domingo, 12 de marzo de 2017
El nou Miracle dels Peixets (I)
lunes, 7 de marzo de 2016
El de cuando soy humano
domingo, 28 de febrero de 2016
Y en nuestro porche es más blanca la luna...
jueves, 25 de febrero de 2016
La rueca
sábado, 12 de diciembre de 2015
Papel, tela, seda...
Tarde o temprano
nos damos cuenta
de que a nadie más que a nosotros
le importan nuestros deseos.
Nos damos cuenta
de que para los demás,
para el otro,
somos pañuelos.
Eres un juguete.
Y no les importamos,
siempre nos llenan de mocos.
Si nos quieren un poco
seremos pañuelo de tela,
se sonarán lo justo
para que sigamos con ellos.
Y si son como todos,
seremos de papel,
desechables, olvidables...
Eres un juguete.
Yo lo sé,
soy pañuelo,
pero no sé de qué.
¿Soy de tela?
¿de papel?
No os importan mis deseos,
te dan igual mis sueños,
todo es puro puto interés.
Eres un juguete.
Y me machaca tanto
ser un clínex con corazón.
Absorbo mi propio llanto,
me deshago...
¿Y vosotros por qué sois humanos?
¿Mentís porque sois personas?
No queda ya nadie sobre la tierra
que no me haya engañado,
nadie ya que no me deje de lado.
Eres un juguete.
Y estoy roto, hecho trizas,
deshojado.
Y todavía hay quien me recicla,
quien me quiere pañuelo de tela,
quizás pañuelo de seda,
pero es mentira,
ya no confía.
Soy un juguete a tu vera.
viernes, 13 de noviembre de 2015
Fugaz conjuro para ser eterno
Conjuro para ser eterno:
Llanto sin pestañeo,
ojo sin párpado,
reloj sin tiempo,
diablo sin infierno,
cuervo sin negro,
toro sin cuerno,
niño huérfano,
loco cuerdo,
llama sin fuego,
apagado deseo,
Morfeo sin sueño,
esclavos con dueño,
fregona sin suelo,
tediosos prospectos,
poeta sin versos,
cobra sin veneno,
coche sin frenos,
resaca, ibuprofeno,
mejillas, besos,
libres, presos,
volcán-hielo,
vivomuerto,
todo,
nada,
eco,
eo
.
sábado, 31 de octubre de 2015
Sí, estoy llorando.
Sí, estoy llorando.
Hoy sé que no te importo,
que mi corazón calmado está agotado,
cansado de hablar para no ser escuchado.
Destruido, vacío,
pero lleno de nada,
el resto de un dolor,
de una ruinosa jaqueca asesina
que corroe de arriba abajo mis entrañas.
Y siento que soy un juguete que tienes a mano,
que a la mínima oportunidad cogerías algo nuevo,
que no pudiste alcanzar el dorado
y te conformaste con el plastidecor blanco.
Abandonado, huérfano de ti,
perdido y peor aún, engañado.
Te alías con tus perros,
me haces ver que llevas bozal,
que todo se ha acabado,
me prometes fidelidad
pero sé que es mentira…
Ya no me puedo fiar,
mi corazón, decepcionado,
desilusionado, insultado.
No siento enfado, ni siquiera rabia.
Solo quiero dejarme morir,
morir y que acabe ya tanta mentira,
porque no lo soporto.
Me besabas, me abrazabas
y me daba la vuelta y ya no me pensabas.
Todo por soñar,
mientras tú vivías en una realidad que nunca acepté.
Y ya no sé de quién hablo,
ni siquiera de qué.
Pero me has traicionado.
Enhorabuena,
te di mi vida.
Enhorabuena,
te quise,
te quise y me has matado.
Sí, estoy llorando.
Lloro cansado.
miércoles, 14 de octubre de 2015
¿Tú me pides que te escriba poesía?
Tú me pides, blanca, que escriba
los versos en prosa que harán que olvides tu día.
Los mismos versos, la misma prosa,
que arderán durante toda la vida.
Tú me extiendes, temblorosa, valerosa,
tu mano que quiere saltar la verja.
Yo te acerco, noches de desenfreno,
la pala con la que taparemos la fosa.
Te quiero y te quiero llevar al sueño.
Y mi tinta, mi cuento,
lo que llamas mi talento,
te han convertido en musa,
a ti, que nunca creíste ser poesía.
Y yo sé,
desde la primera rima,
a quién se refería Bécquer con poesía.
Me invadiste con tu risa.
Eres suave, eres brisa.
Rozar tu pelo mi mejilla era todo lo que quería.
Y dejé, dejé de escribir poesía,
y empecé, empecé a escribir poesía.
En el cuarto, con los pies dolidos
y cada centímetro de mi espalda molido,
no paraba, aún seguía,
aun viviendo en habitaciones separadas,
yo quería estar contigo,
que me susurraras al oído
que odias la música de Sabina.
Es tarde, por favor,
solo te pido,
que nunca más me pidas que escriba poesía.
Nunca más hagas eso,
no antes sin mirar al espejo
y preguntar al reflejo
dónde está la poesía
pura esencia de mi vida.
martes, 28 de julio de 2015
Tocado y hundido. (II)
Quizás debería de haberos dicho que escribo todo esto mientras decido si meter en la bañera la medusa cofre que compré hace exactamente un mes y trece días. Sí, si habéis visto Siete almas sabréis a qué me refiero. Si no lo habéis hecho, creo que estáis tardando en hacerlo, porque es algo más que una película llena de sentimentalismo —o tal vez no, sois libres de juzgarla como queráis—. Todavía no he sido capaz ni de atreverme a acercarme a llenar la bañera. Necesito tiempo para decidir. El caso es que empecé a colarme en clases. Recuerdo que una de las primeras fue una a la que asistía un amigo que conocí el otoño que pasé estudiando inglés en Bognor. Creo que trataba sobre normas ortográficas o algo así y tuve la mala suerte de que era básicamente práctica. La profesora era un tanto peculiar, daba clase en la universidad, pero vestía con una blanca, como si fuera una doctora, pero de las de verdad, de las que curan, y no de esas otras tantas personas que se hacen llamar doctores por tener un doctorado. Me fastidia mucho ese engaño. Vale, es cierto, pero para la gran mayoría cuando alguien nos habla de un doctor, esperamos que sea capaz de salvar al piloto que se ha atragantado con la aceituna rellena de anchoa y al que la azafata mira y zarandea mientras reclama ayuda. Esta profesora disfrazada de doctora estaba ante una clase de unos ochenta alumnos, uno de ellos era yo, que simplemente me colé, olvidando preguntar antes si podía asistir como oyente. Me integré entre el grupo de los chicos, al lado de mi amigo, aparentando ser un alumno más. Estaba claro, si te cuelas en una asignatura práctica corres el riesgo de que te pregunten y casi fue así. Empezó a interrogar uno a uno a cada uno de esos universitarios y universitarias primerizos, que como buenos principiantes llevaban hechos los deberes. Para mi desgracia preguntaba siguiendo la fila con la mirada y no por los nombres de la lista. Se acercaba mi turno, el chico de al lado contestó y… Y una chica al fondo no tenía muy claro el por qué de la respuesta. Fue mi salvación. Hubo al menos cinco minutos de explicación y cuando dijo que continuáramos corrigiendo, di el testigo a mi colega y conseguí pasar totalmente desapercibido. (Ahora mismo me doy cuenta de que no debería haber desvelado tan pronto lo de la medusa, he quitado bastante tensión y suspense a una historia que aún no puedo ni podríais catalogar en un género concreto sin la posibilidad de equivocaros). La verdad es que los nervios hicieron que me rugiera el estómago y cada vez con más frecuencia. Soy un tipo muy nervioso, por fuera suelo aparentar seriedad —sin ser yo nada de eso— pero cualquier cosa institucional y más relacionada con los estudios académicos me hace temblar, puede que me hayan inculcado demasiado la importancia que puede llegar a tener pasar una prueba con un papel y un bolígrafo y obtener la máxima puntuación. Me preocupaba demasiado por mi expediente, al menos lo había hecho hasta ese momento. Os reiréis si os cuento que pensaba que aquellos que hacían los exámenes con bolígrafo de color negro eran unos locos, porque había leído que según ciertos estudios, el color, el impacto visual importa a la hora de recibir el documento, y el azul creaba relax, disminuía el estrés y no era tan monótono como el negro, vamos, que entra mejor por la vista… En definitiva, tras rugidos y sudores fríos esa clase acabó y no tuve que volver —tampoco tenía ganas— a pasar por aquel sufrimiento de colarme en una clase práctica.
La siguiente clase en la que me colé —también con mi amigo de Bognor— fue una clase de verdad. El profesor, era un profesor de verdad. Creo que trataba sobre literatura, tampoco estuve muy atento a la materia y el profesor tampoco, así que no se puede decir que le faltara al respeto colándome en su clase, porque os puedo prometer que jamás en la vida estuve tan atento. Era un buen profesor, ahora, además, es un buen amigo. Con buen profesor me refiero al profesor que te da consejos para la vida y que puedes decidir cogerlos o dejarlos si te das cuenta de la importancia que tienen, porque a veces, la mayoría, pensamos que ya nos están contando otro cuento, otra historieta, y lo comentamos después entre todos, y nos reímos. Pero no, el profesor, suele saber más que la mayoría de los alumnos. Y no es que me considere del porcentaje de los alumnos que superan al maestro, pero… bueno, es que lo soy, no solo me lo considero. ¿Por qué acabé haciéndome amigo de él? Me entendía, sabía de lo que hablaba y pocas personas en el mundo son capaces de acercarse a esta cabeza loca y sin control que solo puede acabar de una manera. Fue en esa clase, en esa clase me cambió la vida por lo que dijo, por lo que recomendó. Invitó a todo el mundo a llevar siempre con él una libreta y un bolígrafo porque lo que pensamos, lo que se nos ocurre, aparece en nuestra mente en un momento, pero luego vuela, vuela y cuando queremos darnos cuenta ya no es igual. Unos buenos versos, la forma en la que te declararás a esa chica que te gusta, el mejor de los pensamientos y la forma en la que lo desarrollarás… quizás la teoría del todo… cualquier cosa. Cualquier cosa aparece en nuestra mente y si no la materializamos desaparece, ya no es igual, se pierde en ese mundo ficticio en el que todo vive antes de que seamos capaces de transformarlo en realidad. Esa misma tarde, mientras acompañaba a mis padres a hacer la compra, me fui a la sección de papelería de aquellos grandes almacenes y me compré mi primera libreta de bolsillo. Era negra, con las tapas de cuero y las hojas de un amarillo blanquecino y además, llevaba una gomita para que no se abriera. Era perfecta, pero también necesitaba un bolígrafo, para empezar de cero una nueva etapa necesitaba que la base fuera sólida y nueva: compré un bolígrafo negro que ahora siempre está sujeto en la goma de la libreta —todavía inacabada—. Estaba claro, dejaba atrás esa etapa en la que me di cuenta que pensar era una mierda, acabar en el pozo de la desesperación, la tristeza y el sinsentido y empezaba una nueva era, una nueva forma de ver el mundo en el que pocas cosas se me escaparían y en el que podría mirar el mundo con la seguridad de que pocas cosas se me escaparían… También es cierto que en parte se convirtió en mi diario y es que hay momentos, premomentos incluso, que necesitas ver escritos para tener todo más claro o incluso para creértelos, quizás o lea —o mejor dicho, os escriba— algunos de esos desvaríos antes de abrir el grifo…
También hay páginas arrancadas. La primera vez que arranqué una página fue para protegerme de ella… para protegerla o… no sé, para proteger todo lo que nunca fue… Recuerdo aquella página porque la arranqué entre lloros y sollozos y es por eso que aún la conservo, porque intenté quemarla, pero no ardió.
viernes, 3 de julio de 2015
Un texto diferente como siempre
Paseaba el bolígrafo entre sus dedos con una delicadeza bastante tosca. Estaba hecho de contradicciones. Amaba y odiaba, reía y lloraba, chillaba y susurraba, pero todo a la vez. Era una contradicción andante. Seguía con sus torpes expertos malabarismos con el boli a la vez que escribía en el teclado. Y el teclado donde escribía solo tenía cinco octavas y acababa escribiendo a la novena pasada de bolígrafo entre el pulgar y el meñique de diferente mano, de diferente pie, de diferente extremidad. Y se sentó en un banco, sobre la vieja griega que intentaba sacar dinero, dinero de una pensión casi inexistente para comprar sus pastillas, pastillas de alegría que le pasaría su camello en el que venían montados los reyes magos. Uno robaba oro, otro incienso y el otro birra. Conocidos alcohólicos anónimos, entraban al grito de policía no tan secreta. Mientras la discreta luz de los neones de aquella tienda de ropa de bebé iluminaba los probadores llenos de octagenarios que apenas tenían diez meses. E intentaba causar la risa, pero gritaba sufriendo del divertido dolor que suponía imaginar el fino y grueso borde de un folio cortando la córnea del ojo, del ojo de la cara, que el del culo es ojete, por grande que sea y ojazos son los suyos, por cerrados que los tenga. ¿Y si bajo en el ascensor? ¿Y si subo en el descensor? ¿Y si tiro de la cadena y aparece el perro? ¿Y si dice cuidado con el gato? ¿Y si me río de la obsesión? ¿Me puedo contestar una pregunta retórica? No. La gracia… ¿cuánto más para encontrar la desgracia? ¿Cuánto menos? ¿Y el sentido? ¿No es fingido? ¿Y lo morido? ¿Y lo vivido? En un momento dejó la tercera persona o la cuarta o la quinta, se pasó a la primera y desveló que escondía en secreto a voces el callar que hablaba de él… ¿Y la basura que se encuentra escrita? Y darse cuenta de que la gente escribe por obsesión… que cuando no sabe qué hacer y no puede no hacer nada coge algo, se vuelca en ello, se aprende el día en el que se cortan las uñas de los pies, se vuelcan y se dedican a ello… ¿Fanatismo? Puta locura cuerda para evitar caer en el éxito de la miseria. Enfermos curados, como un queso, como un jamón de cinco jotas aragonesas, si os quedáis demasiado, en el futuro estaréis pasados. Abrid la puerta, dejad encendido el ordenador, apagad la ventana. Se le cae, se le cae el bolígrafo verde de las manos… ¿No era verde? ¿Habéis leído bien? Vale ya, vivid, morid ahora, ya podéis, sí, sois locos cuerdos, dejaos de bellas mierdas. Morid. Ya. Ahora. Dejad de ser como sois, nunca cambiéis. Os lo pido, sed alguien, pero no seáis vosotros. De momento, ahora ya no, el bolígrafo rojo sigue paseando entre sus dedos, de una forma toscamente delicada.
domingo, 3 de mayo de 2015
Cuánto…
¿Cuánto ha que te fuiste?
¿Cuánto ha que dejamos de decir ha?
¿Cuánto que dejamos de escribir poesía?
¿Cuánto que dejamos de mirarnos?
¿Cuánto hace que no ves una estrella fugaz?
¿Cuánto que no te abanicas con el aleteo de las mariposas?
¿Es cuánto hace de algo la actual pregunta completa?
¿Cuánto tiempo hace desde que…?
¿Desde hace cuánto tiempo que no…?
¿Cuánto ha que no se llena la luna?
¿Cuánto de que tu boca no besa a la mía?
¿Cuánto ha que no eructas?
¿Cuánto que hablas de eructos por no haber pedos en poesía?
¿Cuánto hace desde la última vez que te comiste la punta de la barra de pan antes de llegar a casa?
¿Cuánto de que la abrazaste desnuda?
¿Cuánto ha desde que cambiaste el geranio de tiesto?
¿Cuánto tiempo de la última vez que rascaste una tostada quemada?
¿Cuánto de que te preguntaste por qué escribías?
¿Cuánto desde la última vez que chupaste la patilla de las gafas?
¿Cuánto hace desde que te sacaste el pantalón de entre las nalgas?
¿Cuánto tiempo hace desde la última vez que pronunciaste mal una palabra?
¿Cuánto de la nostalgia de cerrar el libro tras la última página?
¿Cuánto de que te daban la merienda mientras jugabas?
¿Cuánto ha desde que volviste empapado de lluvia buscando toalla?
¿Cuánto desde que te diste cuenta de que la querías?
¿Cuánto seguiremos contestando con más preguntas?
¿Cuánto más apariencia de un lleno vacío?
¿Cuánto ha que respiramos el mismo aliento?
¿Cuánto que nuestro sudor fue uno?
¿Cuándo escribiré mi última poesía?
¿Cuánto ha?
¿Cuánto hace?
¿Cuánto tiempo?
¿Cuándo?
sábado, 18 de abril de 2015
Gracias.
Y nos quitan la capa
en pleno vuelo:
nos metemos en la tormenta.
Nos arrojan, nos empujan,
no sabemos reaccionar.
Las nubes y las estrellas
ahora son truenos, centellas,
rayos y centellas.
Nuestra fuerza de repente,
siete veces menor a la de un gnomo
y un llanto seco
nos estrella.
Y siento la impotencia
y miento para que no me crean
y solo es cierto que no hay certeza,
no hay cielo claro,
solo una dura,
angustiosa,
angustiosa dura corteza
que nos revuelve el estómago
y lo más que podemos hacer
es aguantar,
aguantar esas ganas de vomitar
a la realidad,
a una realidad imperfecta,
de golpes, de zarzas,
de espinas,
sin rosas.
Ya murió la mariposa,
ya llora, desconsolada,
la princesa.
Ya susurra aquella sombra,
rastrojo que arrastra tristeza.
Y mi medicina es la ponzoña
que me mata y me envenena.
Y mis lágrimas son sucias,
ya no filtran,
no confían.
Intranquilas se desprenden,
saltan al vacío
desde mi ciega retina,
rutina diaria, rutinaria,
nos sentimos ángeles
con las alas cortadas.
Y sabemos que pudimos volar,
añoramos el cielo que contamina la realidad.
Caídos, perdidos,
bebidos, vividos, vívidos,
enjaulados, atados,
nos gastaron los suspiros…
Y se nos vuelve olvidar,
el arco friega la cuerda,
da una nota de esperanza,
de brío, de valor y brillo.
Nos tiramos de cabeza al sueño,
nuestras alas rotas pueden volar.
Y en el paredón del cielo,
nos dan, esquivamos las balas,
bailamos en la tormenta,
atormentamos la realidad,
le damos dosis de la nuestra.
Y nuestra sangre riega los campos
y nuestro vómito
es el sustrato donde crece la rosa,
nuestro aire,
el mismo donde crecen las mariposas.
La princesa ríe, alegre,
en nuestra cama.
Y me devuelve la capa,
me da las alas.
Gracias.
lunes, 6 de abril de 2015
Hacer nuestro el tiempo…
Hay veces que queremos parar el mundo,
otras necesitamos acelerar cada segundo,
intentamos hacer nuestro el tiempo,
pero no podemos...
Y nos sentimos perdidos, sin rumbo,
vagabundos sin dueño,
vestidos de duelo,
siguiendo mil sueños.
Perdiendo el norte,
acercando el imán a la brújula,
volviéndola loca,
del norte al sur,
ahora al oeste,
luego al este,
otra vez al sur,
y no hace más que dibujar corazones,
corazones y suspiros helados,
que se calientan,
suspiros hirviendo que se congelan,
y nos dejamos flotar en las mansas aguas de un lago helado,
y nos dejamos quemar en el vivaz fuego del bosque ardiendo,
y tumbados, tirados,
flotando, ardiendo,
consumiéndonos,
aún tenemos fuerza y
entreabrimos nuestros ciegos ojos,
ciegos de lágrimas,
las mismas que congelan el lago
y encienden el fuego,
las mismas que ríen en el infierno
y hacen llorar en el cielo.
Y entonces,
náufrago sin barca,
a la deriva,
dejas de lado a Caronte,
estás por encima
o por debajo,
pero eres algo más
o algo menos,
no lo sabes,
pero no eres eso.
Te dejas llevar, llevar por la corriente,
por el viento, por el hielo,
por el fuego,
por el cielo y por el infierno,
te dejas llevar porque sabes, que al final,
al final no caerás, no hay precipicio,
hay tierra firme y dejarás de ser esclavo del tiempo,
esclavo sin reloj y con cadenas,
las fundirás, lo dominarás,
aunque ahora te dejes llevar,
aunque tengas que dejar el tiempo a lo suyo,
que se dedique a pasar,
al final, al final tu tirarás los granos de arena,
tú llenarás el reloj de cristal,
tú harás la tierra firme y no,
no serás tú, la tierra firme,
la tierra firme sabes dónde está.
domingo, 5 de abril de 2015
Sabía que era Pascua… I
Esa era la otra cosa que me decía que estábamos en Pascua. Cada año él me regalaba una mona, una mona única, de bizcocho, rematada con un huevo de chocolate de esos con sorpresa. No sé cómo, pero lo convirtió en una especie de tradición y hasta que no me daba esa mona, que tampoco es que estuviera tan buena, pero significaba tantas cosas… hasta que no me la daba, la Pascua no empezaba. Pero las monas de hoy eran de las más tradicionales, coronadas con un huevo duro. Era divertido porque Nerea y su hermano discutían para ver quién era el que mejor se había reventado el huevo en la cabeza. A veces eran unos bestias de cuidado, pero en el fondo, tras esa preocupación que todas tenemos, nos divierten cosas así, porque nosotros también hemos disfrutado de ellas alguna vez. Por fin llegó él, con Nerea cargada al hombro, bocabajo, mientras bromeaba con ella diciendo con voz grave “aquí llevo un saco de patatitas” y en la otra mano llevaba una bolsa con las monas. Descargó a Nerea, que rápidamente cogió la bolsa y sacó y empezó a repartir las monas. Primero me la dio a mí, luego a su hermano, luego a su papi y finalmente cogió la suya. “¡La mía tiene forma de mariposa!”. “Pues la mía es una llagaltija”. Era una risa ver cómo aún le bailaban algunas palabras y su hermana le corregía y entonces una empezaba a decir que era una mariposa y podía volar, mientras corría batiendo los brazos por todo el jardín y mientras el otro se arrastraba y sacaba la lengua, intentando hacer un ruido como de lagartija, ruido que aún no acabamos de comprender. Acto seguido empezaba la competición por ver quién se acercaba más al chichón rompiéndose el huevo duro en la frente. Ambos luchaban por el segundo y tercer puesto, porque el año anterior, sentados comiendo mona, a su padre no se le ocurrió otra cosa que hacerlo muy fuerte y el huevo se deshizo por completo y se espachurró en la frente de lo fuerte que lo hizo. Todos nos empezamos a reír y él se hizo el tontito, dejándose caer en el jardín, mientras los chicos se reían encima de él y le gritaban “gorro de huevo”. Él no tardó en empezar a reírse también y cogerles y no parar de hacerles cosquillas y perseguirlos por el jardín. Bueno, también me persiguió a mí y acabamos los cuatro tirados en el suelo, riéndonos y agotados.
miércoles, 4 de marzo de 2015
De lirios…
—Hola, buenas, ¿querías algo?
—Hola, solo estaba mirando…
—Si tienes alguna idea de lo que querías…
—A ver… ¿estas qué son?
—Lirios, lirios morados.
—Mmmm, ¿y cuánto valen?
—Estas, a uno cincuenta la unidad.
—Vale, pues me voy a llevar dos.
—Perfecto, ahora mismo te los pongo.
—¡Vale!
Y entonces nos cogieron. El chico ese tenía cierto aire desaliñado y había estado mirándonos a mí y a las demás durante unos minutos, indeciso, sabiendo que haría algo que le haría sonreír, pero con un punto de preocupación en esa sonrisa.
—¿Quieres que las corte?
—Sí, un poquito por favor, a ver si así puedo meterlas en la mochila…
—¿Por aquí?
—¿Un poquito más se puede?
—¿Así?
—Sí, por ahí perfecto.
—Vale.
Habíamos sido más altas en otros tiempo. Entonces con todo el cuidado del mundo nos vistieron con un bonito estampado con motivos florales morados, azules y verdes, la verdad, nos quedaba muy bien ese vestido, casi se nos olvida que nos acababan de amputar un poquito de nosotras. Para que no se nos cayera ese nuevo vestido, nos puso, a la altura de la cintura un cordel, anudado con un bonito lazo. El chico mientras observaba cómo nos vestían, miraba en la pantalla de su móvil y sonreía como alguien que acababa de hacer una trastada sorpresa.
—Pues aquí las tienes, son tres euros.
—Tome. Muchas gracias.
—A ti.
—Vale, hasta luego.
—Hasta luego.
Y empezamos a recorrer aquella transitada ciudad. Nuestro miedo por quedar encerradas en la anteriormente mencionada mochila se fue yendo cuando vimos que el chico nos llevaba en la mano. Ruidos del tráfico, gente de un lado para otro, obras, campanas, relojes… qué distinto era aquello de nuestro jardín botánico… tan gris y llena de humo, frente a nuestros colores limpios… Fuimos y entramos a una estación, íbamos a ir en tren. El chico corrió un poco porque creía que no llegaba. Consiguió un sitio para sentarse y nos miró pensativo. Sonriendo y con toda la delicadeza del mundo acabó por meternos en la mochila. Estábamos bastante bien, aunque la luz se echaba bastante en falta y cada vez más, poco a poco el agua. El roce de las vías, los nombres de las paradas…
—Es abanico.
—¿Qué? ¿Perdón?
—Abanico, la palabra que tienes que poner, es abanico.
—Ah, vale, gracias.
Alguien le había hablado y parecía despistado, como que no se esperaba que le hablaran. No volvió a hablar más en todo el camino, llegamos y notamos cómo nos cargaba a la espalda. Afortunadamente su paso era rápido pero estable. De repente empezó a hablar…
—¡Hola, guapa!
—…
—Sí, ja estic así.
—…
—¿Voy allí? Sé ir, no hace falta que vengas aposta…
—…
—Vale, sí, pues voy hasta la Iglesia.
—…
—¡Jajaja!
—…
—Vale, te veig ara guapa. ¡Te vull!
Igual que empezó a hablar se calló y siguió caminando. Pero pronto paró.
—Hola, guapaaa.
—Hola, jope, no te encontraba, ¿por qué parte has rodeado la Iglesia?
—Culpa mía, pensaba que vendrías de allí y… bueno, que por fin he acabado, soy libre. Buas, oye, qué guapa que estás. ¿Com estás?
—Qué voy a estar…
—Qué sí y punto.
—Vale, vale, si insiste el señor.
—¿Señor? Eh que solo nos llevam…
—Qué es broma… Estoy bien, un poco cansada y bueno, pero bien.
—Te vas a enfadar conmigo…
—¿Qué has hecho?
—Jajaja.
—¿Sabes que ya lo sabía?
—Los dos lo sabíamos.
Seguían hablando, juntos, parecía que no paraban de mirarse y reírse, se notaba felicidad enamorada. Tras un rato subimos unas escaleras y luego en algo así como un ascensor. En el ascensor dejaron de hablar y se escucharon algunos besos.
—Buf, a vore si ara deixe la mochila…
—Sí, ara passem i…
—¡Hola!
—Hola, ¿qué tal?
—Bé, bé, así…
De repente tras ese ruido de llaves y de cerrar de puerta, había más gente. El paso era ahora más tranquilo. Nos llevaron por el silencioso pasillo y paramos en algún sitio.
—¿La dejo aquí?
—Sí, donde quieras.
—Donde menos moleste, a ver… sí, la pongo aquí. Ah, espera, me vas a matar… ¡Jajajaja!
—Sí te voy a matar, a ver…
—A ver, no vull que t’enfades, pero yo es que las he visto y… a ver, no es tan raro y…
—Jope, sabes que no…
—Lo sé, pero es que después te veo la cara que… y yo…
Oímos el ruido de la cremallera y…
sábado, 28 de febrero de 2015
El prospecto. 1
“Pensamientos de suicidio y empeoramiento de su depresión o trastorno de ansiedad. Si usted está deprimido y/o tiene un trastorno de ansiedad, a veces puede tener pensamientos de hacerse daño o suicidarse. Esto puede aumentar al principio de comenzar a tomar antidepresivos, debido a que todos estos medicamentos tardan un tiempo en hacer efecto, normalmente unas dos semanas pero a veces puede ser más tiempo.”
No paraba de releer una y otra vez aquel párrafo de aquel prospecto de aquellas pastillas que le había recetado el médico. Estaba tirado en el suelo, solo, con la espalda contra la pared, una mano apoyada en la cabeza, las gafas en su regazo y la caja de pastillas, en las que solo faltaba una, en su otra mano. El prospecto arropaba su pantalón y le gritaba diciéndole que su estado anímico, que al lugar donde había llegado, hoy en día se le llama depresión y si tomaba aquellas pequeñitas pastillas azules, podría salir de allí. Depresión, de-pre-sión. No era posible, no podía estar metido en esa mierda, él no, a él no le podía pasar eso. Pero ahí estaba, tirado en el suelo, sin recordar cuándo fue la última vez que se duchó o cambió de pijama. Ni siquiera le quedaban platos limpios, la nevera vacía, con medio limón de testigo. El buzón lleno, lo miraba cada día, en busca de aquella carta que le diera algo a lo que acogerse para seguir, pero nada, facturas y publicidad, ni siquiera se molestaba en sacar las cartas del buzón. Llevaba semanas, casi meses, siendo impuntual e ineficaz en el trabajo y ya le habían dado varios toque s de atención, afortunadamente siempre supo disimular muy bien y hacer lo justo para que siguiera pareciendo ante todos que no era de esa clase de personas que necesitaban esas pastillas.
Lo peor de todo era el bloqueo, el bloqueo de todo. Había decidido no destruirse. La primera opción, no recordaba cuándo, pero en el momento en que toda esa mierda comenzó, lo primero que hizo fue darse a la bebida. Se pasaba los días bebiendo y las noches cerrando los bares hasta volver a casa sabiendo que debía de tumbarse de lado porque tarde o temprano vomitaría. No era imbécil y pronto se dio cuenta de no estar solucionando nada. Fue fácil para él dejar de beber, coincidiendo con dejar de dormir. De repente las noches en la cama eran insoportables, necesitaba salir, salir y no parar de caminar. La peor noche fue aquella en la que empezó a caminar y llegó a aquel peñasco, con unas vistas increíbles, unas vistas que dejaron de ser vistas para ver solo la profundidad y que llegaran a su cabeza preguntas como qué pasaría ahora si estuviera él en el fondo del peñasco. Se lo preguntaba constantemente. Cada noche, durante tres meses, estuvo acudiendo allí, pero no supo, nunca supo encontrar una respuesta, el bloqueo seguía, estaba en un punto muerto, su problema, sin embargo, era que estaba vivo.
miércoles, 18 de febrero de 2015
Vein-ti-dós
Veintidós, vein-ti-dós. Menuda mierda más grande. Creí que no llegaría. No me gusta, no me gusta cumplir veintidós años. Y no puedo hacer nada. Hoy veintiuno y mañana el golpe. Me suena tan tremendamente mal. Solo quiero que pase, que pase… ¿Qué he hecho en estos veintidós años? Poco, poco o nada, y sin embargo demasiado. Todos lo sabemos, a veces estamos años y años, pasan cosas y más cosas, y te das cuenta, o no, simplemente pasan y ahí estás, viviendo al día, al ritmo del paso del tiempo, como toca, como tiene que ser y como es para todos. Pero otras veces… otras veces llega un segundo, o un minuto, por si me leen algunos escépticos o que me acusen de exagerado… Pero a veces, en esa milésima (que se fastidien los que piensen que soy un exagerado, sin ánimo de ofender, bueno, o con él, lo que veáis…), en esa milésima, por fin todo es diferente, por fin pasan cosas, por fin hay sentido, por fin te sientes vivo de verdad. Ya no es el que pasen más o menos cosas, es que pasa algo que de repente te hace estar vivo en un mundo… (¿mundo? No sé por qué lo he escrito, quería escribir “modo”, tampoco sé por qué lo dejo y me obligo a explicar mi fallo ante vuestros ojos)… Y aquí estáis, y aquí estoy, escribiendo como un loco, pero peor es lo vuestro, que leéis a aquel que nunca estuvo cuerdo, que pensáis que podéis encontrar algo, alguna clase de… no sé, no sé explicarlo. Empezaba a escribir porque me apetecía, pero como veis, no sabía qué ni cómo y todavía no lo sé. Llevo tiempo pensando en escribir una nota de suicidio. A ver, a lo mejor me he explicado mal… o simplemente no lo he hecho. No es que me vaya a… ni siquiera puedo decirlo. No. Escribirla, pero fingida. A ver, fingida no para fingir lo que viene siendo mi… que NO. Bueno que me imaginaba un texto que simulara una nota de suicidio pero el suicida fuera tan tonto que acabara realizando un canto a la vida. Y ahora miradme, no sabía qué escribir, pero sabía que cuando pasa alguna cosa mínimamente importante o que así la veo, pues me da por escribir algún post… no sé, algún año nuevo, algún sentimiento que no puedo aguantar ni retener dentro de mí… no sé, cualquier cosilla… Y el año pasado, si no recuerdo mal, por estas fechas también escribí un post… Se ve que veo el tener más y más años como algo lo suficientemente importante como para escribir… No tiene sentido, aunque pocas cosas lo tienen… ¿Algo lo tiene? No lo sé… Muchas veces, demasiadas… De eso os daréis cuenta con los años, tiene gracia que lo diga yo, que aún con veintiuno no puedo haber sido capaz de no sé… ver ese sentido que todo el mundo parece encontrar a todo. Y no paro de ver ahora en mi discurso algo que tiene tanto de diario… Pero yo no escribo diarios, al menos no los leeréis, mis diarios están escritos a manos. Pero espera, ¿nos está diciendo que esto verdad? Si nos cuenta algo de él que es verdad… todo lo que escribe es cierto… oh, Dios, nos está contando lo que le pasa… Cumple veintidós años y además está perdido o algo, quería escribir nosequé y… Y se acaba de dar cuenta de que él lematiza “no sé qué” aunque no es correcto… Pero… Y ahora nos quita la voz y vuelve a ser él, y nos vuelve a poner en la duda de lo que es ficción y de lo que se está inventando y ahora mismo pensaba que acabaría todo esto con un “mañana cumplo veintidós años”.
jueves, 22 de enero de 2015
A mí me gusta
Y ahora ya eres dueño de allá donde pisan tus pies,
y tus huellas dejan un rastro que va borrando el viento,
y tus ojos miran hacia las estrellas
mientras caminas hacia ninguna parte,
y tus recuerdos son rastrojos que se arrastran por el desierto,
y tus lágrimas se secan
y en la mochila solo llevas sonrisas, besos y abrazos,
nada más, vas con lo puesto,
pero con el corazón lleno.
Porque desaparecer ya no es,
porque no quieres,
porque justamente lo que quieres es estar solo,
pero solo con ella,
que todo lo demás te dé igual,
que el reloj siga implacable con un tictac que no cesa,
que el rayo caiga de la tormenta y nos iluminé,
que nos devuelva esas fuerzas que nunca perdimos,
que nos devuelva esa sonrisa que siempre tuvimos,
y que cuando el charco de nuestras lágrimas inunde la tierra,
nademos en ellas hasta juntar nuestros cuerpos.
Y que cuando nuestros gritos de ayuda inunden los cielos,
escuchemos cerca, al oído, cómo susurramos te quieros.
Y que por fin, ahora ya no miras atrás
y ves el futuro, pero en presente
y por fin ves algo que no te asusta,
por fin ves todo claro, aunque el mundo se ría,
sabes que acabaréis de la mano,
tú y ella,
siendo una misma sonrisa
que grita al mundo:
A mí me gusta.
martes, 20 de enero de 2015
Un día de una vida (II parte de “Un… un…”)
—¿Cuándo?
—Mmmm.. pues tampoco lo sé.
—Sí que lo sabes, pero no te apetece decírmelo ahora porque vamos a por la tercera.
—¿A por la tercera?
—¡Jajajajaj! Increíble, lo que pagaría por haberte hecho una foto de la cara que has puesto.
—La cara que tengo, guapa.
—Y lo que a mí me gusta esa carita.
—Ñoñerías mañaneras para empezar el día con energía, ¿eh?
—El día ya lo hemos empezado con energía.
—Y ha sido mi culpa.
—¡Lo reconoces!
—Sí.
—Vale, y tú, ¿qué excusa pones cuando llegas tarde?
—¿Yo? Pues sinceramente, ninguna. Ni siquiera se dan cuenta de que no estoy creo yo.
—¿Cómo puede ser eso?
—Bueno, algo me dijeron el otro día, creo que el jefe me estaba echando una bronca increíble por haber llegado media hora tarde y…
—¿Y ahora me lo cuentas?
—Vamos a ver, tampoco me enteré mucho de la bronca.
—¿No?
—No.
—Fue la mañana de la nata.
—La mañana de la…¡Ah! ¡Jajajajaja!
—Exacto.
—Vale, perdonado entonces, perdonado, indultado, premiado y lo que quieras, porque menuda mañanita…
—¿Y la noche? Te acuerdas de la fon…
—La fondue de chocolate después de que estos se fueran.
—Madre mía menuda nochecita, esas sábanas las tiramos, ¿no?
—No nos quedó otra.
—Buf, lo que fue esa noche eh, jugamos a Michael Jackson, nos hicimos negros y luego poco a poco…
—Poco a poco volvimos a ser blancos
—¡Jajajaja! Pero mucho mejor nuestro método, más barato que la cirugía, sin anestesia, solo con nuestras…
—¡Para que hoy no vamos a trabajar al final!
—¿Y a ti no te dicen nada?
—¿A mí? Digamos que tampoco se dan cuenta, o eso o no quieren decirme nada… Saben que trabajaré para ellos y so buena, creo que ya se lo demostré lo suficiente cuando…
—Sí, cuando tuviste que ir a trabajar. Si no les quedó claro…
—¿Y tú qué hiciste? ¿Qué hiciste mientras?
—Ya lo sabes, cosillas, no parar, te lo iba contando.
—¡Es verdad! ¿Comemos juntos?
—¿En casa? Yo salgo sobre las dos y aún no sé si iré por la tarde o…
—Nos da tiempo, pero en casa no. Me apetece restaurante, de los buenos.
—Nuestros amigos se asustan cuando te oyen decir eso.
—¡Jajajaja! Ya deberían de saber que cuando digo restaurante de los buenos es uno bueno, bonito y barato, y sobre todo tranquilo.
—¿Deberían?
—Sí.
—Sí.
—Oye.
—¿Y si nos vamos?
—¿A trabajar?
—No.
—¿A por el tercero?
—No… bueno sí, también, pero…
—¿A dónde?
—Lejos.
—Lejos, como…
—Lejos.