domingo, 28 de febrero de 2016
Vendo tiempo
sábado, 12 de diciembre de 2015
Papel, tela, seda...
Tarde o temprano
nos damos cuenta
de que a nadie más que a nosotros
le importan nuestros deseos.
Nos damos cuenta
de que para los demás,
para el otro,
somos pañuelos.
Eres un juguete.
Y no les importamos,
siempre nos llenan de mocos.
Si nos quieren un poco
seremos pañuelo de tela,
se sonarán lo justo
para que sigamos con ellos.
Y si son como todos,
seremos de papel,
desechables, olvidables...
Eres un juguete.
Yo lo sé,
soy pañuelo,
pero no sé de qué.
¿Soy de tela?
¿de papel?
No os importan mis deseos,
te dan igual mis sueños,
todo es puro puto interés.
Eres un juguete.
Y me machaca tanto
ser un clínex con corazón.
Absorbo mi propio llanto,
me deshago...
¿Y vosotros por qué sois humanos?
¿Mentís porque sois personas?
No queda ya nadie sobre la tierra
que no me haya engañado,
nadie ya que no me deje de lado.
Eres un juguete.
Y estoy roto, hecho trizas,
deshojado.
Y todavía hay quien me recicla,
quien me quiere pañuelo de tela,
quizás pañuelo de seda,
pero es mentira,
ya no confía.
Soy un juguete a tu vera.
viernes, 13 de noviembre de 2015
Fugaz conjuro para ser eterno
Conjuro para ser eterno:
Llanto sin pestañeo,
ojo sin párpado,
reloj sin tiempo,
diablo sin infierno,
cuervo sin negro,
toro sin cuerno,
niño huérfano,
loco cuerdo,
llama sin fuego,
apagado deseo,
Morfeo sin sueño,
esclavos con dueño,
fregona sin suelo,
tediosos prospectos,
poeta sin versos,
cobra sin veneno,
coche sin frenos,
resaca, ibuprofeno,
mejillas, besos,
libres, presos,
volcán-hielo,
vivomuerto,
todo,
nada,
eco,
eo
.
miércoles, 14 de octubre de 2015
¿Tú me pides que te escriba poesía?
Tú me pides, blanca, que escriba
los versos en prosa que harán que olvides tu día.
Los mismos versos, la misma prosa,
que arderán durante toda la vida.
Tú me extiendes, temblorosa, valerosa,
tu mano que quiere saltar la verja.
Yo te acerco, noches de desenfreno,
la pala con la que taparemos la fosa.
Te quiero y te quiero llevar al sueño.
Y mi tinta, mi cuento,
lo que llamas mi talento,
te han convertido en musa,
a ti, que nunca creíste ser poesía.
Y yo sé,
desde la primera rima,
a quién se refería Bécquer con poesía.
Me invadiste con tu risa.
Eres suave, eres brisa.
Rozar tu pelo mi mejilla era todo lo que quería.
Y dejé, dejé de escribir poesía,
y empecé, empecé a escribir poesía.
En el cuarto, con los pies dolidos
y cada centímetro de mi espalda molido,
no paraba, aún seguía,
aun viviendo en habitaciones separadas,
yo quería estar contigo,
que me susurraras al oído
que odias la música de Sabina.
Es tarde, por favor,
solo te pido,
que nunca más me pidas que escriba poesía.
Nunca más hagas eso,
no antes sin mirar al espejo
y preguntar al reflejo
dónde está la poesía
pura esencia de mi vida.
lunes, 12 de octubre de 2015
La nota
“Te quise”, decía la nota que dejó en la nevera.
lunes, 1 de junio de 2015
Siempre gana lo cierto
tirando a medio lleno.
Vi la luna plena,
caída, desaparecida, ausencia.
Bebí de la copa de veneno,
asesino, revitalizante.
Volé la cometa
y me cortaron el hilo.
Puse la última carta
del castillo de naipes que se llevó el viento.
Tiro el dado,
siempre sale el tercer seis traicionero.
Y la verdad es que miento,
y el engaño lo cierto.
Nada más contradictorio que tener sentimientos.
Nada más patético que quien es mierda por dentro.
Y el petardo de la caca,
no quieres encenderlo.
Se piensan que es un juego,
se creen dueños de tu tiempo.
Y la máscara sonríe,
mientras por bajo arde el infierno.
Y le hacen vudú a tus muertos.
No eres más, no sois más
que el juguete que pronto olvidan.
Estamos bajo la lupa,
en el punto de mira,
somos aquellas dos hormigas.
Una reina, un obrero,
intentando escribir el cuento.
Y del fondo, del grito, del lamento,
surge la princesa,
surge el príncipe,
no gana el gigante,
no gana el enano,
porque al final
el veneno no hace efecto,
siempre gana el amor,
siempre gana lo cierto.
sábado, 18 de abril de 2015
Gracias.
Y nos quitan la capa
en pleno vuelo:
nos metemos en la tormenta.
Nos arrojan, nos empujan,
no sabemos reaccionar.
Las nubes y las estrellas
ahora son truenos, centellas,
rayos y centellas.
Nuestra fuerza de repente,
siete veces menor a la de un gnomo
y un llanto seco
nos estrella.
Y siento la impotencia
y miento para que no me crean
y solo es cierto que no hay certeza,
no hay cielo claro,
solo una dura,
angustiosa,
angustiosa dura corteza
que nos revuelve el estómago
y lo más que podemos hacer
es aguantar,
aguantar esas ganas de vomitar
a la realidad,
a una realidad imperfecta,
de golpes, de zarzas,
de espinas,
sin rosas.
Ya murió la mariposa,
ya llora, desconsolada,
la princesa.
Ya susurra aquella sombra,
rastrojo que arrastra tristeza.
Y mi medicina es la ponzoña
que me mata y me envenena.
Y mis lágrimas son sucias,
ya no filtran,
no confían.
Intranquilas se desprenden,
saltan al vacío
desde mi ciega retina,
rutina diaria, rutinaria,
nos sentimos ángeles
con las alas cortadas.
Y sabemos que pudimos volar,
añoramos el cielo que contamina la realidad.
Caídos, perdidos,
bebidos, vividos, vívidos,
enjaulados, atados,
nos gastaron los suspiros…
Y se nos vuelve olvidar,
el arco friega la cuerda,
da una nota de esperanza,
de brío, de valor y brillo.
Nos tiramos de cabeza al sueño,
nuestras alas rotas pueden volar.
Y en el paredón del cielo,
nos dan, esquivamos las balas,
bailamos en la tormenta,
atormentamos la realidad,
le damos dosis de la nuestra.
Y nuestra sangre riega los campos
y nuestro vómito
es el sustrato donde crece la rosa,
nuestro aire,
el mismo donde crecen las mariposas.
La princesa ríe, alegre,
en nuestra cama.
Y me devuelve la capa,
me da las alas.
Gracias.
sábado, 28 de febrero de 2015
El prospecto. 1
“Pensamientos de suicidio y empeoramiento de su depresión o trastorno de ansiedad. Si usted está deprimido y/o tiene un trastorno de ansiedad, a veces puede tener pensamientos de hacerse daño o suicidarse. Esto puede aumentar al principio de comenzar a tomar antidepresivos, debido a que todos estos medicamentos tardan un tiempo en hacer efecto, normalmente unas dos semanas pero a veces puede ser más tiempo.”
No paraba de releer una y otra vez aquel párrafo de aquel prospecto de aquellas pastillas que le había recetado el médico. Estaba tirado en el suelo, solo, con la espalda contra la pared, una mano apoyada en la cabeza, las gafas en su regazo y la caja de pastillas, en las que solo faltaba una, en su otra mano. El prospecto arropaba su pantalón y le gritaba diciéndole que su estado anímico, que al lugar donde había llegado, hoy en día se le llama depresión y si tomaba aquellas pequeñitas pastillas azules, podría salir de allí. Depresión, de-pre-sión. No era posible, no podía estar metido en esa mierda, él no, a él no le podía pasar eso. Pero ahí estaba, tirado en el suelo, sin recordar cuándo fue la última vez que se duchó o cambió de pijama. Ni siquiera le quedaban platos limpios, la nevera vacía, con medio limón de testigo. El buzón lleno, lo miraba cada día, en busca de aquella carta que le diera algo a lo que acogerse para seguir, pero nada, facturas y publicidad, ni siquiera se molestaba en sacar las cartas del buzón. Llevaba semanas, casi meses, siendo impuntual e ineficaz en el trabajo y ya le habían dado varios toque s de atención, afortunadamente siempre supo disimular muy bien y hacer lo justo para que siguiera pareciendo ante todos que no era de esa clase de personas que necesitaban esas pastillas.
Lo peor de todo era el bloqueo, el bloqueo de todo. Había decidido no destruirse. La primera opción, no recordaba cuándo, pero en el momento en que toda esa mierda comenzó, lo primero que hizo fue darse a la bebida. Se pasaba los días bebiendo y las noches cerrando los bares hasta volver a casa sabiendo que debía de tumbarse de lado porque tarde o temprano vomitaría. No era imbécil y pronto se dio cuenta de no estar solucionando nada. Fue fácil para él dejar de beber, coincidiendo con dejar de dormir. De repente las noches en la cama eran insoportables, necesitaba salir, salir y no parar de caminar. La peor noche fue aquella en la que empezó a caminar y llegó a aquel peñasco, con unas vistas increíbles, unas vistas que dejaron de ser vistas para ver solo la profundidad y que llegaran a su cabeza preguntas como qué pasaría ahora si estuviera él en el fondo del peñasco. Se lo preguntaba constantemente. Cada noche, durante tres meses, estuvo acudiendo allí, pero no supo, nunca supo encontrar una respuesta, el bloqueo seguía, estaba en un punto muerto, su problema, sin embargo, era que estaba vivo.
lunes, 26 de enero de 2015
Y ahora otra vez no sé que hacer
Y ahora otra vez no sé qué hacer,
sentado en el metro,
la mirada perdida,
una mirada que no mira.
Solo sé que no puedo caer,
pero si caigo, me arrastraré,
porque hay veces que no puedes vivir de pie.
¿Vivir en la depresión otra vez?
Y las voces son ruidos que rebotan,
rebotan en mí,
tan absorto en la nada.
Y mis ojos rojos sollozan,
sollozan y lloran un veneno amargo,
tan amargo y tan dulce al probarlo.
Y te viene la pregunta, la premonición,
de si todo será igual,
de si lo vas a poder soportar.
Y me bloqueo,
me ahogo congelado en el hielo,
cuando todo arde,
cuando la cabeza estalla,
el cuerpo pesa
y el corazón se para.
Y todo a mi alrededor,
todo pero no hay nada.
y lo miro y lo veo pero no hay nada.
Es todo tan aparente,
tan falso, tan injusto…
y no hay nada que duela más en el mundo,
que la incomprensión del alma,
que te hagan sentirte solo,
rodeado de gente extraña,
gente rara que parece ser lo normal,
pero gente mala,
envenenada.
Y una y otra vez te dan golpes,
en una mejilla, en la otra,
en toda la cara. ´
Y cuando no hay más que magullar,
empiezan con el resto del alma.
Y no paran,
una y otra vez,
te quieren destrozar
desde una presunta tolerancia,
de lo que llaman ser modernos,
y lo que yo pienso que es no tener valores
y critican y rechazan,
una moral que ellos llaman cristiana.
Tan idiotas que no saben que no importa la etiqueta,
cuando el amor, el sentimiento puro,
es bueno y sincero.
Que por encima de todo prima una forma de ser,
que prima una verdad.
y que yo, que creía en las personas,
me confieso descreído,
y ahora creo en los sentimientos,
en los sentimientos que me ofrecen lo vivido.
Y siento dejar de creer en vosotros,
egocéntricos de vuestro ombligo,
con valores que no entiendo,
que son en realidad tan falsos y vacíos,
y desde allí, veis los míos,
y envidiosos no reconocidos,
os burláis, me atacáis,
creéis hacerme un favor
y lo hacéis,
porque me apartáis,
me apartáis cada vez de un mundo fingido,
un mundo que llamáis real,
realidad, y sin embargo construís dejándoos llevar,
siendo el uno y el otro igual,
igual de vacíos, igual de sinsentidos,
igual de dolidos, igual de podridos.
y aún así, no sé si lloro por vosotros y por mí,
porque habéis construido ese mundo en ruinas a mi alrededor,
intentáis que crea que es real,
que pensar diferente es querer escapar.
Enhorabuena,
lo habéis conseguido:
quiero escapar, huir lejos,
encontrar mi verdadero hogar.
Hacerlo yo,
que nunca nadie más me diga que deje de soñar,
que mientras siga vivo yo,
juro y prometo,
que habrá en este mundo un soñador.
jueves, 2 de enero de 2014
Quizás solo por eso
Una pirámide en el desierto,
tapada por las dunas,
alumbrada por la Luna.
¿Por qué recurro a las pirámides
cuando nunca vi ninguna?
¿Por qué a los desiertos
y dunas?
De las playas de Valencia,
del círculo de rocas inglés,
de aquel petit tren francés,
de las cuevas de Granada,
de allí no pasé.
¿Por qué irme a la Luna para describirte,
para describirme por dentro?
Verano invernal.
Describir un aliento
del que no hay vaho en el tiempo,
en un ardiente invierno,
y no hay viento,
mas mi suspiro es gélido.
Corazón de hielo,
corazón de fuego.
Sístole congela,
diástole quema.
Todo es latir,
construir,
destruir.
Palpitar por las entrañas de una ciudad,
una ciudad latente,
latente y cobarde.
Mira hacia otro lado
y ve pirámides, cascadas,
ve palacios y jardines,
las montañas más altas jamás escaladas.
Detrás hay guerras, coches que vuelan,
personas bomba, niños soldados,
niñas esclavas,
hombres no humanos.
Pero vemos el brillar,
el Sol y su reflejo,
la Luna.
Por eso,
quizás solo por eso,
te veo yo.
viernes, 8 de noviembre de 2013
Nunca nadie…
Nadie nunca escribió estos versos,
y sin embargo todos los hemos leído.
Nunca nadie pidió sus besos,
pero los robó Cupido.
Nunca nadie soñó con ella,
mas no calló en el olvido.
Nunca nadie fue más bella,
pero corrió un velo tupido.
Nadie nunca leyó estos versos,
pues nadie los ha escrito.
Nunca nadie;
siempre ella.
viernes, 1 de noviembre de 2013
¿Se ha escrito un crimen?
Nunca pensé que podría ser como él. Jamás habría imaginado que fuera de las novelas también pueden ocurrir estas cosas. Siempre me habían interesado los misterios, las series policíacas y los crímenes sin resolver, pero nunca se me dio bien ser detective. Es cierto que de tanto estar metido en ese mundo, para mí ficticio hasta entonces, acabas por desarrollar cierta técnica de observación, intentas mirar donde los otros no miran, te fijas en todo. Tras esa primera historia de Conan Doyle no paras de contar escalones. Bajas o subes de tu apartamento y cuentas el número de escalones que hay hasta tu puerta. Sales de la estación del metro y haces lo mismo. Piensas que sabes algo que los demás no saben. Todos los días subes los mismos escalones, todo el mundo lo hace y sin embargo nadie sabe cuántos son, nadie se ha parado a observar. Pero ahora tú sí. Y es una información útil o, al menos, potencialmente. Puede que un día necesites escapar de alguien, puede que tengas prisa y quizás sabiendo la distancia o el número de escalones que hay seas capaz de saber si podrás saltarlos y huir o simplemente llegar a alcanzar aquel metro que se te escapaba. Pero los demás no lo saben, nadie se fija.
El caso es que desarrollé ese mínimo poder de observación, muy de ir por casa, simplemente me hacía gracia tenerlo. De vez en cuando intentaba que la gente de mi alrededor se diera cuenta de aquello que les envuelve y no son conscientes, lo pasan por alto. Y te miran raro, sorprendidos. ¿Y? ¿Para qué te sirve saber eso? Sonrío y, sinceramente, tampoco lo sé. Fuera de las historias de novela negra son informaciones poco útiles. Quizás lo más utilizado y práctico sea cuando observas a las personas, su gesticulación corporal, si la sabes interpretar dice mucho y te puede ayudar a obtener información de ellas, de cómo tratarlas, pero nada más. Fuera de ahí, en contadas ocasiones utilizarás en la vida real esa nueva habilidad de observación.
Hasta ese día en que me di cuenta de que también fuera de las novelas ocurren cosas, sucesos que parecen sacados de ellas, más increíbles si cabe. Siempre he sabido que la realidad supera a la ficción, pero hasta el día en que presencias un asesinato y crees haberte fijado en algo clave, en algo en que los demás no repararon, hasta ese día no lo habías comprobado.
domingo, 29 de septiembre de 2013
¿Te acuerdas?
¿Te acuerdas del tiempo que llevabas sin escribir? Y no estabas bloqueado, ni siquiera enganchado, simplemente no era momento de escribir. Tenías las mismas ideas de siempre, incluso más. En ningún momento dejaste de abrir y cerrar las negras tapas de cuero de tu libreta, cada día había varias cosas que escribir, varias ideas, varias formas de continuar aquella historia que una vez comenzaste… Pero no, no era momento de escribir. Te sentabas frente al teclado, con el cuaderno en el cajón de al lado, por si fuera necesario echar un vistazo, abrías el editor de texto y te quedabas mirando la intermitente barra, que espera impaciente a que tus dedos se pongan en marcha para poder avanzar. Pero la decepcionabas, no podías con sus ansias de avanzar en esa hoja en blanco porque no era el momento. Las historias no querían salir de las yemas de tus dedos, de algún modo no estaban preparadas, como un buen vino, parecía que necesitaran reposar para, llegado el momento, formar parte de una corriente de tinta que impregna el papel de las páginas de un libro acompañado por otros tantos en la estantería de una biblioteca.
En lugar de despojarte de todos esos cuentos, te parabas a pensar, habías empezado a fijarte en que había maneras de contar las cosas. Era una chorrada, eso era algo que se suponía que ya debías de saber, pero era ahora cuando te habías dado cuenta. ¿Cómo un tú puede ser más personal que un yo? ¿Por qué parece que te llega más? Y de repente, el viento entraba por el ventanal junto al que estabas sentado y te hacía mirar por la ventana. Mirabas aquella lejana ventana que brillaba en la noche, una noche de otoño. El destello de aquella ventana y la luz de una farola era todo lo que iluminaba la calle, nada más. Eran los causantes de ese tono anaranjado que recorría las blancas paredes y la grisácea verja de la casa de enfrente. Todo tenía aquel tono difuso que se veía acentuado cuando el ruidoso camión de la basura pasaba con su parpadeante y molesto piloto, sobre todo cuando estás ebrio, la habitación te da vueltas y lo último que necesitas es que esa ráfaga de luces se proyecte en el techo. Y ahí sigue la barra en la página en blanco del editor de textos, apareciendo y desapareciendo una y otra vez, recordándote que no es momento para escribir. Cualquier excusa es buena. Pero los dedos palpitantes e impacientes tienen vida propia, no se pueden estar quietos, necesitan redactar algo, lo que sea.
Llevas demasiado tiempo en esa situación y es insostenible. La historia tiene que salir, pero no una historia cualquiera, no un cuento que hayas contado antes, no, eso no tendría sentido. Una nueva situación requiere de una nueva forma de actuar, así que una noche, tras un paseo, te sientas y mientras miras las pocas estrellas que se dejan ver en un cielo urbano lleno de nubes anunciantes de tormenta, por fin vuelves a escribir, bueno, en realidad no vuelves a escribir: empiezas.
jueves, 25 de abril de 2013
Duda 1: ¿Se gasta el amor?
El primer año de relación había sido mágico, inolvidable, divertido… El ir conociéndose poco a poco, descubrir los gustos del otro, aquello que no le gusta, lo compartido, no poder parar de pensar en ella, descubrir cada rincón de su cuerpo y memorizarlo mejor que la palma de su propia mano… Cuando estaban juntos el tiempo volaba, solo querían que se parara y cuando estaban separados las manecillas del reloj aumentaban su peso y se desplazaban a la velocidad de un caracol… Él y ella eran parte de una misma cosa, se necesitaban, se querían. Las discusiones eran algo también habitual… alguna que otra vez pensó que a veces discutían solo para poder reconciliarse más tarde. El primer año también fue el año de los miedos e inseguridades. ¿Cómo una chica como ella podía estar con un tipo como él? Seguro que en cuanto apareciera otro ella se iría de cabeza con él, porque en realidad, sabía que él no podía darle todo lo que se merecía. La había divinizado y cuando divinizas a alguien, todo es poco, eres un mero súbdito que nunca acaba de poder cumplir las expectativas tan altas propias de una diosa.
El segundo año fue el de la estabilidad. Todo algo más tranquilo, más rutinario, más monótono. La pasión inicial había dejado paso a un estado de equilibrio. Ya no se reían tanto, ya no discutían tanto, todo lo hacían en un término medio, y cuando haces algo en término medio solo puedes ser medianamente feliz, que es mucho más de lo que tantas otras personas conseguirán en su vida. La inseguridad había desaparecido. La diosa ya no era tal, ahora eran iguales. A ella le sentó bastante mal perder su posición divina, pero nunca lo hablaron, supuso que era algo inevitable con el tiempo. Él perdió su miedo a perderla, eso le dio cierta tranquilidad y, de algún modo, fue una de las cosas que más directamente los abocó a una vida tranquila y rutinaria.
El tercer año, la rutina se hizo rutina. Seguían siendo medianamente felices. Simplemente discutían cuando cualquier situación del trabajo o de sus amistades causaba algún problema, ya no discutían por ellos, se conocían demasiado bien, era una tontería. Él volvió a experimentar el miedo a perderla. Ella tenía una nueva amistad. En el trabajo había conocido a una persona y cada vez que le contaba algo, él la veía volver a sonreír como lo hacía aquel primer año, su sonrisa de diosa había vuelto y a causa de una tercera persona. Fue entonces cuando volvieron a discutir y, en plena reconciliación, él no se lo pensó dos veces antes de pedirle matrimonio, asegurándose estar con ella para siempre, volviendo a recuperar a su diosa que dejaría de serlo en cuanto le pusiera el anillo en el dedo.
Ahora, en el cuarto año, a una semana de la boda, él se planteaba la proposición. Cuando le pidió matrimonio, ella reaccionó llorando y él pensó que eran lágrimas de alegría, pero la verdad es que no fue así, la verdad es que nunca volvió a sonreír como una diosa, la última vez que lo hizo fue al conocer a ese tipo del trabajo. Él empezó a sentirse culpable porque, siendo sincero, sabía que serían simplemente medianamente felices por su culpa, él se había sentenciado y la había arrastrado a ella. Había sido un egoísta. Ahora no sabía qué hacer. ¿Eran todas las relaciones así? ¿Un buen primer año y luego ser medianamente felices? ¿No deberían de ser todos los años como el primero? Las dudas le invadían.
jueves, 23 de agosto de 2012
El último baile (III)
De aquella tarde en la que le dieron la noticia únicamente tenía un recuerdo borroso y doloroso. Fue uno de los momentos que más repasó durante su periodo de exilio en Sudamérica.
Era un jueves cómo cualquier otro, él estaba en casa, repasando toda la información que había recopilado sobre el caso de homicidio en el que estaba trabajando. La víctima era un hombre de unos 52 años al que habían decapitado brutalmente (pues no hay otra forma de arrancarle la cabeza a alguien que no sea brutalmente) por causas todavía desconocidas en aquel momento. Las sospechosas eran dos mujeres de una edad que poco distaba de la de la víctima. Una era su mujer y la otra una compañera de trabajo con la que parecía llevarse muy bien. No hizo falta investigar mucho para darse cuenta de la aventura que mantenían y que hizo que nuestro amigo perdiera la cabeza, literalmente.
El caso es que mientras repasaba los papeles, las anotaciones de lo que habían dicho los testigos, las grabaciones de los interrogatorios… sonó el timbre de la puerta. Fue a eso de las seis de la tarde. Tuvieron que llamar dos veces puesto que tenía la costumbre de no molestarse en levantarse a abrir la primera vez y todos los que le conocían lo sabían. Decía que así se evitaba hablar con vendedores, ya fuesen de aspiradoras o de religiones (sobre todo a estos últimos). Al oír el timbre por segunda vez acudió a la puerta bajo la cual, entraba la cálida y flamante luz del sol. Abrió y allí estaba, un hombre sin rostro, con uniforme de policía. La imagen que conservaba de aquel individuo que le dio la peor noticia de su vida fue la misma imagen que tenía de los locutores de radio. Para él, los locutores de radio eran personas sin cara, son una simple boca con todo el resto del rostro oscuro, envuelto y escondido en una tenebrosa sombra. Una cabeza flotante en la oscuridad de la que sólo se distingue su forma y se reconoce de forma clara y precisa la boca. Ésa misma imagen es la que tenía de aquél hombre.
Cuándo le dio la noticia simplemente no supo cómo reaccionar. Había habido otros momentos en los que la vida le había abofeteado pero nunca cómo ese. Normalmente, recibía un golpe y no perdía la sonrisa, a veces, incluso ponía la otra mejilla si creía que se lo merecía. Pero esa vez fue diferente. Perdió todo signo de jovialidad en su expresión y un cortocircuito colapsó su cabeza. No podía articular palabra. Sabía que tenía que preguntar muchas cosas: cómo, dónde, cuándo, por qué, por qué… por qué. Sin embargo las primeras palabras que pronunció no fueron una pregunta, no, fueron un imperativo: Quiero verla.
Aquél tipo sin rostro le invitó a seguirle y él, ni siquiera se molestó en coger las llaves de casa, la cartera o el móvil. Mientras lo seguía aquella boca flotante iba hablando, de forma seria y pausada pero él ya hacía tiempo que había dejado de oír lo que le decían. Simplemente se movía cual autómata. En ese estado robótico y cegado por la luz del sol del atardecer se subió en los asientos traseros del coche del policía pese a no haber nadie como copiloto. Cerró la puerta y dirigió la mirada, fija y penetrante al suelo. Aquella boca seguía con su discurso a pesar de no obtener ninguna respuesta ni gesto de él más que la indiferencia y el pálido reflejo de una cara que podría ser la de un cadáver, o incluso la de Iniesta.
Al cabo de una media hora el tambaleo del coche cesó. El motor había parado. Levantó la vista al frente y vio como el tipo sin rostro bajaba del coche y le abría la puerta invitándole a salir. Salió. Se encontraba en el parking de un hospital. Pero no era un hospital cualquiera. Era el hospital donde ella trabajaba. La boca flotante uniformada empezó a andar y él detrás de ella. Ya había dejado de hablar. Anduvieron apenas un minuto cuando la oscuridad y frialdad del aparcamiento y del momento se vio sustituida por las luces de las sirenas y del ascensor, el ruido de walkie talkies, un montón de otras tantas bocas levitando por todo y el color de una cinta amarilla con letras negras que impedía el paso de aquellos “espectros” al lugar donde yacía la única persona con rostro, ella.
Al verla, empujó a su mensajero y chófer y pasó a través de la cinta amarilla como si hubiera llegado a la meta de alguna competición. Sin embargo, su expresión distaba mucho de la de un atleta que acaba de ganar una medalla para su país. Un grito sordo hizo que el mundo se parara por un momento. Todos los allí presentes callaron y vieron el sufrimiento encarnado en una persona, él. Pronto, los médicos que rodeaban el cuerpo lo apartaron evitando que la abrazara y moviera. Él golpeó una y otra vez a los médicos y a todo el personal que intentaba apartarle de lo más importante de su vida. Finalmente, cuando no pudo ni gritar más ni moverse, se desvaneció inconsciente sobre los brazos de aquellos demonios que no le dejaban alcanzar aquello que más quería.
Despertó levantándose de repente en una especie de camilla, con una máscara de oxígeno que inmediatamente se arrancó, al mismo tiempo que daba un salto fuera de la ambulancia donde se encontraba. Justo enfrente, vio cómo un grupo de paramédicos levantaban del suelo un cuerpo, cubierto por una funda de plástico, y lo colocaban sobre una camilla. Después de colocarlo sobre la camilla, la cogieron y la subieron a una ambulancia. Intentó llegar antes de que cerraran las puertas del furgón pero, una vez más, le detuvieron.
Tenía un cierto sabor a sangre en la garganta y lo poco que intentó y consiguió articular (que esta vez sí que fueron preguntas), le causó un punzante dolor, sin duda, consecuencia de los gritos de desesperación e impotencia. Sin embargo, era un dolor mucho menor que aquel que ocuparía su corazón para siempre desde aquella tarde.
Por fin, consiguió calmarse gracias a la ayuda de un inspector y un psicólogo, ambos de la policía, que se quedaron en su compañía. Con éstos por fin consiguió hablar pero, se negaron a contarle nada de lo ocurrido en aquel frío parking. Le propusieron acompañarle a casa y, una vez estuviera más tranquilo, dirigirse al departamento forense dónde se encontraba el motivo y la razón de su vida. Aunque a regañadientes, no le quedó otra que aceptar aquella “invitación”.
El camino a casa fue silencioso, mudo, sordo. Una vez en la puerta, recordó que no tenía las llaves y tuvo que entrar escalando hasta la ventana de su despacho que siempre dejaba entreabierta para emergencias (hasta entonces nunca le había dado otra función que no fuera la de mirar las nubes y la luna, pero ese día le sirvió de entrada). Una vez dentro, abrió la puerta al psicólogo, pues el inspector había insistido entrar con la ventana con él. Todavía hoy no recuerda bien por qué entraron ambos por la ventana y no sólo uno, pero el caso es que así fue. Estando todos reunidos en la casa, el psicólogo le ordenó coger las cosas más básicas para pasar una noche en una comisaría. Cogió las llaves, la cartera y el móvil y se los metió en el bolsillo. Acto seguido le obligaron a sentarse en su sofá y le dijeron unas palabras que empezaron a hacer toda la situación más real (hasta entonces todo había sido como una pesadilla): Su mujer está muerta. No sabemos cómo ha sido. Ha sido encontrado tirada entre el ascensor y el suelo del parking. No había signos de violencia. Sin embargo ha habido un testigo que ha visto a su mujer en el suelo y a otro tipo corriendo. El testigo ha llamado a una ambulancia y a la policía. Nosotros hemos llegado antes y hemos identificado a su mujer por la tarjeta del hospital en el que trabajaba. No había signos de violencia. Hemos verificado las señas en nuestras bases de datos e inmediatamente hemos visto su dirección y la relación que tenía con usted. Hemos enviado un policía lo más rápido posible ya que hemos llamado una y otra vez a su móvil pero no hemos obtenido respuesta. Al llegar allí ha entrado en shock. Ahora iremos a la comisaría, donde también está el departamento forense. ¿Alguna pregunta?
Mientras le hablaban, él tenía un gesto preocupado e incrédulo por muy real que fuera todo. Simplemente se limitó a asentir una y otra vez, asentir con el dolor del batacazo más grande que le habían dado en toda su vida. Lo único que hizo además de asentir con los ojos llorosos, fue mirar las numerosas llamadas que marcaba la pantalla de su móvil y que corroboraban lo que le acababan de decir. Tras la notificación de llamadas perdidas, en el fondo de pantalla de su teléfono, se encontraba la foto de ella, sonriendo como nunca. La luz de la pantalla se fue apagando poco a poco y, cuando finalmente no hubo ni un solo píxel iluminado, alzó la mirada a aquellos dos miembros de la policía y dijo seca, brusca, tristemente y con un hilo de voz: Va…vamos.
martes, 15 de mayo de 2012
El de cuando la gestión de las emociones
Estoy cansado de ver una y otra vez a Eduard Punset decir que, el gran reto que tenemos que conseguir llevar a cabo durante los próximos años es la gestión de las emociones. Lo repite una y otra vez, y cuando puede, lo vuelve a repetir y yo, cada vez que lo escucho pienso que tiene más razón y, seguramente, lo seguirá diciendo y tendrá más razón aún. La cosa es que, siempre nos da el mismo ejemplo, habla de sus nietas y de cómo les pregunta, cuando llegan del colegio si les han enseñado a ser felices, a expresar su enfado o cualquier mínima cosa que tenga que ver con las emociones y, la respuesta de sus nietas, siempre es la misma: “Pero qué cosas dices abu” (o una respuesta similar pero, de cualquier modo, la respuesta, como todos podemos intuir, es una respuesta negativa). Y es que no, nadie enseña a gestionar las emociones. No se nos enseña a expresar lo que sentimos, de hecho, todo lo contrario. Se nos enseña a mostrar una buena apariencia física, a sonreír al mundo, sin importar como nos sintamos realmente. Vamos por la calle, vemos a algún conocido y le preguntamos por su salud “¿Cómo estás?”, y normalmente nos dicen que están bien, o como mucho que están resfriados y demás. Da igual la persona que sea, da igual si hablamos con ella todos los días, no vamos más allá del “Estoy bien ¿y tú?”. Y esto, queramos o no, no puede ser sano, aunque, es lo que hay y es un problema o reto a solucionar.
No estoy diciendo que vayamos por la calle explicando a desconocidos y desconocidas como nos sentimos, no. Estoy diciendo que aprendamos a gestionar las emociones, que aprendamos a hablar de los sentimientos, que no sea algo reservado a la familia (y a veces ni tan siquiera eso) o a un psicólogo o que sea algo que llevemos por dentro como un secreto, como algo que debemos mantener encerrado y no dejar salir. Tenemos que aprender a manejar esto y, eso es lo que dice Punset o, al menos, eso he entendido. La verdad, me gustaría que algún día, la pregunta de “¿Cómo estás?” fuera desapareciendo por la pregunta “¿Cómo te sientes?”. Me gustaría que algún día alguien me hiciera esa pregunta y yo fuera capaz de contestarla y, que yo, del mismo modo, fuera capaz de preguntárselo a alguien y me lo contestara sin problemas. Ese es el gran reto y, debemos a empezar a trabajar para que la gestión de las emociones sea una realidad en un futuro no muy lejano, para que futuras generaciones (y si pudiera ser la nuestra), tengan una vida más sana y, estoy seguro de que controlando y manejando emociones y sentimientos, tendremos un mundo de personas no ya más felices, sino, simplemente felices y, creo poder afirmar que el objetivo de toda persona es la felicidad propia y la de los demás. Así que ya sabéis, a cambiar preguntas y respuestas.
domingo, 22 de abril de 2012
Otro tipo con insomnio…
Había sido una noche dura, como tantas otras. Estaba cansado pero, aún así, no podía dormir. En realidad sabía el motivo pero intentaba evitar recordárselo una y otra vez. Un día, hace tiempo, alguien le dijo que si no podía dormir era porque algo le atormentaba, porque la cabeza no podía dejar de pensar y pensar, de buscar soluciones, de buscar respuestas, de buscar… simplemente de buscar porque nunca acababa encontrando nada. Él sabía que era verdad pero que, por muchos problemas o cosas que le pasaran, el motivo siempre era el mismo, ella. Lo que más le “molestaba” y agobiaba era no saber de ella, más bien, lo que ella pensaba de él. Nunca había podido hablar claro, había querido pero no veía el momento… Con el paso de los días, las semanas, los meses, se había dado cuenta que en realidad la distancia no importaba tanto como el tiempo. ¿Son ambas cosas importantes? Sin duda pero, la distancia nunca podrá ser tan importante como el tiempo. Un metro, un kilómetro, diez mil, nunca sería tan significativo como un segundo, un minuto o una hora… Lo había hablado largo y tendido con la almohada… Una vez leyó que eran algo básico en la vida, que todas las noches compartimos nuestros pensamientos con las almohadas, que ellas saben nuestros más íntimos secretos y deseos… No dudaba para nada de que si pudiera hacer que la almohada le dijera a ella la de noches que no había podido dormir por el no saber cómo le iba, la de golpes que se había llevado por la desesperación, la de momentos que se había despertado de repente en la noche gritando su nombre, la de veces que había soñado con ella y que parecía que seguiría soñando… Estaba seguro de que si la almohada hablara con ella, ella se enamoraría de él o simplemente sentiría pena y cierto “malestar” por no corresponderle… Corresponder, esa era la palabra, eso era lo que él no sabía, eso era la causa de su insomnio. En gran medida sabía que la culpa era suya porque para que te respondan tienes que preguntar pero él sabía que no podía lanzar una pregunta, que no era el momento, que el tiempo no había puesto las cosas en su sitio todavía. El tiempo otra vez, siempre era el tiempo.
Sabía que no podía preguntar o al menos eso creía. Tenía unas ganas tremendas de decir: “¿Oye, te has dado cuenta?”… Pero eso conllevaba a que ella se pudiera haber dado cuenta y a pesar de eso no hubiera dicho nada simplemente porque no sentía lo mismo. Eso realmente le habría tocado bastante, le habría llevado a una increíble lucha con la almohada, pero pensaba que si así fuera, simplemente lo asumiría lo mejor que pudiera… Él pensaba que esa era la mejor y la peor sensación que podía experimentar una persona. Pensaba que, tras 30.000 o 40.000 años de lenguaje, todavía había cosas que no podemos expresar con palabras, cosas que queremos pero no podemos y cosas que no podemos y queremos. Había demasiadas cosas inexplicables y, en cierto modo disfrutaba de esas cosas inexplicables, al igual que un niño o una niña disfruta de un truco de magia en el que no encuentra explicación… Pensó en la cantidad de historias de amor que había visto, leído y demás, todas le parecían imposibles pero le daban cierta esperanza. Veía que la vida era como una tragicomedia y, seguramente, ahora a él le tocaba vivir la parte de tragedia. Mariposas en el estómago, felicidad sin límites, atontamiento… eran síntomas típicos que describían a una persona enamorada. Él, hacía tiempo que se había dado cuenta que, quizás ese fuera el estado de una persona que ha conseguido estar con la otra pero que, el proceso anterior, el momento previo, significaba “sufrir” por la otra persona, pensar una y otra vez que será de su vida, dónde estará, con quién estará… Eso era lo que le quitaba el sueño… Pero básicamente le importaba el con quién. Siempre había visto muy falso ese momento en una película o en una novela en la que, en un triángulo amoroso, alguien renunciaba a su amada diciendo que si ella era feliz, él era feliz. Todo mentiras, ¿cómo podía ser feliz alguien a quién se lo había privado de lo más importante en su vida? ¿Cómo podía ser feliz alguien que nunca podría ser feliz? Él sabía que la felicidad dependía de estar o no estar con ella. Esto no quería decir que si finalmente nunca estaba con ella no sería feliz nunca, sabía que había más posibilidades pero, lo veía francamente difícil… La gente era rechazada constantemente, en todo lugar pero, no es lo mismo el rechazo a pasar una noche “loca” que el rechazo a pasar una vida juntos… Por el primer rechazo no pasaba nada, por el segundo había habido historias en las que la gente moría. Sí, la gente se podía morir de amor… Era algo que podía consumir a las personas y, a él, le estaba consumiendo el sueño…
Siguió traspasando pensamientos a la almohada, pensando en qué pensaría ella, pensando cuando podría volver a verla, que haría entonces, si el tiempo pondría las cosas en su sitio o, en este caso en el sitio que el quería y deseaba más que nada en el mundo. Vueltas, vueltas y más vueltas. Y otra vez la pregunta sobre cómo ella lo vería a él, pero nada, solamente sacaba más y más quebraderos de cabeza. Le habría gustado que ella llegara un día y le dijera que venga, que adelante, que comenzaran una feliz vida juntos…o que no, que lo sentía, que serían solo buenos amigos… Con esto último, el corazón le habría dado un gran vuelco pero, aun así, significaría que estaría de algún modo con ella aunque no fuera como él quería. Finalmente, se durmió pero, al par de horas se despertó más cansado que si no hubiera dormido nada, cansado física y mentalmente… No sabía que haría durante el resto del día, durante las siguientes semanas, tal vez meses… Tiempo, siempre era el tiempo…
martes, 10 de abril de 2012
En la playa y por la noche (Vamos, lo que es el capítulo 17)
-Pues se ha hecho largo…
-¿El qué?
-No, tu “exilio”…
-¿Exilio? Vamos, no será para tanto…
-¿Tú sabes la de veces que he estado subiendo en ascensores y sólo he oído frases cómo “Buenos, días”, “Buenas”, “Hola”, “¡Qué frío que hace!”, “Yo no he sido…”…?
-¿Yo no he sido?
-Es una larga historia…y no muy agradable…
-¡Jaja! Vale, prefiero que no me la cuentes.
-¿Y ahora qué?
-¿Qué de qué?
-Sí, yo que sé… ¿ahora qué vamos a hacer?
-Bueno, de momento, parece que pasear…
-¡Jaja! Vale, hasta ahí llego… ¿y luego?
-¿Te importa mucho?
-Pues no lo sé…
-¿Y para qué quieres saberlo?
-No sé, la gente necesita que va a hacer…
-¿Por qué?
-No lo sé…
-¿Por qué motivo te quieres preocupar de lo que harás después? ¿No prefieres preocuparte de lo que estás haciendo ahora?
-No sé…
-…
-¡Tú has estado leyendo frases de los sobres de azúcar!
-¡Jaja! Me has pillado…
-¡Jaja!
-¿Ves? Así se está bien. Hablar, pasear, ver las estrellas, el mar, ir al zoo… no sé, no necesitaba pasar el día preguntándome qué iba a hacer después… Ya te lo dije…
-¡Espontaneidad!
-Exacto. ¡Has aprendido a acabar las frases!
-¡Jaja! Te has dado cuenta…
-¡Jaja! Pues eso, sigamos paseando, ¿no?
-Pues eso… pero necesito saber una cosa, es fundamental…
-No… los niños no vienen de París…
-¡Jaja!
-No, en serio, es importante…
-Dime.
sábado, 24 de marzo de 2012
El de cuando los videoclubs
Últimamente estoy un poco “melancólico”, romántico, si queréis (en el sentido de sentirse nostálgico, no es que vaya regalando flores y bombones por ahí a toda chica que pasa por delante…). Todo cambia, todo fluye y, estamos asistiendo a unos cambios enormes en el mundo. Si los cambios son para mejor o peor, sinceramente, el tiempo lo dirá. Todo esta reflexión que puede parecer muy general, ha aparecido en mi cabeza mientras pensaba en los videoclubs.
Estoy seguro de que mucha gente, mayoritariamente aquella que es menor de unos diez o doce años, en su vida ha entrado en un videoclub y, seguramente, cuando crezca lo recordará como algo anecdótico. Y es que cada vez hay menos, en gran medida, debido a internet y los videoclubs online y demás. Es muy cómodo querer una película, buscarla, poner el número de tu tarjeta y alquilarla de forma digital. Nos ahorra tiempo, dinero… Pero, no nos engañemos, nunca será lo mismo que ir a un videoclub. Ese momento, en el que, una tarde, normalmente de fin de semana, que no sabes que hacer y te bajas al videoclub, a ver todas las estanterías repletas de películas, a coger las cajas de los “DVDs”, a mirar la carátula por delante y por detrás, dejas la película y sigues buscando otra… Luego ves aquella película que una vez alquilaste hace tiempo y con la que os lo pasasteis muy bien (digo pasasteis porque entonces las películas no las solíamos ver en el ordenador, solos, no, antes se veían con amigos o en familia y, era gran parte del encanto que tenía…). No sé, esa experiencia, esa sensación, es algo que nunca nos dará el teclado y la pantalla. Mucha gente no coincidirá con este punto de vista pero bueno, a mí es algo que me gustaba hacer. No lo puedo explicar mejor de lo que estoy haciendo, o quizás sí, pero ahora mismo no se me ocurre cómo. Puede que el ejemplo del videoclub no sea el mejor para expresar como todas nuestras costumbres están cambiando pero, pensemos ahora en los libros, más concretamente en los libros electrónicos. Mucha gente dice que nunca sustituirán al papel, otros dicen que acabarán con las librerías pero, no nos volvamos a engañar, el mundo está lleno de gente “romántica”, que ha vivido la experiencia de estar en una librería rodeado de papel impreso con su tan característico olor… Lo que me preocupa es que las nuevas generaciones no lleguen a experimentar estas sensaciones, que no sepan lo que es ir a un videoclub e ir mirando todas las películas para finalmente elegir una y verla en compañía, me preocupa que no vayan a una librería y se dejen llevar de un libro a otro rodeados de ese olor a papel… Me preocupa no saber hacia dónde vamos. También podría hablar del cine pero, considero que es algo diferente y me parece mucho más difícil de sustituir por una descarga de internet o por una pantalla plana en casa. Puede que sea incómodo adaptarse a los horarios, que te moleste el señor de la cabeza grande que se sienta delante o que la persona de al lado sorba muy fuerte su refresco pero, seguiremos yendo al cine por la inmediatez, por el olor a palomitas y por la compañía.
Hemos visto pues que, todo está cambiando y no sabemos si para bien o para mal yo, simplemente creo que, vamos hacia algo diferente, ni mejor ni peor, simplemente diferente, la calidad del cambio está en cómo lo mire cada uno. Cuando nos metemos en un río, salimos y nos volvemos a meter, ya no estamos en el mismo río, el agua a fluido. Nuestras células, se regeneran por completo en unos siete años así que, las personas, también cambiamos aunque no lo parezca (dentro de siete años todas las células de mi cuerpo serán nuevas, no seré el mismo). Cambios, cambios y más cambios… lo que sí que es más difícil de cambiar es nuestra mentalidad, nuestros gustos, nuestras costumbres (y menos mal, porque si no pasaríamos de unas cosas a otras sin pensarlo, y no hay que olvidar que hay muchas cosas buenas. No hay que rechazar los cambios, pero tampoco hay que abandonar lo que tenemos.). Alguien dijo una vez que vamos echando de más, lo que un día echamos de menos. Sinceramente, yo creo que es al revés, vamos echando de menos lo que un día echamos de más.
martes, 20 de marzo de 2012
En la cafetería de la oficina (La 14 ya… ¿cuántas partes habrá?)
-¿Y ahora qué?
-No sé…
-No hay “holas” ni “hasta luegos” pero… ¿cómo seguimos esta conversación que empezamos y acordamos no acabar?
-No lo sé…
-Yo tampoco.
-¿Me vas a pedir que me quede?
-¿Serviría de algo?
-Sí, me harías sentir bastante mal.
-Entonces… sí.
-¿Qué?
-Era broma…
-¡Idiota!
-¡Jaja! ¿Ahora me insultas?
-¡Jaja! Perdón…
-Nunca pidas perdón, es una muestra de debilidad.
-¿De verdad piensas eso?
-Más o menos… ¿por?
-Requiere un gran esfuerzo y valentía pedir perdón a alguien.
-Pero es reconocer que te arrepientes de lo que has hecho…
-¿Y tú no te arrepientes de nada de lo que has hecho?
-Creo que no. Lo he estado pensando y me arrepiento de lo que no he hecho, de lo que no he dicho, de lo que no…
-Pero las personas nos equivocamos, ¿por qué no admitir los errores?
-Por eso mismo. Sé que me he equivocado, que me equivocaré y que es inevitable… ¿tiene sentido que me preocupe por eso? Simplemente pienso que debería haber hecho otra cosa pero no por ello siento o lamento lo que hice en su momento.
-Te arrepientes de lo que no has hecho…
-Sí, ya te lo he dicho y seguramente seguirá siendo así…
-…
-Nos hemos desviado un poco del asunto de que te vas.
-Ya…
-¿Y bien?
-Solo dame un abrazo, y deséame lo mejor.
-Coincido… pero que sepas que la conversación se quedará en “pausa”.
-Lo sé.