sábado, 15 de noviembre de 2014

“Bautizos, bodas y comuniones”

“Bautizos, bodas y comuniones”
anunciaba aquel jarrón
de aquel escaparate,
y entonces vi,
desordenada, una vida,
una vida por ser vivida.
Pensé que allí había una historia,
quizás un poema,
pero alejé la mirada,
seguí mi camino,
pero la vista,
una vista ya cansada,
seguía en aquellos jarrones.
Pensé todo lo que escribiría:
ese niño que nace,
o esa niña,
mejor niña,
primero será niña.
Nace y entonces,
tras mirar miles de nombres,
tras descartar millones
y quedarnos con tres o cuatro,
nace y le vemos la cara,
y tiene cara de…
Y seguimos en la tradición,
por modernas que sean nuestras ideas,
nos gusta esa celebración,
estamos los dos de acuerdo,
tomamos la decisión,
invitamos a la familia,
será algo íntimo:
un corto sermón,
algunas fotos,
quizás un llanto por el agua fría,
quizás silencio por la bendición,
y después las fotos para recordar,
y después las fotos para no olvidar.
Son las primeras que llenan el álbum,
justo después de las de su primera habitación,
y las de su cunita en el hospital,
y las de la primera noche en casa
y el cambio del primer pañal.
Esas noches en vela que tanto nos dolieron
pero con tanto placer recordamos,
porque son momentos para no olvidar.
Y luego al banquete,
que no falte nadie.
Y tiene dos padrinos
y tres hadas madrinas,
y reparten los detalles,
y encienden la traca
y pasan el libro de firmas.
Y pasa el tiempo,
le crecen los dientes,
las primeras palabras,
algunas edulcoradas,
algunas envenenadas,
otras tiernas, algunas gracias,
algunas ideas maestras
y muchas preguntas,
muchos porqués
para los que a veces no tienes respuestas.
Y te levantas,
estás llorando,
bloqueado,
no sabes como sigue el poema,
porque todo de momento es imaginado
y necesitas realidad,
aún no,
pero la necesitas ya.
Te vuelves a sentar,
sigues escribiendo esa vida.
Pero no hablarás de los paseos por el parque,
de las comidas en la trona,
de las veces que se queda con los abuelos,
de su primer viaje en coche,
su primera visita al zoo,
esa primera vez en la playa,
en la que como os hicieron a vosotros,
la llevasteis desnuda,
era demasiado pequeña para el bañador.
No hablarás de esos y de otros muchos momentos
que también estarán en ese álbum de fotos,
después de cuando lo del bautizo.
Piensas que te apetece hablar sobre las bodas,
por cercanía,
ya no piensas en esa niña,
ahora piensas en ti,
en ti y en ella,
en unas bodas que están lejos pero se acercan.
¿Cómo se lo pedirás?
¿Te lo pedirá ella?
Imposible, quieres ser tú,
quieres sorprenderla,
pero en la intimidad,
darle la más grande sorpresa
y que te la dé ella al decir sí quiero
y ofrecer su dedo para que le dibujes el anillo
un señor anillo que se borrará de su mano
pero se quedará en su corazón.
Y tendrás su mano y correrás gritando al cielo
que nadie puede ser más feliz,
y llamas a tus padres, a tu hermano,
a tus primos, a tus tíos,
a tus abuelos, a tus amigos,
a tu familia,
y lo cuelgas en Facebook,
porque eres tradicional,
pero moderno.
Y preparáis todo,
y decidís entre los dos
y será todo sencillo, más bien modesto,
pero a la vez será tan grandioso.
Y piensas que será donde las vidrieras,
y entre los dos elegís las flores,
hay muchas rosas
y pasillo de jazmines.
Y habrá una sesión de fotos
para llenar otro álbum nuevo,
y bromeas con hacer un selfie en el altar
y te mira mal, pero se ríe,
porque no os sabéis enfadar.
Y no lleváis zapatos,
lleváis converse a juego,
todo por una promesa,
algo que pensaste que sería un reto,
pero es divertido,
os hace únicos,
aunque siempre pensaste
que llevaríais zapatos en el último momento.
Y la imaginas a ella,
completamente vestida de blanco
y tú llevando tu traje,
parece que vas arreglado,
pero una barba de tres días
te da ese toque que siempre te gustó desaliñado
por mucho que siempre te llamará aseado.
Y ella nunca brilló tanto,
nunca en la vida,
solo más bella cuando está desnuda.
Preciosa sonríe,
sus ojos azules como el cielo del mediodía,
pero cuando salís de la iglesia llueve
y os reís porque siempre supisteis que llovería.
Y entre arroz y gritos,
las risas de vuestros padres,
las lágrimas de vuestras madres,
os metéis en el coche,
entre risas y os besáis.
Os lleva al banquete,
llegáis algo tarde,
ya está toda la familia
y suena el himno nupcial,
pero el vuestro
y resuenan los vivas los novios.
El menú, que tanto tardasteis en decidir,
solo lo probáis a medias,
os toca estar para todos,
sonreír y pasa la gente
y pasan las fotos
y no os dais cuenta
porque de lo felices que sois
simplemente actuáis,
no es tiempo para pensar,
para eso están las fotos,
fotos que llenarán el álbum para recordar,
ese álbum para no olvidar.
Y cambias la dirección del poema,
ahora lloras menos,
te vuelves a levantar,
esta vez para mear.
Vuelves al ordenador,
estás más sereno has hablado con ella.
Y hablabas de las bodas,
pero ya ha pasado el momento,
no escribirás de los primeros trabajos,
de cuando os fuisteis a vivir juntos,
de la luna de miel,
de la luna de paté, nata,
guaraná y todo lo que se pudiera untar.
No hablas del lugar,
lo decidisteis entre los dos,
siempre lo tuvisteis claro
y al verlo,
al tener los billetes entre las manos,
al subir al vuelo os mirabais,
asentíais sabiendo haber acertado
y mientras el avión despega
vuestros labios se pegan entre
sonrisa y sonrisa,
bailan las lenguas.
Tampoco escribirás de esos días previos de nervios
ni de esas noches de desenfrenada locura,
ni de la búsqueda de piso o la compra de muebles,
los días de hacer la compra y el reparto de tareas,
las lavadoras, las camas,
las estanterías, bajar la basura,
cambiar las bombillas…
quizás no sea apropiado para este poema.
Las comuniones,
esa tercera palabra en la que viste un poema.
Y ya no sabes cómo escribirla,
estás más bien lejos,
pero te para cerca por tus familiares pequeños.
Dos días a la semana van a catequesis
y te cuentan que si pueden,
otros tantos a misa.
En la última comunión te tocó conducir
y bebiste cerveza delante de tus padres,
tenías un examen al día siguiente.
Lo pasabas bien, pero estabas solo
y piensas en la siguiente que viene,
irás acompañado,
vestido de gala,
ella preciosa
y tú desaliñado.
Y será más familia.
Y ese niño que comulga,
que se ríe
y cuando te ve se burla,
sabe bien las oraciones,
pero mira los regalos.
Y llora quizás por las fotos
porque nunca le gustaron,
pero el caso es que los padres quieren el álbum,
quieren ese álbum para recordar,
quieren esas fotos para no olvidar.
Una bici, un balón,
una nueva consola,
una biblia, un ordenador,
la equipación de su equipo,
algún libro, ropa,
un estuche, un compás,
una tablet y un iPhone.
Y cuando la misa,
tú esperas con tu novia en el bar,
hay muchos niños,
pero solo uno es tu familiar,
entras solo al final,
cuando le dan la bendición,
y otra vez hacia el banquete
y os presentáis a todos,
anunciáis vuestra relación.
Y decidís marchar un poco antes,
no hay nadie en casa y os vais al salón,
cogéis una peli y la manta,
ni veis la peli ni usáis la manta.
Y es el momento en el que te das cuenta de que decae el poema,
de que se está acabando a cada pulsación del teclado,
te sales de la historia,
de ese cartel del escaparate
y recuerdas cuando,
hace tan solo unas horas,
le contabas a tu amor que habías leído algo increíble,
lo mejor que habías leído en tiempo,
y recuerdas ese momento en el que se lo dices:
“Bautizos, bodas y comuniones”.
Y ella se ríe
y le dices haber visto una historia,
un poema, una canción,
el paso del tiempo, algún sentimiento.
Y olvidas el tema durante toda la tarde,
pero cae la noche y no está,
y no está y es momento de escribir,
porque no le queda mucho para volver,
y le has contado que escribías
y justo ahora, en este instante,
recuerdas la broma que le hiciste mientras se reía
de tu descubrimiento en el escaparate:
¿Por qué en los entierros no se da regalo?
le insinuaste,
y quizás le pareció el chiste un poco macabro,
pero seguiste con la broma
y acabasteis riendo,
porque en el fondo lo sabéis:
no habrá regalo en vuestro entierro,
el caso es que ni siquiera habrá entierro,
porque desde hace tiempo decidisteis vivir el sueño,
seríais inmortales desde aquel primer beso.
Y sabiendo que debería acabar en el anterior verso,
sigues escribiendo,
escribes para decir que por extenso,
no has sabido retratar una vida,
no has sabido escribir en verso,
no has sabido contar la métrica,
tampoco hallar la rima,
pero te da igual, no te importa,
solo quieres que llegue a casa,
enseñarle tu poema
y que al final,
de todo lo que lea,
se quede solo
con este verso final:
te quiero.

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