Hay veces que queremos parar el mundo,
otras necesitamos acelerar cada segundo,
intentamos hacer nuestro el tiempo,
pero no podemos...
Y nos sentimos perdidos, sin rumbo,
vagabundos sin dueño,
vestidos de duelo,
siguiendo mil sueños.
Perdiendo el norte,
acercando el imán a la brújula,
volviéndola loca,
del norte al sur,
ahora al oeste,
luego al este,
otra vez al sur,
y no hace más que dibujar corazones,
corazones y suspiros helados,
que se calientan,
suspiros hirviendo que se congelan,
y nos dejamos flotar en las mansas aguas de un lago helado,
y nos dejamos quemar en el vivaz fuego del bosque ardiendo,
y tumbados, tirados,
flotando, ardiendo,
consumiéndonos,
aún tenemos fuerza y
entreabrimos nuestros ciegos ojos,
ciegos de lágrimas,
las mismas que congelan el lago
y encienden el fuego,
las mismas que ríen en el infierno
y hacen llorar en el cielo.
Y entonces,
náufrago sin barca,
a la deriva,
dejas de lado a Caronte,
estás por encima
o por debajo,
pero eres algo más
o algo menos,
no lo sabes,
pero no eres eso.
Te dejas llevar, llevar por la corriente,
por el viento, por el hielo,
por el fuego,
por el cielo y por el infierno,
te dejas llevar porque sabes, que al final,
al final no caerás, no hay precipicio,
hay tierra firme y dejarás de ser esclavo del tiempo,
esclavo sin reloj y con cadenas,
las fundirás, lo dominarás,
aunque ahora te dejes llevar,
aunque tengas que dejar el tiempo a lo suyo,
que se dedique a pasar,
al final, al final tu tirarás los granos de arena,
tú llenarás el reloj de cristal,
tú harás la tierra firme y no,
no serás tú, la tierra firme,
la tierra firme sabes dónde está.
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