Era un día raro. Yo iba en el metro hacia… No recordaba hacia a dónde iba. Tampoco sabía como llegué hasta allí. Pero bueno, no importaba. Entonces miré al frente. Allí estaba ella. Apoyada en la puerta. Llevaba una funda de guitarra roja. El pelo castaño tapaba su rostro y no me permitía verla con claridad. Entonces, sin saber por qué, me acerqué a ella y le dije: “Sé cantar, ¿montamos un grupo?”. Yo nunca había sabido cantar, de hecho, mi voz se acerca más a la actual voz de Sabina que a la de cualquier otro cantante…
Ella me dijo que sí, que por supuesto. Todavía seguía sin verle el rostro. Era de una estatura normal pero, menor que la mía. Como se dice coloquialmente, le sacaría una cabeza, más o menos. Bajamos en la siguiente parada. Era una estación dónde nunca había estado. Entonces andamos. Ella junto a mí y, yo junto a ella. Únicamente caminábamos, ninguno gesticuló una sola palabra. Repentinamente, empezamos a correr. Huíamos. ¿De qué? Seguía sin saberlo.
Un destello invadió todo. Ahora estábamos en un pabellón. En el pabellón había un escenario y, coronándolo, ella y yo. Todavía no conseguía verle el rostro. Rodeando el escenario había miles de personas. Chillaban, saltaban, reían, incluso alguna que otra chica se subía a los hombros de alguien y levantaba su camiseta. Yo me sentía bastante bien, cómo nunca me había sentido.
De repente, otro destello. Seguíamos corriendo hacia ninguna parte. Entonces, no sé como, tropecé y caí. Me golpeé la cabeza. Ella siguió corriendo. Yo estiré la mano y grité intentando que parara. No sirvió para nada. Y después, sentí otro golpe en la cabeza.
Ahora, todo estaba oscuro. Me iba tambaleando. Estaba solo, en medio de la nada. únicamente conseguía pensar en ella. No me preocupaba como había llegado hasta aquel lugar, hasta la nada. Y otra vez, algo golpeó mi cabeza.
Poco a poco, comencé a abrir los ojos. No podía ser, me había quedado dormido en el metro, sentado, con el cristal de la ventana golpeando mi cabeza. El metro estaba prácticamente vacío. Parece ser que había estado dando vueltas en él, de estación en estación, de apeadero en apeadero. Nadie se había dado cuenta. Ni siquiera los conductores al llegar al final de la ruta y hacer su relevo. Ahora estaba llegando a una parada. Era un lugar bastante lejano a mi casa, todavía tendría que pasar tres cuartos de hora más allí sentado. Cuando el metro paró, alcé mi mirada al frente y, allí estaba, saliendo por la puerta, con una funda de guitarra roja. Era ella. Se bajó del metro e intenté correr pero, las puertas se habían cerrado y no conseguí abrirlas. Miré por la ventana, intentando verle el rostro. No lo conseguí, su castaño y liso pelo seguía cubriendo su misteriosa faz. Repentinamente, ella empezó a correr. El metro, se metió en un túnel y, otra vez, la oscuridad.
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