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lunes, 7 de marzo de 2016

El de cuando soy humano

¿Se acuerdan? ¿Se acuerdan de cuándo las farmacias vendían medicinas? Antes vendían productos para curar enfermedades y ahora... Echo de menos un anuncio de Hemoal o de pastillas para la epilepsia. Pero estáis locos, exhibicionistas. Ya no puedo hablar de usted a nadie, ya no quieren, ya no quiero. ¿Qué anunciáis? Ya ni siquiera podéis tener bebés, no queréis. Me sobrecogí, me sobrecogí mucho cuando escuché la noticia de que en Japón incluso las parejas y matrimonios preferían tener hijos en la probeta antes que hacerlos como toca. Me volvéis loco. Queréis curar enfermedades que no tenéis, no queréis estar sanos, queréis ser divinos y divinas, aburridos, aburridas... Pocas cosas me dan más asco que un cirujano plástico, de esos que "arreglan" lo innecesario. Opino, ataco y critico... pero es que os habéis pasado de rosca. Intentáis curaros tantas cosas que no sois más que hipocondríacos exhibicionistas, quizás con buen corazón, pero con una cabeza que a veces tengo y no querría...
Por favor, parad un momento y miradnos. Imaginen, imaginad un guepardo, va a cazar una gacela. Pero esperad un segundo, es supinador y antes de salir, se pone colonia. ¿Qué pasa? ¿Tú no te aseas? Sí, me aseo, pero me gusta correr a pelo. Nos hemos vuelto tan exquisitos. No, no, no hablo de imagen, yo me peino, me pongo colonia, me visto lo mejor que sé y me gusta, aunque tampoco me importa. No estoy hablando de eso, hablo de pasarse de rosca. ¿Os acordáis cuando íbamos a la playa con bañador y sin calzoncillos? (yo sí, todavía me niego a acabar siendo de estos que no).  Me preocupa, me preocupa que curemos las enfermedades y no sabiendo qué hacer nos dé por buscar otras. Mentes intranquilas, inconformistas... No sabemos estar quietos y buscamos todas las maneras de hacerlo, pero al encontrarlas, es imposible, como la incomodidad de una cama que no te deja dormir, y te mueves y te mueves... Te vas al sofá y ahora lo que te molesta es la luz de la farola que entra por los resquicios que deja la persiana... luego vas a la cocina, pero claro, la vitrocerámica es fría y dura para dormir encima. Y acabas mandando al perro a la cama y durmiendo tú en su cojín que, cómo no, está nuevo, sin usar, y es extrañamente cómodo.
Me niego, me niego, me niego. Dentro de los años que sea, me da igual, cuando sea, no quiero buscar más enfermedades, pero sobre todo, sobre todo me niego a que lo que puedo hacer por mí mismo, sea una cosa de laboratorio por mi propia voluntad. Si necesito medicina, la tomaré, si puedo respirar por mi cuenta, respiraré por mi cuenta, si puedo tener un hijo o una hija, los tendré, si puedo andar dos mil kilómetros, los andaré... Por favor, no lo haga, no hagan la especie inútil, no nos hagan tan artificiales, porque no puedo, necesito un poco de alegre realidad, porque lleváis demasiado tiempo hablando de la triste realidad. Yo quiero la alegre realidad. Quiero que usemos nuestras capacidades, quiero que nos aprovechemos de lo que sabemos, pero no quiero que eso sirva para atrofiarnos. Por favor, daos cuenta, os lo ruego. No quiero llegar a ese momento en el que estamos, ese momento en que lo humano es tan metálico, de plástico, prefabricado, y tan poco orgánico... Quiero lo órganico, lo sentido, lo amoroso, lo humano, hagamos las cosas como tocan, vivamos, por favor, por favor. Me enfado, me enciendo y poco a poco me dan tantas ganas y tanta pena... Pero me enciendo, estoy vivo, palpito, pienso, ahora existo, respiro, bebo, creo, como, meo, cago, amo, escupo, quiero, siento, follo, envejezco, río, lloro, sueño, muero... sea como sea, soy humano.

domingo, 28 de febrero de 2016

Y en nuestro porche es más blanca la luna...

Guárdate estos versos:
"Y en nuestro porche 
es más blanca la luna".
¡Qué bonito!
¿Vas a escribir?
Habrá una poesía que empiece así.
Me encanta.
Y que termine también así, porfa.
Te quiero tanto.
Vale.
También terminará así.
Es precioso el verso.
Es que es verdad,
es nuestro porche.
¿A que allí es más blanca la luna?
Sí.
Es más blanca.
Brilla más.
Y alimenta a los cipreses.
Y hace sombra a los farolillos.
Y dibuja la silueta de la araña 
en la pared blanca.
Sí.
Jajajaja.
Difumina el humo de la chimenea.
Te quiero.
Y enciende la pupila de los gatos.
Pero sobre todo,
sé que no es el Sol lo que la hace brillar,
sé que la luz
sale de tu blanca piel desnuda
que toco y acaricio
y hace de la muerte la vida.
Eres genial.
Sé que en nuestro porche, 
es más blanca la luna.

domingo, 25 de octubre de 2015

¿Flores para tu tumba?

Cada día, durante años, llevaba flores para tu tumba,

semana tras semana, día tras día,

cada domingo, cada festivo.

Los ramos marchitos por el viento,

los pétalos, esparcidos por el tiempo.

Lágrimas camino al cementerio,

el atasco, las farolas, los paraguas fantasma.

Intermitente limpiaparabrisas, luna empañada,

sol tapado, nubes espesas, gatos no pardos.

Lloré.

Bañé.

Perdí.

Barrí.

Caminé.

Creí.

Cada día, durante años, amanecías feliz con tu sonrisa,

semana tras semana, día tras día,

cada domingo, cada festivo.

Los labios carnosos por el silencio,

las palabras malditas por tus besos.

Risas camino al cementerio,

un paseo, unas pipas, un juego.

Constante viento en tu cabello, luna malvada,

sol eterno, nubes claras, perros callejeros.

Reíste.

Besaste.

Mordiste.

Quisiste.

Engañaste.

Te creí.

martes, 28 de julio de 2015

Tocado y hundido. (II)

Quizás debería de haberos dicho que escribo todo esto mientras decido si meter en la bañera la medusa cofre que compré hace exactamente un mes y trece días. Sí, si habéis visto Siete almas sabréis a qué me refiero. Si no lo habéis hecho, creo que estáis tardando en hacerlo, porque es algo más que una película llena de sentimentalismo —o tal vez no, sois libres de juzgarla como queráis—. Todavía no he sido capaz ni de atreverme a acercarme a llenar la bañera. Necesito tiempo para decidir. El caso es que empecé a colarme en clases. Recuerdo que una de las primeras fue una a la que asistía un amigo que conocí el otoño que pasé estudiando inglés en Bognor. Creo que trataba sobre normas ortográficas o algo así y tuve la mala suerte de que era básicamente práctica. La profesora era un tanto peculiar, daba clase en la universidad, pero vestía con una blanca, como si fuera una doctora, pero de las de verdad, de las que curan, y no de esas otras tantas personas que se hacen llamar doctores por tener un doctorado. Me fastidia mucho ese engaño. Vale, es cierto, pero para la gran mayoría cuando alguien nos habla de un doctor, esperamos que sea capaz de salvar al piloto que se ha atragantado con la aceituna rellena de anchoa y al que la azafata mira y zarandea mientras reclama ayuda. Esta profesora disfrazada de doctora estaba ante una clase de unos ochenta alumnos, uno de ellos era yo, que simplemente me colé, olvidando preguntar antes si podía asistir como oyente. Me integré entre el grupo de los chicos, al lado de mi amigo, aparentando ser un alumno más. Estaba claro, si te cuelas en una asignatura práctica corres el riesgo de que te pregunten y casi fue así. Empezó a interrogar uno a uno a cada uno de esos universitarios y universitarias primerizos, que como buenos principiantes llevaban hechos los deberes. Para mi desgracia preguntaba siguiendo la fila con la mirada y no por los nombres de la lista. Se acercaba mi turno, el chico de al lado contestó y… Y una chica al fondo no tenía muy claro el por qué de la respuesta. Fue mi salvación. Hubo al menos cinco minutos de explicación y cuando dijo que continuáramos corrigiendo, di el testigo a mi colega y conseguí pasar totalmente desapercibido. (Ahora mismo me doy cuenta de que no debería haber desvelado tan pronto lo de la medusa, he quitado bastante tensión y suspense a una historia que aún no puedo ni podríais catalogar en un género concreto sin la posibilidad de equivocaros). La verdad es que los nervios hicieron que me rugiera el estómago y cada vez con más frecuencia. Soy un tipo muy nervioso, por fuera suelo aparentar seriedad —sin ser yo nada de eso— pero cualquier cosa institucional y más relacionada con los estudios académicos me hace temblar, puede que me hayan inculcado demasiado la importancia que puede llegar a tener pasar una prueba con un papel y un bolígrafo y obtener la máxima puntuación. Me preocupaba demasiado por mi expediente, al menos lo había hecho hasta ese momento. Os reiréis si os cuento que pensaba que aquellos que hacían los exámenes con bolígrafo de color negro eran unos locos, porque había leído que según ciertos estudios, el color, el impacto visual importa a la hora de recibir el documento, y el azul creaba relax, disminuía el estrés y no era tan monótono como el negro, vamos, que entra mejor por la vista… En definitiva, tras rugidos y sudores fríos esa clase acabó y no tuve que volver —tampoco tenía ganas— a pasar por aquel sufrimiento de colarme en una clase práctica.

La siguiente clase en la que me colé —también con mi amigo de Bognor— fue una clase de verdad. El profesor, era un profesor de verdad. Creo que trataba sobre literatura, tampoco estuve muy atento a la materia y el profesor tampoco, así que no se puede decir que le faltara al respeto colándome en su clase, porque os puedo prometer que jamás en la vida estuve tan atento. Era un buen profesor, ahora, además, es un buen amigo. Con buen profesor me refiero al profesor que te da consejos para la vida y que puedes decidir cogerlos o dejarlos si te das cuenta de la importancia que tienen, porque a veces, la mayoría, pensamos que ya nos están contando otro cuento, otra historieta, y lo comentamos después entre todos, y nos reímos. Pero no, el profesor, suele saber más que la mayoría de los alumnos. Y no es que me considere del porcentaje de los alumnos que superan al maestro, pero… bueno, es que lo soy, no solo me lo considero. ¿Por qué acabé haciéndome amigo de él? Me entendía, sabía de lo que hablaba y pocas personas en el mundo son capaces de acercarse a esta cabeza loca y sin control que solo puede acabar de una manera. Fue en esa clase, en esa clase me cambió la vida por lo que dijo, por lo que recomendó. Invitó a todo el mundo a llevar siempre con él una libreta y un bolígrafo porque lo que pensamos, lo que se nos ocurre, aparece en nuestra mente en un momento, pero luego vuela, vuela y cuando queremos darnos cuenta ya no es igual. Unos buenos versos, la forma en la que te declararás a esa chica que te gusta, el mejor de los pensamientos y la forma en la que lo desarrollarás… quizás la teoría del todo… cualquier cosa. Cualquier cosa aparece en nuestra mente y si no la materializamos desaparece, ya no es igual, se pierde en ese mundo ficticio en el que todo vive antes de que seamos capaces de transformarlo en realidad. Esa misma tarde, mientras acompañaba a mis padres a hacer la compra, me fui a la sección de papelería de aquellos grandes almacenes y me compré mi primera libreta de bolsillo. Era negra, con las tapas de cuero y las hojas de un amarillo blanquecino y además, llevaba una gomita para que no se abriera. Era perfecta, pero también necesitaba un bolígrafo, para empezar de cero una nueva etapa necesitaba que la base fuera sólida y nueva: compré un bolígrafo negro que ahora siempre está sujeto en la goma de la libreta —todavía inacabada—. Estaba claro, dejaba atrás esa etapa en la que me di cuenta que pensar era una mierda, acabar en el pozo de la desesperación, la tristeza y el sinsentido y empezaba una nueva era, una nueva forma de ver el mundo en el que pocas cosas se me escaparían y en el que podría mirar el mundo con la seguridad de que pocas cosas se me escaparían… También es cierto que en parte se convirtió en mi diario y es que hay momentos, premomentos incluso, que necesitas ver escritos para tener todo más claro o incluso para creértelos, quizás o lea —o mejor dicho, os escriba— algunos de esos desvaríos antes de abrir el grifo…

También hay páginas arrancadas. La primera vez que arranqué una página fue para protegerme de ella… para protegerla o… no sé, para proteger todo lo que nunca fue… Recuerdo aquella página porque la arranqué entre lloros y sollozos y es por eso que aún la conservo, porque intenté quemarla, pero no ardió.

viernes, 3 de julio de 2015

Un texto diferente como siempre

Paseaba el bolígrafo entre sus dedos con una delicadeza bastante tosca. Estaba hecho de contradicciones. Amaba y odiaba, reía y lloraba, chillaba y susurraba, pero todo a la vez. Era una contradicción andante. Seguía con sus torpes expertos malabarismos con el boli a la vez que escribía en el teclado. Y el teclado donde escribía solo tenía cinco octavas y acababa escribiendo a la novena pasada de bolígrafo entre el pulgar y el meñique de diferente mano, de diferente pie, de diferente extremidad. Y se sentó en un banco, sobre la vieja griega que intentaba sacar dinero, dinero de una pensión casi inexistente para comprar sus pastillas, pastillas de alegría que le pasaría su camello en el que venían montados los reyes magos. Uno robaba oro, otro incienso y el otro birra. Conocidos alcohólicos anónimos, entraban al grito de policía no tan secreta. Mientras la discreta luz de los neones de aquella tienda de ropa de bebé iluminaba los probadores llenos de octagenarios que apenas tenían diez meses. E intentaba causar la risa, pero gritaba sufriendo del divertido dolor que suponía imaginar el fino y grueso borde de un folio cortando la córnea del ojo, del ojo de la cara, que el del culo es ojete, por grande que sea y ojazos son los suyos, por cerrados que los tenga. ¿Y si bajo en el ascensor? ¿Y si subo en el descensor? ¿Y si tiro de la cadena y aparece el perro? ¿Y si dice cuidado con el gato? ¿Y si me río de la obsesión? ¿Me puedo contestar una pregunta retórica? No. La gracia… ¿cuánto más para encontrar la desgracia? ¿Cuánto menos? ¿Y el sentido? ¿No es fingido? ¿Y lo morido? ¿Y lo vivido? En un momento dejó la tercera persona o la cuarta o la quinta, se pasó a la primera y desveló que escondía en secreto a voces el callar que hablaba de él… ¿Y la basura que se encuentra escrita? Y darse cuenta de que la gente escribe por obsesión… que cuando no sabe qué hacer y no puede no hacer nada coge algo, se vuelca en ello, se aprende el día en el que se cortan las uñas de los pies, se vuelcan y se dedican a ello… ¿Fanatismo? Puta locura cuerda para evitar caer en el éxito de la miseria. Enfermos curados, como un queso, como un jamón de cinco jotas aragonesas, si os quedáis demasiado, en el futuro estaréis pasados. Abrid la puerta, dejad encendido el ordenador, apagad la ventana. Se le cae, se le cae el bolígrafo verde de las manos… ¿No era verde? ¿Habéis leído bien? Vale ya, vivid, morid ahora, ya podéis, sí, sois locos cuerdos, dejaos de bellas mierdas. Morid. Ya. Ahora. Dejad de ser como sois, nunca cambiéis. Os lo pido, sed alguien, pero no seáis vosotros. De momento, ahora ya no, el bolígrafo rojo sigue paseando entre sus dedos, de una forma toscamente delicada.

sábado, 23 de mayo de 2015

La libretita de cuero con goma elástica

Recuerdo aquel día perfectamente porque  fue el día en el que empecé aquella libreta que guardaba mis poemas más nuevos. Me gustan las libretitas, sobre todo esas pequeñas, de tapas de cuero negras y una goma elástica para que queden bien cerradas y no se les escape ni una sola palabra. Siempre me gustaba poner la fecha en que las compraba en la tapa delantera, por la parte interior, claro. Luego a lo mejor se pasaba días, semanas o incluso meses en el cajón o encima del escritorio, hasta que un día, después de cogerla, mirarla, tocarla por cada rincón, olerla y acariciarla, se me ocurría una frase que pondría justo encima de esa fecha que puse al principio. Casi siempre ponía frases que perfectamente podrían ser uno de mis muchos mandamientos, o, si preferís idos por el lado más trágico, uno de mis epitafios (porque tengo pensado morirme muchas veces, pero eso es otro tema que aún no os puedo contar, dejadme acabar con lo de la libretita y lo de aquel día). Muchas veces eran frases célebres de algunos escritores famosos,pero otras, la mayoría, eran mías, que si bien hace un par de semanas que escribí el primer párrafo del primer éxito de ventas que escribiré, aún no me puedo considerar un escritor famoso. Mi producción literaria deja mucho que desear… muchas historias comenzadas, una breve, que acabé pero decidí hacer una segunda parte, muchísimos poemas, y algún que otro artículo de ensayo que quedará en el olvido o tal vez saquen a la luz algún día los enemigos que consiga con esto de escribir y mi futura fama. Sé que me llamarán contradictorio, sé que no sabré explicarme cuando hagan referencia a alguno de mis textos, así como encontrarán sentidos que jamás en la vida imaginaría haber podido escribir. Pero sinceramente, me da un poco igual… Y claro, me acabo de dar cuenta de que estaría mal si yo, en lugar de haber dicho “me da un poco igual”, hubiera dicho que me importa una mierda. Pero el caso es que quiero que me puedan leer sin escandalizarse y si para eso necesito meterme en un registro más neutro y formalito… pues me importa una mierda, porque voy a contar mi día y os lo cuento con mis palabras. Si os parece bien, seguid leyendo (por cierto, espero que sepáis que no estoy haciendo nada raro, todos los escritores hacen pactos con los lectores, lo que pasa que a veces saben engañarnos, lo esconden más porque son muy inteligentes y así tienen a sus lectores… yo no, yo me considero profundamente idiota, no solo como lector, como escritor novato o como lo que sea, me considero idiota en todos los sentidos de mi existencia, pero ese vuelve a ser otro tema), si no os parece bien, aún no sé si ha salido o no mi best seller, pero si no lo hubiera publicado aún, leeros algún clásico, si puede ser de Cervantes o Paul Auster (casi que prefiero este último, porque siempre me pregunto cuánto se lleva Cervantes cuando alguna editorial vende su obra… ). Que quede claro desde el primer momento que yo os vendo mi historia para ganar dinero, así que ahora mismo estoy maldiciendo a todos aquellos que me leen en algún formato electrónico y me han conseguido por torrent o algún servidor de descarga directa. Así que si voy en el metro y os veo leyendo mi libro en un ebook y os pregunto y me decís que lo habéis conseguido gratis, probablemente os robe la cartera.Pero no me culpéis a mí, simplemente es que me da mucha rabia el metro, ¿cómo podéis hacer algo tan orgásmico como leer en un lugar tan irritante? Bueno, a lo que iba… ¿que cómo empezaba esta libreta? “Nunca nadie escribió estos versos”.

domingo, 3 de mayo de 2015

Cuánto…

¿Cuánto ha que te fuiste?

¿Cuánto ha que dejamos de decir ha?

¿Cuánto que dejamos de escribir poesía?

¿Cuánto que dejamos de mirarnos?

¿Cuánto hace que no ves una estrella fugaz?

¿Cuánto que no te abanicas con el aleteo de las mariposas?

¿Es cuánto hace de algo la actual pregunta completa?

¿Cuánto tiempo hace desde que…?

¿Desde hace cuánto tiempo que no…?

¿Cuánto ha que no se llena la luna?

¿Cuánto de que tu boca no besa a la mía?

¿Cuánto ha que no eructas?

¿Cuánto que hablas de eructos por no haber pedos en poesía?

¿Cuánto hace desde la última vez que te comiste la punta de la barra de pan antes de llegar a casa?

¿Cuánto de que la abrazaste desnuda?

¿Cuánto ha desde que cambiaste el geranio de tiesto?

¿Cuánto tiempo de la última vez que rascaste una tostada quemada?

¿Cuánto de que te preguntaste por qué escribías?

¿Cuánto desde la última vez que chupaste la patilla de las gafas?

¿Cuánto hace desde que te sacaste el pantalón de entre las nalgas?

¿Cuánto tiempo hace desde la última vez que pronunciaste mal una palabra?

¿Cuánto de la nostalgia de cerrar el libro tras la última página?

¿Cuánto de que te daban la merienda mientras jugabas?

¿Cuánto ha desde que volviste empapado de lluvia buscando toalla?

¿Cuánto desde que te diste cuenta de que la querías?

¿Cuánto seguiremos contestando con más preguntas?

¿Cuánto más apariencia de un lleno vacío?

¿Cuánto ha que respiramos el mismo aliento?

¿Cuánto que nuestro sudor fue uno?

¿Cuándo escribiré mi última poesía?

¿Cuánto ha?

¿Cuánto hace?

¿Cuánto tiempo?

¿Cuándo?

sábado, 18 de abril de 2015

Gracias.

Y nos quitan la capa

en pleno vuelo:

nos metemos en la tormenta.

Nos arrojan, nos empujan,

no sabemos reaccionar.

Las nubes y las estrellas

ahora son truenos, centellas,

rayos y centellas.

Nuestra fuerza de repente,

siete veces menor a la de un gnomo

y un llanto seco

nos estrella.

Y siento la impotencia

y miento para que no me crean

y solo es cierto que no hay certeza,

no hay cielo claro,

solo una dura,

angustiosa,

angustiosa dura corteza

que nos revuelve el estómago

y lo más que podemos hacer

es aguantar,

aguantar esas ganas de vomitar

a la realidad,

a una realidad imperfecta,

de golpes, de zarzas,

de espinas,

sin rosas.

Ya murió la mariposa,

ya llora, desconsolada,

la princesa.

Ya susurra aquella sombra,

rastrojo que arrastra tristeza.

Y mi medicina es la ponzoña

que me mata y me envenena.

Y mis lágrimas son sucias,

ya no filtran,

no confían.

Intranquilas se desprenden,

saltan al vacío

desde mi ciega retina,

rutina diaria, rutinaria,

nos sentimos ángeles

con las alas cortadas.

Y sabemos que pudimos volar,

añoramos el cielo que contamina la realidad.

Caídos, perdidos,

bebidos, vividos, vívidos,

enjaulados, atados,

nos gastaron los suspiros…

Y se nos vuelve olvidar,

el arco friega la cuerda,

da una nota de esperanza,

de brío, de valor y brillo.

Nos tiramos de cabeza al sueño,

nuestras alas rotas pueden volar.

Y en el paredón del cielo,

nos dan, esquivamos las balas,

bailamos en la tormenta,

atormentamos la realidad,

le damos dosis de la nuestra.

Y nuestra sangre riega los campos

y nuestro vómito

es el sustrato donde crece la rosa,

nuestro aire,

el mismo donde crecen las mariposas.

La princesa ríe, alegre,

en nuestra cama.

Y me devuelve la capa,

me da las alas.

Gracias.

domingo, 5 de abril de 2015

Sabía que era Pascua… I

Sabía que era Pascua porque los chicos corrían por el jardín intentando volar la cometa. Cada año habían procurado buscar el método idóneo, pero no, ya llevaban seis años y todavía no habían conseguido hacer que aquella cometa volara. Esta vez, Nerea había dado a su hermano la cometa y le había dicho que la sujetara, subido en una silla, alzándola lo más alto que pudiera. Habían dejado un poco de cuerda y ella se había subido a su bicicleta, sosteniendo con su mano izquierda aquella cuerda a la vez que se apoyaba con ambas manos en el manillar para poder arrancar. Se giró, miró hacia atrás y advirtió a su hermano para que estuviera atento. Entonces, miró al cielo con sus ojos azules, en busca de una corriente de viento que le diera pie a iniciar su carrera. Una última mirada fugaz a su hermano y un grito dando la salida, entonces pedaleó con todas sus fuerzas, levantando la mano con la cuerda de la cometa y por un momento parecía que lo conseguirían, los chicos iban a conseguir por primera vez volar la cometa que su abuelo les fabricó y regaló con tanto cariño. Y voló, voló a trompicones, juraría que a unos cinco metros del suelo, pero entonces, entonces, Nerea tuvo que girar para no darse con la cerca del jardín y nuestro jardín se convirtió en un velódromo. Las ganas y empeño que ponía pedaleando luchaban contra la resignación que conllevaba tener que ir en otra dirección que no fuera la que le permitiera mantener la cometa en esa corriente de viento que había hecho que ascendiera. Subió un par de metros más, mientras Nerea seguía su maratón dando una y otra vuelta mientras su hermano la animaba: “¡Vamos, Nere”. Pero de pronto empezó a sobrarles cuerda, la cometa no subía más y en cuanto pudo, dejó la bici y empezó a recoger cuerda para poder tirar y que subiera, pero nada, era imposible, ya no pudo levantarla más. “¡Ha volado! ¿Lo has visto, mami? ¡La hemos volado!”. Eran increíbles, sabía que siempre podrían hacer lo que soñaran. “Corre, Nere, ves a contárselo al papi y dile que saque la merienda”.
Esa era la otra cosa que me decía que estábamos en Pascua. Cada año él me regalaba una mona, una mona única, de bizcocho, rematada con un huevo de chocolate de esos con sorpresa. No sé cómo, pero lo convirtió en una especie de tradición y hasta que no me daba esa mona, que tampoco es que estuviera tan buena, pero significaba tantas cosas… hasta que no me la daba, la Pascua no empezaba. Pero las monas de hoy eran de las más tradicionales, coronadas con un huevo duro. Era divertido porque Nerea y su hermano discutían para ver quién era el que mejor se había reventado el huevo en la cabeza. A veces eran unos bestias de cuidado, pero en el fondo, tras esa preocupación que todas tenemos, nos divierten cosas así, porque nosotros también hemos disfrutado de ellas alguna vez. Por fin llegó él, con Nerea cargada al hombro, bocabajo, mientras bromeaba con ella diciendo con voz grave “aquí llevo un saco de patatitas” y en la otra mano llevaba una bolsa con las monas. Descargó a Nerea, que rápidamente cogió la bolsa y sacó y empezó a repartir las monas. Primero me la dio a mí, luego a su hermano, luego a su papi y finalmente cogió la suya. “¡La mía tiene forma de mariposa!”. “Pues la mía es una llagaltija”. Era una risa ver cómo aún le bailaban algunas palabras y su hermana le corregía y entonces una empezaba a decir que era una mariposa y podía volar, mientras corría batiendo los brazos por todo el jardín y mientras el otro se arrastraba y sacaba la lengua, intentando hacer un ruido como de lagartija, ruido que aún no acabamos de comprender. Acto seguido empezaba la competición por ver quién se acercaba más al chichón rompiéndose el huevo duro en la frente. Ambos luchaban por el segundo y tercer puesto, porque el año anterior, sentados comiendo mona, a su padre no se le ocurrió otra cosa que hacerlo muy fuerte y el huevo se deshizo por completo y se espachurró en la frente de lo fuerte que lo hizo. Todos nos empezamos a reír y él se hizo el tontito, dejándose caer en el jardín, mientras los chicos se reían encima de él y le gritaban “gorro de huevo”. Él no tardó en empezar a reírse también y cogerles y no parar de hacerles cosquillas y perseguirlos por el jardín. Bueno, también me persiguió a mí y acabamos los cuatro tirados en el suelo, riéndonos y agotados.

miércoles, 4 de marzo de 2015

De lirios…

—Hola, buenas, ¿querías algo?

—Hola, solo estaba mirando…

—Si tienes alguna idea de lo que querías…

—A ver… ¿estas qué son?

—Lirios, lirios morados.

—Mmmm, ¿y cuánto valen?

—Estas, a uno cincuenta la unidad.

—Vale, pues me voy a llevar dos.

—Perfecto, ahora mismo te los pongo.

—¡Vale!

Y entonces nos cogieron. El chico ese tenía cierto aire desaliñado y había estado mirándonos a mí y a las demás durante unos minutos, indeciso, sabiendo que haría algo que le haría sonreír, pero con un punto de preocupación en esa sonrisa.

—¿Quieres que las corte?

—Sí, un poquito por favor, a ver si así puedo meterlas en la mochila…

—¿Por aquí?

—¿Un poquito más se puede?

—¿Así?

—Sí, por ahí perfecto.

—Vale.

Habíamos sido más altas en otros tiempo. Entonces con todo el cuidado del mundo nos vistieron con un bonito estampado con motivos florales morados, azules y verdes, la verdad, nos quedaba muy bien ese vestido, casi se nos olvida que nos acababan de amputar un poquito de nosotras. Para que no se nos cayera ese nuevo vestido, nos puso, a la altura de la cintura un cordel, anudado con un bonito lazo. El chico mientras observaba cómo nos vestían, miraba en la pantalla de su móvil y sonreía como alguien que acababa de hacer una trastada sorpresa.

—Pues aquí las tienes, son tres euros.

—Tome. Muchas gracias.

—A ti.

—Vale, hasta luego.

—Hasta luego.

Y empezamos a recorrer aquella transitada ciudad. Nuestro miedo por quedar encerradas en la anteriormente mencionada mochila se fue yendo cuando vimos que el chico nos llevaba en la mano. Ruidos del tráfico, gente de un lado para otro, obras, campanas, relojes… qué distinto era aquello de nuestro jardín botánico… tan gris y llena de humo, frente a nuestros colores limpios… Fuimos y entramos a una estación, íbamos a ir en tren. El chico corrió un poco porque creía que no llegaba. Consiguió un sitio para sentarse y nos miró pensativo. Sonriendo y con toda la delicadeza del mundo acabó por meternos en la mochila. Estábamos bastante bien, aunque la luz se echaba bastante en falta y cada vez más, poco a poco el agua. El roce de las vías, los nombres de las paradas…

—Es abanico.

—¿Qué? ¿Perdón?

—Abanico, la palabra que tienes que poner, es abanico.

—Ah, vale, gracias.

Alguien le había hablado y parecía despistado, como que no se esperaba que le hablaran. No volvió a hablar más en todo el camino, llegamos y notamos cómo nos cargaba a la espalda. Afortunadamente su paso era rápido pero estable. De repente empezó a hablar…

—¡Hola, guapa!

—…

—Sí, ja estic así.

—…

—¿Voy allí? Sé ir, no hace falta que vengas aposta…

—…

—Vale, sí, pues voy hasta la Iglesia.

—…

—¡Jajaja!

—…

—Vale, te veig ara guapa. ¡Te vull!

Igual que empezó a hablar se calló y siguió caminando. Pero pronto paró.

—Hola, guapaaa.

—Hola, jope, no te encontraba, ¿por qué parte has rodeado la Iglesia?

—Culpa mía, pensaba que vendrías de allí y… bueno, que por fin he acabado, soy libre. Buas, oye, qué guapa que estás. ¿Com estás?

—Qué voy a estar…

—Qué sí y punto.

—Vale, vale, si insiste el señor.

—¿Señor? Eh que solo nos llevam…

—Qué es broma… Estoy bien, un poco cansada y bueno, pero bien.

—Te vas a enfadar conmigo…

—¿Qué has hecho?

—Jajaja.

—¿Sabes que ya lo sabía?

—Los dos lo sabíamos.

Seguían hablando, juntos, parecía que no paraban de mirarse y reírse, se notaba felicidad enamorada. Tras un rato subimos unas escaleras y luego en algo así como un ascensor. En el ascensor dejaron de hablar y se escucharon algunos besos.

—Buf, a vore si ara deixe la mochila…

—Sí, ara passem i…

—¡Hola!

—Hola, ¿qué tal?

—Bé, bé, así…

De repente tras ese ruido de llaves y de cerrar de puerta, había más gente. El paso era ahora más tranquilo. Nos llevaron por el silencioso pasillo y paramos en algún sitio.

—¿La dejo aquí?

—Sí, donde quieras.

—Donde menos moleste, a ver… sí, la pongo aquí. Ah, espera, me vas a matar… ¡Jajajaja!

—Sí te voy a matar, a ver…

—A ver, no vull que t’enfades, pero yo es que las he visto y… a ver, no es tan raro y…

—Jope, sabes que no…

—Lo sé, pero es que después te veo la cara que… y yo…

Oímos el ruido de la cremallera y…

sábado, 28 de febrero de 2015

El prospecto. 1

“Pensamientos de suicidio y empeoramiento de su depresión o trastorno de ansiedad. Si usted está deprimido y/o tiene un trastorno de ansiedad, a veces puede tener pensamientos de hacerse daño o suicidarse. Esto puede aumentar al principio de comenzar a tomar antidepresivos, debido a que todos estos medicamentos tardan un tiempo en hacer efecto, normalmente unas dos semanas pero a veces puede ser más tiempo.”

No paraba de releer una y otra vez aquel párrafo de aquel prospecto de aquellas pastillas que le había recetado el médico. Estaba tirado en el suelo, solo, con la espalda contra la pared, una mano apoyada en la cabeza, las gafas en su regazo y la caja de pastillas, en las que solo faltaba una, en su otra mano. El prospecto arropaba su pantalón y le gritaba diciéndole que su estado anímico, que al lugar donde había llegado, hoy en día se le llama depresión y si tomaba aquellas pequeñitas pastillas azules, podría salir de allí. Depresión, de-pre-sión. No era posible, no podía estar metido en esa mierda, él no, a él no le podía pasar eso. Pero ahí estaba, tirado en el suelo, sin recordar cuándo fue la última vez que se duchó o cambió de pijama. Ni siquiera le quedaban platos limpios, la nevera vacía, con medio limón de testigo. El buzón lleno, lo miraba cada día, en busca de aquella carta que le diera algo a lo que acogerse para seguir, pero nada, facturas y publicidad, ni siquiera se molestaba en sacar las cartas del buzón. Llevaba semanas, casi meses, siendo impuntual e ineficaz en el trabajo y ya le habían dado varios toque s de atención, afortunadamente siempre supo disimular muy bien y hacer lo justo para que siguiera pareciendo ante todos que no era de esa clase de personas que necesitaban esas pastillas.

Lo peor de todo era el bloqueo, el bloqueo de todo. Había decidido no destruirse. La primera opción, no recordaba cuándo, pero en el momento en que toda esa mierda comenzó, lo primero que hizo fue darse a la bebida. Se pasaba los días bebiendo y las noches cerrando los bares hasta volver a casa sabiendo que debía de tumbarse de lado porque tarde o temprano vomitaría. No era imbécil y pronto se dio cuenta de no estar solucionando nada. Fue fácil para él dejar de beber, coincidiendo con dejar de dormir. De repente las noches en la cama eran insoportables, necesitaba salir, salir y no parar de caminar. La peor noche fue aquella en la que empezó a caminar y llegó a aquel peñasco, con unas vistas increíbles, unas vistas que dejaron de ser vistas para ver solo la profundidad y que llegaran a su cabeza preguntas como qué pasaría ahora si estuviera él en el fondo del peñasco. Se lo preguntaba constantemente. Cada noche, durante tres meses, estuvo acudiendo allí, pero no supo, nunca supo encontrar una respuesta, el bloqueo seguía, estaba en un punto muerto, su problema, sin embargo, era que estaba vivo.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Vein-ti-dós

Veintidós, vein-ti-dós. Menuda mierda más grande. Creí que no llegaría. No me gusta, no me gusta cumplir veintidós años. Y no puedo hacer nada. Hoy veintiuno y mañana el golpe. Me suena tan tremendamente mal. Solo quiero que pase, que pase… ¿Qué he hecho en estos veintidós años? Poco, poco o nada, y sin embargo demasiado. Todos lo sabemos, a veces estamos años y años, pasan cosas y más cosas, y te das cuenta, o no, simplemente pasan y ahí estás, viviendo al día, al ritmo del paso del tiempo, como toca, como tiene que ser y como es para todos. Pero otras veces… otras veces llega un segundo, o un minuto, por si me leen algunos escépticos o que me acusen de exagerado… Pero a veces, en esa milésima (que se fastidien los que piensen que soy un exagerado, sin ánimo de ofender, bueno, o con él, lo que veáis…), en esa milésima, por fin todo es diferente, por fin pasan cosas, por fin hay sentido, por fin te sientes vivo de verdad. Ya no es el que pasen más o menos cosas, es que pasa algo que de repente te hace estar vivo en un mundo… (¿mundo? No sé por qué lo he escrito, quería escribir “modo”, tampoco sé por qué lo dejo y me obligo a explicar mi fallo ante vuestros ojos)… Y aquí estáis, y aquí estoy, escribiendo como un loco, pero peor es lo vuestro, que leéis a aquel que nunca estuvo cuerdo, que pensáis que podéis encontrar algo, alguna clase de… no sé, no sé explicarlo. Empezaba a escribir porque me apetecía, pero como veis, no sabía qué ni cómo y todavía no lo sé. Llevo tiempo pensando en escribir una nota de suicidio. A ver, a lo mejor me he explicado mal… o simplemente no lo he hecho. No es que me vaya a… ni siquiera puedo decirlo. No. Escribirla, pero fingida. A ver, fingida no para fingir lo que viene siendo mi… que NO. Bueno que me imaginaba un texto que simulara una nota de suicidio pero el suicida fuera tan tonto que acabara realizando un canto a la vida. Y ahora miradme, no sabía qué escribir, pero sabía que cuando pasa alguna cosa mínimamente importante o que así la veo, pues me da por escribir algún post… no sé, algún año nuevo, algún sentimiento que no puedo aguantar ni retener dentro de mí… no sé, cualquier cosilla… Y el año pasado, si no recuerdo mal, por estas fechas también escribí un post… Se ve que veo el tener más y más años como algo lo suficientemente importante como para escribir… No tiene sentido, aunque pocas cosas lo tienen… ¿Algo lo tiene? No lo sé… Muchas veces, demasiadas… De eso os daréis cuenta con los años, tiene gracia que lo diga yo, que aún con veintiuno no puedo haber sido capaz de no sé… ver ese sentido que todo el mundo parece encontrar a todo. Y no paro de ver ahora en mi discurso algo que tiene tanto de diario… Pero yo no escribo diarios, al menos no los leeréis, mis diarios están escritos a manos. Pero espera, ¿nos está diciendo que esto verdad? Si nos cuenta algo de él que es verdad… todo lo que escribe es cierto… oh, Dios, nos está contando lo que le pasa… Cumple veintidós años y además está perdido o algo, quería escribir nosequé y… Y se acaba de dar cuenta de que él lematiza “no sé qué” aunque no es correcto… Pero… Y ahora nos quita la voz y vuelve a ser él, y nos vuelve a poner en la duda de lo que es ficción y de lo que se está inventando y ahora mismo pensaba que acabaría todo esto con un “mañana cumplo veintidós años”.

jueves, 22 de enero de 2015

A mí me gusta

Y ahora ya eres dueño de allá donde pisan tus pies,

y tus huellas dejan un rastro que va borrando el viento,

y tus ojos miran hacia las estrellas

mientras caminas hacia ninguna parte,

y tus recuerdos son rastrojos que se arrastran por el desierto,

y tus lágrimas se secan

y en la mochila solo llevas sonrisas, besos y abrazos,

nada más, vas con lo puesto,

pero con el corazón lleno.

Porque desaparecer ya no es,

porque no quieres,

porque justamente lo que quieres es estar solo,

pero solo con ella,

que todo lo demás te dé igual,

que el reloj siga implacable con un tictac que no cesa,

que el rayo caiga de la tormenta y nos iluminé,

que nos devuelva esas fuerzas que nunca perdimos,

que nos devuelva esa sonrisa que siempre tuvimos,

y que cuando el charco de nuestras lágrimas inunde la tierra,

nademos en ellas hasta juntar nuestros cuerpos.

Y que cuando nuestros gritos de ayuda inunden los cielos,

escuchemos cerca, al oído, cómo susurramos te quieros.

Y que por fin, ahora ya no miras atrás

y ves el futuro, pero en presente

y por fin ves algo que no te asusta,

por fin ves todo claro, aunque el mundo se ría,

sabes que acabaréis de la mano,

tú y ella,

siendo una misma sonrisa

que grita al mundo:

A mí me gusta.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Un día de una vida (I partede “Un… un…”)

—¿Te acuerdas?

—Claro que me acuerdo, cada día.

—Pero, ¿sabes de lo que digo?

—Estoy pensando lo mismo que tú. Otra vez llegamos tarde.

—Es tu culpa. Siempre tardamos en salir de la cama por tu culpa.

—¿Mi culpa? Bueno… yo… es que me despierto y estás ahí… y…

—Y llegamos tarde…

—Pues sí.

—Pero entonces, ¿sabes de lo que hablaba?

—Hace un año, claro que lo sé.

—¿Un año?

—¡Exacto! Un año desde ese ascensor.

—Un año…

—¿Cómo te sientes?

—Un año…

—Y si lo dices otra vez más ya serán tres.

—¡Jajaja! Perdona, no me había dado cuenta. Sí, me refería a eso. Ya no cogemos el ascensor.

—Lo sé. ¿Para qué?

—No sé, para hablar del tiempo, para conocernos mejor, o incluso si un día se queda parado y estamos solos…

—¡Jajajajaj! Para o tendremos que volver a casa y llegaremos más tarde aún.

—Sí, mejor paro.

—¿Has dejado tú el periódico ese en la mesilla?

—¿Yo? ¿Cuál?

—Uno, abierto por una página en la que ponía algo sobre cuántas veces se hace el amor a la semana y lo que conlleva.

—No sé, ¿qué decía?

—Pues en resumen: cuanto más veces menos estrés, más inteligencia, salud y felicidad.

—Pues no lo he dejado yo, pero…

—¿Pero…?

—No sé, algo tendremos que hacer entonces.

—¡Jajajaja! Y luego dice que llegamos tarde por mi culpa.

—¡Jajajaja!

—Un año del ascensor, de ir al zoo, de tumbarse a mirar estrellas, de sorprendernos cada día, de conversaciones de locos… y de amor, mucho amor.

—Sobre todo mañanas como las de hoy.

—Y dos veces, ¡choca!

—¡Jajajajaja! ¡Idiota!

—Ya sabes que siempre lo fui, te lo advertí. Qué risa, ¿te acuerdas que me hablabas de usted?

-Vaya tela, es verdad… aunque me lo estoy replanteando…

—¿Y eso?

—¡El otro día te vi una cana!

—¡Eh! ¡Jajajajaja! Que tampoco nos llevamos tanto…

—Ni tan poco…

—…

—Te quiero.

—Y yo a ti.

—Me encanta lo bien que lo pasamos, desde el primer momento hasta hoy.

—Bueno, siempre bien…

—¿No?

—A ver…

—¿Alguna vez lo pasamos mal?

—Mal tampoco, pero…

—Madre mía, noticias frescas, a ver, ¿qué me he perdido de esta historia de peli que escribimos cada día con final feliz?

—Lo del final feliz, ya tuvimos que hablar de eso, ¿te acuerdas?

-¡Eh! No vale, esa pregunta era mía.

—Pues ahora te toca.

—Mmmmmm… no sé, ¿cuándo no lo pasamos del todo bien?

—Acuérdate, cuando…

—¿Cuando?

—…

sábado, 15 de noviembre de 2014

“Bautizos, bodas y comuniones”

“Bautizos, bodas y comuniones”
anunciaba aquel jarrón
de aquel escaparate,
y entonces vi,
desordenada, una vida,
una vida por ser vivida.
Pensé que allí había una historia,
quizás un poema,
pero alejé la mirada,
seguí mi camino,
pero la vista,
una vista ya cansada,
seguía en aquellos jarrones.
Pensé todo lo que escribiría:
ese niño que nace,
o esa niña,
mejor niña,
primero será niña.
Nace y entonces,
tras mirar miles de nombres,
tras descartar millones
y quedarnos con tres o cuatro,
nace y le vemos la cara,
y tiene cara de…
Y seguimos en la tradición,
por modernas que sean nuestras ideas,
nos gusta esa celebración,
estamos los dos de acuerdo,
tomamos la decisión,
invitamos a la familia,
será algo íntimo:
un corto sermón,
algunas fotos,
quizás un llanto por el agua fría,
quizás silencio por la bendición,
y después las fotos para recordar,
y después las fotos para no olvidar.
Son las primeras que llenan el álbum,
justo después de las de su primera habitación,
y las de su cunita en el hospital,
y las de la primera noche en casa
y el cambio del primer pañal.
Esas noches en vela que tanto nos dolieron
pero con tanto placer recordamos,
porque son momentos para no olvidar.
Y luego al banquete,
que no falte nadie.
Y tiene dos padrinos
y tres hadas madrinas,
y reparten los detalles,
y encienden la traca
y pasan el libro de firmas.
Y pasa el tiempo,
le crecen los dientes,
las primeras palabras,
algunas edulcoradas,
algunas envenenadas,
otras tiernas, algunas gracias,
algunas ideas maestras
y muchas preguntas,
muchos porqués
para los que a veces no tienes respuestas.
Y te levantas,
estás llorando,
bloqueado,
no sabes como sigue el poema,
porque todo de momento es imaginado
y necesitas realidad,
aún no,
pero la necesitas ya.
Te vuelves a sentar,
sigues escribiendo esa vida.
Pero no hablarás de los paseos por el parque,
de las comidas en la trona,
de las veces que se queda con los abuelos,
de su primer viaje en coche,
su primera visita al zoo,
esa primera vez en la playa,
en la que como os hicieron a vosotros,
la llevasteis desnuda,
era demasiado pequeña para el bañador.
No hablarás de esos y de otros muchos momentos
que también estarán en ese álbum de fotos,
después de cuando lo del bautizo.
Piensas que te apetece hablar sobre las bodas,
por cercanía,
ya no piensas en esa niña,
ahora piensas en ti,
en ti y en ella,
en unas bodas que están lejos pero se acercan.
¿Cómo se lo pedirás?
¿Te lo pedirá ella?
Imposible, quieres ser tú,
quieres sorprenderla,
pero en la intimidad,
darle la más grande sorpresa
y que te la dé ella al decir sí quiero
y ofrecer su dedo para que le dibujes el anillo
un señor anillo que se borrará de su mano
pero se quedará en su corazón.
Y tendrás su mano y correrás gritando al cielo
que nadie puede ser más feliz,
y llamas a tus padres, a tu hermano,
a tus primos, a tus tíos,
a tus abuelos, a tus amigos,
a tu familia,
y lo cuelgas en Facebook,
porque eres tradicional,
pero moderno.
Y preparáis todo,
y decidís entre los dos
y será todo sencillo, más bien modesto,
pero a la vez será tan grandioso.
Y piensas que será donde las vidrieras,
y entre los dos elegís las flores,
hay muchas rosas
y pasillo de jazmines.
Y habrá una sesión de fotos
para llenar otro álbum nuevo,
y bromeas con hacer un selfie en el altar
y te mira mal, pero se ríe,
porque no os sabéis enfadar.
Y no lleváis zapatos,
lleváis converse a juego,
todo por una promesa,
algo que pensaste que sería un reto,
pero es divertido,
os hace únicos,
aunque siempre pensaste
que llevaríais zapatos en el último momento.
Y la imaginas a ella,
completamente vestida de blanco
y tú llevando tu traje,
parece que vas arreglado,
pero una barba de tres días
te da ese toque que siempre te gustó desaliñado
por mucho que siempre te llamará aseado.
Y ella nunca brilló tanto,
nunca en la vida,
solo más bella cuando está desnuda.
Preciosa sonríe,
sus ojos azules como el cielo del mediodía,
pero cuando salís de la iglesia llueve
y os reís porque siempre supisteis que llovería.
Y entre arroz y gritos,
las risas de vuestros padres,
las lágrimas de vuestras madres,
os metéis en el coche,
entre risas y os besáis.
Os lleva al banquete,
llegáis algo tarde,
ya está toda la familia
y suena el himno nupcial,
pero el vuestro
y resuenan los vivas los novios.
El menú, que tanto tardasteis en decidir,
solo lo probáis a medias,
os toca estar para todos,
sonreír y pasa la gente
y pasan las fotos
y no os dais cuenta
porque de lo felices que sois
simplemente actuáis,
no es tiempo para pensar,
para eso están las fotos,
fotos que llenarán el álbum para recordar,
ese álbum para no olvidar.
Y cambias la dirección del poema,
ahora lloras menos,
te vuelves a levantar,
esta vez para mear.
Vuelves al ordenador,
estás más sereno has hablado con ella.
Y hablabas de las bodas,
pero ya ha pasado el momento,
no escribirás de los primeros trabajos,
de cuando os fuisteis a vivir juntos,
de la luna de miel,
de la luna de paté, nata,
guaraná y todo lo que se pudiera untar.
No hablas del lugar,
lo decidisteis entre los dos,
siempre lo tuvisteis claro
y al verlo,
al tener los billetes entre las manos,
al subir al vuelo os mirabais,
asentíais sabiendo haber acertado
y mientras el avión despega
vuestros labios se pegan entre
sonrisa y sonrisa,
bailan las lenguas.
Tampoco escribirás de esos días previos de nervios
ni de esas noches de desenfrenada locura,
ni de la búsqueda de piso o la compra de muebles,
los días de hacer la compra y el reparto de tareas,
las lavadoras, las camas,
las estanterías, bajar la basura,
cambiar las bombillas…
quizás no sea apropiado para este poema.
Las comuniones,
esa tercera palabra en la que viste un poema.
Y ya no sabes cómo escribirla,
estás más bien lejos,
pero te para cerca por tus familiares pequeños.
Dos días a la semana van a catequesis
y te cuentan que si pueden,
otros tantos a misa.
En la última comunión te tocó conducir
y bebiste cerveza delante de tus padres,
tenías un examen al día siguiente.
Lo pasabas bien, pero estabas solo
y piensas en la siguiente que viene,
irás acompañado,
vestido de gala,
ella preciosa
y tú desaliñado.
Y será más familia.
Y ese niño que comulga,
que se ríe
y cuando te ve se burla,
sabe bien las oraciones,
pero mira los regalos.
Y llora quizás por las fotos
porque nunca le gustaron,
pero el caso es que los padres quieren el álbum,
quieren ese álbum para recordar,
quieren esas fotos para no olvidar.
Una bici, un balón,
una nueva consola,
una biblia, un ordenador,
la equipación de su equipo,
algún libro, ropa,
un estuche, un compás,
una tablet y un iPhone.
Y cuando la misa,
tú esperas con tu novia en el bar,
hay muchos niños,
pero solo uno es tu familiar,
entras solo al final,
cuando le dan la bendición,
y otra vez hacia el banquete
y os presentáis a todos,
anunciáis vuestra relación.
Y decidís marchar un poco antes,
no hay nadie en casa y os vais al salón,
cogéis una peli y la manta,
ni veis la peli ni usáis la manta.
Y es el momento en el que te das cuenta de que decae el poema,
de que se está acabando a cada pulsación del teclado,
te sales de la historia,
de ese cartel del escaparate
y recuerdas cuando,
hace tan solo unas horas,
le contabas a tu amor que habías leído algo increíble,
lo mejor que habías leído en tiempo,
y recuerdas ese momento en el que se lo dices:
“Bautizos, bodas y comuniones”.
Y ella se ríe
y le dices haber visto una historia,
un poema, una canción,
el paso del tiempo, algún sentimiento.
Y olvidas el tema durante toda la tarde,
pero cae la noche y no está,
y no está y es momento de escribir,
porque no le queda mucho para volver,
y le has contado que escribías
y justo ahora, en este instante,
recuerdas la broma que le hiciste mientras se reía
de tu descubrimiento en el escaparate:
¿Por qué en los entierros no se da regalo?
le insinuaste,
y quizás le pareció el chiste un poco macabro,
pero seguiste con la broma
y acabasteis riendo,
porque en el fondo lo sabéis:
no habrá regalo en vuestro entierro,
el caso es que ni siquiera habrá entierro,
porque desde hace tiempo decidisteis vivir el sueño,
seríais inmortales desde aquel primer beso.
Y sabiendo que debería acabar en el anterior verso,
sigues escribiendo,
escribes para decir que por extenso,
no has sabido retratar una vida,
no has sabido escribir en verso,
no has sabido contar la métrica,
tampoco hallar la rima,
pero te da igual, no te importa,
solo quieres que llegue a casa,
enseñarle tu poema
y que al final,
de todo lo que lea,
se quede solo
con este verso final:
te quiero.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Princesa de cielo y tierra

Ella, princesa de cielo y tierra,

remitente de mis mensajes en botella.

Bella como la luna,

azules ardientes ojos de estrellas.

Yo, vasallo arrodillado

que cada día pide su mano.

Loco enamorado

que nada entre cielo y tierra.

En la más alta torre del más alejado castillo

estaba encerrada libre,

pues solo ella tenía la llave

del más inmortal corazón.

Era libre en una torre,

y yo, esclavo de sus besos,

prisionero sin cadenas,

anhelaba a la princesa,

reina de mis huesos,

diosa de mis rezos.

Joyas y vestidos se peleaban por tocarla,

relinchaban los caballos,

por llevarla en sus carrozas,

y los peines se morían por peinarla.

A cada brazada me sentía más cerca,

llegaba a su reino,

moría por verla.

Mojado del mar llegaba a los guardias,

medio ahogado, borracho de olas,

buscaba mi droga.

Asomaba ella por su ventana,

era ahora llena luna

con ojos azules de estrellas.

Ardía entonces mi sangre.

Su aroma helaba a los guardias.

Loco de mí,

maltrecho y malherido, pensaba en mirarla

y me sentía vivo.

Su sonrisa, una constelación,

me guío a la alto del castillo.

Estás aquí.

Estoy aquí.

¿Por qué?

Dije que siempre estaría.

¿Por qué?

Dije que te seguiría?

Nadie me ha seguido.

Yo te dije que lo haría.

¿Por qué?

Te di mi palabrita.

Lo sé.

Aquí estoy. Pareces sorprendida.

Lo estoy.

No deberías.

Nadie me ha seguido.

Lo sé.

¿Y tú?

Te dije que siempre estaría.

Solo soy princesa.

Eres mi reina.

¿Y qué?

Te sigo entre cielo y tierra.

¿Por qué?

¿Hace falta que lo diga?

¿El qué?

Que eres mi vida,

que sin ti cada día moría.

No lo entiendo.

No quiero que lo entiendas.

¿Por qué?

Quiero que lo sientas.

¿El qué?

Que contigo vuelo, que soy inmortal.

¿Por qué yo?

Porque eres mi reina

y yo solo un princeso.

Me has seguido.

Nunca me he ido.

¿Por qué?

Porque te quiero

y es lo único que tiene sentido.

Caca.

Caca.

martes, 18 de febrero de 2014

Imposible recordar…

Imposible recordar el momento en el que empezaste a mirar el pasado con un punto de nostalgia, con melancólica mirada. No hay otra forma de mirar atrás cuando los has pasado bien. No hablo ya de un tiempo lejano, ni siquiera meses, no. Hablo del día a día. Llegas a la cama, la abres, miras a la almohada y allí está ella, preparada para escucharte. Y le repasas minuciosamente cada segundo del día. A ella le da igual, pero tú necesitas contarlo, necesitas recordarlo porque aún no lo has procesado. Últimamente no piensas demasiado durante el día, simplemente lo vives, es justo lo que quieres, disfrutarlo, pero las noches… las noches siempre llegan y las conviertes en recuerdo consciente del día.

Y te ríes, te ríes solo de lo que te reíste hace unas horas acompañado. Y cuando por fin has conseguido contarle todo tu día, le cuentas cómo será el día de mañana, a veces te extiendes un poco más e intentas explicarle cómo será todo dentro de unos meses. Lo cierto es que no lo sabes, pero sabes cómo te gustaría que fuera, te haces una idea. Hace bastante que piensas que no cambias, pero eres consciente de que estás en un nuevo punto, tu cabeza funciona de otra manera, te permite relacionarte de otro modo, te has subido a una nube desde la que miras al mundo y lo ves diferente. Para nada has olvidado todo lo que sabías, no, pero lo ves de forma diferente.

Te ves viviendo, por primera vez te ves viviendo, riendo un pasado y un futuro. Antes solo creías vivirlos, reírlos, pero una vez más te das cuenta de que no. No sabes desde cuándo, no sabes el momento exacto, no sabes por qué… bueno, quizás el por qué es lo único que crees que sabes, pero no sabes el cómo. Los trucos de magia que nos impresionan y nos encogen el corazón se basan en eso mismo, no sabemos cómo. Tampoco debería importarnos, así que te conformas con creer que sabes el porqué.

Pero no te apetece pensar, ni siquiera escribir. Te apetece que mañana sea como hoy. Te apetece llegar a casa y repasar el día con tu almohada y agotarla con lo que viene. El presente ha dejado de existir en tu cama, pero lo más raro es que no te preocupa, simplemente te sientes bien y haces lo único que sabes hacer: te ríes.

domingo, 2 de febrero de 2014

El idiota

“Lluvia entre nube y nube,

tormenta de sol a sol”

Ya eran varias las semanas que estos versos encabezaban una página en blanco de mi cuaderno. ¿Por qué? No lo sé. Cuando doy con unos versos, los otros simplemente aparecen, la historia, el poema, se cuenta solo. Pero no puedo, no ahora. Soy incapaz de encontrar los versos perfectos, las restantes piezas del puzle. ¿Y si ya está? ¿Son suficientes esos dos versos? ¿Qué quieren decir? Los leo y me dicen todo, pero no puedo continuarlos, no puedo… ¿Puede llover entre nube y nube? No lo sé, pero me gustaría. Me gusta la lluvia. Me gustan las nubes. Eso sí lo sé. Tormenta de sol a sol, ¿es una tormenta que dura un día? Y la tormenta, ¿me gusta? Sí, supongo que también. Pero, ¿más o menos que la lluvia? No lo sé, es diferente.

Sé que ahora estoy contento, tengo ganas, entusiasmo. Ganas de vivir, entusiasmo por la vida. ¿No lo tenía antes? Sí, sí que lo tenía. Siempre he tendido a ser bastante feliz. Pero ahora es diferente. Miro estos versos y sigo sin poder seguirlos. No puedo continuarlos. Y el caso es que me siento más feliz y siento que cada vez lo seré más. Pero cuanto más profunda es esa sensación, más difícil veo acabar esos versos. Conforme me siento más feliz, empiezo a perder la capacidad de escribir. ¿Por qué? No lo sé. Hubo momentos en los que escribir era a causa de ser feliz. Otros en los que era la única manera de aguantar, pero ahora; ahora empiezo a no poder hablar, ni siquiera me apetece. Ahora tengo ganas de pararme en medio de la calle y mirar, fijarme en todo, respirar profundo y que no importe nada porque me sentiré feliz. Imaginar sin mirar, oír sin leer, hablar sin escribir, simplemente: sentir. Es raro, es diferente, pero solo sé que es así.

jueves, 2 de enero de 2014

Quizás solo por eso

Una pirámide en el desierto,
tapada por las dunas,
alumbrada por la Luna.
¿Por qué recurro a las pirámides
cuando nunca vi ninguna?
¿Por qué a los desiertos
y dunas?
De las playas de Valencia,
del círculo de rocas inglés,
de aquel petit tren francés,
de las cuevas de Granada,
de allí no pasé.
¿Por qué irme a la Luna para describirte,
para describirme por dentro?
Verano invernal.
Describir un aliento
del que no hay vaho en el tiempo,
en un ardiente invierno,
y no hay viento,
mas mi suspiro es gélido.
Corazón de hielo,
corazón de fuego.
Sístole congela,
diástole quema.
Todo es latir,
construir,
destruir.
Palpitar por las entrañas de una ciudad,
una ciudad latente,
latente y cobarde.
Mira hacia otro lado
y ve pirámides, cascadas,
ve palacios y jardines,
las montañas más altas jamás escaladas.
Detrás hay guerras, coches que vuelan,
personas bomba, niños soldados,
niñas esclavas,
hombres no humanos.
Pero vemos el brillar,
el Sol y su reflejo,
la Luna.
Por eso,
quizás solo por eso,
te veo yo.