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viernes, 3 de julio de 2015

Un texto diferente como siempre

Paseaba el bolígrafo entre sus dedos con una delicadeza bastante tosca. Estaba hecho de contradicciones. Amaba y odiaba, reía y lloraba, chillaba y susurraba, pero todo a la vez. Era una contradicción andante. Seguía con sus torpes expertos malabarismos con el boli a la vez que escribía en el teclado. Y el teclado donde escribía solo tenía cinco octavas y acababa escribiendo a la novena pasada de bolígrafo entre el pulgar y el meñique de diferente mano, de diferente pie, de diferente extremidad. Y se sentó en un banco, sobre la vieja griega que intentaba sacar dinero, dinero de una pensión casi inexistente para comprar sus pastillas, pastillas de alegría que le pasaría su camello en el que venían montados los reyes magos. Uno robaba oro, otro incienso y el otro birra. Conocidos alcohólicos anónimos, entraban al grito de policía no tan secreta. Mientras la discreta luz de los neones de aquella tienda de ropa de bebé iluminaba los probadores llenos de octagenarios que apenas tenían diez meses. E intentaba causar la risa, pero gritaba sufriendo del divertido dolor que suponía imaginar el fino y grueso borde de un folio cortando la córnea del ojo, del ojo de la cara, que el del culo es ojete, por grande que sea y ojazos son los suyos, por cerrados que los tenga. ¿Y si bajo en el ascensor? ¿Y si subo en el descensor? ¿Y si tiro de la cadena y aparece el perro? ¿Y si dice cuidado con el gato? ¿Y si me río de la obsesión? ¿Me puedo contestar una pregunta retórica? No. La gracia… ¿cuánto más para encontrar la desgracia? ¿Cuánto menos? ¿Y el sentido? ¿No es fingido? ¿Y lo morido? ¿Y lo vivido? En un momento dejó la tercera persona o la cuarta o la quinta, se pasó a la primera y desveló que escondía en secreto a voces el callar que hablaba de él… ¿Y la basura que se encuentra escrita? Y darse cuenta de que la gente escribe por obsesión… que cuando no sabe qué hacer y no puede no hacer nada coge algo, se vuelca en ello, se aprende el día en el que se cortan las uñas de los pies, se vuelcan y se dedican a ello… ¿Fanatismo? Puta locura cuerda para evitar caer en el éxito de la miseria. Enfermos curados, como un queso, como un jamón de cinco jotas aragonesas, si os quedáis demasiado, en el futuro estaréis pasados. Abrid la puerta, dejad encendido el ordenador, apagad la ventana. Se le cae, se le cae el bolígrafo verde de las manos… ¿No era verde? ¿Habéis leído bien? Vale ya, vivid, morid ahora, ya podéis, sí, sois locos cuerdos, dejaos de bellas mierdas. Morid. Ya. Ahora. Dejad de ser como sois, nunca cambiéis. Os lo pido, sed alguien, pero no seáis vosotros. De momento, ahora ya no, el bolígrafo rojo sigue paseando entre sus dedos, de una forma toscamente delicada.

lunes, 1 de junio de 2015

Siempre gana lo cierto

Vi el vaso medio vacío,
tirando a medio lleno.
Vi la luna plena,
caída, desaparecida, ausencia.
Bebí de la copa de veneno,
asesino, revitalizante.
Volé la cometa
y me cortaron el hilo.
Puse la última carta
del castillo de naipes que se llevó el viento.
Tiro el dado,
siempre sale el tercer seis traicionero.
Y la verdad es que miento,
y el engaño lo cierto.
Nada más contradictorio que tener sentimientos.
Nada más patético que quien es mierda por dentro.
Y el petardo de la caca,
no quieres encenderlo.
Se piensan que es un juego,
se creen dueños de tu tiempo.
Y la máscara sonríe,
mientras por bajo arde el infierno.
Y le hacen vudú a tus muertos.
No eres más, no sois más
que el juguete que pronto olvidan.
Estamos bajo la lupa,
en el punto de mira,
somos aquellas dos hormigas.
Una reina, un obrero,
intentando escribir el cuento.
Y del fondo, del grito, del lamento,
surge la princesa,
surge el príncipe,
no gana el gigante,
no gana el enano,
porque al final
el veneno no hace efecto,
siempre gana el amor,
siempre gana lo cierto.

domingo, 2 de febrero de 2014

El idiota

“Lluvia entre nube y nube,

tormenta de sol a sol”

Ya eran varias las semanas que estos versos encabezaban una página en blanco de mi cuaderno. ¿Por qué? No lo sé. Cuando doy con unos versos, los otros simplemente aparecen, la historia, el poema, se cuenta solo. Pero no puedo, no ahora. Soy incapaz de encontrar los versos perfectos, las restantes piezas del puzle. ¿Y si ya está? ¿Son suficientes esos dos versos? ¿Qué quieren decir? Los leo y me dicen todo, pero no puedo continuarlos, no puedo… ¿Puede llover entre nube y nube? No lo sé, pero me gustaría. Me gusta la lluvia. Me gustan las nubes. Eso sí lo sé. Tormenta de sol a sol, ¿es una tormenta que dura un día? Y la tormenta, ¿me gusta? Sí, supongo que también. Pero, ¿más o menos que la lluvia? No lo sé, es diferente.

Sé que ahora estoy contento, tengo ganas, entusiasmo. Ganas de vivir, entusiasmo por la vida. ¿No lo tenía antes? Sí, sí que lo tenía. Siempre he tendido a ser bastante feliz. Pero ahora es diferente. Miro estos versos y sigo sin poder seguirlos. No puedo continuarlos. Y el caso es que me siento más feliz y siento que cada vez lo seré más. Pero cuanto más profunda es esa sensación, más difícil veo acabar esos versos. Conforme me siento más feliz, empiezo a perder la capacidad de escribir. ¿Por qué? No lo sé. Hubo momentos en los que escribir era a causa de ser feliz. Otros en los que era la única manera de aguantar, pero ahora; ahora empiezo a no poder hablar, ni siquiera me apetece. Ahora tengo ganas de pararme en medio de la calle y mirar, fijarme en todo, respirar profundo y que no importe nada porque me sentiré feliz. Imaginar sin mirar, oír sin leer, hablar sin escribir, simplemente: sentir. Es raro, es diferente, pero solo sé que es así.

viernes, 1 de noviembre de 2013

¿Se ha escrito un crimen?

Nunca pensé que podría ser como él. Jamás habría imaginado que fuera de las novelas también pueden ocurrir estas cosas. Siempre me habían interesado los misterios, las series policíacas y los crímenes sin resolver, pero nunca se me dio bien ser detective. Es cierto que de tanto estar metido en ese mundo, para mí ficticio hasta entonces, acabas por desarrollar cierta técnica de observación, intentas mirar donde los otros no miran, te fijas en todo. Tras esa primera historia de Conan Doyle no paras de contar escalones. Bajas o subes de tu apartamento y cuentas el número de escalones que hay hasta tu puerta. Sales de la estación del metro y haces lo mismo. Piensas que sabes algo que los demás no saben. Todos los días subes los mismos escalones, todo el mundo lo hace y sin embargo nadie sabe cuántos son, nadie se ha parado a observar. Pero ahora tú sí. Y es una información útil o, al menos, potencialmente. Puede que un día necesites escapar de alguien, puede que tengas prisa y quizás sabiendo la distancia o el número de escalones que hay seas capaz de saber si podrás saltarlos y huir o simplemente llegar a alcanzar aquel metro que se te escapaba. Pero los demás no lo saben, nadie se fija.

El caso es que desarrollé ese mínimo poder de observación, muy de ir por casa, simplemente me hacía gracia tenerlo. De vez en cuando intentaba que la gente de mi alrededor se diera cuenta de aquello que les envuelve y no son conscientes, lo pasan por alto. Y te miran raro, sorprendidos. ¿Y? ¿Para qué te sirve saber eso? Sonrío y, sinceramente, tampoco lo sé. Fuera de las historias de novela negra son informaciones poco útiles. Quizás lo más utilizado y práctico sea cuando observas a las personas, su gesticulación corporal, si la sabes interpretar dice mucho y te puede ayudar a obtener información de ellas, de cómo tratarlas, pero nada más. Fuera de ahí, en contadas ocasiones utilizarás en la vida real esa nueva habilidad de observación.

Hasta ese día en que me di cuenta de que también fuera de las novelas ocurren cosas, sucesos que parecen sacados de ellas, más increíbles si cabe. Siempre he sabido que la realidad supera a la ficción, pero hasta el día en que presencias un asesinato y crees haberte fijado en algo clave, en algo en que los demás no repararon, hasta ese día no lo habías comprobado.

martes, 9 de octubre de 2012

El último baile (V)

El despertador sonó a las 6.30 como cada mañana. Si bien no entraba a trabajar hasta las nueve de la mañana, en su lejano “exilio” por Sudamérica había adquirido el hábito de levantarse pronto, ponerse las deportivas y empezar a correr. Al principio corría para evadirse del mundo, para olvidar, para no pensar. Poco a poco se convirtió en algo como el respirar para Chuck, una función vital más. El día que no salía a correr lo pasaba más apesadumbrado y cansado que cualquier otro y casi mejor no hablar de las noches, que todavía eran peor. Corría a una velocidad normal, intentando centrarse en el paisaje y en el jazz que sonaba en su iPod. Siempre había oído que aquel que escuchaba jazz era alguien que guardaba una gran pena en lo más profundo de su alma pero Chuck siempre la había amado, siempre había encontrado una profundidad en aquellas notas que lograban tocarle el rincón más recóndito de su corazón. Su largo y ondulado cabello caía sobre su frente, primero seco y, cuando había entrado en calor, mojado debido al sudor. Le encantaba esa sensación de sentir la brisa y el cabello galopando en su cabeza. Se sentía libre, se sentía incluso algo animal, algo salvaje se despertaba en él y le hacía sentir que en cualquier momento podría salir volando e ir a dónde quisiera, lejos de toda realidad. Corrió para olvidar y olvidó que corría.
El caso es que una vez superada su crisis mantuvo aquél hábito de correr temprano cada mañana. Tras unos cuarenta y cinco minutos de recorrido volvía a casa empapado en sudor, se bebía un bote de Aquarius de naranja y se daba una ducha, normalmente templada. Mucha gente habla de las maravillas de las duchas frías pero él, lo único que conseguía con las duchas frías era una respiración entrecortada y algunas veces un gran catarro. A todas esas personas que alababan esa clase de duchas, él, les habría dicho que mienten, que lo que les sienta bien son las duchas frescas y no frías, hay una gran diferencia. Después de ducharse, tendía la toalla, dejaba la ropa sucia en la lavadora y se metía rápidamente a la cocina. Casi siempre solía desayunar fuerte: zumo de naranja, huevos revueltos, tostadas con aceite o mermelada de melocotón y mantequilla (dependiendo del día), una pieza de fruta, normalmente un plátano, y una taza de café recién hecho bien cargada. Después de tan enérgica comida para empezar el día iba al baño a hacer lo propio…exacto, a lavarse los dientes. Se vestía, como siempre, con unos pantalones vaqueros azul marino, una camiseta y una camisa medio abierta (o medio cerrada) por encima y unas zapatillas deportivas de marca Converse. Tras esto, se colgaba su bolsa del hombro. En la bolsa llevaba el ordenador portátil, un bolígrafo negro y un pequeño cuaderno con las tapas de piel. En sus bolsillos llevaba la cartera, las llaves y un viejo móvil con el que pocas más cosas podía hacer que llamar y enviar mensajes de texto. No necesitaba nada más. Siempre le había gustado ir con lo justo y necesario, le gustaba sentirse ligero. Antes de salir de casa se mojaba los dedos en gomina y se despeinaba. Siempre decía que él no se peinaba porque no tenía peine y tenía toda la razón, simplemente se daba un poco de volumen con los dedos y se daba por satisfecho.
Al salir del apartamento cogía el ascensor que lo llevaba directamente al garaje. Allí le esperaba su Yamaha plateada y su casco negro mate con unos tribales grises y una estrella plateada a modo de decoración. Hace tiempo que había dejado de utilizar su viejo coche, un Yaris plateado, ya que el trayecto que hacía no superaba los diez kilómetros. Solo cogía el coche los días de lluvia o viento para evitar el peligro que supondría coger la moto. En la moto se sentía libre, casi como cuando corría. Alguna que otra madrugada entre semana se había puesto el casco y había disfrutado de la vacía carretera propia de esas horas. Simplemente es increíble poder conducir sin tráfico, es una sensación que todo el mundo debe sentir alguna vez, o al menos eso pensaba Chuck.
El caso es que se puso el casco y salió del garaje camino hacia la editorial en la que ahora trabajaba. El cielo estaba completamente despejado, los pájaros cantaban, ningún vehículo se atrevía a interrumpir aquella música ambiental de película Disney que había. Era un día tranquilo, era un día apacible, era un día calmado, era un día de tantos… Pero como suele pasar, si en un bosque no hay ningún ruido, si todos los animales callan, es porque algo va a pasar. Nada más lejos de la realidad. De camino al trabajo Chuck pasaba por una carretera de doble sentido junto a la que había un parque. No era normal que hubiera mucha gente a aquellas horas de la mañana pues o bien todos estaban ya en el trabajo o en el colegio, o bien era pronto para que los que no tenían trabajo o escuela estuvieran en la calle. De repente, en medio de la carretera apareció un niño, siguiendo una pelota roja, el niño llevaba un globo de helio de Bob Esponja atado a la muñeca. Era demasiado tarde para que Chuck frenara sin caerse de la moto pero tuvo que hacerlo. Frenó primero con la rueda de atrás y después con ambas a la vez, la moto derrapó ligeramente haciendo que Chuck cayera al suelo y la moto encima de él. El coche que iba inmediatamente detrás de Chuck también había frenado, un poco antes de que Chuck cayera, quizás advertido de que algo pasaba al ver un globo de Bob Esponja flotando por el medio de la carretera. Las ruedas del coche dejaron de rodar pero se deslizaron por el asfalto hacia Chuck.
Abrió los ojos y vio el parachoques del coche por la parte de abajo, había frenado justo a tiempo. Se levantó rápidamente mirando a los lados y vio que el niño había cogido la pelota y había vuelto al parque, como si nada hubiera pasado, inconsciente de que podría haber dejado este mundo por una estúpida pelota roja que valdría poco más de un euro. Entonces Chuck notó una mano sobre su espalda, seguida de unas palabras que nunca olvidaría.
-¿Cómo te sientes?- dijo una voz femenina, dulce.
-¿Qué? ¿Qué me has dicho?- dijo Chuck mientras se giraba hacia aquella voz.
-Digo, que cómo estás… Ha faltado poco…- dijo ella.
-Me, me habías dicho que cómo me sentía y…- entonces Chuck le vio la cara.
-Ah, sí, estoy acostumbrada a decir eso en lugar de cómo estás, es que es demasiado corriente, me gusta más saber cómo se siente la gente que cómo está...- dijo ella intentando explicarse…
- ¿Tera?- dijo Chuck sorprendido.









miércoles, 11 de julio de 2012

El de cuando todo escritor necesita su “musa”

Después de bastante tiempo sin escribir, casi una eternidad, toca volver y vuelvo con un post que hace tiempo que quería escribir. Intentaré ser breve y fresco que creo que es lo que todos queremos en verano. Todos buscamos un libro que se lea rápido y nos deje buen sabor de boca, una buena película con la que reírnos, y ya ni hablemos de los famosos “amores de verano” (o eso me han contado)… todas cosas intensas y fugaces, efímeras. Bueno, empiezo ya…

Siempre que hacemos algo, lo hacemos por algún motivo y, normalmente, ese motivo es que nos gusta ese algo. Pues bien, cuando escribimos, no lo hacemos por el mero placer de sentir el suave tacto del teclado en nuestros dedos, no, lo hacemos porque tenemos un motivo. Algo nos mueve a intentar dejar escrito en el papel (bueno, o en los monitores y pantallas) aquello que guardamos más adentro, una opinión, un sentimiento, una sensación o una simple historia. Pero además, queremos que aquello que escribimos sea leído, queremos que nos oigan ya que, de otro modo, no realizaríamos el esfuerzo de sacar las palabras de nuestro interior. Digamos que en ese sentido nos parecemos al suicida que deja una carta explicando sus motivos, somos “suicidas vivos” y, la verdad, eso me gusta porque la vida es una misión suicida, es un viaje contrarreloj. El caso es que, tras lo que expresamos en nuestros escritos, hay una “musa” pero no “musa” en el sentido de una persona (que bien puede serlo y lo es normalmente), cuando hablo de “musa” lo hago refiriéndome a aquello que nos inspira, a aquello que nos gusta, nos “enamora”, a aquello que nos incita a hacer lo que hacemos. Pues bien, esa inspiración, esa “musa”, es algo individual y personal y cada uno tenemos una y, tenemos el deber de encontrarla y buscarla constantemente. A veces, solo hemos de escarbar un poco entre lo que hemos escrito, autoanalizarnos y veremos cómo tras toda esa tinta empleada, hay un motivo, aunque no nos hayamos dado cuenta (esto no importa, estoy seguro de que si más de un escritor viera el análisis que realizan de él o de sus personajes a través de sus libros, se sorprendería de todo lo que dicen de él, incluso podría llegar a conocerse mejor).

Bueno, he dicho que iba a ser un post veraniego, así que será cuestión de ir acabando… Solo deciros que hace poco leía una frase bastante “impactante” a pesar de estar dicha en un contexto burlón que decía: “Nada en esta vida tiene sentido”. Esto me hizo pensar y sólo puedo estar de acuerdo con la frase, quizás nada tenga sentido en esta vida y seamos nosotros los que se lo tengamos que dar y, para eso, solo hemos de encontrar nuestra “musa”, nuestra inspiración. ¡Ya sabéis qué hacer este verano!

viernes, 22 de junio de 2012

La leyenda del arrecife del Pez león (Capítulo IV)

Ander no se movía. Elaia, preocupada, empezó a mover su cuerpo mientras seguía repitiendo una y otra vez su nombre, incrementando su desesperación. Finalmente, Ander empezó a despertarse.

-¿Qué… qué ha pasado?- preguntó mientras se llevaba ambas manos a la cabeza debido al dolor de la caída.

-¡Ander!- gritó, Elaia contentísima mientras se limpiaba las lágrimas que habían empezado a caer sobre sus blancas mejillas.

-¿Ander…? ¿Quién es Ander? ¿Y quién eres tú y dónde estoy?- preguntó Ander mientras empezaba a incorporarse poco a poco y mirando a su alrededor. Elaia se quedó totalmente perpleja. No podía ser que hubiera perdido la memoria. No, eso no pasaba en la realidad, al menos a la gente corriente como a ella y Ander. No podía ser, Ander no recordaba ni su propio nombre pero, aún más que eso, le dolía profundamente que no la recordara a ella. De repente, esa persona con quién tan buena e intensa amistad tenía, se había convertido en un completo desconocido, había borrado toda su vida y, ella era también una desconocida para él, así como los momentos que habían compartido durante tantos veranos en aquel pueblo… Elaia no sabía cómo reaccionar y, Ander, lo vio en su estupefacta expresión y en su mirada perdida en el horizonte.

-Eres Ander, yo soy Elaia y estamos cerca del pueblo en el que veraneamos cada año- consiguió articular Elaia sin poder evitar mostrar un gesto de miedo y confusión.

-¿Así que Elaia?- preguntó Ander.

-Sí.

-¿Y se supone que te conozco?

-Sí.

-¿Y me podrías decir por qué no sé quién eres,ni quién soy ni dónde estoy?- preguntó con cierta preocupación en el rostro pero sin perder la sonrisa que le caracterizaba.

-Te acabas de caer desde lo alto del árbol. Has estado un rato medio grogui en el suelo y hasta ahora.-contestó Elaia.

-Entonces he olvidado todo por una caída de un árbol…-dijo en voz baja, casi para sí mismo Ander.

-Eso parece…

-Bueno, pues a empezar una nueva vida de cero… ¿me dices dónde vivo?- dijo Ander mientras se levantaba.

-¿Cómo? ¿Cómo qué a empezar una nueva vida de cero?- preguntó Elaia desconcertada.

- Sí… no me queda otra, no puedo fingir que conozco a la gente, que recuerdo los momentos que he pasado con ellos o que sé dónde estoy…

-¿Cómo puedes decir eso? ¿Cómo puedes no pensar en los demás? Que tú no los recuerdes no quiere decir que ellos no te recuerden, que no conserven esos momentos, que no…- Elaia cada vez estaba más nerviosa y ya no sabía ni qué decir-…que no… que no te quieran.

-¿Que no me quieran? ¿Acaso tú me quieres? ¿O querías al Ander que era antes de olvidar? Piensa lo que dices, estoy seguro de que la gente recordará al Ander que era antes, los momentos que pasó con él, los sentimientos que compartieron… pero ese Ander se acaba de ir…-dijo Ander, haciendo bastantes pausas en su discurso, cómo si fuera un guión ensayado de una película.

-¿Cómo…cómo puedes haberme olvidado?- continuó Elaia con su “interrogatorio”.

-Pues con un simple golpe en la cab…- no pudo acabar la frase e inmediatamente empezó a decir otra.- Nunca te he olvidado.- Esta última frase parecía de película a más no poder. De repente Elaia lo entendió todo y, empezó a pegar a Ander.

-¡Idiota! ¿Serás idiota?- Ander empezó a reírse.

-Idiota no sé, pero buen actor sí.- Elaia dejó de pegarle y se giró para dirigirse hacia su bici e irse, con lágrimas en los ojos.

-Per…perdona Elaia…Era una simple broma…siempre había querido hacerla…- chilló Ander mientras corría hacia Elaia para detenerla y asegurarse de que estaba bien.

-¿Cómo? ¿Cómo me has podido hacer pensar que habías muerto?- consiguió preguntar entre sollozos Elaia.

-¿Mu… muerto? Sólo he fingido que olvidaba.

-Olvidar es morir… Somos recuerdos, sensaciones, emociones… somos lo que recordamos, idiota.- sentenció Elaia. Ander se quedó pensativo y se dio cuenta de lo que acababa de hacer. Dejó que Elaia siguiera su camino hacia la bici.

-Por muchos golpes que me diera en la cabeza nunca podría.- se dirigió Ander a Elaia. Ella se frenó en seco esperando que Ander continuara. –Nunca podría olvidarte por muchos golpes que me diera en la cabeza.- Elaia se giró.

-¿Por qué?- preguntó limpiándose las lágrimas de la cara con el antebrazo.

- Lo siento, ¿vale? Lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir. Pero no te voy a decir por qué.- contestó Ander, haciendo ver que no quería o no podía decirle el motivo. El motivo estaba claro, pero sólo conllevaría problemas a la relación tan intensa de amistad que tenían.

-Te tendré que perdonar porque eres idiota, pero te vas a tener que comer unas cuantas hormigas…- era buena señal, Elaia empezaba a bromear.

-Gracias…

-¿Por?

-Por no obligarme a explicar el motivo por el cuál yo no te olvidaría a ti…- Elaia se sonrojó.- Pero te puedo explicar porque una persona que se diera un golpe en la cabeza no olvidaría a otra.-dijo Ander.

-Pues adelante.

-Tengo una teoría. Por mucho que se diga que todo está en la memoria creo que las cosas más importantes están en el corazón, es una especie de caja fuerte donde se guardan las cosas más profundas, la esencia de lo que somos… Y por eso, el otro día, pensando, me di cuenta de que, por ejemplo, una persona que amara, yo que sé, escribir historias con finales felices, si alguna vez muriera y trasplantaran su corazón a otra persona, esa otra persona amaría también escribir historias con finales felices. No sé… creo que con las personas pasaría igual, si alguien guarda una persona en su corazón, por muchos golpes que se diera en la cabeza no pasaría nada porque pasase lo que pasase, no podría olvidarla, porque de algún modo, es parte de la misma persona, es una parte de lo que mueve a esa persona… ¡Buf…! Menuda historieta que me acabo de inventar…-dijo Ander mientras Elaia le miraba sonriendo…

-An… an…- parecía que Elaia iba a decir algo, pero Ander, nervioso por el discurso tan ñoño que acababa de dar, quiso cambiar de tema rápidamente.

-Bueno…¿ cuántas hormigas me tenía que comer?- dijo sonriendo como siempre.

-Idiota…- suspiró Elaia mientras se reía.

sábado, 14 de abril de 2012

En… (¡La 19! Penúltima parte….)

-Bueno, y mañana ¿qué haremos?

-Pues no sé… ¿a quién le tocaba elegir plan?

-¡Puf…! Pues no me acuerdo, la verdad…

-¿Estrellas?

-Ya fuimos…

-¿Cine?

-No sé no me hace mucho…

-¿Teatro?

-¿Teatro?

-Teatro.

-¿Pero sabes qué obras hay…?

-No, pero siempre hay alguna comedia… Y no me puedes decir que no quieres ir a ver una comedia…

-¿Por?

-Por la simple razón de que todo el mundo quiere reírse… Si no te ríes estás enfermo…

-No te voy a decir que no… ¿pero veremos una comedia absurda o con sus reflexiones?

-Lo segundo… Es muy fácil hacer reír pero contar lo que sientes haciendo reír es más complicado… Hay un momento en que choca el chiste con la profundidad de los sentimientos que intentas expresar, pero aún así te puedes reír de todo… Pocas personas lo hacen, y las aprecio de verdad…

-Vale, me has convencido… ¡Mañana al teatrico!

-¡Jaja! ¿Lo ves? Profundidad y risas… es lo más sano…

-El guión…

-¿Qué?

-El guión… Eso de que somos guionistas de nuestra propia vida y demás… Nuestra vida se parece más a una obra de teatro que a una película…¿no?

-Pues sí… Vivimos una obra de teatro y no es hasta el final cuando se convierte en una película…

-Un título…

-¿Un título?

-Sí, toda buena película tiene un buen título. ¿Cómo titularías a la película de tu vida?

-Fácil.

-¿Fácil? ¿Resumir toda una vida en un título?

-Sí. La vida es una cosa… y esa cosa sería el título de cualquier buena película…

-¿Y cuál sería?

-En… en…

-¡Dilo ya!

-Quiero que lo adivines…

-…

-Venga…

-…

-Cierra los ojos.

-¿Qué?

-Sí, cierra los ojos. Antes de decidir algo importante cierra los ojos y mira donde nunca habías mirado…

-Vale…

-En… en…

miércoles, 9 de noviembre de 2011

El de cuando la literatura es ficción

Todos hemos leído alguna vez en nuestra vida un texto, un fragmento, una novela, un frase, una poesía… cualquier cosa que no nos ha dejado para nada indiferentes. Y es que la literatura tiene eso, ese algo que nos hace de algún modo utilizar nuestra mente, nuestra imaginación y sentir cosas, vivir otras “realidades”, transportarnos a otros mundos que no sería posible de otro modo.

Hoy, todavía recuerdo una máxima que me enseñó una gran profesora: “La literatura es ficción”. Tenía toda la razón del mundo y cada vez lo veo más claro, casi transparente. Todo texto que encontramos es producto de la mente humana y, por mucho que hable de una realidad, al plasmarlo en el papel y leerlo otra persona, se convierte, bajo mi punto de vista en una ficción. Intentaré explicarme mejor. Cuando leemos una novela, construimos en nuestra mente todo ese mundo que el escritor o la escritora ha creado. Nos imaginamos los personajes, sus voces, los paisajes… de algún u otro modo, creamos el mundo con unas pequeñas pautas que nos ha dado el escritor pero, le aplicamos nuestra visión más personal, nuestra imaginación. Me comprenderéis mejor si pensáis en un libro que hayáis leído y del cual hayan estrenado posteriormente una película. Como no, la película, por muy buena que sea, siempre decepcionará nuestras expectativas. Esto se debe a que, el director, al realizar la película, ha aplicado su imaginación, su forma de ver la novela y los personajes y todo lo demás que en esta aparecía. Aquí se está restringiendo la capacidad de las personas de crear ese mundo ficticio, imaginario, al leer la obra. Así pues, es extremadamente lógico que una gran novela suela gustar más que la película de la misma y que, la película suela defraudar bastante a la gran mayoría de los lectores de la obra. Ésta es, sin duda, la magia de la literatura, la interacción del lector con la obra, ese esfuerzo imaginativo que debe de hacer, ese esfuerzo mental.

Pero podemos encontrar más magia en la literatura y, es el hecho de que, todo libro se escribe encadenando las palabras de un diccionario, jugando con ellas. Ésta es una de las claves de los escritores y escritoras, poder expresarse con las palabras. Puede parecer una nimiedad sin importancia pero, es más difícil de lo que pensamos expresarse adecuadamente para que todas las personas que leerán nuestro texto lo entiendan en todos sus matices. Este es el motivo por el que aprecio profundamente a esas pocas personas que saben escribir bien que, aunque parezca que son muchos, son más bien pocos. ¡Ojalá algún día pueda yo escribir y expresarme la mitad de bien que lo hacen esos pocos magos, esos pocos profesionales! Conseguir transmitir sensaciones y sentimientos a través de la palabra es muy complicado y sin embargo lo consiguen. Consiguen hacernos estremecernos ante la muerte de un personaje ficticio, consiguen que sintamos pena, alegría, dolor, melancolía a través de un poema… La lista de sentimientos que consiguen despertar en nosotros los escritores y las escritoras es increíble y algo que, cada vez consiguen menos.  Su labor haciéndonos ejercitar la imaginación es indispensable. Y a pesar de su magnífica tarea, la literatura pierde fuerza en nuestra sociedad. Puede que se escriba y se lea más que nunca gracias a las redes sociales e internet y, me parece bien ( de hecho si no fuera por internet esto que escribo ahora quedaría dentro de un cajón, lleno de polvo y, no lo leerían las dos o tres personas que lo harán a través de la red… Guiño ) pero debemos imaginar y vivir esa ficción a la que accedemos a través del papel y de la tinta. Debemos enriquecer la realidad y, esta es una de las labores principales de la imaginación y por lo tanto de la literatura.

Yo, sin pretensión de ser un buen escritor, doy las gracias a todos aquellos y todas aquellas que nos han hecho imaginar y que, al acabar de leer un libro y cerrarlo, nos hacen suspirar y no nos dejan para nada indiferentes ya que, nos han hecho vivir toda una ficción increíble pero que, sin embargo nos ha parecido algo tan sumamente real… Os invito a sentir el placer de imaginar y,recordad: “La literatura es ficción”.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

El de cuando la clave de la felicidad

Como siempre, intentaré no explayarme mucho. Recientemente he descubierto un programa en la televisión. Su nombre es “Pienso luego existo”. Como no, el programa trata sobre la filosofía y por lo tanto abarca un gran contenido de temas. Cada semana, entrevistan a una persona relacionada estrechamente con el mundo de la filosofía. La duración es de unos 30 minutos pero, en ese corto espacio de tiempo, se dicen tantas cosas y tan importantes que, de algún modo te hacen querer más a la filosofía y al mundo en el que vivimos. Con esta explicación pretendo hacer una breve introducción de la gran frase que nos dejó Punset en el programa en el cual el entrevistado era él.

Así, el gran Eduard, habló de la clave de la felicidad, la cual, si mal no recuerdo, intentó explicar en su libro “El viaje a la felicidad”. Pues bien, la cita célebre que, desde que la interioricé será otra de mis bases en esta vida, venía a decir: “La felicidad, está en la antesala de la felicidad”.  Tras soltar tan gran sentencia, daba una explicación bastante sencilla. Imaginemos que estamos jugando con nuestro perro y tenemos para él una galleta. El perro sabe que si lanzamos la pelota y nos la devuelve tendrá su premio. Pues bien, sólo con el hecho de lanzar la pelota con lo cuál él va a buscarla, sólo así, el perro tiene suficiente para ser feliz. Bien es verdad que cuando la traiga y reciba su galleta cogerá la galleta pero, cuando estaba esperando para recibir la galleta el perro era el ser más feliz del mundo. Luego, cuando ya tiene la galleta, a lo mejor ni siquiera se la come, a lo mejor está un rato con ella y ya está, pero durante el viaje que ha emprendido para conseguirla es cuando realmente ha sido feliz y no cuando ya ha obtenido lo que quería. Creo que es un ejemplo claro. Es en el camino hacia nuestro fin, hacia nuestro objetivo (hacia nuestro “telos”), cuando somos realmente felices y no cuando ya hemos conseguido nuestro objetivo que, sin dudas estamos satisfechos por haber conseguido ese algo pero, la felicidad, realmente estaba en la sala de espera de la felicidad. Cuanto más y más releo esta gran cita, más de verdad encuentro en ella. Por este motivo pienso que, para ser felices, puesto que la verdadera felicidad está en el viaje que damos para conseguir nuestros sueños, tenemos que tener sueños y metas que seguir. Si tenemos sueños, metas fines que seguir, tendremos todo lo necesario para emprender el viaje, para ser felices.

Bueno y hasta aquí el post de hoy que, se tendría que haber llamado “El de cuando una de las claves de la felicidad” pero me parecía demasiado largo y además pienso que esta clave es la base de todas así que… Por cierto, decir que el programa se emite en la 2 (sí donde los animales y el tour de Francia) los domingos a las 23.00 (una hora menos en el paraíso). Y que si no os gusta el horario siempre tendréis el recurso de ver el programa en la web: http://www.rtve.es/alacarta/videos/pienso-luego-existo Os dejo emprender vuestro viaje.