viernes, 13 de julio de 2012

El último baile (I)

Se despertó, una vez más, apesadumbrado, consternado, cansado y con una lágrima dejándose por su mejilla izquierda. La cabeza le dolía de no haber podido dejar de pensar en toda la noche, de contar el tic-tac de las agujas del reloj, de buscar una respuesta en la oscuridad del techo de su apartamento. Era cierto que los motivos de aquella situación eran muy diferentes a los que los causaron hace tiempo pero, el resultado era el mismo, una persona abatida, derrotada, que apenas podía levantarse de la cama, ni siquiera para ir al baño. Siempre había sido un tipo alegre, que tras acabar la carrera de periodismo se quería comer el mundo, decidió que conseguiría el trabajo que siempre había soñado en el diario más importante de su país y, así lo hizo. Empezó trabajando como becario, llevando cafés a los más veteranos pero poco a poco, dejó entrever su buen hacer como periodista de homicidios. Su estilo directo, sus adjetivos que llegaban al alma, los testimonios de las personas más cercanas a la víctima que incluía en medio de la redacción del artículo para darle un toque más de verdad…todo, todo estuvo a sus favor y lo elevó a la posición más alta que podía conseguir alguien en un periódico sin ser el jefe de éste. Pero no solo triunfó en el mundo laboral, no. Encontró, mientras trabajaba en un artículo, al amor de su vida. Ella… Era dulce, sensible, guapa, con un gran sentido del humor… cualquier cosa que se pudiera decir se quedaría corta y, lo más importante, le quería.

Nunca habría imaginado que un caso de homicidio acabaría juntándole con su media naranja, con el amor de su vida. Si alguien le hubiera preguntado, seguramente habría dicho que sí, que sabía que algún día la encontraría pero que era algo muy complicado. Sus amigos y familiares más cercanos no dejaban de decirle que fuera en busca de alguien que le quisiera, con quien se casara y tuviera hijos, o alguna chica con la que simplemente tener una efímera aventura, únicamente querían que no estuviera solo. Él detestaba esto. En cierto modo, se podría decir que estaba muy bien solo, conocía a mucha gente, tenía grandes relaciones de amistad y disfrutaba de ellas, no entendía por qué podría necesitar algo más. Aún así, muchas veces tenía el deseo, las ganas, de encontrar a la mujer de sus sueños. Quería sentir lo que era querer y ser querido más allá del nivel de amistad o familiar. Quería tener a alguien con quién contar siempre. ¿El problema? No le gustaba “buscar”. Odiaba las formas más habituales de encontrar pareja que tenía la sociedad. Ir a una discoteca, bailar con alguien que te atrae físicamente (o no, depende del alcohol que hubiera ingerido), acabar en el coche, la cama o un descampado y, más tarde, quizás, si se daban los números y se llamaban, empezar a conocerse. No le veía nada de sentido. Para él una relación tenía que ser algo con una dinámica totalmente al revés. Primero, conocer a la chica, sus gustos, saber si les gustaban las mismas cosas, saber si disfrutaban hablando o sencillamente de una sonrisa, de la compañía… eso debía ser lo primero para él, tener una amistad, una profunda amistad y, más tarde, evolucionaría, crecería en intensidad y se convertiría en algo más. Esa era la idea que tenía él en cuanto a las relaciones. Era quizás una idea de película “Disney” o cuento de hadas pero no le importaba, era su idea. Hacía ya tiempo que había empezado a vivir la vida del modo en que quería y no del modo que podía gustar más a los demás y, la verdad, eso le hacía feliz y se notaba incluso en su aspecto.

La investigación en la que la conoció fue la cuarta que seguía y con la que escribiría un artículo por el que ese mismo año le otorgarían un premio debido a una redacción narrativa impecable y al haber conseguido ayudar a la policía en la ardua labor de atrapar al culpable de aquel cruento homicidio.Cuando la conoció estaba horrorizada, los ojos le lloraban, su respiración la más profunda y nerviosa que había oído nunca y sus labios… sus labios mantenían el vivo color rosáceo de siempre. Su boca era un caramelo y él, un niño desesperado. A pesar del estado en el que se encontraba, ella mantuvo la dolorosa entrevista con cierto sentido del humor, incluyendo ironías y sarcasmos que contrastaban fuertemente con la gravedad del asunto pero, lejos de hacer incómoda la conversación la hacía más llevadera. Él pronto se adaptó a su estilo y consiguió conectar con ella rápidamente. Cuando llevaban diez minutos de preguntas, incluso consiguió sacarle una sonrisa. Su primera sonrisa, nunca podría olvidarla. Había soñado tantas noches con ella, le había hecho reír y llorar tanto, primero en vida y después mediante el recuerdo… El recuerdo, era lo poco que le quedó tras aquel accidente que acabó con una relación de cuatro años y del que ahora hacía otros tantos que había ocurrido…

El accidente marcó su vida. Desde entonces nunca volvió a ser el mismo. Perdió el puesto en su trabajo y entró en un profundo estado de depresión que decidió afrontar él solo y que tardó en superar seis meses. Se fue durante seis meses a un pequeño poblado del sur de Sudamérica, donde alquiló una casa y vivió como un habitante más del lugar. Dejó de importarle su aspecto físico y se dedicó a pensar. A lo largo de cada día de aquellos seis meses únicamente pensó, le dio vueltas y más vueltas a todo el asunto. A veces lloraba, otras veces se despertaba en medio de la noche, gritando su nombre mientras visualizaba la imagen de su sonrisa en su cabeza… Hasta que finalmente, en el decimotercer día del sexto mes que llevaba fuera de su hogar y lejos de todos y todo cuanto había conocido, sonrió. Había dado con la solución para evitar tal sufrimiento. Sabía que nunca la recuperaría a ella y que no podía hacer nada. El accidente no había sido culpa suya ni de nadie. Sólo un infortunio, cosas que pasan… Pero sabía que podría deshacerse de todo aquel dolor de algún modo o al menos intentarlo. Entonces lo decidió, no volvería a enamorarse. Seguiría sufriendo por haber perdido a su princesa, a aquella persona con la que vivió feliz y comió perdices pero, sabiendo que al volver todos sus seres queridos insistirían en que rehiciera su vida, eligió la opción de vivir solo el resto de su vida, renunció a un posible futuro amor ya que suponía la posibilidad de una futura pérdida que, seguramente, no podría digerir.  Además, había de hacerlo porque en su boda, cuando estaba en el altar y le preguntaron que si quería casarse con ella y prometer estar unidos hasta que la muerte los separase, el dijo que no. Todo el mundo se sorprendió, incluso ella que puso cara de preocupación. Pero él, sonriendo, rápidamente dijo que la muerte nunca podría separarlos. Ella le regaló una sonrisa junto con un beso de sus rosados labios y la boda prosiguió, con una risa en las caras de todos los invitados y lágrimas en la de sus madres.

No volvería a enamorarse…  por eso se despertó con una lágrima en su mejilla aquél día, se había enamorado.

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