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domingo, 25 de octubre de 2015

¿Flores para tu tumba?

Cada día, durante años, llevaba flores para tu tumba,

semana tras semana, día tras día,

cada domingo, cada festivo.

Los ramos marchitos por el viento,

los pétalos, esparcidos por el tiempo.

Lágrimas camino al cementerio,

el atasco, las farolas, los paraguas fantasma.

Intermitente limpiaparabrisas, luna empañada,

sol tapado, nubes espesas, gatos no pardos.

Lloré.

Bañé.

Perdí.

Barrí.

Caminé.

Creí.

Cada día, durante años, amanecías feliz con tu sonrisa,

semana tras semana, día tras día,

cada domingo, cada festivo.

Los labios carnosos por el silencio,

las palabras malditas por tus besos.

Risas camino al cementerio,

un paseo, unas pipas, un juego.

Constante viento en tu cabello, luna malvada,

sol eterno, nubes claras, perros callejeros.

Reíste.

Besaste.

Mordiste.

Quisiste.

Engañaste.

Te creí.

miércoles, 14 de octubre de 2015

¿Tú me pides que te escriba poesía?

Tú me pides, blanca, que escriba

los versos en prosa que harán que olvides tu día.

Los mismos versos, la misma prosa,

que arderán durante toda la vida.

Tú me extiendes, temblorosa, valerosa,

tu mano que quiere saltar la verja.

Yo te acerco, noches de desenfreno,

la pala con la que taparemos la fosa.

Te quiero y te quiero llevar al sueño.

Y mi tinta, mi cuento,

lo que llamas mi talento,

te han convertido en musa,

a ti, que nunca creíste ser poesía.

Y yo sé,

desde la primera rima,

a quién se refería Bécquer con poesía.

Me invadiste con tu risa.

Eres suave, eres brisa.

Rozar tu pelo mi mejilla era todo lo que quería.

Y dejé, dejé de escribir poesía,

y empecé, empecé a escribir poesía.

En el cuarto, con los pies dolidos

y cada centímetro de mi espalda molido,

no paraba, aún seguía,

aun viviendo en habitaciones separadas,

yo quería estar contigo,

que me susurraras al oído

que odias la música de Sabina.

Es tarde, por favor,

solo te pido,

que nunca más me pidas que escriba poesía.

Nunca más hagas eso,

no antes sin mirar al espejo

y preguntar al reflejo

dónde está la poesía

pura esencia de mi vida.

viernes, 3 de julio de 2015

Un texto diferente como siempre

Paseaba el bolígrafo entre sus dedos con una delicadeza bastante tosca. Estaba hecho de contradicciones. Amaba y odiaba, reía y lloraba, chillaba y susurraba, pero todo a la vez. Era una contradicción andante. Seguía con sus torpes expertos malabarismos con el boli a la vez que escribía en el teclado. Y el teclado donde escribía solo tenía cinco octavas y acababa escribiendo a la novena pasada de bolígrafo entre el pulgar y el meñique de diferente mano, de diferente pie, de diferente extremidad. Y se sentó en un banco, sobre la vieja griega que intentaba sacar dinero, dinero de una pensión casi inexistente para comprar sus pastillas, pastillas de alegría que le pasaría su camello en el que venían montados los reyes magos. Uno robaba oro, otro incienso y el otro birra. Conocidos alcohólicos anónimos, entraban al grito de policía no tan secreta. Mientras la discreta luz de los neones de aquella tienda de ropa de bebé iluminaba los probadores llenos de octagenarios que apenas tenían diez meses. E intentaba causar la risa, pero gritaba sufriendo del divertido dolor que suponía imaginar el fino y grueso borde de un folio cortando la córnea del ojo, del ojo de la cara, que el del culo es ojete, por grande que sea y ojazos son los suyos, por cerrados que los tenga. ¿Y si bajo en el ascensor? ¿Y si subo en el descensor? ¿Y si tiro de la cadena y aparece el perro? ¿Y si dice cuidado con el gato? ¿Y si me río de la obsesión? ¿Me puedo contestar una pregunta retórica? No. La gracia… ¿cuánto más para encontrar la desgracia? ¿Cuánto menos? ¿Y el sentido? ¿No es fingido? ¿Y lo morido? ¿Y lo vivido? En un momento dejó la tercera persona o la cuarta o la quinta, se pasó a la primera y desveló que escondía en secreto a voces el callar que hablaba de él… ¿Y la basura que se encuentra escrita? Y darse cuenta de que la gente escribe por obsesión… que cuando no sabe qué hacer y no puede no hacer nada coge algo, se vuelca en ello, se aprende el día en el que se cortan las uñas de los pies, se vuelcan y se dedican a ello… ¿Fanatismo? Puta locura cuerda para evitar caer en el éxito de la miseria. Enfermos curados, como un queso, como un jamón de cinco jotas aragonesas, si os quedáis demasiado, en el futuro estaréis pasados. Abrid la puerta, dejad encendido el ordenador, apagad la ventana. Se le cae, se le cae el bolígrafo verde de las manos… ¿No era verde? ¿Habéis leído bien? Vale ya, vivid, morid ahora, ya podéis, sí, sois locos cuerdos, dejaos de bellas mierdas. Morid. Ya. Ahora. Dejad de ser como sois, nunca cambiéis. Os lo pido, sed alguien, pero no seáis vosotros. De momento, ahora ya no, el bolígrafo rojo sigue paseando entre sus dedos, de una forma toscamente delicada.

sábado, 23 de mayo de 2015

La libretita de cuero con goma elástica

Recuerdo aquel día perfectamente porque  fue el día en el que empecé aquella libreta que guardaba mis poemas más nuevos. Me gustan las libretitas, sobre todo esas pequeñas, de tapas de cuero negras y una goma elástica para que queden bien cerradas y no se les escape ni una sola palabra. Siempre me gustaba poner la fecha en que las compraba en la tapa delantera, por la parte interior, claro. Luego a lo mejor se pasaba días, semanas o incluso meses en el cajón o encima del escritorio, hasta que un día, después de cogerla, mirarla, tocarla por cada rincón, olerla y acariciarla, se me ocurría una frase que pondría justo encima de esa fecha que puse al principio. Casi siempre ponía frases que perfectamente podrían ser uno de mis muchos mandamientos, o, si preferís idos por el lado más trágico, uno de mis epitafios (porque tengo pensado morirme muchas veces, pero eso es otro tema que aún no os puedo contar, dejadme acabar con lo de la libretita y lo de aquel día). Muchas veces eran frases célebres de algunos escritores famosos,pero otras, la mayoría, eran mías, que si bien hace un par de semanas que escribí el primer párrafo del primer éxito de ventas que escribiré, aún no me puedo considerar un escritor famoso. Mi producción literaria deja mucho que desear… muchas historias comenzadas, una breve, que acabé pero decidí hacer una segunda parte, muchísimos poemas, y algún que otro artículo de ensayo que quedará en el olvido o tal vez saquen a la luz algún día los enemigos que consiga con esto de escribir y mi futura fama. Sé que me llamarán contradictorio, sé que no sabré explicarme cuando hagan referencia a alguno de mis textos, así como encontrarán sentidos que jamás en la vida imaginaría haber podido escribir. Pero sinceramente, me da un poco igual… Y claro, me acabo de dar cuenta de que estaría mal si yo, en lugar de haber dicho “me da un poco igual”, hubiera dicho que me importa una mierda. Pero el caso es que quiero que me puedan leer sin escandalizarse y si para eso necesito meterme en un registro más neutro y formalito… pues me importa una mierda, porque voy a contar mi día y os lo cuento con mis palabras. Si os parece bien, seguid leyendo (por cierto, espero que sepáis que no estoy haciendo nada raro, todos los escritores hacen pactos con los lectores, lo que pasa que a veces saben engañarnos, lo esconden más porque son muy inteligentes y así tienen a sus lectores… yo no, yo me considero profundamente idiota, no solo como lector, como escritor novato o como lo que sea, me considero idiota en todos los sentidos de mi existencia, pero ese vuelve a ser otro tema), si no os parece bien, aún no sé si ha salido o no mi best seller, pero si no lo hubiera publicado aún, leeros algún clásico, si puede ser de Cervantes o Paul Auster (casi que prefiero este último, porque siempre me pregunto cuánto se lleva Cervantes cuando alguna editorial vende su obra… ). Que quede claro desde el primer momento que yo os vendo mi historia para ganar dinero, así que ahora mismo estoy maldiciendo a todos aquellos que me leen en algún formato electrónico y me han conseguido por torrent o algún servidor de descarga directa. Así que si voy en el metro y os veo leyendo mi libro en un ebook y os pregunto y me decís que lo habéis conseguido gratis, probablemente os robe la cartera.Pero no me culpéis a mí, simplemente es que me da mucha rabia el metro, ¿cómo podéis hacer algo tan orgásmico como leer en un lugar tan irritante? Bueno, a lo que iba… ¿que cómo empezaba esta libreta? “Nunca nadie escribió estos versos”.

domingo, 3 de mayo de 2015

Cuánto…

¿Cuánto ha que te fuiste?

¿Cuánto ha que dejamos de decir ha?

¿Cuánto que dejamos de escribir poesía?

¿Cuánto que dejamos de mirarnos?

¿Cuánto hace que no ves una estrella fugaz?

¿Cuánto que no te abanicas con el aleteo de las mariposas?

¿Es cuánto hace de algo la actual pregunta completa?

¿Cuánto tiempo hace desde que…?

¿Desde hace cuánto tiempo que no…?

¿Cuánto ha que no se llena la luna?

¿Cuánto de que tu boca no besa a la mía?

¿Cuánto ha que no eructas?

¿Cuánto que hablas de eructos por no haber pedos en poesía?

¿Cuánto hace desde la última vez que te comiste la punta de la barra de pan antes de llegar a casa?

¿Cuánto de que la abrazaste desnuda?

¿Cuánto ha desde que cambiaste el geranio de tiesto?

¿Cuánto tiempo de la última vez que rascaste una tostada quemada?

¿Cuánto de que te preguntaste por qué escribías?

¿Cuánto desde la última vez que chupaste la patilla de las gafas?

¿Cuánto hace desde que te sacaste el pantalón de entre las nalgas?

¿Cuánto tiempo hace desde la última vez que pronunciaste mal una palabra?

¿Cuánto de la nostalgia de cerrar el libro tras la última página?

¿Cuánto de que te daban la merienda mientras jugabas?

¿Cuánto ha desde que volviste empapado de lluvia buscando toalla?

¿Cuánto desde que te diste cuenta de que la querías?

¿Cuánto seguiremos contestando con más preguntas?

¿Cuánto más apariencia de un lleno vacío?

¿Cuánto ha que respiramos el mismo aliento?

¿Cuánto que nuestro sudor fue uno?

¿Cuándo escribiré mi última poesía?

¿Cuánto ha?

¿Cuánto hace?

¿Cuánto tiempo?

¿Cuándo?

sábado, 18 de abril de 2015

Gracias.

Y nos quitan la capa

en pleno vuelo:

nos metemos en la tormenta.

Nos arrojan, nos empujan,

no sabemos reaccionar.

Las nubes y las estrellas

ahora son truenos, centellas,

rayos y centellas.

Nuestra fuerza de repente,

siete veces menor a la de un gnomo

y un llanto seco

nos estrella.

Y siento la impotencia

y miento para que no me crean

y solo es cierto que no hay certeza,

no hay cielo claro,

solo una dura,

angustiosa,

angustiosa dura corteza

que nos revuelve el estómago

y lo más que podemos hacer

es aguantar,

aguantar esas ganas de vomitar

a la realidad,

a una realidad imperfecta,

de golpes, de zarzas,

de espinas,

sin rosas.

Ya murió la mariposa,

ya llora, desconsolada,

la princesa.

Ya susurra aquella sombra,

rastrojo que arrastra tristeza.

Y mi medicina es la ponzoña

que me mata y me envenena.

Y mis lágrimas son sucias,

ya no filtran,

no confían.

Intranquilas se desprenden,

saltan al vacío

desde mi ciega retina,

rutina diaria, rutinaria,

nos sentimos ángeles

con las alas cortadas.

Y sabemos que pudimos volar,

añoramos el cielo que contamina la realidad.

Caídos, perdidos,

bebidos, vividos, vívidos,

enjaulados, atados,

nos gastaron los suspiros…

Y se nos vuelve olvidar,

el arco friega la cuerda,

da una nota de esperanza,

de brío, de valor y brillo.

Nos tiramos de cabeza al sueño,

nuestras alas rotas pueden volar.

Y en el paredón del cielo,

nos dan, esquivamos las balas,

bailamos en la tormenta,

atormentamos la realidad,

le damos dosis de la nuestra.

Y nuestra sangre riega los campos

y nuestro vómito

es el sustrato donde crece la rosa,

nuestro aire,

el mismo donde crecen las mariposas.

La princesa ríe, alegre,

en nuestra cama.

Y me devuelve la capa,

me da las alas.

Gracias.

miércoles, 25 de febrero de 2015

El sábado te veo

La radio encendida. Se había dejado la radio encendida. Esa fue una de las claves, una de las cosas que desencadenó todo.
Acababa de hablar con ella y me preparaba algo caliente en la cocina, pero en mi cabeza resonaba ese “se ha dejado la radio encendida”. Yo le contesté que la bajara y no le di más importancia. Pero ahora no paraba de aparecer en mi cabeza una y otra vez. Entonces todo encajó. La radio encendida, claro. ¿Quién deja la radio encendida y se va? Lo hacen muchas personas, más de las que imaginamos. Y poco a poco fue surgiendo el resto de la historia. Además, tenía ya treinta y tres años. Trabajaba en una agencia inmobiliaria y acogía a jóvenes que visitaran la ciudad. Estaba todo tan claro. Se sentía solo de algún modo, era alguien que seguramente requiriera siempre de alguien cerca. ¿Trauma de la infancia? ¿Alguna pérdida? No, habría sido lógico pensar eso, pero no, no pensé eso. Me fui más al trabajo. Enseñar casas. Acompañar cada día a las distintas personas en busca de una casa, no, mejor, un hogar. Ver como toda esa gente conseguía vivir junta, un proyecto de vida, uno detrás de otro, esas parejas que formarían familias, verlo cada día para acabar volviendo solo a casa. Estaba muy claro. Sentí algo de compasión, ganas de darle una palmadita en la espalda.Pero la historia seguía.
Acabé mi té echando un buen chorreón de miel. Pero quemaba demasiado, así que, como cada noche, bajé a pasear mientras se enfriaba mi taza de té con miel. Mientras bajaba las escaleras todo tenía más sentido. Sentía un vacío, pero no era triste al revés, había encontrado la manera de llenarlo y seguir sonriendo cada día. La radio encendida… pensé que seguramente dormía con la radio encendida o escuchando música o algo por el estilo. Yo mismo he sido testigo de esas noches en las que la gente, gente que está sola, o simplemente se siente, llama a la radio para contar algo o únicamente para oír a alguien. Una simple voz, aunque lejana, es mucho mejor que el silencio del insomnio noche tras noche. Pero yo, yo estaba alegre. Él había sabido remediarlo, aunque yo había descubierto todo, estaba muy claro como para no ser verdad. Entonces pensé por qué estaría solo. No era su culpa, bueno sí. No siempre había estado solo, pero simplemente no funcionó. Unas veces la culpa fue de ella, otras, de él, unas cuantas la culpa no la tuvo nadie y otras tantas la tuvieron los dos. El caso es que él no estaba mal, era feliz así.
De repente me di cuenta, él no sabía nada, él no sabía que yo sabía, ni siquiera sabía que existía. Ahí estaba yo, sabiendo todo, recomponiendo y componiendo su historia, haciendo de aquella persona un personaje. Seguía paseando, el cielo estaba clarísimo, se veía cada estrella y esa media luna en la que no paraba de verla a ella… La echo tanto de menos… pero una vida, la vida, la voy a pasar junto a ella y soy feliz. Me acerqué al final de aquel descampado, junto a una pared con grafitis, de espaldas a un campo y sobre una acequia, miré a los lados y empecé a mear. Tenía muchas ganas, mientras seguía mirando a las estrellas. Acabé, tres sacudidas y seguí, mi té me esperaba. Había desmontado y montado toda su vida, lo sabía todo y la radio seguía resonando en mi cabeza y lo pensé cada vez con más ganas. Él no sabía nada y yo, yo había convertido a la persona en personaje, sería un personaje de una de mis historias, le pasarían cosas, no sé cuales, y seguramente, tras superar cualquier problemilla, acabaría siendo feliz, porque habría hecho algo para merecérselo. Me reía, caminaba por la calle y me reía, lo había convertido en un personaje y él no tenía la más mínima idea. Y un rayo relampagueó en mi cabeza. Espera… y si todos los personajes… ¿y si todos los personajes son personas que no saben que alguien en algún lugar está contando su historia? Había descubierto algo, tenía una frase, algo que escribir, estaba deseando llegar a casa para contárselo a ella. Subí, me quité la chaqueta y, mientras, seguía pensando. Vale, es muy bonita esa frase que se me ha aparecido y dice que todos los personajes son personas, pero… mi cabeza le dio la vuelta… ¿y si todas las personas somos personajes? ¡¡¡Boom!!! ¿Había descubierto algo? Ni idea, no lo sabía, pero me sentí, os lo puedo asegurar, por un momento me sentí un personaje y era todo tan…
Y llegué, y el té estaba casi frío, pero yo tenía que hablar con ella, decirle que una vez más me había inspirado para escribir, o simplemente decirle que escribiría y me sentí escritor por primera vez. La sensación de llegar a casa y decirle: tengo algo, voy corriendo a escribirlo, esa sensación despertó en mí una posibilidad de futuro, algo más que veía claro, algo que ocurriría junto a ella y que sería una entre todas esas millones de sensaciones buenas que me hacía sentir ella. Y con el último sorbo de té frío dejé la taza, mientras ella se me acercaba por la espalda, me daba un beso y yo la miraba mientras me decía que nos íbamos a dormir. La besé, me levanté y me fui con ella a la cama.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Vein-ti-dós

Veintidós, vein-ti-dós. Menuda mierda más grande. Creí que no llegaría. No me gusta, no me gusta cumplir veintidós años. Y no puedo hacer nada. Hoy veintiuno y mañana el golpe. Me suena tan tremendamente mal. Solo quiero que pase, que pase… ¿Qué he hecho en estos veintidós años? Poco, poco o nada, y sin embargo demasiado. Todos lo sabemos, a veces estamos años y años, pasan cosas y más cosas, y te das cuenta, o no, simplemente pasan y ahí estás, viviendo al día, al ritmo del paso del tiempo, como toca, como tiene que ser y como es para todos. Pero otras veces… otras veces llega un segundo, o un minuto, por si me leen algunos escépticos o que me acusen de exagerado… Pero a veces, en esa milésima (que se fastidien los que piensen que soy un exagerado, sin ánimo de ofender, bueno, o con él, lo que veáis…), en esa milésima, por fin todo es diferente, por fin pasan cosas, por fin hay sentido, por fin te sientes vivo de verdad. Ya no es el que pasen más o menos cosas, es que pasa algo que de repente te hace estar vivo en un mundo… (¿mundo? No sé por qué lo he escrito, quería escribir “modo”, tampoco sé por qué lo dejo y me obligo a explicar mi fallo ante vuestros ojos)… Y aquí estáis, y aquí estoy, escribiendo como un loco, pero peor es lo vuestro, que leéis a aquel que nunca estuvo cuerdo, que pensáis que podéis encontrar algo, alguna clase de… no sé, no sé explicarlo. Empezaba a escribir porque me apetecía, pero como veis, no sabía qué ni cómo y todavía no lo sé. Llevo tiempo pensando en escribir una nota de suicidio. A ver, a lo mejor me he explicado mal… o simplemente no lo he hecho. No es que me vaya a… ni siquiera puedo decirlo. No. Escribirla, pero fingida. A ver, fingida no para fingir lo que viene siendo mi… que NO. Bueno que me imaginaba un texto que simulara una nota de suicidio pero el suicida fuera tan tonto que acabara realizando un canto a la vida. Y ahora miradme, no sabía qué escribir, pero sabía que cuando pasa alguna cosa mínimamente importante o que así la veo, pues me da por escribir algún post… no sé, algún año nuevo, algún sentimiento que no puedo aguantar ni retener dentro de mí… no sé, cualquier cosilla… Y el año pasado, si no recuerdo mal, por estas fechas también escribí un post… Se ve que veo el tener más y más años como algo lo suficientemente importante como para escribir… No tiene sentido, aunque pocas cosas lo tienen… ¿Algo lo tiene? No lo sé… Muchas veces, demasiadas… De eso os daréis cuenta con los años, tiene gracia que lo diga yo, que aún con veintiuno no puedo haber sido capaz de no sé… ver ese sentido que todo el mundo parece encontrar a todo. Y no paro de ver ahora en mi discurso algo que tiene tanto de diario… Pero yo no escribo diarios, al menos no los leeréis, mis diarios están escritos a manos. Pero espera, ¿nos está diciendo que esto verdad? Si nos cuenta algo de él que es verdad… todo lo que escribe es cierto… oh, Dios, nos está contando lo que le pasa… Cumple veintidós años y además está perdido o algo, quería escribir nosequé y… Y se acaba de dar cuenta de que él lematiza “no sé qué” aunque no es correcto… Pero… Y ahora nos quita la voz y vuelve a ser él, y nos vuelve a poner en la duda de lo que es ficción y de lo que se está inventando y ahora mismo pensaba que acabaría todo esto con un “mañana cumplo veintidós años”.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Un día de una vida (I partede “Un… un…”)

—¿Te acuerdas?

—Claro que me acuerdo, cada día.

—Pero, ¿sabes de lo que digo?

—Estoy pensando lo mismo que tú. Otra vez llegamos tarde.

—Es tu culpa. Siempre tardamos en salir de la cama por tu culpa.

—¿Mi culpa? Bueno… yo… es que me despierto y estás ahí… y…

—Y llegamos tarde…

—Pues sí.

—Pero entonces, ¿sabes de lo que hablaba?

—Hace un año, claro que lo sé.

—¿Un año?

—¡Exacto! Un año desde ese ascensor.

—Un año…

—¿Cómo te sientes?

—Un año…

—Y si lo dices otra vez más ya serán tres.

—¡Jajaja! Perdona, no me había dado cuenta. Sí, me refería a eso. Ya no cogemos el ascensor.

—Lo sé. ¿Para qué?

—No sé, para hablar del tiempo, para conocernos mejor, o incluso si un día se queda parado y estamos solos…

—¡Jajajajaj! Para o tendremos que volver a casa y llegaremos más tarde aún.

—Sí, mejor paro.

—¿Has dejado tú el periódico ese en la mesilla?

—¿Yo? ¿Cuál?

—Uno, abierto por una página en la que ponía algo sobre cuántas veces se hace el amor a la semana y lo que conlleva.

—No sé, ¿qué decía?

—Pues en resumen: cuanto más veces menos estrés, más inteligencia, salud y felicidad.

—Pues no lo he dejado yo, pero…

—¿Pero…?

—No sé, algo tendremos que hacer entonces.

—¡Jajajaja! Y luego dice que llegamos tarde por mi culpa.

—¡Jajajaja!

—Un año del ascensor, de ir al zoo, de tumbarse a mirar estrellas, de sorprendernos cada día, de conversaciones de locos… y de amor, mucho amor.

—Sobre todo mañanas como las de hoy.

—Y dos veces, ¡choca!

—¡Jajajajaja! ¡Idiota!

—Ya sabes que siempre lo fui, te lo advertí. Qué risa, ¿te acuerdas que me hablabas de usted?

-Vaya tela, es verdad… aunque me lo estoy replanteando…

—¿Y eso?

—¡El otro día te vi una cana!

—¡Eh! ¡Jajajajaja! Que tampoco nos llevamos tanto…

—Ni tan poco…

—…

—Te quiero.

—Y yo a ti.

—Me encanta lo bien que lo pasamos, desde el primer momento hasta hoy.

—Bueno, siempre bien…

—¿No?

—A ver…

—¿Alguna vez lo pasamos mal?

—Mal tampoco, pero…

—Madre mía, noticias frescas, a ver, ¿qué me he perdido de esta historia de peli que escribimos cada día con final feliz?

—Lo del final feliz, ya tuvimos que hablar de eso, ¿te acuerdas?

-¡Eh! No vale, esa pregunta era mía.

—Pues ahora te toca.

—Mmmmmm… no sé, ¿cuándo no lo pasamos del todo bien?

—Acuérdate, cuando…

—¿Cuando?

—…

lunes, 4 de noviembre de 2013

¿Se ha escrito un crimen? II

Es un día como cualquier otro, esperas en la estación a que llegue el puntual tren. Es el medio de transporte más puntual jamás visto, al menos en Valencia, ya que en las pantallas luminosas que anuncian la dirección y hora de llegada, constantemente cambian esta última, con lo cual, es imposible que llegue tarde. Qué bonito sería que todos tuviésemos el poder de Metrovalencia para jugar a nuestras anchas con el tiempo. El caso es que esperas, sacas el móvil y miras los últimos tuits de aquellas personas que sigues. El metro llega, mientras pasa por delante tú miras tu reflejo en su acristalado costado. Estás bien peinado, esto es, despeinado. Se para y deslizas hacia abajo la palanca que abre la puerta. Había apoyada una chica escuchando música que da un pequeño saltito por el susto que supone que su punto de apoyo desaparezca. Te aguantas una leve sonrisa, disimulas y te apoyas en una de las paredes.

A cada parada se repite mecánicamente en tu cabeza la voz de esa mujer que en todo momento procura que sepas dónde estás. De fondo, el aire acondicionado puesto en modo esquimal y música clásica, no sabes quien es el autor, pero lo apropiado para el metro es que suene “Las cuatro estaciones”. Piensas esa gracia para ti mismo, tambaleas la cabeza por lo idiota que puedes llegar a ser y piensas en lo que harás esa mañana. Como cada día, no habrá ningún progreso en tu trabajo. Estás haciendo un trabajo de investigación, relacionado con las historias y los cuentos, como tantos otros sigues buscando estructuras universales que sean los pilares de todos los cuentos y, además, pretendes saber cómo afectan las historias al cerebro humano, cómo afectan en la formación del sujeto: una locura. Es tu segundo año de investigación y parece que no acabará nunca. Te reconforta saber que en un par de días empezarás a estudiar los cambios cerebrales en el individuo al contarle un cuento. Básicamente, unos cuantos voluntarios llenarán sus cabezas de cables, serán monitorizados y tú te dedicarás a contarles historias. Ni siquiera tendrás un bolígrafo en la mano con el que apuntar los resultados, las sesiones se grabarán y parte del trabajo que anteriormente hacían varias personas, lo podrás hacer tú con un clic en el ratón del ordenador.

La mecánica voz dice el nombre de tu parada. Bajas. Te diriges a las escaleras mecánicas, eres el primero y no funcionan. Pasas por delante del sensor que las activa, siguen sin dar señales de guardar energía en su interior. Das media vuelta y decides subir por las escaleras normales, pues utilizar las escaleras mecánicas cuando no funcionan produce una sensación de fatiga que no te proporcionará la fuerza y vitalidad necesarias con las que afrontar el día. Andas un par de kilómetros por una arboleda y llegas al centro donde estás realizando la investigación. Tienes un despacho que compartes con otros dos compañeros, una chica que acaba de empezar su tesis y un chico mayor que tú que lleva dos años sin progresos en su investigación, pero sus padres pueden permitirse el lujo de que el niño no avance. Sacas tu ordenador y miras una página de noticias. Nada nuevo. Parece un día normal, pero preguntas por el coordinador de proyectos, tu mentor, y todavía no ha llegado. Es raro, su puntualidad es incluso superior a la de Metrovalencia. De pronto se abre la puerta y aparece, sudoroso, con la respiración entrecortada y la camisa llena de grasa de motor.

viernes, 13 de julio de 2012

El último baile (I)

Se despertó, una vez más, apesadumbrado, consternado, cansado y con una lágrima dejándose por su mejilla izquierda. La cabeza le dolía de no haber podido dejar de pensar en toda la noche, de contar el tic-tac de las agujas del reloj, de buscar una respuesta en la oscuridad del techo de su apartamento. Era cierto que los motivos de aquella situación eran muy diferentes a los que los causaron hace tiempo pero, el resultado era el mismo, una persona abatida, derrotada, que apenas podía levantarse de la cama, ni siquiera para ir al baño. Siempre había sido un tipo alegre, que tras acabar la carrera de periodismo se quería comer el mundo, decidió que conseguiría el trabajo que siempre había soñado en el diario más importante de su país y, así lo hizo. Empezó trabajando como becario, llevando cafés a los más veteranos pero poco a poco, dejó entrever su buen hacer como periodista de homicidios. Su estilo directo, sus adjetivos que llegaban al alma, los testimonios de las personas más cercanas a la víctima que incluía en medio de la redacción del artículo para darle un toque más de verdad…todo, todo estuvo a sus favor y lo elevó a la posición más alta que podía conseguir alguien en un periódico sin ser el jefe de éste. Pero no solo triunfó en el mundo laboral, no. Encontró, mientras trabajaba en un artículo, al amor de su vida. Ella… Era dulce, sensible, guapa, con un gran sentido del humor… cualquier cosa que se pudiera decir se quedaría corta y, lo más importante, le quería.

Nunca habría imaginado que un caso de homicidio acabaría juntándole con su media naranja, con el amor de su vida. Si alguien le hubiera preguntado, seguramente habría dicho que sí, que sabía que algún día la encontraría pero que era algo muy complicado. Sus amigos y familiares más cercanos no dejaban de decirle que fuera en busca de alguien que le quisiera, con quien se casara y tuviera hijos, o alguna chica con la que simplemente tener una efímera aventura, únicamente querían que no estuviera solo. Él detestaba esto. En cierto modo, se podría decir que estaba muy bien solo, conocía a mucha gente, tenía grandes relaciones de amistad y disfrutaba de ellas, no entendía por qué podría necesitar algo más. Aún así, muchas veces tenía el deseo, las ganas, de encontrar a la mujer de sus sueños. Quería sentir lo que era querer y ser querido más allá del nivel de amistad o familiar. Quería tener a alguien con quién contar siempre. ¿El problema? No le gustaba “buscar”. Odiaba las formas más habituales de encontrar pareja que tenía la sociedad. Ir a una discoteca, bailar con alguien que te atrae físicamente (o no, depende del alcohol que hubiera ingerido), acabar en el coche, la cama o un descampado y, más tarde, quizás, si se daban los números y se llamaban, empezar a conocerse. No le veía nada de sentido. Para él una relación tenía que ser algo con una dinámica totalmente al revés. Primero, conocer a la chica, sus gustos, saber si les gustaban las mismas cosas, saber si disfrutaban hablando o sencillamente de una sonrisa, de la compañía… eso debía ser lo primero para él, tener una amistad, una profunda amistad y, más tarde, evolucionaría, crecería en intensidad y se convertiría en algo más. Esa era la idea que tenía él en cuanto a las relaciones. Era quizás una idea de película “Disney” o cuento de hadas pero no le importaba, era su idea. Hacía ya tiempo que había empezado a vivir la vida del modo en que quería y no del modo que podía gustar más a los demás y, la verdad, eso le hacía feliz y se notaba incluso en su aspecto.

La investigación en la que la conoció fue la cuarta que seguía y con la que escribiría un artículo por el que ese mismo año le otorgarían un premio debido a una redacción narrativa impecable y al haber conseguido ayudar a la policía en la ardua labor de atrapar al culpable de aquel cruento homicidio.Cuando la conoció estaba horrorizada, los ojos le lloraban, su respiración la más profunda y nerviosa que había oído nunca y sus labios… sus labios mantenían el vivo color rosáceo de siempre. Su boca era un caramelo y él, un niño desesperado. A pesar del estado en el que se encontraba, ella mantuvo la dolorosa entrevista con cierto sentido del humor, incluyendo ironías y sarcasmos que contrastaban fuertemente con la gravedad del asunto pero, lejos de hacer incómoda la conversación la hacía más llevadera. Él pronto se adaptó a su estilo y consiguió conectar con ella rápidamente. Cuando llevaban diez minutos de preguntas, incluso consiguió sacarle una sonrisa. Su primera sonrisa, nunca podría olvidarla. Había soñado tantas noches con ella, le había hecho reír y llorar tanto, primero en vida y después mediante el recuerdo… El recuerdo, era lo poco que le quedó tras aquel accidente que acabó con una relación de cuatro años y del que ahora hacía otros tantos que había ocurrido…

El accidente marcó su vida. Desde entonces nunca volvió a ser el mismo. Perdió el puesto en su trabajo y entró en un profundo estado de depresión que decidió afrontar él solo y que tardó en superar seis meses. Se fue durante seis meses a un pequeño poblado del sur de Sudamérica, donde alquiló una casa y vivió como un habitante más del lugar. Dejó de importarle su aspecto físico y se dedicó a pensar. A lo largo de cada día de aquellos seis meses únicamente pensó, le dio vueltas y más vueltas a todo el asunto. A veces lloraba, otras veces se despertaba en medio de la noche, gritando su nombre mientras visualizaba la imagen de su sonrisa en su cabeza… Hasta que finalmente, en el decimotercer día del sexto mes que llevaba fuera de su hogar y lejos de todos y todo cuanto había conocido, sonrió. Había dado con la solución para evitar tal sufrimiento. Sabía que nunca la recuperaría a ella y que no podía hacer nada. El accidente no había sido culpa suya ni de nadie. Sólo un infortunio, cosas que pasan… Pero sabía que podría deshacerse de todo aquel dolor de algún modo o al menos intentarlo. Entonces lo decidió, no volvería a enamorarse. Seguiría sufriendo por haber perdido a su princesa, a aquella persona con la que vivió feliz y comió perdices pero, sabiendo que al volver todos sus seres queridos insistirían en que rehiciera su vida, eligió la opción de vivir solo el resto de su vida, renunció a un posible futuro amor ya que suponía la posibilidad de una futura pérdida que, seguramente, no podría digerir.  Además, había de hacerlo porque en su boda, cuando estaba en el altar y le preguntaron que si quería casarse con ella y prometer estar unidos hasta que la muerte los separase, el dijo que no. Todo el mundo se sorprendió, incluso ella que puso cara de preocupación. Pero él, sonriendo, rápidamente dijo que la muerte nunca podría separarlos. Ella le regaló una sonrisa junto con un beso de sus rosados labios y la boda prosiguió, con una risa en las caras de todos los invitados y lágrimas en la de sus madres.

No volvería a enamorarse…  por eso se despertó con una lágrima en su mejilla aquél día, se había enamorado.

martes, 20 de marzo de 2012

En la cafetería de la oficina (La 14 ya… ¿cuántas partes habrá?)

-¿Y ahora qué?

-No sé…

-No hay “holas” ni “hasta luegos” pero… ¿cómo seguimos esta conversación que empezamos y acordamos no acabar?

-No lo sé…

-Yo tampoco.

-¿Me vas a pedir que me quede?

-¿Serviría de algo?

-Sí, me harías sentir bastante mal.

-Entonces… sí.

-¿Qué?

-Era broma…

-¡Idiota!

-¡Jaja! ¿Ahora me insultas?

-¡Jaja! Perdón…

-Nunca pidas perdón, es una muestra de debilidad.

-¿De verdad piensas eso?

-Más o menos… ¿por?

-Requiere un gran esfuerzo y valentía pedir perdón a alguien.

-Pero es reconocer que te arrepientes de lo que has hecho…

-¿Y tú no te arrepientes de nada de lo que has hecho?

-Creo que no. Lo he estado pensando y me arrepiento de lo que no he hecho, de lo que no he dicho, de lo que no…

-Pero las personas nos equivocamos, ¿por qué no admitir los errores?

-Por eso mismo. Sé que me he equivocado, que me equivocaré y que es inevitable… ¿tiene sentido que me preocupe por eso? Simplemente pienso que debería haber hecho otra cosa pero no por ello siento o lamento lo que hice en su momento.

-Te arrepientes de lo que no has hecho…

-Sí, ya te lo he dicho y seguramente seguirá siendo así…

-…

-Nos hemos desviado un poco del asunto de que te vas.

-Ya…

-¿Y bien?

-Solo dame un abrazo, y deséame lo mejor.

-Coincido… pero que sepas que la conversación se quedará en “pausa”.

-Lo sé.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

El de cuando el 2.0

Pues bien, hoy he estado releyendo las entradas de este mi blog y la verdad hay cosas que sigo pensando y hay otras en las que mi opinión, si bien no muy diferente se ha modificado. Es normal, he aprendido cosas, o como algunos dicen “he madurado” ( aunque la verdad, odio utilizar esta terminología, porque madurar es como envejecer que, si bien es verdad que maduramos constantemente, prefiero considerarme una especie de Peter Pan que sólo envejece físicamente y, psicológicamente, acumula más información pero es igual de joven…). Pues bien, a partir de ahora empieza esta etapa 2.0 en mi forma de ser/pensar y es lo que intentaré plasmar en este blog, que si bien lee poca gente ( yo para escribir entradas anunciando los cambios como ésta…), me gustaría que supiese el porqué de algunas cosillas.
A partir de ahora todas las entradas tendrán un título que comience con: “El/La de cuando …” y cuando habla de ciertas cosas, trataré de estar más documentado, ser un poco más serio, pero lo que no cambiará es que, a pesar de intentar basarme en información más o menos contrastada, siga mostrando mi opinión abiertamente, siga siendo subjetivo, pues es mi forma de pensar y la forma en la que yo mejor me expreso.
Bueno, ya he explicado los cambios que habrá en mi blog y aprovecho esta entrada para recomendar dos lecturas rápidas para lo que queda de verano. Una es “Maldito karma” y la otra “Si tu me dices ven, lo dejo todo… pero dime ven”. Son lecturas rápidas y frescas y que, como mínimo son algo diferentes a lo habitual. Decir también que he empezado con la lectura de “1Q84” ( libros 1 y 2) y parece interesante. Por último decir que este resurgimiento en el mundo de los lectores se debe a que me he comprado el “Amazonkindle grafito”, un lector de ebooks, y gracias a él estoy recuperando la afición por los libros que últimamente había quedado aparcada en un cajón, junto a tantas otras cosas…

El de cuando mi otro yo

Cuando decido cambiar de actitud, cuando no hay nada que me salga bien, cuando me creo cualquier espejismo hablo conmigo mismo y vuelvo a caer… Bueno, el caso es que a raíz de un reciente viaje, tan reciente que todavía estoy en él, me he dado cuenta de cómo el entorno que nos rodea modifica nuestra forma de ser. Cuando digo el entorno me refiero ya no sólo a todo aquello material, es decir, a los lugares como tales, sino también a las personas que en estos hay. Es indudable que al viajar a otro país, a otra ciudad o incluso a otro pueblo, todo cambia, sus gentes, sus costumbres… Esto es algo de pura lógica puesto que cada momento de nuestra vida es irrepetible y nunca se volverá a dar un momento igual. Ahora bien, lo que no encuentro tan normal es que el cambio de entorno, ese cambio de aires, conlleve a un cambio en mi persona. Me explico. Normalmente, suelo ser un tipo tímido, que difícilmente es capaz de hablar largo y tendido sobre cualquier tema con alguien a quien conoce de tan sólo unos días… Pues bien, parece ser que el cambio de entorno lleva a un cambio de personalidad. Ese tipo tímido cada vez lo es menos, ahora es más extrovertido, capaz de hablar con amigos/as que conoce de hace unos días como si fueran los más íntimos/as amigos/a, de los de toda la vida. Este otro yo, ha surgido de repente, con ese cambio de entorno y se ha establecido en una persona algo diferente al yo habitual. Ahora bien, ¿es mejor este yo qué el de siempre? ¿ Qué ocurrirá cuando vuelva a mi anterior entorno con mi nuevo yo? ¿Triunfará uno sobre el otro? Ante tantas dudas, las respuestas que me vienen son mas bien hipótesis y tras mucho reflexionar, sólo sé que este nuevo yo, triunfe o no sobre el otro, siempre formará parte de mí, de mi yo íntegro y total, porque hay cambios de entorno, a entornos nuevos, con personas nuevas, diferentes, que te hacen ser diferente y, siempre quedará algo en mí. Sea mucho o sea poco, sólo sé que es algo inolvidable y, cómo este post lo está escribiendo este nuevo yo, desde aquí pide que lo que quede de este nuevo yo, sea lo máximo posible. ¿Por qué? Simplemente porque me estoy cayendo mejor que el yo de siempre…