Te asomas al balcón de una, cada noche, más oscura calle. Pasan sombras que gruñen y chillan historias envenenadas por la luz del día. El recuerdo es lúgubre, tenue. No es nostalgia, no tristeza. Era alegría, era presencia. De repente una sombra te saca de esa sensación. Esa sombra es diferente, tiene luz propia. Rodea cada farola y toca con el dedo cada rama de cada arbusto que cerca cada jardín de la oscura calle. Va repartiendo luz en cada seto, recogiendo la oscuridad.
Ya va por la mitad de la calle. Ahora da dos vueltas en cada farola. La anaranjada luz moteada por mosquitos se vuelve cada vez más brillante. Al picarle, los mosquitos se vuelven luciérnagas. De las alcantarillas salen las cucarachas, que al ser aplastadas por los pies de aquella sombra se vuelven mariposas.
Llega casi al fin de la calle, donde las bombillas fundidas. Ya no rodea las farolas. No chilla historias esta sombra. Canta al intermitente camión de la basura que, con un contenedor en sus brazos, perfuma toda la escena. Los restos que caen son de los gatos pardos la cena, que comparten con perros vagabundos que buscan sus damas. En el suelo una lata de cerveza a medio beber. Le da una patada, derramándola en un rosal del que salen doradas rosas de espinas afiladas.
Al fin en el final de la calle. Ahora ríe. Da tres vueltas a una última farola que todavía iluminaba las sombras. Toca un último seto, convierte una última mariposa, da una patada, se pincha con una espina, sonríe y se convierte en una rosa.
Bajas el toldo que todo el día había evitado que el sol te iluminara. Cierras la mosquitera, entras a la habitación y te tiras en la cama, mirando hacia la ventana, esperando esa luz, esperándola a ella.
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