—Hola, buenas, ¿querías algo?
—Hola, solo estaba mirando…
—Si tienes alguna idea de lo que querías…
—A ver… ¿estas qué son?
—Lirios, lirios morados.
—Mmmm, ¿y cuánto valen?
—Estas, a uno cincuenta la unidad.
—Vale, pues me voy a llevar dos.
—Perfecto, ahora mismo te los pongo.
—¡Vale!
Y entonces nos cogieron. El chico ese tenía cierto aire desaliñado y había estado mirándonos a mí y a las demás durante unos minutos, indeciso, sabiendo que haría algo que le haría sonreír, pero con un punto de preocupación en esa sonrisa.
—¿Quieres que las corte?
—Sí, un poquito por favor, a ver si así puedo meterlas en la mochila…
—¿Por aquí?
—¿Un poquito más se puede?
—¿Así?
—Sí, por ahí perfecto.
—Vale.
Habíamos sido más altas en otros tiempo. Entonces con todo el cuidado del mundo nos vistieron con un bonito estampado con motivos florales morados, azules y verdes, la verdad, nos quedaba muy bien ese vestido, casi se nos olvida que nos acababan de amputar un poquito de nosotras. Para que no se nos cayera ese nuevo vestido, nos puso, a la altura de la cintura un cordel, anudado con un bonito lazo. El chico mientras observaba cómo nos vestían, miraba en la pantalla de su móvil y sonreía como alguien que acababa de hacer una trastada sorpresa.
—Pues aquí las tienes, son tres euros.
—Tome. Muchas gracias.
—A ti.
—Vale, hasta luego.
—Hasta luego.
Y empezamos a recorrer aquella transitada ciudad. Nuestro miedo por quedar encerradas en la anteriormente mencionada mochila se fue yendo cuando vimos que el chico nos llevaba en la mano. Ruidos del tráfico, gente de un lado para otro, obras, campanas, relojes… qué distinto era aquello de nuestro jardín botánico… tan gris y llena de humo, frente a nuestros colores limpios… Fuimos y entramos a una estación, íbamos a ir en tren. El chico corrió un poco porque creía que no llegaba. Consiguió un sitio para sentarse y nos miró pensativo. Sonriendo y con toda la delicadeza del mundo acabó por meternos en la mochila. Estábamos bastante bien, aunque la luz se echaba bastante en falta y cada vez más, poco a poco el agua. El roce de las vías, los nombres de las paradas…
—Es abanico.
—¿Qué? ¿Perdón?
—Abanico, la palabra que tienes que poner, es abanico.
—Ah, vale, gracias.
Alguien le había hablado y parecía despistado, como que no se esperaba que le hablaran. No volvió a hablar más en todo el camino, llegamos y notamos cómo nos cargaba a la espalda. Afortunadamente su paso era rápido pero estable. De repente empezó a hablar…
—¡Hola, guapa!
—…
—Sí, ja estic así.
—…
—¿Voy allí? Sé ir, no hace falta que vengas aposta…
—…
—Vale, sí, pues voy hasta la Iglesia.
—…
—¡Jajaja!
—…
—Vale, te veig ara guapa. ¡Te vull!
Igual que empezó a hablar se calló y siguió caminando. Pero pronto paró.
—Hola, guapaaa.
—Hola, jope, no te encontraba, ¿por qué parte has rodeado la Iglesia?
—Culpa mía, pensaba que vendrías de allí y… bueno, que por fin he acabado, soy libre. Buas, oye, qué guapa que estás. ¿Com estás?
—Qué voy a estar…
—Qué sí y punto.
—Vale, vale, si insiste el señor.
—¿Señor? Eh que solo nos llevam…
—Qué es broma… Estoy bien, un poco cansada y bueno, pero bien.
—Te vas a enfadar conmigo…
—¿Qué has hecho?
—Jajaja.
—¿Sabes que ya lo sabía?
—Los dos lo sabíamos.
Seguían hablando, juntos, parecía que no paraban de mirarse y reírse, se notaba felicidad enamorada. Tras un rato subimos unas escaleras y luego en algo así como un ascensor. En el ascensor dejaron de hablar y se escucharon algunos besos.
—Buf, a vore si ara deixe la mochila…
—Sí, ara passem i…
—¡Hola!
—Hola, ¿qué tal?
—Bé, bé, así…
De repente tras ese ruido de llaves y de cerrar de puerta, había más gente. El paso era ahora más tranquilo. Nos llevaron por el silencioso pasillo y paramos en algún sitio.
—¿La dejo aquí?
—Sí, donde quieras.
—Donde menos moleste, a ver… sí, la pongo aquí. Ah, espera, me vas a matar… ¡Jajajaja!
—Sí te voy a matar, a ver…
—A ver, no vull que t’enfades, pero yo es que las he visto y… a ver, no es tan raro y…
—Jope, sabes que no…
—Lo sé, pero es que después te veo la cara que… y yo…
Oímos el ruido de la cremallera y…
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