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martes, 28 de julio de 2015

Tocado y hundido. (II)

Quizás debería de haberos dicho que escribo todo esto mientras decido si meter en la bañera la medusa cofre que compré hace exactamente un mes y trece días. Sí, si habéis visto Siete almas sabréis a qué me refiero. Si no lo habéis hecho, creo que estáis tardando en hacerlo, porque es algo más que una película llena de sentimentalismo —o tal vez no, sois libres de juzgarla como queráis—. Todavía no he sido capaz ni de atreverme a acercarme a llenar la bañera. Necesito tiempo para decidir. El caso es que empecé a colarme en clases. Recuerdo que una de las primeras fue una a la que asistía un amigo que conocí el otoño que pasé estudiando inglés en Bognor. Creo que trataba sobre normas ortográficas o algo así y tuve la mala suerte de que era básicamente práctica. La profesora era un tanto peculiar, daba clase en la universidad, pero vestía con una blanca, como si fuera una doctora, pero de las de verdad, de las que curan, y no de esas otras tantas personas que se hacen llamar doctores por tener un doctorado. Me fastidia mucho ese engaño. Vale, es cierto, pero para la gran mayoría cuando alguien nos habla de un doctor, esperamos que sea capaz de salvar al piloto que se ha atragantado con la aceituna rellena de anchoa y al que la azafata mira y zarandea mientras reclama ayuda. Esta profesora disfrazada de doctora estaba ante una clase de unos ochenta alumnos, uno de ellos era yo, que simplemente me colé, olvidando preguntar antes si podía asistir como oyente. Me integré entre el grupo de los chicos, al lado de mi amigo, aparentando ser un alumno más. Estaba claro, si te cuelas en una asignatura práctica corres el riesgo de que te pregunten y casi fue así. Empezó a interrogar uno a uno a cada uno de esos universitarios y universitarias primerizos, que como buenos principiantes llevaban hechos los deberes. Para mi desgracia preguntaba siguiendo la fila con la mirada y no por los nombres de la lista. Se acercaba mi turno, el chico de al lado contestó y… Y una chica al fondo no tenía muy claro el por qué de la respuesta. Fue mi salvación. Hubo al menos cinco minutos de explicación y cuando dijo que continuáramos corrigiendo, di el testigo a mi colega y conseguí pasar totalmente desapercibido. (Ahora mismo me doy cuenta de que no debería haber desvelado tan pronto lo de la medusa, he quitado bastante tensión y suspense a una historia que aún no puedo ni podríais catalogar en un género concreto sin la posibilidad de equivocaros). La verdad es que los nervios hicieron que me rugiera el estómago y cada vez con más frecuencia. Soy un tipo muy nervioso, por fuera suelo aparentar seriedad —sin ser yo nada de eso— pero cualquier cosa institucional y más relacionada con los estudios académicos me hace temblar, puede que me hayan inculcado demasiado la importancia que puede llegar a tener pasar una prueba con un papel y un bolígrafo y obtener la máxima puntuación. Me preocupaba demasiado por mi expediente, al menos lo había hecho hasta ese momento. Os reiréis si os cuento que pensaba que aquellos que hacían los exámenes con bolígrafo de color negro eran unos locos, porque había leído que según ciertos estudios, el color, el impacto visual importa a la hora de recibir el documento, y el azul creaba relax, disminuía el estrés y no era tan monótono como el negro, vamos, que entra mejor por la vista… En definitiva, tras rugidos y sudores fríos esa clase acabó y no tuve que volver —tampoco tenía ganas— a pasar por aquel sufrimiento de colarme en una clase práctica.

La siguiente clase en la que me colé —también con mi amigo de Bognor— fue una clase de verdad. El profesor, era un profesor de verdad. Creo que trataba sobre literatura, tampoco estuve muy atento a la materia y el profesor tampoco, así que no se puede decir que le faltara al respeto colándome en su clase, porque os puedo prometer que jamás en la vida estuve tan atento. Era un buen profesor, ahora, además, es un buen amigo. Con buen profesor me refiero al profesor que te da consejos para la vida y que puedes decidir cogerlos o dejarlos si te das cuenta de la importancia que tienen, porque a veces, la mayoría, pensamos que ya nos están contando otro cuento, otra historieta, y lo comentamos después entre todos, y nos reímos. Pero no, el profesor, suele saber más que la mayoría de los alumnos. Y no es que me considere del porcentaje de los alumnos que superan al maestro, pero… bueno, es que lo soy, no solo me lo considero. ¿Por qué acabé haciéndome amigo de él? Me entendía, sabía de lo que hablaba y pocas personas en el mundo son capaces de acercarse a esta cabeza loca y sin control que solo puede acabar de una manera. Fue en esa clase, en esa clase me cambió la vida por lo que dijo, por lo que recomendó. Invitó a todo el mundo a llevar siempre con él una libreta y un bolígrafo porque lo que pensamos, lo que se nos ocurre, aparece en nuestra mente en un momento, pero luego vuela, vuela y cuando queremos darnos cuenta ya no es igual. Unos buenos versos, la forma en la que te declararás a esa chica que te gusta, el mejor de los pensamientos y la forma en la que lo desarrollarás… quizás la teoría del todo… cualquier cosa. Cualquier cosa aparece en nuestra mente y si no la materializamos desaparece, ya no es igual, se pierde en ese mundo ficticio en el que todo vive antes de que seamos capaces de transformarlo en realidad. Esa misma tarde, mientras acompañaba a mis padres a hacer la compra, me fui a la sección de papelería de aquellos grandes almacenes y me compré mi primera libreta de bolsillo. Era negra, con las tapas de cuero y las hojas de un amarillo blanquecino y además, llevaba una gomita para que no se abriera. Era perfecta, pero también necesitaba un bolígrafo, para empezar de cero una nueva etapa necesitaba que la base fuera sólida y nueva: compré un bolígrafo negro que ahora siempre está sujeto en la goma de la libreta —todavía inacabada—. Estaba claro, dejaba atrás esa etapa en la que me di cuenta que pensar era una mierda, acabar en el pozo de la desesperación, la tristeza y el sinsentido y empezaba una nueva era, una nueva forma de ver el mundo en el que pocas cosas se me escaparían y en el que podría mirar el mundo con la seguridad de que pocas cosas se me escaparían… También es cierto que en parte se convirtió en mi diario y es que hay momentos, premomentos incluso, que necesitas ver escritos para tener todo más claro o incluso para creértelos, quizás o lea —o mejor dicho, os escriba— algunos de esos desvaríos antes de abrir el grifo…

También hay páginas arrancadas. La primera vez que arranqué una página fue para protegerme de ella… para protegerla o… no sé, para proteger todo lo que nunca fue… Recuerdo aquella página porque la arranqué entre lloros y sollozos y es por eso que aún la conservo, porque intenté quemarla, pero no ardió.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Otro día en el metro

Era una mañana como cualquier otra. Tras haber desayunado y haberme preparado para ir a la facultad, tuve que correr. A pesar de vivir a unos minutos caminando de la estación de metro, siempre, siempre, me tocaba correr para no llegar tarde a las clases. Mientras se cerraban las puertas conseguí entrar. Como era habitual, estaba a rebosar de gente. Siempre he odiado cuando ocurre esto, no puedo soportarlo, simplemente me estresa. Sin duda, el metro no es un transporte apto para cardíacos. Bueno, a lo que iba. Ya estaba dentro, apretado e incómodo, pero rumbo a mi destino. Frente a mí, una anciana pareja se sujetaba a la barra con la finalidad de no caer en uno de los vaivenes y frenazos, muy a mi pesar, bastante habituales. El resto de asientos, así como los pasillos de todos los vagones estaban llenos. De repente, no sé de dónde, apareció una mujer de mediana edad. Venía desde el vagón contiguo al mío. La mujer empezó a hablar. Yo, con la mirada perdida en la oscuridad de la ventana y, la mente más bien medio dormida, sacudí mi cabeza para despejarme e intentar ver lo que ocurría. La mujer, indignada cómo la que más, reprochaba a la gente joven la falta de educación por no ofrecer su asiento a la gente mayor. La gente que estaba sentada, pronto no supo hacia dónde dirigir la mirada a causa de la vergüenza. Pronto se levantaron dos o tres. La pareja de ancianos, le dio las gracias a la mujer pero, rechazó los asientos alegando que se bajarían enseguida. Aquellos que se habían levantado, no se atrevieron a volver a sentarse a pesar de lo vacíos que estaban los asientos. Una mujer que estaba sentada, de mediana edad, comenzó a hablar con nuestra indignada amiga, explicando que si ella no había cedido su asiento era a causa de su estado. Siguieron manteniendo una conversación. Lo más destacable es que, parece ser, que, en algún momento de su vida, nuestra amiga indignada, había visto como, una persona mayor, que no se pudo sostener bien cuando viajaba en el metro, cayó y, debido al golpe murió. La verdad, me hizo pensar. Consiguió hacerme salir del metro con una sonrisa, con la idea de que todavía hay gente buena, todavía hay esperanza.

Continúe subiendo las escaleras, no las mecánicas como hace el 94% de las personas, no. Subí las escaleras normales pero, no pude evitar girar mi mirada al principio de las escaleras. Había visto a un hombre de mediana edad, más bien algo mayor, era ciego. Intentaba abrirse camino entre la gente. Era como si quisiera dar un paseo por dentro de los sanfermines. Nadie tuvo la decencia de ofrecerse a ayudarle. Mientras observaba aquella imagen desde lo alto de las escaleras, vi como nuestro amigo invidente había conseguido abrirse paso entre la gente y llegar a la escalera mecánica por sus propios medios. Pero también vi a una amiga con la que comencé a hablar. Todavía no sé si aquel hombre llegó sin dificultades arriba y si, una vez lo hizo, alguien colaboró y le tendió su mano para ayudarle a pasar el bono del metro por las puertas que le llevarían a otras escaleras para al fin conseguir subir arriba y emprender su camino hacia donde fuera.

Finalmente, me despedí de mi amiga y me fui a mi clase. Eso sí, no pude dejar atrás aquella sensación de falta de humanidad que me había dejado la imagen del invidente. Sensación que contrastaba con nuestra heroica amiga indignada. En a penas quince minutos, había visto, había vivido cómo, somos capaces de lo mejor y, cómo somos de lo peor. Todo es cuestión de querer, de decidir, de nuestra voluntad. Ojalá el karma regulara nuestras vidas.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

El de cuando todos se indignan

Empezaré este post como tantos otros periodistas y personas han hablado en algún momento últimamente. Estamos asistiendo a un cambio único en la historia, a una revolución que no sabremos como acabará pero que parece apostar por un mundo mejor y más libre. Pues bien, siento contradecir a tanta gente pero me parece de lo más normal el proceso que estamos viviendo. Es normal que la gente se indigne y se queje, es normal ahora y lo ha sido toda la vida lo que pasa es que quizás estemos en un momento, en una época, donde más libertad parece haber para quejarse. La revueltas en el norte de África son preciosas, con sus miles de muertos y heridos pero claro, hay que pensar que el fin de la dictadura y vivir con más libertad por lo tanto, justifica estas revueltas, sino ¿porqué iba a estar gente dispuesta a morir por los suyos, por un futuro mejor? Sinceramente veo innecesarias tantas muertes, nunca las podré justificar. Las cosas se han estado haciendo mal desde ya hace mucho tiempo y parece mentira que todavía no hayamos aprendido el modo correcto de hacerlas. A mi desde luego lo que me queda bien claro es que si se les permite a ciertos países estar en guerra es porque a otros pocos les importa bastante todo el beneficio que sacarán y muy poco todas las vidas que se perderán. Pero no nos pongamos dramáticos, la historia nos ha mostrado que para la busca de una “mejora” son necesarias las muertes y de nada sirve la diplomacia, los protocolos. Triste pero cierto.  En nuestro mundo, en nuestro planeta, es tremendamente necesario que haya ricos y pobres. Es tan simple como que, para que haya alguien rico tiene que haber bastantes pobres. No digo que esto me guste pero es la cruda realidad, tiene que ser así. Por este motivo cuando veo a tantos indignados en las noticias (pero ojo, no indignados que están matándose por el norte de África en busca de una democracia no, hablo de indignados de los nuestros que piden una democracia real), me doy cuenta otra vez de la hipocresía del mundo. Lo primero, no nos engañemos, la democracia es lo que tenemos en España, lo que tienen en Reino Unido y demás países que conocemos como democráticos. Es así, ni más ni menos. Esa es la realidad de la democracia, el sistema en el que vivimos. Nos puede gustar o no, pero es lo que hay. ¿Que está mal que unos pocos se llenen los bolsillos a costa de otros? Claro que sí. Pero también está mal que cuando vayamos a un restaurante nos dejemos comida en el plato mientras que hay otras personas que matarían o, mejor dicho, mueren por esa comida. Pero bueno, esas personas están muy lejos, preocupémonos por que nuestros políticos no nos roben y tengamos un trabajo, preocupémonos de nuestro propio bien, del bien de nuestra clase media que del bien de los de la clase baja ya se ocuparán ellos mismos, cada uno que se ocupe de sus problemas que con eso ya hay suficiente.

Triste pero cierto. No nos engañemos, a nosotros la gente de otros países nos importa bien poco. Ahora yo estoy hablando de ella y puedo provocar cierto mal estar en las conciencias, puedo sentirme molesto y apesadumbrado por tales injusticias pero, seguramente, volveré a un restaurante y me dejaré algo en el plato bien porque ya estoy lleno bien porque no me gusta. Pero es que es así. Hace tiempo pasamos de vivir en un mundo de “infraproducción” en el que no se producía lo suficiente, a un mundo de sobreproducción donde se produce demasiado. Las consecuencias: ricos, clase media y pobres. Claro que ricos, clase media y pobres siempre ha habido, pues claro, es que de otro modo es impensable (aunque si a alguien se le ocurriera que me lo diga).

Acabo ya con el post que espero no me cause la aversión de muchas personas y, con la finalidad de que la gente se de cuenta que una democracia, es en lo que vivimos, que lo asuman, que querer cambiar el mundo está muy bien, de hecho ojalá algún día se demuestre que un sistema mejor es posible. La democracia es esto, el gobierno de unos pocos elegidos por una mayoría por eso, yo veo una analogía clara con el sistema con el que funciona nuestro planeta, el gobierno de unos pocos países sobre los otros, sobre una gran mayoría (muchos pensaréis que esa gran mayoría de países no han elegido a los que les “gobiernan”, bien, os invito a reflexionar). Y ahora sí que concluyo a la espera de las críticas.

Hoy, 2 de noviembre de 2011edito esta entrada. He estado releyendo y me he dado cuenta de que quizás no quede clara mi posición respecto a lo que trato o incluso lo que trato. He hablado de hechos evidentes que ocurren en la actualidad. Y he hablado contrastando cosas que pasan en países más pobres y más ricos. El mensaje que de verdad quería transmitir es que, nos quejamos pidiendo una democracia real cuando la democracia es lo que tenemos (que se esté usando mal es otra cosa) y que, no me acaba de gustar tanto indignado ya que, si bien, tiene motivos para indignarse, me parece que hay gente que tiene muchos más,que está en peores condiciones y que tiene muchísimos más motivos para indignarse. Pero por ellos nadie se indigna y, los pocos que lo hacen no consiguen nada exactamente por el motivo de que son sólo unos pocos. Espero haber aclarado mi desordenado artículo en cierta medida.