lunes, 7 de marzo de 2016
El de cuando soy humano
viernes, 3 de julio de 2015
Un texto diferente como siempre
Paseaba el bolígrafo entre sus dedos con una delicadeza bastante tosca. Estaba hecho de contradicciones. Amaba y odiaba, reía y lloraba, chillaba y susurraba, pero todo a la vez. Era una contradicción andante. Seguía con sus torpes expertos malabarismos con el boli a la vez que escribía en el teclado. Y el teclado donde escribía solo tenía cinco octavas y acababa escribiendo a la novena pasada de bolígrafo entre el pulgar y el meñique de diferente mano, de diferente pie, de diferente extremidad. Y se sentó en un banco, sobre la vieja griega que intentaba sacar dinero, dinero de una pensión casi inexistente para comprar sus pastillas, pastillas de alegría que le pasaría su camello en el que venían montados los reyes magos. Uno robaba oro, otro incienso y el otro birra. Conocidos alcohólicos anónimos, entraban al grito de policía no tan secreta. Mientras la discreta luz de los neones de aquella tienda de ropa de bebé iluminaba los probadores llenos de octagenarios que apenas tenían diez meses. E intentaba causar la risa, pero gritaba sufriendo del divertido dolor que suponía imaginar el fino y grueso borde de un folio cortando la córnea del ojo, del ojo de la cara, que el del culo es ojete, por grande que sea y ojazos son los suyos, por cerrados que los tenga. ¿Y si bajo en el ascensor? ¿Y si subo en el descensor? ¿Y si tiro de la cadena y aparece el perro? ¿Y si dice cuidado con el gato? ¿Y si me río de la obsesión? ¿Me puedo contestar una pregunta retórica? No. La gracia… ¿cuánto más para encontrar la desgracia? ¿Cuánto menos? ¿Y el sentido? ¿No es fingido? ¿Y lo morido? ¿Y lo vivido? En un momento dejó la tercera persona o la cuarta o la quinta, se pasó a la primera y desveló que escondía en secreto a voces el callar que hablaba de él… ¿Y la basura que se encuentra escrita? Y darse cuenta de que la gente escribe por obsesión… que cuando no sabe qué hacer y no puede no hacer nada coge algo, se vuelca en ello, se aprende el día en el que se cortan las uñas de los pies, se vuelcan y se dedican a ello… ¿Fanatismo? Puta locura cuerda para evitar caer en el éxito de la miseria. Enfermos curados, como un queso, como un jamón de cinco jotas aragonesas, si os quedáis demasiado, en el futuro estaréis pasados. Abrid la puerta, dejad encendido el ordenador, apagad la ventana. Se le cae, se le cae el bolígrafo verde de las manos… ¿No era verde? ¿Habéis leído bien? Vale ya, vivid, morid ahora, ya podéis, sí, sois locos cuerdos, dejaos de bellas mierdas. Morid. Ya. Ahora. Dejad de ser como sois, nunca cambiéis. Os lo pido, sed alguien, pero no seáis vosotros. De momento, ahora ya no, el bolígrafo rojo sigue paseando entre sus dedos, de una forma toscamente delicada.
sábado, 18 de abril de 2015
Gracias.
Y nos quitan la capa
en pleno vuelo:
nos metemos en la tormenta.
Nos arrojan, nos empujan,
no sabemos reaccionar.
Las nubes y las estrellas
ahora son truenos, centellas,
rayos y centellas.
Nuestra fuerza de repente,
siete veces menor a la de un gnomo
y un llanto seco
nos estrella.
Y siento la impotencia
y miento para que no me crean
y solo es cierto que no hay certeza,
no hay cielo claro,
solo una dura,
angustiosa,
angustiosa dura corteza
que nos revuelve el estómago
y lo más que podemos hacer
es aguantar,
aguantar esas ganas de vomitar
a la realidad,
a una realidad imperfecta,
de golpes, de zarzas,
de espinas,
sin rosas.
Ya murió la mariposa,
ya llora, desconsolada,
la princesa.
Ya susurra aquella sombra,
rastrojo que arrastra tristeza.
Y mi medicina es la ponzoña
que me mata y me envenena.
Y mis lágrimas son sucias,
ya no filtran,
no confían.
Intranquilas se desprenden,
saltan al vacío
desde mi ciega retina,
rutina diaria, rutinaria,
nos sentimos ángeles
con las alas cortadas.
Y sabemos que pudimos volar,
añoramos el cielo que contamina la realidad.
Caídos, perdidos,
bebidos, vividos, vívidos,
enjaulados, atados,
nos gastaron los suspiros…
Y se nos vuelve olvidar,
el arco friega la cuerda,
da una nota de esperanza,
de brío, de valor y brillo.
Nos tiramos de cabeza al sueño,
nuestras alas rotas pueden volar.
Y en el paredón del cielo,
nos dan, esquivamos las balas,
bailamos en la tormenta,
atormentamos la realidad,
le damos dosis de la nuestra.
Y nuestra sangre riega los campos
y nuestro vómito
es el sustrato donde crece la rosa,
nuestro aire,
el mismo donde crecen las mariposas.
La princesa ríe, alegre,
en nuestra cama.
Y me devuelve la capa,
me da las alas.
Gracias.
martes, 9 de octubre de 2012
El último baile (V)
El caso es que una vez superada su crisis mantuvo aquél hábito de correr temprano cada mañana. Tras unos cuarenta y cinco minutos de recorrido volvía a casa empapado en sudor, se bebía un bote de Aquarius de naranja y se daba una ducha, normalmente templada. Mucha gente habla de las maravillas de las duchas frías pero él, lo único que conseguía con las duchas frías era una respiración entrecortada y algunas veces un gran catarro. A todas esas personas que alababan esa clase de duchas, él, les habría dicho que mienten, que lo que les sienta bien son las duchas frescas y no frías, hay una gran diferencia. Después de ducharse, tendía la toalla, dejaba la ropa sucia en la lavadora y se metía rápidamente a la cocina. Casi siempre solía desayunar fuerte: zumo de naranja, huevos revueltos, tostadas con aceite o mermelada de melocotón y mantequilla (dependiendo del día), una pieza de fruta, normalmente un plátano, y una taza de café recién hecho bien cargada. Después de tan enérgica comida para empezar el día iba al baño a hacer lo propio…exacto, a lavarse los dientes. Se vestía, como siempre, con unos pantalones vaqueros azul marino, una camiseta y una camisa medio abierta (o medio cerrada) por encima y unas zapatillas deportivas de marca Converse. Tras esto, se colgaba su bolsa del hombro. En la bolsa llevaba el ordenador portátil, un bolígrafo negro y un pequeño cuaderno con las tapas de piel. En sus bolsillos llevaba la cartera, las llaves y un viejo móvil con el que pocas más cosas podía hacer que llamar y enviar mensajes de texto. No necesitaba nada más. Siempre le había gustado ir con lo justo y necesario, le gustaba sentirse ligero. Antes de salir de casa se mojaba los dedos en gomina y se despeinaba. Siempre decía que él no se peinaba porque no tenía peine y tenía toda la razón, simplemente se daba un poco de volumen con los dedos y se daba por satisfecho.
Al salir del apartamento cogía el ascensor que lo llevaba directamente al garaje. Allí le esperaba su Yamaha plateada y su casco negro mate con unos tribales grises y una estrella plateada a modo de decoración. Hace tiempo que había dejado de utilizar su viejo coche, un Yaris plateado, ya que el trayecto que hacía no superaba los diez kilómetros. Solo cogía el coche los días de lluvia o viento para evitar el peligro que supondría coger la moto. En la moto se sentía libre, casi como cuando corría. Alguna que otra madrugada entre semana se había puesto el casco y había disfrutado de la vacía carretera propia de esas horas. Simplemente es increíble poder conducir sin tráfico, es una sensación que todo el mundo debe sentir alguna vez, o al menos eso pensaba Chuck.
El caso es que se puso el casco y salió del garaje camino hacia la editorial en la que ahora trabajaba. El cielo estaba completamente despejado, los pájaros cantaban, ningún vehículo se atrevía a interrumpir aquella música ambiental de película Disney que había. Era un día tranquilo, era un día apacible, era un día calmado, era un día de tantos… Pero como suele pasar, si en un bosque no hay ningún ruido, si todos los animales callan, es porque algo va a pasar. Nada más lejos de la realidad. De camino al trabajo Chuck pasaba por una carretera de doble sentido junto a la que había un parque. No era normal que hubiera mucha gente a aquellas horas de la mañana pues o bien todos estaban ya en el trabajo o en el colegio, o bien era pronto para que los que no tenían trabajo o escuela estuvieran en la calle. De repente, en medio de la carretera apareció un niño, siguiendo una pelota roja, el niño llevaba un globo de helio de Bob Esponja atado a la muñeca. Era demasiado tarde para que Chuck frenara sin caerse de la moto pero tuvo que hacerlo. Frenó primero con la rueda de atrás y después con ambas a la vez, la moto derrapó ligeramente haciendo que Chuck cayera al suelo y la moto encima de él. El coche que iba inmediatamente detrás de Chuck también había frenado, un poco antes de que Chuck cayera, quizás advertido de que algo pasaba al ver un globo de Bob Esponja flotando por el medio de la carretera. Las ruedas del coche dejaron de rodar pero se deslizaron por el asfalto hacia Chuck.
Abrió los ojos y vio el parachoques del coche por la parte de abajo, había frenado justo a tiempo. Se levantó rápidamente mirando a los lados y vio que el niño había cogido la pelota y había vuelto al parque, como si nada hubiera pasado, inconsciente de que podría haber dejado este mundo por una estúpida pelota roja que valdría poco más de un euro. Entonces Chuck notó una mano sobre su espalda, seguida de unas palabras que nunca olvidaría.
-¿Cómo te sientes?- dijo una voz femenina, dulce.
-¿Qué? ¿Qué me has dicho?- dijo Chuck mientras se giraba hacia aquella voz.
-Digo, que cómo estás… Ha faltado poco…- dijo ella.
-Me, me habías dicho que cómo me sentía y…- entonces Chuck le vio la cara.
-Ah, sí, estoy acostumbrada a decir eso en lugar de cómo estás, es que es demasiado corriente, me gusta más saber cómo se siente la gente que cómo está...- dijo ella intentando explicarse…
- ¿Tera?- dijo Chuck sorprendido.
martes, 4 de septiembre de 2012
El último baile (IV)
Es curioso ver el modo en el que una palabra puede trastornar a la gente, cómo de simplemente resultar familiar, curiosa, graciosa, triste o simplemente difícil de decir (como otorrinolaringólogo), cómo de eso, puede pasar a convertirse en algo que nos ahoga como si de un bocadillo de polvorones en pleno agosto se tratase. Tetradotoxina, esa era la palabra que hacía que unos momentos su corazón se parase y en otras ocasiones latiera a una velocidad de estrella fugaz. Nunca olvidaría esa palabra.
La primera vez que la oyó fue en su juventud, en una de las numerosas series detectivescas que veía. Sin embargo, nunca se dedicó a investigarla, a saber en qué lugares, animales o plantas se encuentra, o de qué se compone, no. Todo esto no le interesaba para nada. A él le bastaba con saber que era un veneno, como el cianuro o cualquier otro. De hecho, si le hubieran preguntado por una sustancia tóxica, la primera que le habría venido a la cabeza habría sido esta última y, además, siempre añadiría que, es una sustancia que deja un ligero olor a almendras y hace que los labios se tornen de un color más bien morado. Sin duda, el cianuro era el veneno que más se veía por la televisión, un veneno de estar por casa, se podría decir. Pero desde el día en el que un policía llamó al timbre de su casa para darle la peor noticia de su vida, desde el peor día de su vida, la palabra “tetradotoxina” se le quedó grabada a fuego en el corazón, nunca la olvidaría.
Para ser exactos, la oyó cuando llevaba esperando dos horas junto a la puerta de la sala de autopsias y un tipo con bata blanca salió para hablar con el inspector. El inspector y el forense se apartaron a un lado y mantuvieron una conversación de unos cinco minutos. Acto seguido, el forense volvió a aquella fría habitación llena de los pacientes más tranquilos del mundo. El inspector se dirigió hacia él y, lejos de realizarle un interrogatorio o darle largas en lo que respectaba a la causa de la muerte de ella, fue sincero, le contó la verdad sin tapujos. Fue algo que le extrañó en gran modo ya que, la policía, tenía fama de inepta, de ver culpables en todos los sitios, de no descartar a nadie. Sin embargo, aquél inspector parecía diferente. No tardó mucho en confiar plenamente en él. Ella, había muerto a causa de la ingesta de tetradotoxina, un potentísimo veneno que actúa de una manera efímera y fugaz, casi en el acto. Al oír esto, sus llorosos ojos se llenaron de incertidumbre, miedo y rabia. ¿Quién podía haberla querido matar? ¿Por qué? ¿Dónde estaba el responsable de su muerte? ¿Le dejarían matarle cuándo lo encontrasen?
Todas esas preguntas llegaron después de aquella interminable noche pero no obtuvo la respuesta a todas. La investigación no llevó hacia nadie. Apenas tardaron un mes en dejar de investigar y, para entonces, él ya estaba en su exilio en Sudamérica, donde tocó fondo. Resulta curioso que, una persona que da su vida a investigar crímenes, una persona que trabaja en un periódico y se mueve por la búsqueda de la verdad, por destapar los hechos tal y como fueron, por hacer que todo el mundo sepa lo que ha ocurrido, es curioso que cuando más volcado debía estar en un caso, lo único que pudo hacer fue darle la espalda a todo. Asumió que nunca sabría la verdad. Intentó investigarlo en numerosas ocasiones pero, lo único que le ocasionaba era malestar, dolor de cabeza, noches en vela, noche pensando, noches de llantos, noches en las que repasaba todo lo que sabía y veía que, una y otra vez, lo único que hacía era darse golpes contra un muro, intentar encontrar una gota de agua en el mar, un grano de arena en el desierto.
Lo único que desveló su investigación y la de la policía fue que, alguien había puesto una botella de agua con tetradotoxina dentro de la máquina expendedora que había en la primera planta del hospital, justo antes de entrar en el ascensor. Ella, antes de salir hacia casa, había comprado una, la había abierto en el ascensor, había dado un trago y la había guardado en su bolso. Ni siquiera llegó con vida a la planta inferior, donde estaba el parking donde tenía aparcado el coche con el que volvería, un día más a casa. En la máquina expendedora encontraron otras dos botellas envenenadas. Sin embargo, no había ni una sola huella, ni una grabación en la que se viera algo, nada. La única pista respecto a un posible culpable fue el testigo que encontró el cuerpo y vio a un tipo corriendo pero, más tarde se descubrió que el tipo que corría, lejos de ser culpable de homicidio, era un médico que corría hacia un quirófano a través de las escaleras en respuesta a la llamada de su busca. Ésa era toda la información del caso de su mujer. En los siguientes días aparecieron otras dos víctimas más en otros hospitales, llevadas al otro barrio con el mismo método. Pronto se constató que el responsable de esas muertes era un asesino en serie. La policía creó un perfil psicológico y, como siempre, dictaminaron que era alguien frío, inteligente, que llevaría una vida normal ante sus conocidos (aunque seguramente no tendría mucha relación con casi nadie) y que se deleitaba con las ideas de poder y control, de poder quitar vidas a su antojo sin consecuencias. Más allá de esas tres víctimas, no se encontró nada.
Ella había muerto por accidente, por casualidad, sin motivo, sólo por el capricho de un loco que no había dejado ningún rastro, un loco que necesitaba experimentar el placer de jugar con vidas humanas, un loco sin rostro, otra boca flotante más.
Después de ese día, recibió el apoyo de todos sus familiares y amigos pero, lo rechazó y lo único que hizo fue darle la más digna de las despedidas que pudo para, acto seguido, hundirse en sus pensamientos, él solo, lejos de todo, en mares de recuerdos y tragos de llantos, en decisiones que marcarían el resto de sus días. Una y otra vez pensaba en lo mismo: había perdido su razón de vivir. Durante años y años había esperado a que ella llegara, sabía que un día el amor llamaría a su puerta, él le abriría y le invitaría a quedarse para siempre. Pero siempre fue menos de lo que él creía. Siempre fue todo y a la vez nada. Sabía que, desde aquel trágico día, no haría más que levantarse de golpe en mitad de la noche, que gritaría su nombre, que daría rodeos con un paso firme y lleno de rabia junto a la cama, que se despertaría queriendo verla a su lado, que bailaría con la almohada, que se giraría en la cama en busca de un beso que nunca llegaría, un beso que se llevaría el viento. Sólo quería tenerla a ella a su lado. A esa persona a la que siempre tuvo y con la que siempre podía contar ante cualquier problema que tuviera en su vida, esa persona que le curaba todos sus males con un simple abrazo, con una mirada, esa persona que le hacía sentirse seguro. Seguro y querido, no pedía más. Durante un tiempo la tuvo pero ahora, en su ausencia, la vida no tenía sentido.
Sólo el tiempo y la loca idea que le dio aquella canción de no volver a enamorarse nunca más para no pasar por aquello otra vez, fueron los que le permitieron seguir con su existencia.
Pero ahora, cuatro años más tarde del “accidente”, iba a romper la promesa que le hizo a Chuck Starter,esto es, la promesa que se hizo él mismo de no volver a amar a alguien de ese modo nunca más. Se había enamorado.
jueves, 23 de agosto de 2012
El último baile (III)
De aquella tarde en la que le dieron la noticia únicamente tenía un recuerdo borroso y doloroso. Fue uno de los momentos que más repasó durante su periodo de exilio en Sudamérica.
Era un jueves cómo cualquier otro, él estaba en casa, repasando toda la información que había recopilado sobre el caso de homicidio en el que estaba trabajando. La víctima era un hombre de unos 52 años al que habían decapitado brutalmente (pues no hay otra forma de arrancarle la cabeza a alguien que no sea brutalmente) por causas todavía desconocidas en aquel momento. Las sospechosas eran dos mujeres de una edad que poco distaba de la de la víctima. Una era su mujer y la otra una compañera de trabajo con la que parecía llevarse muy bien. No hizo falta investigar mucho para darse cuenta de la aventura que mantenían y que hizo que nuestro amigo perdiera la cabeza, literalmente.
El caso es que mientras repasaba los papeles, las anotaciones de lo que habían dicho los testigos, las grabaciones de los interrogatorios… sonó el timbre de la puerta. Fue a eso de las seis de la tarde. Tuvieron que llamar dos veces puesto que tenía la costumbre de no molestarse en levantarse a abrir la primera vez y todos los que le conocían lo sabían. Decía que así se evitaba hablar con vendedores, ya fuesen de aspiradoras o de religiones (sobre todo a estos últimos). Al oír el timbre por segunda vez acudió a la puerta bajo la cual, entraba la cálida y flamante luz del sol. Abrió y allí estaba, un hombre sin rostro, con uniforme de policía. La imagen que conservaba de aquel individuo que le dio la peor noticia de su vida fue la misma imagen que tenía de los locutores de radio. Para él, los locutores de radio eran personas sin cara, son una simple boca con todo el resto del rostro oscuro, envuelto y escondido en una tenebrosa sombra. Una cabeza flotante en la oscuridad de la que sólo se distingue su forma y se reconoce de forma clara y precisa la boca. Ésa misma imagen es la que tenía de aquél hombre.
Cuándo le dio la noticia simplemente no supo cómo reaccionar. Había habido otros momentos en los que la vida le había abofeteado pero nunca cómo ese. Normalmente, recibía un golpe y no perdía la sonrisa, a veces, incluso ponía la otra mejilla si creía que se lo merecía. Pero esa vez fue diferente. Perdió todo signo de jovialidad en su expresión y un cortocircuito colapsó su cabeza. No podía articular palabra. Sabía que tenía que preguntar muchas cosas: cómo, dónde, cuándo, por qué, por qué… por qué. Sin embargo las primeras palabras que pronunció no fueron una pregunta, no, fueron un imperativo: Quiero verla.
Aquél tipo sin rostro le invitó a seguirle y él, ni siquiera se molestó en coger las llaves de casa, la cartera o el móvil. Mientras lo seguía aquella boca flotante iba hablando, de forma seria y pausada pero él ya hacía tiempo que había dejado de oír lo que le decían. Simplemente se movía cual autómata. En ese estado robótico y cegado por la luz del sol del atardecer se subió en los asientos traseros del coche del policía pese a no haber nadie como copiloto. Cerró la puerta y dirigió la mirada, fija y penetrante al suelo. Aquella boca seguía con su discurso a pesar de no obtener ninguna respuesta ni gesto de él más que la indiferencia y el pálido reflejo de una cara que podría ser la de un cadáver, o incluso la de Iniesta.
Al cabo de una media hora el tambaleo del coche cesó. El motor había parado. Levantó la vista al frente y vio como el tipo sin rostro bajaba del coche y le abría la puerta invitándole a salir. Salió. Se encontraba en el parking de un hospital. Pero no era un hospital cualquiera. Era el hospital donde ella trabajaba. La boca flotante uniformada empezó a andar y él detrás de ella. Ya había dejado de hablar. Anduvieron apenas un minuto cuando la oscuridad y frialdad del aparcamiento y del momento se vio sustituida por las luces de las sirenas y del ascensor, el ruido de walkie talkies, un montón de otras tantas bocas levitando por todo y el color de una cinta amarilla con letras negras que impedía el paso de aquellos “espectros” al lugar donde yacía la única persona con rostro, ella.
Al verla, empujó a su mensajero y chófer y pasó a través de la cinta amarilla como si hubiera llegado a la meta de alguna competición. Sin embargo, su expresión distaba mucho de la de un atleta que acaba de ganar una medalla para su país. Un grito sordo hizo que el mundo se parara por un momento. Todos los allí presentes callaron y vieron el sufrimiento encarnado en una persona, él. Pronto, los médicos que rodeaban el cuerpo lo apartaron evitando que la abrazara y moviera. Él golpeó una y otra vez a los médicos y a todo el personal que intentaba apartarle de lo más importante de su vida. Finalmente, cuando no pudo ni gritar más ni moverse, se desvaneció inconsciente sobre los brazos de aquellos demonios que no le dejaban alcanzar aquello que más quería.
Despertó levantándose de repente en una especie de camilla, con una máscara de oxígeno que inmediatamente se arrancó, al mismo tiempo que daba un salto fuera de la ambulancia donde se encontraba. Justo enfrente, vio cómo un grupo de paramédicos levantaban del suelo un cuerpo, cubierto por una funda de plástico, y lo colocaban sobre una camilla. Después de colocarlo sobre la camilla, la cogieron y la subieron a una ambulancia. Intentó llegar antes de que cerraran las puertas del furgón pero, una vez más, le detuvieron.
Tenía un cierto sabor a sangre en la garganta y lo poco que intentó y consiguió articular (que esta vez sí que fueron preguntas), le causó un punzante dolor, sin duda, consecuencia de los gritos de desesperación e impotencia. Sin embargo, era un dolor mucho menor que aquel que ocuparía su corazón para siempre desde aquella tarde.
Por fin, consiguió calmarse gracias a la ayuda de un inspector y un psicólogo, ambos de la policía, que se quedaron en su compañía. Con éstos por fin consiguió hablar pero, se negaron a contarle nada de lo ocurrido en aquel frío parking. Le propusieron acompañarle a casa y, una vez estuviera más tranquilo, dirigirse al departamento forense dónde se encontraba el motivo y la razón de su vida. Aunque a regañadientes, no le quedó otra que aceptar aquella “invitación”.
El camino a casa fue silencioso, mudo, sordo. Una vez en la puerta, recordó que no tenía las llaves y tuvo que entrar escalando hasta la ventana de su despacho que siempre dejaba entreabierta para emergencias (hasta entonces nunca le había dado otra función que no fuera la de mirar las nubes y la luna, pero ese día le sirvió de entrada). Una vez dentro, abrió la puerta al psicólogo, pues el inspector había insistido entrar con la ventana con él. Todavía hoy no recuerda bien por qué entraron ambos por la ventana y no sólo uno, pero el caso es que así fue. Estando todos reunidos en la casa, el psicólogo le ordenó coger las cosas más básicas para pasar una noche en una comisaría. Cogió las llaves, la cartera y el móvil y se los metió en el bolsillo. Acto seguido le obligaron a sentarse en su sofá y le dijeron unas palabras que empezaron a hacer toda la situación más real (hasta entonces todo había sido como una pesadilla): Su mujer está muerta. No sabemos cómo ha sido. Ha sido encontrado tirada entre el ascensor y el suelo del parking. No había signos de violencia. Sin embargo ha habido un testigo que ha visto a su mujer en el suelo y a otro tipo corriendo. El testigo ha llamado a una ambulancia y a la policía. Nosotros hemos llegado antes y hemos identificado a su mujer por la tarjeta del hospital en el que trabajaba. No había signos de violencia. Hemos verificado las señas en nuestras bases de datos e inmediatamente hemos visto su dirección y la relación que tenía con usted. Hemos enviado un policía lo más rápido posible ya que hemos llamado una y otra vez a su móvil pero no hemos obtenido respuesta. Al llegar allí ha entrado en shock. Ahora iremos a la comisaría, donde también está el departamento forense. ¿Alguna pregunta?
Mientras le hablaban, él tenía un gesto preocupado e incrédulo por muy real que fuera todo. Simplemente se limitó a asentir una y otra vez, asentir con el dolor del batacazo más grande que le habían dado en toda su vida. Lo único que hizo además de asentir con los ojos llorosos, fue mirar las numerosas llamadas que marcaba la pantalla de su móvil y que corroboraban lo que le acababan de decir. Tras la notificación de llamadas perdidas, en el fondo de pantalla de su teléfono, se encontraba la foto de ella, sonriendo como nunca. La luz de la pantalla se fue apagando poco a poco y, cuando finalmente no hubo ni un solo píxel iluminado, alzó la mirada a aquellos dos miembros de la policía y dijo seca, brusca, tristemente y con un hilo de voz: Va…vamos.
viernes, 13 de julio de 2012
El último baile (I)
Se despertó, una vez más, apesadumbrado, consternado, cansado y con una lágrima dejándose por su mejilla izquierda. La cabeza le dolía de no haber podido dejar de pensar en toda la noche, de contar el tic-tac de las agujas del reloj, de buscar una respuesta en la oscuridad del techo de su apartamento. Era cierto que los motivos de aquella situación eran muy diferentes a los que los causaron hace tiempo pero, el resultado era el mismo, una persona abatida, derrotada, que apenas podía levantarse de la cama, ni siquiera para ir al baño. Siempre había sido un tipo alegre, que tras acabar la carrera de periodismo se quería comer el mundo, decidió que conseguiría el trabajo que siempre había soñado en el diario más importante de su país y, así lo hizo. Empezó trabajando como becario, llevando cafés a los más veteranos pero poco a poco, dejó entrever su buen hacer como periodista de homicidios. Su estilo directo, sus adjetivos que llegaban al alma, los testimonios de las personas más cercanas a la víctima que incluía en medio de la redacción del artículo para darle un toque más de verdad…todo, todo estuvo a sus favor y lo elevó a la posición más alta que podía conseguir alguien en un periódico sin ser el jefe de éste. Pero no solo triunfó en el mundo laboral, no. Encontró, mientras trabajaba en un artículo, al amor de su vida. Ella… Era dulce, sensible, guapa, con un gran sentido del humor… cualquier cosa que se pudiera decir se quedaría corta y, lo más importante, le quería.
Nunca habría imaginado que un caso de homicidio acabaría juntándole con su media naranja, con el amor de su vida. Si alguien le hubiera preguntado, seguramente habría dicho que sí, que sabía que algún día la encontraría pero que era algo muy complicado. Sus amigos y familiares más cercanos no dejaban de decirle que fuera en busca de alguien que le quisiera, con quien se casara y tuviera hijos, o alguna chica con la que simplemente tener una efímera aventura, únicamente querían que no estuviera solo. Él detestaba esto. En cierto modo, se podría decir que estaba muy bien solo, conocía a mucha gente, tenía grandes relaciones de amistad y disfrutaba de ellas, no entendía por qué podría necesitar algo más. Aún así, muchas veces tenía el deseo, las ganas, de encontrar a la mujer de sus sueños. Quería sentir lo que era querer y ser querido más allá del nivel de amistad o familiar. Quería tener a alguien con quién contar siempre. ¿El problema? No le gustaba “buscar”. Odiaba las formas más habituales de encontrar pareja que tenía la sociedad. Ir a una discoteca, bailar con alguien que te atrae físicamente (o no, depende del alcohol que hubiera ingerido), acabar en el coche, la cama o un descampado y, más tarde, quizás, si se daban los números y se llamaban, empezar a conocerse. No le veía nada de sentido. Para él una relación tenía que ser algo con una dinámica totalmente al revés. Primero, conocer a la chica, sus gustos, saber si les gustaban las mismas cosas, saber si disfrutaban hablando o sencillamente de una sonrisa, de la compañía… eso debía ser lo primero para él, tener una amistad, una profunda amistad y, más tarde, evolucionaría, crecería en intensidad y se convertiría en algo más. Esa era la idea que tenía él en cuanto a las relaciones. Era quizás una idea de película “Disney” o cuento de hadas pero no le importaba, era su idea. Hacía ya tiempo que había empezado a vivir la vida del modo en que quería y no del modo que podía gustar más a los demás y, la verdad, eso le hacía feliz y se notaba incluso en su aspecto.
La investigación en la que la conoció fue la cuarta que seguía y con la que escribiría un artículo por el que ese mismo año le otorgarían un premio debido a una redacción narrativa impecable y al haber conseguido ayudar a la policía en la ardua labor de atrapar al culpable de aquel cruento homicidio.Cuando la conoció estaba horrorizada, los ojos le lloraban, su respiración la más profunda y nerviosa que había oído nunca y sus labios… sus labios mantenían el vivo color rosáceo de siempre. Su boca era un caramelo y él, un niño desesperado. A pesar del estado en el que se encontraba, ella mantuvo la dolorosa entrevista con cierto sentido del humor, incluyendo ironías y sarcasmos que contrastaban fuertemente con la gravedad del asunto pero, lejos de hacer incómoda la conversación la hacía más llevadera. Él pronto se adaptó a su estilo y consiguió conectar con ella rápidamente. Cuando llevaban diez minutos de preguntas, incluso consiguió sacarle una sonrisa. Su primera sonrisa, nunca podría olvidarla. Había soñado tantas noches con ella, le había hecho reír y llorar tanto, primero en vida y después mediante el recuerdo… El recuerdo, era lo poco que le quedó tras aquel accidente que acabó con una relación de cuatro años y del que ahora hacía otros tantos que había ocurrido…
El accidente marcó su vida. Desde entonces nunca volvió a ser el mismo. Perdió el puesto en su trabajo y entró en un profundo estado de depresión que decidió afrontar él solo y que tardó en superar seis meses. Se fue durante seis meses a un pequeño poblado del sur de Sudamérica, donde alquiló una casa y vivió como un habitante más del lugar. Dejó de importarle su aspecto físico y se dedicó a pensar. A lo largo de cada día de aquellos seis meses únicamente pensó, le dio vueltas y más vueltas a todo el asunto. A veces lloraba, otras veces se despertaba en medio de la noche, gritando su nombre mientras visualizaba la imagen de su sonrisa en su cabeza… Hasta que finalmente, en el decimotercer día del sexto mes que llevaba fuera de su hogar y lejos de todos y todo cuanto había conocido, sonrió. Había dado con la solución para evitar tal sufrimiento. Sabía que nunca la recuperaría a ella y que no podía hacer nada. El accidente no había sido culpa suya ni de nadie. Sólo un infortunio, cosas que pasan… Pero sabía que podría deshacerse de todo aquel dolor de algún modo o al menos intentarlo. Entonces lo decidió, no volvería a enamorarse. Seguiría sufriendo por haber perdido a su princesa, a aquella persona con la que vivió feliz y comió perdices pero, sabiendo que al volver todos sus seres queridos insistirían en que rehiciera su vida, eligió la opción de vivir solo el resto de su vida, renunció a un posible futuro amor ya que suponía la posibilidad de una futura pérdida que, seguramente, no podría digerir. Además, había de hacerlo porque en su boda, cuando estaba en el altar y le preguntaron que si quería casarse con ella y prometer estar unidos hasta que la muerte los separase, el dijo que no. Todo el mundo se sorprendió, incluso ella que puso cara de preocupación. Pero él, sonriendo, rápidamente dijo que la muerte nunca podría separarlos. Ella le regaló una sonrisa junto con un beso de sus rosados labios y la boda prosiguió, con una risa en las caras de todos los invitados y lágrimas en la de sus madres.
No volvería a enamorarse… por eso se despertó con una lágrima en su mejilla aquél día, se había enamorado.
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Supuest@s
Esta entrada va por todos los supuestos periodistas que hay hoy en día.