Después de una sencilla ceremonia y no muy multitudinaria, él rechazó toda compañía para irse solo a casa. Necesitaba estar solo. La lluvia les había acompañado durante toda la tarde y, a pesar de que todo el mundo se quejó e hizo diversas alusiones a la tristeza del ambiente y su consonancia con el momento, él se sintió algo aliviado porque sabía que a ella le encantaba la lluvia. Fue, sin duda, un guiño del cielo, un último adiós. Subió al coche empapado ya que había preferido mojarse como tantas otras veces había hecho con ella en aquellos largos paseos por la playa. Recordó la primera vez que empezó a llover mientras estaban en el paseo marítimo. Estaba atardeciendo, una luz con tonos naranjas y rosados dejaba entrever el semicírculo solar que asomaba por el horizonte. Las nubes, amenazaban de alguna manera tormenta, con sus colores grisáceos que se acercaban al negro pero, aún así, había bastantes claros en el cielo que daban una cierta esperanza a la mayoría de las personas que querían disfrutar de una tarde despejada. Comenzó a llover y él pensó que lo mejor sería cogerla de la mano y correr en busca de un sitio donde refugiarse. Pero cuando le cogió la mano, ella se soltó preguntándole que qué hacía. Él dijo que si no le importaba mojarse y ella, sonriendo le contestó que no, que prefería mojarse, que era divertido. Él no consiguió entenderlo del todo pero entonces ella le dio la mano y empezaron a andar lentamente. En ese momento lo comprendió todo. No podía explicarlo pero aquél momento fue mágico. Simplemente mágico e inexplicable.
Apartándose el pelo mojado que le caía sobre la frente arrancó el coche y se dirigió a la playa. Casi ni se dio cuenta de como llegó hasta allí. Paró el motor y bajó del coche. Empezó a andar por el paseo, con la mirada fija en las olas. El mar estaba enfadado, furioso, alterado. Parecía saber lo que le ocurría. Llegó al final del paseo marítimo que acababa en el puerto. Las luces de las grúas ya empezaban a dejar ver su reflejo en el agua. Entró al puerto y deambuló hasta llegar a un viejo galeón que había sido restaurado y se utilizaba como museo y restaurante. Lejos de entrar en el barco, siguió caminando hasta el final del muelle. Se quedó de pie, mirando al horizonte. Respiró profundo y se sentó, con las piernas colgando sobre el mar. El agua de las olas le salpicaba constantemente pero él permanecía inmóvil, con la mirada perdida, al igual que la expresión de su rostro. Simplemente pensó. Pensaba y a la vez no pensaba, pues tenía la mente completamente en blanco. Sus ideas no sabían a que atenerse, no encontraba palabras para explicar cómo se sentía, todo era un lío. Había perdido antes a gente cercana, familiares, amigos… pero perderla a ella era algo que no sabía como afrontar.
Finalmente, fue el enfurecido mar quien lo sacó de su ensimismado estado. Una ola, más grande y furiosa que el resto, lo cubrió por completo, lanzándole hacia atrás, quedando tumbado en aquel muelle. Se quedó durante un momento mirando al cielo. Ya había anochecido e incluso se podían ver algunas estrellas en el firmamento. Entonces la vio. Una estrella fugaz. Hacía mucho tiempo que no veía una pero al verla deseó lo que cualquier persona que acaba de perder a alguien habría pedido, pidió que volviera. Sabía que era una tontería. Que nada se la podría devolver, pero no perdía nada por intentarlo. Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas. Tras no saber si sentirse idiota, desesperado incluso infantil por haber hecho aquello, se levantó, todavía empapado y se fue a casa, olvidando el coche en aquella playa a unos kilómetros de donde se encontraba.
Las tenues luces de las farolas son lo único que recordaba haber visto durante el camino de vuelta. Ni personas, ni coches, ni siquiera el mísero ruido de un gato callejero rebuscando una espina de pescado entre los cubos de basura. Cuando llegó al portal de su casa sacó las llaves del bolsillo, todavía mojado y abrió la puerta. ni siquiera encendió la luz. Cogió una botella de bourbon de la marca “Four roses” y se sentó en la cama. Todavía no estaba hecha, aquella mañana le tocaba a él hacerla pero había salido con prisas y no le dio tiempo. No estaba muy claro si reía o lloraba al recordar la de veces que habían discutido por el tema de la cama. Se alternaban y repartían todas las tareas y, la única que hacían juntos era deshacer la cama.
Abrió la botella, todavía sin estrenar y dio un trago. No estaba acostumbrado a beber y aquél líquido del color de la miel bajó por su garganta dándole la sensación de que acababa de beber fuego. Pasó un rato mirando la ventana que tenía al frente, con la persiana entreabierta y por la que entraba la luz de las farolas y, de vez en cuando, la que producían los coches al pasar por la calle de abajo. Dio otro trago, ahora más largo. La sensación de estar bebiendo fuego poco a poco desapareció y, la temperatura de su cuerpo fue subiendo cada vez más. El nivel de líquido de la botella bajaba y los grados de su cuerpo subían. Hubo un momento en el que el camión de la basura pasó bajo su calle y unas ráfagas de luz naranja iluminaban intermitentemente su habitación. La botella de bourbon se acabó a la vez que los destellos de aquel camión. Dejó caer el “Four roses” al suelo y se tumbó en su lado de la cama, mirando al de ella.
En la almohada se marcaba todavía ligeramente la forma de su cabeza. Entonces le calló una lágrima que rápidamente absorbieron las sábanas. Clavó la cabeza en la almohada y respiró profundamente. Olía a ella. El dulce aroma de su pelo, de su cuerpo se había quedado con él. Cada vez caían más lágrimas, casi formando un chorro continuo. La cabeza le empezaba a doler y el calor de su cuerpo empezaba a bajar. Cogió la almohada y se levantó. Respiró su aroma abrazándola. Se dirigió a la cómoda de la habitación y encendió la radio sin saber qué emisora había sintonizado. Entonces sonó la canción que le llevaría a tomar una decisión que debería marcar el resto de su vida. La canción que sonó fue “I’ll never fall in love again” de Elvis Costello. Tras bailar largar durante los tres minutos que duró, cayó en la cama, abrazado a la almohada y, finalmente, se durmió.
Apartándose el pelo mojado que le caía sobre la frente arrancó el coche y se dirigió a la playa. Casi ni se dio cuenta de como llegó hasta allí. Paró el motor y bajó del coche. Empezó a andar por el paseo, con la mirada fija en las olas. El mar estaba enfadado, furioso, alterado. Parecía saber lo que le ocurría. Llegó al final del paseo marítimo que acababa en el puerto. Las luces de las grúas ya empezaban a dejar ver su reflejo en el agua. Entró al puerto y deambuló hasta llegar a un viejo galeón que había sido restaurado y se utilizaba como museo y restaurante. Lejos de entrar en el barco, siguió caminando hasta el final del muelle. Se quedó de pie, mirando al horizonte. Respiró profundo y se sentó, con las piernas colgando sobre el mar. El agua de las olas le salpicaba constantemente pero él permanecía inmóvil, con la mirada perdida, al igual que la expresión de su rostro. Simplemente pensó. Pensaba y a la vez no pensaba, pues tenía la mente completamente en blanco. Sus ideas no sabían a que atenerse, no encontraba palabras para explicar cómo se sentía, todo era un lío. Había perdido antes a gente cercana, familiares, amigos… pero perderla a ella era algo que no sabía como afrontar.
Finalmente, fue el enfurecido mar quien lo sacó de su ensimismado estado. Una ola, más grande y furiosa que el resto, lo cubrió por completo, lanzándole hacia atrás, quedando tumbado en aquel muelle. Se quedó durante un momento mirando al cielo. Ya había anochecido e incluso se podían ver algunas estrellas en el firmamento. Entonces la vio. Una estrella fugaz. Hacía mucho tiempo que no veía una pero al verla deseó lo que cualquier persona que acaba de perder a alguien habría pedido, pidió que volviera. Sabía que era una tontería. Que nada se la podría devolver, pero no perdía nada por intentarlo. Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas. Tras no saber si sentirse idiota, desesperado incluso infantil por haber hecho aquello, se levantó, todavía empapado y se fue a casa, olvidando el coche en aquella playa a unos kilómetros de donde se encontraba.
Las tenues luces de las farolas son lo único que recordaba haber visto durante el camino de vuelta. Ni personas, ni coches, ni siquiera el mísero ruido de un gato callejero rebuscando una espina de pescado entre los cubos de basura. Cuando llegó al portal de su casa sacó las llaves del bolsillo, todavía mojado y abrió la puerta. ni siquiera encendió la luz. Cogió una botella de bourbon de la marca “Four roses” y se sentó en la cama. Todavía no estaba hecha, aquella mañana le tocaba a él hacerla pero había salido con prisas y no le dio tiempo. No estaba muy claro si reía o lloraba al recordar la de veces que habían discutido por el tema de la cama. Se alternaban y repartían todas las tareas y, la única que hacían juntos era deshacer la cama.
Abrió la botella, todavía sin estrenar y dio un trago. No estaba acostumbrado a beber y aquél líquido del color de la miel bajó por su garganta dándole la sensación de que acababa de beber fuego. Pasó un rato mirando la ventana que tenía al frente, con la persiana entreabierta y por la que entraba la luz de las farolas y, de vez en cuando, la que producían los coches al pasar por la calle de abajo. Dio otro trago, ahora más largo. La sensación de estar bebiendo fuego poco a poco desapareció y, la temperatura de su cuerpo fue subiendo cada vez más. El nivel de líquido de la botella bajaba y los grados de su cuerpo subían. Hubo un momento en el que el camión de la basura pasó bajo su calle y unas ráfagas de luz naranja iluminaban intermitentemente su habitación. La botella de bourbon se acabó a la vez que los destellos de aquel camión. Dejó caer el “Four roses” al suelo y se tumbó en su lado de la cama, mirando al de ella.
En la almohada se marcaba todavía ligeramente la forma de su cabeza. Entonces le calló una lágrima que rápidamente absorbieron las sábanas. Clavó la cabeza en la almohada y respiró profundamente. Olía a ella. El dulce aroma de su pelo, de su cuerpo se había quedado con él. Cada vez caían más lágrimas, casi formando un chorro continuo. La cabeza le empezaba a doler y el calor de su cuerpo empezaba a bajar. Cogió la almohada y se levantó. Respiró su aroma abrazándola. Se dirigió a la cómoda de la habitación y encendió la radio sin saber qué emisora había sintonizado. Entonces sonó la canción que le llevaría a tomar una decisión que debería marcar el resto de su vida. La canción que sonó fue “I’ll never fall in love again” de Elvis Costello. Tras bailar largar durante los tres minutos que duró, cayó en la cama, abrazado a la almohada y, finalmente, se durmió.
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