lunes, 12 de diciembre de 2011

Asomado al balcón…

Eran dos chavales jóvenes. Tendrían unos dieciséis años. Los dos caminaban bajo mi balcón en aquella fría noche. Ambos llevaban una bolsa de deporte. Seguramente volvían de entrenar pues llevaban el pelo mojado, cosa que me hizo suponer que acababan de ducharse. Repentinamente, uno le preguntó al otro: “¿Crees en Dios?”. El otro, sin sorprenderse demasiado por la pregunta, contestó: “No. No tengo la necesidad. Creo, más bien en mí y en mis posibilidades. ¿Y tú crees?”. La contestación del otro fue concisa, sin explicaciones: “Sí.” El creyente, no mostró un gran afán por seguir la conversación así que, nuestro otro amigo continuó explicando el porqué de su no creencia: “A ver… yo respeto a los que creen, me da igual una religión u otra, yo las tolero. Ahora bien, no soy capaz de creer firmemente en ninguna de las que he oído hablar o sobre las que he leído, es más, no creo necesitarlas. Me parece que, hace tiempo, eran necesarias y, a día hoy también lo son, aunque menos. Pero, yo, no necesito creer en un ser superior o alguna fuerza cósmica.”

Entonces pararon a causa de que a uno de ellos se le había desatado el cordón de la zapatilla (o cordonera, como dicen algunas personas…). La conversación continuó: “Creo en que estamos en el mundo y, mientras estamos en él, lo pasaremos bien y lo pasaremos mal. Por este motivo, me limito a vivir como creo que lo pasaré mejor. No me gustaría emplear mi tiempo en pertenecer a una religión y realizar los cultos correspondientes, tampoco me gustaría estar pensando en si voy a ir al cielo, al infierno o a dónde se vaya. No me preocupa nada más allá de lo de aquí y ahora, de la vida, mi vida. Y en esta vida, yo decido dentro de mis posibilidades que, estarán condicionadas pero, no por fuerzas sobrenaturales o divinas, no. Seguramente estarán condicionadas por las mismas probabilidades o elecciones que han decidido tomar otras personas y, es algo normal, no vivo yo sólo en el mundo… aunque a veces estaría mejor con un puñado de personas, lo reconozco, sobra gente.” Ambos sonrieron. Nuestro amigo creyente, articuló una pregunta: ¿Entonces cuando te mueras…?”. El otro rápido dijo: ”Se acabó. Es triste, pero bueno… A veces me gustaría poder creer que no es así, pero tampoco me quita el sueño.”. La réplica fue la siguiente: “Sí que es triste… No me creo que seamos simples impulsos eléctricos y al morirnos… !puf! Se acabó. No me lo quiero creer.” Mientras se levantaba tras haberse atado el cordón/cordonera y seguían con su camino, surgió la contestación, una respuesta que me marcó: “Ahí está la cosa, no quieres creer en una cosa y crees en la otra. Lo entiendo. No lo comparto, pero lo entiendo y, entiendo que la gente es más feliz de ese modo. ¿Has leído San Manuel Bueno…”. No pude oír más de aquella conversación, mi balcón es grande, pero no tanto.

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