De aquella tarde en la que le dieron la noticia únicamente tenía un recuerdo borroso y doloroso. Fue uno de los momentos que más repasó durante su periodo de exilio en Sudamérica.
Era un jueves cómo cualquier otro, él estaba en casa, repasando toda la información que había recopilado sobre el caso de homicidio en el que estaba trabajando. La víctima era un hombre de unos 52 años al que habían decapitado brutalmente (pues no hay otra forma de arrancarle la cabeza a alguien que no sea brutalmente) por causas todavía desconocidas en aquel momento. Las sospechosas eran dos mujeres de una edad que poco distaba de la de la víctima. Una era su mujer y la otra una compañera de trabajo con la que parecía llevarse muy bien. No hizo falta investigar mucho para darse cuenta de la aventura que mantenían y que hizo que nuestro amigo perdiera la cabeza, literalmente.
El caso es que mientras repasaba los papeles, las anotaciones de lo que habían dicho los testigos, las grabaciones de los interrogatorios… sonó el timbre de la puerta. Fue a eso de las seis de la tarde. Tuvieron que llamar dos veces puesto que tenía la costumbre de no molestarse en levantarse a abrir la primera vez y todos los que le conocían lo sabían. Decía que así se evitaba hablar con vendedores, ya fuesen de aspiradoras o de religiones (sobre todo a estos últimos). Al oír el timbre por segunda vez acudió a la puerta bajo la cual, entraba la cálida y flamante luz del sol. Abrió y allí estaba, un hombre sin rostro, con uniforme de policía. La imagen que conservaba de aquel individuo que le dio la peor noticia de su vida fue la misma imagen que tenía de los locutores de radio. Para él, los locutores de radio eran personas sin cara, son una simple boca con todo el resto del rostro oscuro, envuelto y escondido en una tenebrosa sombra. Una cabeza flotante en la oscuridad de la que sólo se distingue su forma y se reconoce de forma clara y precisa la boca. Ésa misma imagen es la que tenía de aquél hombre.
Cuándo le dio la noticia simplemente no supo cómo reaccionar. Había habido otros momentos en los que la vida le había abofeteado pero nunca cómo ese. Normalmente, recibía un golpe y no perdía la sonrisa, a veces, incluso ponía la otra mejilla si creía que se lo merecía. Pero esa vez fue diferente. Perdió todo signo de jovialidad en su expresión y un cortocircuito colapsó su cabeza. No podía articular palabra. Sabía que tenía que preguntar muchas cosas: cómo, dónde, cuándo, por qué, por qué… por qué. Sin embargo las primeras palabras que pronunció no fueron una pregunta, no, fueron un imperativo: Quiero verla.
Aquél tipo sin rostro le invitó a seguirle y él, ni siquiera se molestó en coger las llaves de casa, la cartera o el móvil. Mientras lo seguía aquella boca flotante iba hablando, de forma seria y pausada pero él ya hacía tiempo que había dejado de oír lo que le decían. Simplemente se movía cual autómata. En ese estado robótico y cegado por la luz del sol del atardecer se subió en los asientos traseros del coche del policía pese a no haber nadie como copiloto. Cerró la puerta y dirigió la mirada, fija y penetrante al suelo. Aquella boca seguía con su discurso a pesar de no obtener ninguna respuesta ni gesto de él más que la indiferencia y el pálido reflejo de una cara que podría ser la de un cadáver, o incluso la de Iniesta.
Al cabo de una media hora el tambaleo del coche cesó. El motor había parado. Levantó la vista al frente y vio como el tipo sin rostro bajaba del coche y le abría la puerta invitándole a salir. Salió. Se encontraba en el parking de un hospital. Pero no era un hospital cualquiera. Era el hospital donde ella trabajaba. La boca flotante uniformada empezó a andar y él detrás de ella. Ya había dejado de hablar. Anduvieron apenas un minuto cuando la oscuridad y frialdad del aparcamiento y del momento se vio sustituida por las luces de las sirenas y del ascensor, el ruido de walkie talkies, un montón de otras tantas bocas levitando por todo y el color de una cinta amarilla con letras negras que impedía el paso de aquellos “espectros” al lugar donde yacía la única persona con rostro, ella.
Al verla, empujó a su mensajero y chófer y pasó a través de la cinta amarilla como si hubiera llegado a la meta de alguna competición. Sin embargo, su expresión distaba mucho de la de un atleta que acaba de ganar una medalla para su país. Un grito sordo hizo que el mundo se parara por un momento. Todos los allí presentes callaron y vieron el sufrimiento encarnado en una persona, él. Pronto, los médicos que rodeaban el cuerpo lo apartaron evitando que la abrazara y moviera. Él golpeó una y otra vez a los médicos y a todo el personal que intentaba apartarle de lo más importante de su vida. Finalmente, cuando no pudo ni gritar más ni moverse, se desvaneció inconsciente sobre los brazos de aquellos demonios que no le dejaban alcanzar aquello que más quería.
Despertó levantándose de repente en una especie de camilla, con una máscara de oxígeno que inmediatamente se arrancó, al mismo tiempo que daba un salto fuera de la ambulancia donde se encontraba. Justo enfrente, vio cómo un grupo de paramédicos levantaban del suelo un cuerpo, cubierto por una funda de plástico, y lo colocaban sobre una camilla. Después de colocarlo sobre la camilla, la cogieron y la subieron a una ambulancia. Intentó llegar antes de que cerraran las puertas del furgón pero, una vez más, le detuvieron.
Tenía un cierto sabor a sangre en la garganta y lo poco que intentó y consiguió articular (que esta vez sí que fueron preguntas), le causó un punzante dolor, sin duda, consecuencia de los gritos de desesperación e impotencia. Sin embargo, era un dolor mucho menor que aquel que ocuparía su corazón para siempre desde aquella tarde.
Por fin, consiguió calmarse gracias a la ayuda de un inspector y un psicólogo, ambos de la policía, que se quedaron en su compañía. Con éstos por fin consiguió hablar pero, se negaron a contarle nada de lo ocurrido en aquel frío parking. Le propusieron acompañarle a casa y, una vez estuviera más tranquilo, dirigirse al departamento forense dónde se encontraba el motivo y la razón de su vida. Aunque a regañadientes, no le quedó otra que aceptar aquella “invitación”.
El camino a casa fue silencioso, mudo, sordo. Una vez en la puerta, recordó que no tenía las llaves y tuvo que entrar escalando hasta la ventana de su despacho que siempre dejaba entreabierta para emergencias (hasta entonces nunca le había dado otra función que no fuera la de mirar las nubes y la luna, pero ese día le sirvió de entrada). Una vez dentro, abrió la puerta al psicólogo, pues el inspector había insistido entrar con la ventana con él. Todavía hoy no recuerda bien por qué entraron ambos por la ventana y no sólo uno, pero el caso es que así fue. Estando todos reunidos en la casa, el psicólogo le ordenó coger las cosas más básicas para pasar una noche en una comisaría. Cogió las llaves, la cartera y el móvil y se los metió en el bolsillo. Acto seguido le obligaron a sentarse en su sofá y le dijeron unas palabras que empezaron a hacer toda la situación más real (hasta entonces todo había sido como una pesadilla): Su mujer está muerta. No sabemos cómo ha sido. Ha sido encontrado tirada entre el ascensor y el suelo del parking. No había signos de violencia. Sin embargo ha habido un testigo que ha visto a su mujer en el suelo y a otro tipo corriendo. El testigo ha llamado a una ambulancia y a la policía. Nosotros hemos llegado antes y hemos identificado a su mujer por la tarjeta del hospital en el que trabajaba. No había signos de violencia. Hemos verificado las señas en nuestras bases de datos e inmediatamente hemos visto su dirección y la relación que tenía con usted. Hemos enviado un policía lo más rápido posible ya que hemos llamado una y otra vez a su móvil pero no hemos obtenido respuesta. Al llegar allí ha entrado en shock. Ahora iremos a la comisaría, donde también está el departamento forense. ¿Alguna pregunta?
Mientras le hablaban, él tenía un gesto preocupado e incrédulo por muy real que fuera todo. Simplemente se limitó a asentir una y otra vez, asentir con el dolor del batacazo más grande que le habían dado en toda su vida. Lo único que hizo además de asentir con los ojos llorosos, fue mirar las numerosas llamadas que marcaba la pantalla de su móvil y que corroboraban lo que le acababan de decir. Tras la notificación de llamadas perdidas, en el fondo de pantalla de su teléfono, se encontraba la foto de ella, sonriendo como nunca. La luz de la pantalla se fue apagando poco a poco y, cuando finalmente no hubo ni un solo píxel iluminado, alzó la mirada a aquellos dos miembros de la policía y dijo seca, brusca, tristemente y con un hilo de voz: Va…vamos.
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