Era un día normal, como cualquier otro. Se dirigía en metro a su gris oficina de trabajo. En realidad no era gris pero, siempre la había visto de este color, quizás por estar trabajando en algo que para nada le gustaba o tal vez porque odiaba a todos sus compañeros de trabajo. El periódico gratuito enseñaba las mismas noticias de siempre: corrupción, subida de impuestos, recortes, un asesinato, recortes, un perro que jugaba a ping-pong y más recortes. Con la llegada del buen tiempo y calor que lo caracterizaba en la zona donde vivía, la gente ya empezaba a vestir ropa veraniega. Esto significaba mucha menos tela por todas partes. Bueno, en realidad él no sabía si la gente llevaba menos ropa, simplemente se fijaba en todas las chicas y, se fijaba sin intentar parecer un acosador. Sin embargo, a pesar de deleitarse con las consecuencias que había traído aquel cálido clima, quién realmente se sentía acosado era él. Es algo que le había ocurrido de toda la vida en el metro. Llegaba y parecía que fuera parte del mobiliario. Nadie tenía en cuenta que allí había personas. Todos se pegaban unos a otros y esto era algo que no podía soportar, le gustaría que alguna vez alguien hubiera respetado su espacio personal pero, en el metro, el espacio personal era algo que pasaba a desaparecer para dejar lado a un espacio público.
Ese día, sin embargo, había poca gente en el metro. Podría haber abierto un folleto de propaganda, de estos tamaño XXL que acostumbran a dar ciertas tiendas de electrónica e informática, sin ningún problema. Sobre la mitad del trayecto, no pudo evitar fijarse en ella. Allí estaba, de pie, peinándose mientras miraba su reflejo en las ventanas del enorme vehículo. La puerta más cercana a él fue la que paró justo frente a ella. Entonces entró. Él se quedó sin respiración, no era especialmente atractiva pero tenía algo que le dejó anonadado. Ella se respaldó junto a la puerta de en frente nada más se cerró y el metro prosiguió su marcha. De repente, sintió un escalofrío. No sabía porque pero, acababa de vivir justamente la situación contraria al escalofrío cuando ella se había subido en su vagón y ahora, esa otra sensación le puso la carne de gallina… ¿iba a ocurrir algo?
Levantó la vista para intentar no clavar la mirada todo el rato en ella y así disimular un poco. Justo a su lado, vio a un joven que seguramente iría hacia la universidad. Tenía el pero negro como el carbón, rizado y llevaba una barba de tres o cuatro días. En su brazo colgaba una bolsa negra y, sostenía y miraba fijamente uno de esos lectores de libros electrónicos que todo el mundo tiene ahora. Mientras el chaval leía el libro en su cara se podía ver lo que ocurría en la historia que leía, primero sonreía y luego fruncía el ceño y ponía cara de preocupación… seguramente estaría leyendo una historia en la que había humor mezclado con algo de tragedia, o al menos así lo creía él porque, por experiencia, esos dos contrastes son los que se pueden encontrar en todas las buenas historias. Dejando de mirar a aquel universitario que gesticulaba sin importarle que los demás se fijaran en él, volvió a dirigir la mirada hacia ella y…y… y ya no pudo dejar de mirarla hasta que pasó lo que nadie se imagina que va a pasar en un día normal.
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