El despertador sonó a las 6.30 como cada mañana. Si bien no entraba a trabajar hasta las nueve de la mañana, en su lejano “exilio” por Sudamérica había adquirido el hábito de levantarse pronto, ponerse las deportivas y empezar a correr. Al principio corría para evadirse del mundo, para olvidar, para no pensar. Poco a poco se convirtió en algo como el respirar para Chuck, una función vital más. El día que no salía a correr lo pasaba más apesadumbrado y cansado que cualquier otro y casi mejor no hablar de las noches, que todavía eran peor. Corría a una velocidad normal, intentando centrarse en el paisaje y en el jazz que sonaba en su iPod. Siempre había oído que aquel que escuchaba jazz era alguien que guardaba una gran pena en lo más profundo de su alma pero Chuck siempre la había amado, siempre había encontrado una profundidad en aquellas notas que lograban tocarle el rincón más recóndito de su corazón. Su largo y ondulado cabello caía sobre su frente, primero seco y, cuando había entrado en calor, mojado debido al sudor. Le encantaba esa sensación de sentir la brisa y el cabello galopando en su cabeza. Se sentía libre, se sentía incluso algo animal, algo salvaje se despertaba en él y le hacía sentir que en cualquier momento podría salir volando e ir a dónde quisiera, lejos de toda realidad. Corrió para olvidar y olvidó que corría.
El caso es que una vez superada su crisis mantuvo aquél hábito de correr temprano cada mañana. Tras unos cuarenta y cinco minutos de recorrido volvía a casa empapado en sudor, se bebía un bote de Aquarius de naranja y se daba una ducha, normalmente templada. Mucha gente habla de las maravillas de las duchas frías pero él, lo único que conseguía con las duchas frías era una respiración entrecortada y algunas veces un gran catarro. A todas esas personas que alababan esa clase de duchas, él, les habría dicho que mienten, que lo que les sienta bien son las duchas frescas y no frías, hay una gran diferencia. Después de ducharse, tendía la toalla, dejaba la ropa sucia en la lavadora y se metía rápidamente a la cocina. Casi siempre solía desayunar fuerte: zumo de naranja, huevos revueltos, tostadas con aceite o mermelada de melocotón y mantequilla (dependiendo del día), una pieza de fruta, normalmente un plátano, y una taza de café recién hecho bien cargada. Después de tan enérgica comida para empezar el día iba al baño a hacer lo propio…exacto, a lavarse los dientes. Se vestía, como siempre, con unos pantalones vaqueros azul marino, una camiseta y una camisa medio abierta (o medio cerrada) por encima y unas zapatillas deportivas de marca Converse. Tras esto, se colgaba su bolsa del hombro. En la bolsa llevaba el ordenador portátil, un bolígrafo negro y un pequeño cuaderno con las tapas de piel. En sus bolsillos llevaba la cartera, las llaves y un viejo móvil con el que pocas más cosas podía hacer que llamar y enviar mensajes de texto. No necesitaba nada más. Siempre le había gustado ir con lo justo y necesario, le gustaba sentirse ligero. Antes de salir de casa se mojaba los dedos en gomina y se despeinaba. Siempre decía que él no se peinaba porque no tenía peine y tenía toda la razón, simplemente se daba un poco de volumen con los dedos y se daba por satisfecho.
Al salir del apartamento cogía el ascensor que lo llevaba directamente al garaje. Allí le esperaba su Yamaha plateada y su casco negro mate con unos tribales grises y una estrella plateada a modo de decoración. Hace tiempo que había dejado de utilizar su viejo coche, un Yaris plateado, ya que el trayecto que hacía no superaba los diez kilómetros. Solo cogía el coche los días de lluvia o viento para evitar el peligro que supondría coger la moto. En la moto se sentía libre, casi como cuando corría. Alguna que otra madrugada entre semana se había puesto el casco y había disfrutado de la vacía carretera propia de esas horas. Simplemente es increíble poder conducir sin tráfico, es una sensación que todo el mundo debe sentir alguna vez, o al menos eso pensaba Chuck.
El caso es que se puso el casco y salió del garaje camino hacia la editorial en la que ahora trabajaba. El cielo estaba completamente despejado, los pájaros cantaban, ningún vehículo se atrevía a interrumpir aquella música ambiental de película Disney que había. Era un día tranquilo, era un día apacible, era un día calmado, era un día de tantos… Pero como suele pasar, si en un bosque no hay ningún ruido, si todos los animales callan, es porque algo va a pasar. Nada más lejos de la realidad. De camino al trabajo Chuck pasaba por una carretera de doble sentido junto a la que había un parque. No era normal que hubiera mucha gente a aquellas horas de la mañana pues o bien todos estaban ya en el trabajo o en el colegio, o bien era pronto para que los que no tenían trabajo o escuela estuvieran en la calle. De repente, en medio de la carretera apareció un niño, siguiendo una pelota roja, el niño llevaba un globo de helio de Bob Esponja atado a la muñeca. Era demasiado tarde para que Chuck frenara sin caerse de la moto pero tuvo que hacerlo. Frenó primero con la rueda de atrás y después con ambas a la vez, la moto derrapó ligeramente haciendo que Chuck cayera al suelo y la moto encima de él. El coche que iba inmediatamente detrás de Chuck también había frenado, un poco antes de que Chuck cayera, quizás advertido de que algo pasaba al ver un globo de Bob Esponja flotando por el medio de la carretera. Las ruedas del coche dejaron de rodar pero se deslizaron por el asfalto hacia Chuck.
Abrió los ojos y vio el parachoques del coche por la parte de abajo, había frenado justo a tiempo. Se levantó rápidamente mirando a los lados y vio que el niño había cogido la pelota y había vuelto al parque, como si nada hubiera pasado, inconsciente de que podría haber dejado este mundo por una estúpida pelota roja que valdría poco más de un euro. Entonces Chuck notó una mano sobre su espalda, seguida de unas palabras que nunca olvidaría.
-¿Cómo te sientes?- dijo una voz femenina, dulce.
-¿Qué? ¿Qué me has dicho?- dijo Chuck mientras se giraba hacia aquella voz.
-Digo, que cómo estás… Ha faltado poco…- dijo ella.
-Me, me habías dicho que cómo me sentía y…- entonces Chuck le vio la cara.
-Ah, sí, estoy acostumbrada a decir eso en lugar de cómo estás, es que es demasiado corriente, me gusta más saber cómo se siente la gente que cómo está...- dijo ella intentando explicarse…
- ¿Tera?- dijo Chuck sorprendido.
El caso es que una vez superada su crisis mantuvo aquél hábito de correr temprano cada mañana. Tras unos cuarenta y cinco minutos de recorrido volvía a casa empapado en sudor, se bebía un bote de Aquarius de naranja y se daba una ducha, normalmente templada. Mucha gente habla de las maravillas de las duchas frías pero él, lo único que conseguía con las duchas frías era una respiración entrecortada y algunas veces un gran catarro. A todas esas personas que alababan esa clase de duchas, él, les habría dicho que mienten, que lo que les sienta bien son las duchas frescas y no frías, hay una gran diferencia. Después de ducharse, tendía la toalla, dejaba la ropa sucia en la lavadora y se metía rápidamente a la cocina. Casi siempre solía desayunar fuerte: zumo de naranja, huevos revueltos, tostadas con aceite o mermelada de melocotón y mantequilla (dependiendo del día), una pieza de fruta, normalmente un plátano, y una taza de café recién hecho bien cargada. Después de tan enérgica comida para empezar el día iba al baño a hacer lo propio…exacto, a lavarse los dientes. Se vestía, como siempre, con unos pantalones vaqueros azul marino, una camiseta y una camisa medio abierta (o medio cerrada) por encima y unas zapatillas deportivas de marca Converse. Tras esto, se colgaba su bolsa del hombro. En la bolsa llevaba el ordenador portátil, un bolígrafo negro y un pequeño cuaderno con las tapas de piel. En sus bolsillos llevaba la cartera, las llaves y un viejo móvil con el que pocas más cosas podía hacer que llamar y enviar mensajes de texto. No necesitaba nada más. Siempre le había gustado ir con lo justo y necesario, le gustaba sentirse ligero. Antes de salir de casa se mojaba los dedos en gomina y se despeinaba. Siempre decía que él no se peinaba porque no tenía peine y tenía toda la razón, simplemente se daba un poco de volumen con los dedos y se daba por satisfecho.
Al salir del apartamento cogía el ascensor que lo llevaba directamente al garaje. Allí le esperaba su Yamaha plateada y su casco negro mate con unos tribales grises y una estrella plateada a modo de decoración. Hace tiempo que había dejado de utilizar su viejo coche, un Yaris plateado, ya que el trayecto que hacía no superaba los diez kilómetros. Solo cogía el coche los días de lluvia o viento para evitar el peligro que supondría coger la moto. En la moto se sentía libre, casi como cuando corría. Alguna que otra madrugada entre semana se había puesto el casco y había disfrutado de la vacía carretera propia de esas horas. Simplemente es increíble poder conducir sin tráfico, es una sensación que todo el mundo debe sentir alguna vez, o al menos eso pensaba Chuck.
El caso es que se puso el casco y salió del garaje camino hacia la editorial en la que ahora trabajaba. El cielo estaba completamente despejado, los pájaros cantaban, ningún vehículo se atrevía a interrumpir aquella música ambiental de película Disney que había. Era un día tranquilo, era un día apacible, era un día calmado, era un día de tantos… Pero como suele pasar, si en un bosque no hay ningún ruido, si todos los animales callan, es porque algo va a pasar. Nada más lejos de la realidad. De camino al trabajo Chuck pasaba por una carretera de doble sentido junto a la que había un parque. No era normal que hubiera mucha gente a aquellas horas de la mañana pues o bien todos estaban ya en el trabajo o en el colegio, o bien era pronto para que los que no tenían trabajo o escuela estuvieran en la calle. De repente, en medio de la carretera apareció un niño, siguiendo una pelota roja, el niño llevaba un globo de helio de Bob Esponja atado a la muñeca. Era demasiado tarde para que Chuck frenara sin caerse de la moto pero tuvo que hacerlo. Frenó primero con la rueda de atrás y después con ambas a la vez, la moto derrapó ligeramente haciendo que Chuck cayera al suelo y la moto encima de él. El coche que iba inmediatamente detrás de Chuck también había frenado, un poco antes de que Chuck cayera, quizás advertido de que algo pasaba al ver un globo de Bob Esponja flotando por el medio de la carretera. Las ruedas del coche dejaron de rodar pero se deslizaron por el asfalto hacia Chuck.
Abrió los ojos y vio el parachoques del coche por la parte de abajo, había frenado justo a tiempo. Se levantó rápidamente mirando a los lados y vio que el niño había cogido la pelota y había vuelto al parque, como si nada hubiera pasado, inconsciente de que podría haber dejado este mundo por una estúpida pelota roja que valdría poco más de un euro. Entonces Chuck notó una mano sobre su espalda, seguida de unas palabras que nunca olvidaría.
-¿Cómo te sientes?- dijo una voz femenina, dulce.
-¿Qué? ¿Qué me has dicho?- dijo Chuck mientras se giraba hacia aquella voz.
-Digo, que cómo estás… Ha faltado poco…- dijo ella.
-Me, me habías dicho que cómo me sentía y…- entonces Chuck le vio la cara.
-Ah, sí, estoy acostumbrada a decir eso en lugar de cómo estás, es que es demasiado corriente, me gusta más saber cómo se siente la gente que cómo está...- dijo ella intentando explicarse…
- ¿Tera?- dijo Chuck sorprendido.
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