiga que no te proporcionará la fuerza y vitalidad necesarias con las que afrontar el día. Andas un par de kilómetros por una arboleda y llegas al centro donde estás realizando la investigación. Tienes un despacho que compartes con otros dos compañeros, una chica que acaba de empezar su tesis y un chico mayor que tú que lleva dos años sin progresos en su investigación, pero sus padres pueden permitirse el lujo de que el niño no avance. Sacas tu ordenador y miras una página de noticias. Nada nuevo. Parece un día normal, pero preguntas por el coordinador de proyectos, tu mentor, y todavía no ha llegado. Es raro, su puntualidad es incluso superior a la de Metrovalencia. De pronto se abre la puerta y aparece, sudoroso, con la respiración entrecortada y la camisa llena de grasa de motor.

jueves, 25 de abril de 2013

Duda 1: ¿Se gasta el amor?

Las dudas le invadían. Estaba bien con ella, todo era casi perfecto, pero ¿quería eso para siempre? El resto de su vida con una misma persona, la misma sonrisa cada día, las mismas discusiones por las mismas cosas, un lloro, una reconciliación, unos primeros besos fugaces seguidos de otro eterno y otra vez, la misma sonrisa.
El primer año de relación había sido mágico, inolvidable, divertido… El ir conociéndose poco a poco, descubrir los gustos del otro, aquello que no le gusta, lo compartido, no poder parar de pensar en ella, descubrir cada rincón de su cuerpo y memorizarlo mejor que la palma de su propia mano… Cuando estaban juntos el tiempo volaba, solo querían que se parara y cuando estaban separados las manecillas del reloj aumentaban su peso y se desplazaban a la velocidad de un caracol… Él y ella eran parte de una misma cosa, se necesitaban, se querían. Las discusiones eran algo también habitual… alguna que otra vez pensó que a veces discutían solo para poder reconciliarse más tarde. El primer año también fue el año de los miedos e inseguridades. ¿Cómo una chica como ella podía estar con un tipo como él? Seguro que en cuanto apareciera otro ella se iría de cabeza con él, porque en realidad, sabía que él no podía darle todo lo que se merecía. La había divinizado y cuando divinizas a alguien, todo es poco, eres un mero súbdito que nunca acaba de poder cumplir las expectativas tan altas propias de una diosa.
El segundo año fue el de la estabilidad. Todo algo más tranquilo, más rutinario, más monótono. La pasión inicial había dejado paso a un estado de equilibrio. Ya no se reían tanto, ya no discutían tanto, todo lo hacían en un término medio, y cuando haces algo en término medio solo puedes ser medianamente feliz, que es mucho más de lo que tantas otras personas conseguirán en su vida. La inseguridad había desaparecido. La diosa ya no era tal, ahora eran iguales. A ella le sentó bastante mal perder su posición divina, pero nunca lo hablaron, supuso que era algo inevitable con el tiempo. Él perdió su miedo a perderla, eso le dio cierta tranquilidad y, de algún modo, fue una de las cosas que más directamente los abocó a una vida tranquila y rutinaria.
El tercer año, la rutina se hizo rutina. Seguían siendo medianamente felices. Simplemente discutían cuando cualquier situación del trabajo o de sus amistades causaba algún problema, ya no discutían por ellos, se conocían demasiado bien, era una tontería. Él volvió a experimentar el miedo a perderla. Ella tenía una nueva amistad. En el trabajo había conocido a una persona y cada vez que le contaba algo, él la veía volver a sonreír como lo hacía aquel primer año, su sonrisa de diosa había vuelto y a causa de una tercera persona. Fue entonces cuando volvieron a discutir y, en plena reconciliación, él no se lo pensó dos veces antes de pedirle matrimonio, asegurándose estar con ella para siempre, volviendo a recuperar a su diosa que dejaría de serlo en cuanto le pusiera el anillo en el dedo.
Ahora, en el cuarto año, a una semana de la boda, él se planteaba la proposición. Cuando le pidió matrimonio, ella reaccionó llorando y él pensó que eran lágrimas de alegría, pero la verdad es que no fue así, la verdad es que nunca volvió a sonreír como una diosa, la última vez que lo hizo fue al conocer a ese tipo del trabajo. Él empezó a sentirse culpable porque, siendo sincero, sabía que serían simplemente medianamente felices por su culpa, él se había sentenciado y la había arrastrado a ella. Había sido un egoísta. Ahora no sabía qué hacer. ¿Eran todas las relaciones así? ¿Un buen primer año y luego ser medianamente felices? ¿No deberían de ser todos los años como el primero? Las dudas le invadían.

martes, 8 de noviembre de 2011

El de cuando el lenguaje es machista

En el post anterior acabé haciendo referencia al machismo del lenguaje. Si bien puede dar mucho de lo que hablar, intentaré ser bastante conciso y exponer algunas verdades bastante obvias y que seguro que alguna vez os han dado qué pensar (y si no es así espero que tras leer este breve texto así sea).

Únicamente si nos fijamos en el propio valor que tiene una palabra, o más bien, en el valor que le damos y, si esta palabra es masculina o femenina, observaremos lo machista que es el lenguaje. Pensemos en palabras como “zorra” y como se contrapone con “zorro”. Mientras que la primera la entendemos como “prostituta” o “guarra”, la segunda se aplica cuando queremos decir que alguien es “astuto”. Podría enumerar muchos más ejemplos, sin salir si quiera del campo de los animales: perro/perra, gallina/gallo, etc. Pero no me gustaría centrarme sólo en los sustantivos y en el significado despectivo que suelen tener los femeninos y el significado afectivo o no despectivo que alcanza el masculino del mismo.

Me gustaría permitirme el lujo de contar una anécdota propia, una conversación que tuve con unos amigos mientras comía. En la conversación empezamos a hablar sobre la situación imaginaria de que, si hubiera un millón de personas y entre estas solamente hubiera un hombre, si nos quisiéramos dirigir a la totalidad del grupo lo haríamos mediante el pronombre “vosotros”. Ante esta reflexión recuerdo que uno de mis amigos dijo que esto quería decir que un solo hombre es mucho más importante que 999.999 mujeres. Lógicamente, mi compañero lo dijo de manera sarcástica. Pero si pensamos un poco en esto, veremos claramente la raíz de lo que hoy llamamos el machismo en el lenguaje. No soy historiador y no sabría dar fechas exactas pero, por todos es bien sabido que la mujer ha tenido una importancia, o mejor dicho, siempre se la ha dado un papel inferior, se la ha menospreciado y considerado inferior al hombre. Digo hasta hace bien poco siendo consciente de que, hay en lugares donde todavía sigue considerándose inferior (o más bien la consideran inferior) y, países donde legalmente son iguales pero, todavía quedan síntomas de esa discriminación que ha sufrido durante tantos años, véase en el lenguaje o en ciertas personas retrógradas incapaces de asumir la igualdad que hay entre hombres y mujeres. Sólo hay que pensar que, antiguamente (digo antiguamente porque no sabría decir la época exacta) los hombres tenían casa, perro, campos y mujer. Vemos que la mujer se consideraba una propiedad más. Mirando hacia atrás en la historia, encontramos pues, la razón de que el lenguaje de hoy sea machista. Y es que, la misma sociedad que ha hablado el lenguaje, es (o ha sido) machista.

Tras haber escrito esto, me gustaría que quedara bien claro que mi posición no es una posición feminista pero, esto no conlleva que sea una posición machista, no. Creo que queda claro. Me sitúo en un lugar en el que pretendo que tanto el valor de un hombre como el de una mujer sea igual, es decir, en una posición igualitarista. Me gustaría pensar que, algún día, en el ejemplo que he citado del millón de personas, nos pudiéramos referir al grupo como “vosotras”, esto es, que nos refiriéramos de forma democrática, por lo que nos dicte la mayoría.