Necesitaba escribir. No sabía ni el qué ni el porqué. Simplemente se dirigió a su escritorio, cogió bolígrafo y papel y empezó a escribir. No tenía ni idea de hacia qué lugar se iría su relato pero tampoco le importaba mucho. Cuando escribía era como si dejara salir de dentro de sí una parte de todo lo que le atormentaba, de todo lo que en la realidad le estaba ocurriendo de una manera pero quería que fuera de otra. Lo que había empezado siendo como un simple modo de decir lo que pensaba y que llegara a más personas, ahora se había convertido en una especie de terapia. Sabía perfectamente que se había convertido en una especie de medicación y también sabía que si necesitaba de ella era porqué estaba enfermo de algún u otro modo. Ya no escribía con la facilidad con la que lo hacía los primeros días, ahora pensaba meticulosamente que poner, donde usar cada palabra. Con el tiempo esto le resultaba paradójicamente, más sencillo, había aprendido a expresarse cada vez con menor dificultad y una mayor claridad (de hecho, podríamos decir que había aprendido a expresarse, cosa que nunca había hecho, no sabemos si porqué hasta entonces no lo había necesitado o porqué no había reunido el valor suficiente).
Todavía no sabía sobre qué iba a escribir. A su mente acudían miles de historias diversas, sin ninguna conexión aparente. Recordó un cuento. En el cuento, encontrábamos a la persona más sabia del mundo y a un envidioso. El envidioso quería demostrar ser superior al sabio y pensó que, cogería un pequeño pajarillo, lo escondería en sus manos y le preguntaría al sabio si éste estaba muerto o vivo. Si el sabio le decía que estaba vivo, nuestro malvado amigo, apretaría las manos y dejaría sin vida al pobre pajarillo y, si el sabio decía que estaba muerto, nuestro envidioso amigo lo soltaría, demostrando ser más sabio que el propio sabio. Pero, como en la mayoría de los buenos cuentos, fue el bueno el ganador. Cuando le realizó la pregunta de sí el pajarillo estaba vivo o muerto, el sabio, tras un silencio sepulcral, le contestó: “La decisión está en tus manos”… . Pero no, nuestro enfermo escritor no quería contar esta historia aunque siempre le había gustado y había pensado hablar sobre ella. Siguió pensando… necesitaba más hechos, más cuentos, más ocurrencias… necesitaba escribir para luchar contra su enfermedad. Pero nada, ninguna idea iluminaba su mente ni se convertía en tinta de bolígrafo plasmada en el papel.
Finalmente decidió coger su libreta de notas para ver si encontraba algo sobre lo que escribir. Pero nada. Únicamente había frases sueltas, casi ninguna relacionada. Eran ideas que se le habían ido ocurriendo a lo largo del tiempo y que no quería olvidar. Proposiciones como: “Admito mis errores no para enmendarlos, sino para cometer otros nuevos”. Luego había otras oraciones que le aconsejarían en un futuro (o al menos eso debía creer al escribirlas), un ejemplo era: “Nunca te diré que eres lo mejor que me ha pasado. Si tengo que decir algo te diré que eres todo lo que me ha pasado, todo lo que me pasa y todo lo que quiero que me pase”. También encontró otra cita como: “¿Tan difícil era haberle contestado “conmigo”?”. Claro que esta cita por sí sola, sin una pregunta previa no tenía sentido, pero la ausencia de pregunta se explicaba con otra cita que nuestro escritor encontró en su cuaderno. Era la siguiente: “Hay cosas que nunca apuntaré en mi libreta ya que nunca las podré olvidar.”.
Tras dejar de leer su cuaderno, se dio cuenta de que todavía no sabía sobre qué quería escribir pero, con la última cita que leyó también se dio cuenta de que necesitaba más cosas que no aparecieran en su cuaderno, necesitaba más momentos inolvidables. Cogió el bolígrafo, lo cerró, hizo una bola con el papel y lo lanzó lejos. No era momento para escribir, necesitaba vivir un poco más en su enfermedad.
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