Sabía que era Pascua porque los chicos corrían por el jardín intentando volar la cometa. Cada año habían procurado buscar el método idóneo, pero no, ya llevaban seis años y todavía no habían conseguido hacer que aquella cometa volara. Esta vez, Nerea había dado a su hermano la cometa y le había dicho que la sujetara, subido en una silla, alzándola lo más alto que pudiera. Habían dejado un poco de cuerda y ella se había subido a su bicicleta, sosteniendo con su mano izquierda aquella cuerda a la vez que se apoyaba con ambas manos en el manillar para poder arrancar. Se giró, miró hacia atrás y advirtió a su hermano para que estuviera atento. Entonces, miró al cielo con sus ojos azules, en busca de una corriente de viento que le diera pie a iniciar su carrera. Una última mirada fugaz a su hermano y un grito dando la salida, entonces pedaleó con todas sus fuerzas, levantando la mano con la cuerda de la cometa y por un momento parecía que lo conseguirían, los chicos iban a conseguir por primera vez volar la cometa que su abuelo les fabricó y regaló con tanto cariño. Y voló, voló a trompicones, juraría que a unos cinco metros del suelo, pero entonces, entonces, Nerea tuvo que girar para no darse con la cerca del jardín y nuestro jardín se convirtió en un velódromo. Las ganas y empeño que ponía pedaleando luchaban contra la resignación que conllevaba tener que ir en otra dirección que no fuera la que le permitiera mantener la cometa en esa corriente de viento que había hecho que ascendiera. Subió un par de metros más, mientras Nerea seguía su maratón dando una y otra vuelta mientras su hermano la animaba: “¡Vamos, Nere”. Pero de pronto empezó a sobrarles cuerda, la cometa no subía más y en cuanto pudo, dejó la bici y empezó a recoger cuerda para poder tirar y que subiera, pero nada, era imposible, ya no pudo levantarla más. “¡Ha volado! ¿Lo has visto, mami? ¡La hemos volado!”. Eran increíbles, sabía que siempre podrían hacer lo que soñaran. “Corre, Nere, ves a contárselo al papi y dile que saque la merienda”.
Esa era la otra cosa que me decía que estábamos en Pascua. Cada año él me regalaba una mona, una mona única, de bizcocho, rematada con un huevo de chocolate de esos con sorpresa. No sé cómo, pero lo convirtió en una especie de tradición y hasta que no me daba esa mona, que tampoco es que estuviera tan buena, pero significaba tantas cosas… hasta que no me la daba, la Pascua no empezaba. Pero las monas de hoy eran de las más tradicionales, coronadas con un huevo duro. Era divertido porque Nerea y su hermano discutían para ver quién era el que mejor se había reventado el huevo en la cabeza. A veces eran unos bestias de cuidado, pero en el fondo, tras esa preocupación que todas tenemos, nos divierten cosas así, porque nosotros también hemos disfrutado de ellas alguna vez. Por fin llegó él, con Nerea cargada al hombro, bocabajo, mientras bromeaba con ella diciendo con voz grave “aquí llevo un saco de patatitas” y en la otra mano llevaba una bolsa con las monas. Descargó a Nerea, que rápidamente cogió la bolsa y sacó y empezó a repartir las monas. Primero me la dio a mí, luego a su hermano, luego a su papi y finalmente cogió la suya. “¡La mía tiene forma de mariposa!”. “Pues la mía es una llagaltija”. Era una risa ver cómo aún le bailaban algunas palabras y su hermana le corregía y entonces una empezaba a decir que era una mariposa y podía volar, mientras corría batiendo los brazos por todo el jardín y mientras el otro se arrastraba y sacaba la lengua, intentando hacer un ruido como de lagartija, ruido que aún no acabamos de comprender. Acto seguido empezaba la competición por ver quién se acercaba más al chichón rompiéndose el huevo duro en la frente. Ambos luchaban por el segundo y tercer puesto, porque el año anterior, sentados comiendo mona, a su padre no se le ocurrió otra cosa que hacerlo muy fuerte y el huevo se deshizo por completo y se espachurró en la frente de lo fuerte que lo hizo. Todos nos empezamos a reír y él se hizo el tontito, dejándose caer en el jardín, mientras los chicos se reían encima de él y le gritaban “gorro de huevo”. Él no tardó en empezar a reírse también y cogerles y no parar de hacerles cosquillas y perseguirlos por el jardín. Bueno, también me persiguió a mí y acabamos los cuatro tirados en el suelo, riéndonos y agotados.
Esa era la otra cosa que me decía que estábamos en Pascua. Cada año él me regalaba una mona, una mona única, de bizcocho, rematada con un huevo de chocolate de esos con sorpresa. No sé cómo, pero lo convirtió en una especie de tradición y hasta que no me daba esa mona, que tampoco es que estuviera tan buena, pero significaba tantas cosas… hasta que no me la daba, la Pascua no empezaba. Pero las monas de hoy eran de las más tradicionales, coronadas con un huevo duro. Era divertido porque Nerea y su hermano discutían para ver quién era el que mejor se había reventado el huevo en la cabeza. A veces eran unos bestias de cuidado, pero en el fondo, tras esa preocupación que todas tenemos, nos divierten cosas así, porque nosotros también hemos disfrutado de ellas alguna vez. Por fin llegó él, con Nerea cargada al hombro, bocabajo, mientras bromeaba con ella diciendo con voz grave “aquí llevo un saco de patatitas” y en la otra mano llevaba una bolsa con las monas. Descargó a Nerea, que rápidamente cogió la bolsa y sacó y empezó a repartir las monas. Primero me la dio a mí, luego a su hermano, luego a su papi y finalmente cogió la suya. “¡La mía tiene forma de mariposa!”. “Pues la mía es una llagaltija”. Era una risa ver cómo aún le bailaban algunas palabras y su hermana le corregía y entonces una empezaba a decir que era una mariposa y podía volar, mientras corría batiendo los brazos por todo el jardín y mientras el otro se arrastraba y sacaba la lengua, intentando hacer un ruido como de lagartija, ruido que aún no acabamos de comprender. Acto seguido empezaba la competición por ver quién se acercaba más al chichón rompiéndose el huevo duro en la frente. Ambos luchaban por el segundo y tercer puesto, porque el año anterior, sentados comiendo mona, a su padre no se le ocurrió otra cosa que hacerlo muy fuerte y el huevo se deshizo por completo y se espachurró en la frente de lo fuerte que lo hizo. Todos nos empezamos a reír y él se hizo el tontito, dejándose caer en el jardín, mientras los chicos se reían encima de él y le gritaban “gorro de huevo”. Él no tardó en empezar a reírse también y cogerles y no parar de hacerles cosquillas y perseguirlos por el jardín. Bueno, también me persiguió a mí y acabamos los cuatro tirados en el suelo, riéndonos y agotados.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Gracias por comentar!!! Cuantas más opiniones lea mejor visión del mundo tendré (o al menos eso intentaré).