Nos acabamos las monas y declaramos empate entre Nerea y su hermano, afortunadamente la competición acabó sin ningún chichón. Empezaba a atardecer y entonces era nuestro turno, ahora nosotros volaríamos aquella cometa de papel de periódico y cañas. Yo sabía que era cuestión de paciencia, esperar la corriente de aire adecuada, soltarla y simplemente ir tirando en los momentos adecuados… aún así no conseguí volarla. Ahora era su turno, siempre esperaba que no me ganara, es más, yo estaba acostumbrada a ganarle y él era competitivo también y bueno en algunas cosas, pero tenía la habilidad para parecer que no le importaba perder y eso me sacaba de quicio y me gustaba, sobre todo en los juegos de mesa… Era un poco bruto, una vez incluso subió la cometa al tejado y luego tiró desde abajo. Creo que fue la vez que menos voló, de hecho tuvo que ajustarla un poco y apretar las cuerdas que se cruzaban en los cruces de las cañas. Pero hoy, en este día de Pascua él tenía esa confianza que aparecía en ciertas ocasiones en sus ojos, la confianza de un alocado enamorado que sabe y está plenamente convencido de que todo saldrá bien. Y así fue, lo consiguió, corrió un poco, tiró de la cuerda y encontró la corriente de aire que llevó la cometa a las nubes. Me miró sonriendo, se acercó a nosotros y me dio un beso al mismo tiempo que le pasaba la cometa a Nerea y le decía que la compartiera también con su hermano.
La cometa empezó a subir y subir y subir y cada vez había más cuerda suelta, cada vez era más libre. Yo les avisé, cuando cayera se engancharía en algún sitio, pero él dijo que no pasaba nada e incitó a los chicos a soltar más y más cuerda. Ellos se reían, locos de emoción, quizás pensaran que podían volar y eso es parte del sentimiento de la Pascua, cómo a través del hilo, todos nos transportamos al cielo más alto y respiramos esa vieja nueva primavera. Efectivamente, tenía yo razón y cuando intentaron bajar la cometa, bajó poco a poco, al principio todo bien, pero al final, a unos quince metros del suelo, se perdió esa corriente de aire y cayó en ese árbol que plantamos en nuestro jardín el día que compramos la casa. Gracias a Dios, todavía no era muy alto, pero la cuerda supo engancharse bien y la poca paciencia llevó a que alguna hojilla cayese… Al final, tras una media horilla de desenredos (en los que no intervine, a ver si aprendía así para la próxima), consiguió recoger la cometa. Estaba anocheciendo, nos tocaba de las mejores partes del día, uno aquí con los niños para que se ducharan y cambiaran, el otro que si la cena… Aún no había cerrado la puerta del jardín y ya pensaba en todo eso, entonces la vi, la luna sonreía, le devolví la sonrisa, me giré y “Mamá, venga, hoy nos bañas tú”. Entonces un abrazo por detrás y un beso en la mejilla, y su bromista y seria voz “pues hoy les bañas tú, mami”. Sonreímos a la luna y no cerramos la puerta, la dejamos abierta, bien abierta, para que nunca nos faltara la Pascua.
La cometa empezó a subir y subir y subir y cada vez había más cuerda suelta, cada vez era más libre. Yo les avisé, cuando cayera se engancharía en algún sitio, pero él dijo que no pasaba nada e incitó a los chicos a soltar más y más cuerda. Ellos se reían, locos de emoción, quizás pensaran que podían volar y eso es parte del sentimiento de la Pascua, cómo a través del hilo, todos nos transportamos al cielo más alto y respiramos esa vieja nueva primavera. Efectivamente, tenía yo razón y cuando intentaron bajar la cometa, bajó poco a poco, al principio todo bien, pero al final, a unos quince metros del suelo, se perdió esa corriente de aire y cayó en ese árbol que plantamos en nuestro jardín el día que compramos la casa. Gracias a Dios, todavía no era muy alto, pero la cuerda supo engancharse bien y la poca paciencia llevó a que alguna hojilla cayese… Al final, tras una media horilla de desenredos (en los que no intervine, a ver si aprendía así para la próxima), consiguió recoger la cometa. Estaba anocheciendo, nos tocaba de las mejores partes del día, uno aquí con los niños para que se ducharan y cambiaran, el otro que si la cena… Aún no había cerrado la puerta del jardín y ya pensaba en todo eso, entonces la vi, la luna sonreía, le devolví la sonrisa, me giré y “Mamá, venga, hoy nos bañas tú”. Entonces un abrazo por detrás y un beso en la mejilla, y su bromista y seria voz “pues hoy les bañas tú, mami”. Sonreímos a la luna y no cerramos la puerta, la dejamos abierta, bien abierta, para que nunca nos faltara la Pascua.
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